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Hoy quiero compartir con ustedes un comentario sobre “Canto nupcial (título provisorio)” de Susana Thénon. Les recomiendo leer antes el poema haciendo click aquí.

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Fotografía: Susana Thénon

Otra yo

Propongo un juego para abordar la lectura de este poema: imaginemos que soy una lectora extranjera y estoy aprendiendo el español como segunda lengua. Lo primero que haría para acercarme al poema es identificar las palabras que organizan el discurso (conectores y encabezadores: “y”, “aunque” “que”, “porque”, “cuando”, “para”), las indicaciones de tiempo (“a veces”, “al final”, “una vez”, “entonces”) y los artículos, pronombres y preposiciones.

En esta primera aproximación, me daría curiosidad la cantidad de pronombres en primera persona: el poema está plagado de “yo”, “me” y “conmigo”. La presencia de marcaciones temporales, además, me haría pensar en algún tipo de narración en el poema, y el uso de los relativos “aunque”, “porque” y “para” me daría la pauta de que hay algo que se está explicando.

Mi segundo paso sería buscar los verbos, sustantivos y adjetivos en el diccionario. No tendría problemas con palabras como “casar” o “lluvia”. Pero no podría llegar al significado de la frase traduciendo literalmente expresiones como “me daban la lata”, “me tenía podrida” o “me había ido en sangre”. También me llamaría la atención que de las 249 palabras que integran el poema, sólo cinco son adjetivos o participios: “nupcial”, “provisorio”, “indecible”, “junta” y “podrida“. Se trata de una composición de palabras sencillas y algunas frases hechas que pertenecen al acerbo de expresiones idiomáticas del Río de la Plata.

En cuanto a los recursos, uno de los más usados es el paralelismo sintáctico y sirve de base para introducirnos en el desdoblamiento que plantea el poema. Por ejemplo, en “me he casado/ me he casado conmigo/ me he dado el sí” la frase se va ampliando en cada verso. El paralelismo y la repetición refuerzan su sentido. En “yo me sentía bien junto conmigo/ igual que yo/ que me sentía bien junto conmigo”, los mismos recursos muestran un juego de espejos: ambos yoes pronuncian las mismas palabras, pero nunca sabemos cuál es cuál.

La repetición, otro de los recursos favoritos del texto, además de favorecer el encadenamiento de la explicación, ayuda a la construcción del ritmo. Por ejemplo: “me he dado el sí, un sí que tardó años en llegar/ años de sufrimientos indecibles”. La repetición de “sí” y “años” retoma el hilo del discurso entre un verso y otro al mismo tiempo que enfatiza la demora, el paso del tiempo. No sería lo mismo decir “me he dado un sí que tardó años de sufrimientos indecibles en llegar”, más allá de que el sentido sea el mismo.

Luego de haber buscado el significado de las palabras, y suponiendo que lograse interpretar el sentido de las frases hechas, volvería sobre el título. El canto nupcial inscribe al poema dentro de la tradición religiosa y a primera vista no tiene relación con la frase entre paréntesis (“título provisorio”). Teniendo en cuenta el comienzo y el final, podría decir que el poema tiene una estructura circular: nos propone un canto nupcial, afirma que se ha casado consigo misma (se trata de un sujeto femenino, ya que está “junta”), nos cuenta los vaivenes de una relación (distancia y sufrimiento, retorno e indiferencia, alejamiento y deseo, reencuentro y paz) y termina como empezó (con el casamiento) más una sentencia: “ni la muerte puede separarme” que resuena con el “título provisorio” del comienzo.

Ante la pregunta “¿cómo está hecho el poema?” podría decir que está compuesto de elementos aparentemente simples (léxico sencillo, frases hechas, paralelismo sintáctico, repeticiones, elementos narrativos y estructura circular) que construyen un desdoblamiento del yo. El juego con el doble adquiere mayor complejidad a medida que nos vamos interiorizando en el problema que plantea el texto. ¿Cuál es ese problema? Me arriesgaría a decir que se trata de la identidad del yo en la escritura.

¿Yo quién es?

Los pronombres siempre son difíciles de atrapar. Para la gramática, “yo” es simplemente el lugar de enunciación. Pero en el uso cotidiano solemos cargar esa palabra mínima con varios sentidos: “yo” representa a un nombre propio, señala a una persona, es la “parte consciente del individuo, mediante la cual cada persona se hace cargo de su propia identidad y de sus relaciones con el medio”, según el diccionario. También carga con el ego, que según la misma fuente, es un concepto freudiando definido como “instancia psíquica que se reconoce como yo y media entre los instintos del ello, los ideales del superyo y la realidad del mundo exterior”, y además se utiliza con la acepción de “exceso de autoestima”.

Como si esto fuera poco, para la poesía “yo” es otro. Esta afirmación encierra muchos sentidos. Para este ensayo, tomaré sólo dos: el que trabaja Rimbaud en sus “Cartas del vidente” y el que anuncia Girondo en el poema 8 de Espantapájaros. En el primer caso, Rimbaud afirma: “Nos equivocamos al decir: yo pienso: deberíamos decir me piensan”. El yo inscripto en la escritura no es el mismo que el yo “de carne y hueso”. Pero no me refiero a la separación entre el autor y el “yo lírico”, sino al abandono del yo en la escritura. El yo no tiene nada que hacer en el poema. Es el lenguaje quien escribe. Las palabras hablan por sí mismas. Girondo, a su vez, juega con otro uso del pronombre: la idea de persona. “Yo no soy una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades”.

Estas dos ideas atraviesan el poema de Thénon. Quizás la más clara sea la relación con Girondo, que en lugar de un casamiento plantea una convivencia problemática: “desde que estoy conmigo mismo (…) necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda”. En el caso de Thénon, esta idea de la personalidad doble (o múltiple) y el fastidio que surge de la falta de convergencia se ve en el verso “Me daba a entender/ finamente/ que me tenía podrida”.

En cuanto a la impronta rimbaudiana, se puede pensar en la estrofa más críptica del poema: “llegué incluso a escribirme en una lista de clavos/ a los que no quería conectarme/ porque daban la lata/ porque me perseguían/ porque me acorralaban/ porque me reventaban”. Suponiendo que lo que se escribe en una lista de clavos es el yo, y la lista de clavos son las palabras a las que no se quiere conectar, vemos que la relación entre el yo y la escritura es problemática: el poema regaña, persigue, acorrala y revienta al yo. Nuevamente, la escisión: hay un yo que escribe y un yo que es escrito. Algo inconsciente, que se escribe sin saber, y que orada el ego. La relación con Rimbaud se da en el casamiento entre “yo” y “otro yo”, entre el que escribe y el que se deja escribir.

Siempre somos hablados por el lenguaje. Las palabras dicen mucho más de lo que creemos y por más de que intentemos elegirlas de acuerdo a lo que queremos decir, no podemos controlar todo lo que traen aparejado. Las frases hechas ponen en evidencia este mecanismo. Por ejemplo, en la frase “dar la lata”, el sentido es “regañar”, “retar”. Pero también está el “objeto lata” y la aparición del inconsciente colectivo, toda una cultura que se expresa mediante esa frase en el poema.

En “Canto nupcial”, el yo aparece en ambos términos de una relación amorosa entre dos. Uno no llama, el otro llora y se encierra en la pieza. Uno llama para ver si el otro está bien, y la respuesta es el rechazo. Uno requiere y el otro le dice “me tenés re podrida”. Alguien deja de llamar. Alguien extraña. Vuelve a llamar. Y ahora sí hay encuentro. Pero nunca sabemos si se trata siempre del mismo lugar del yo o si se va alternando la referencia entre uno y otro yo. Sí sabemos que yo es “el gran amor de mi existencia” y que además de un encuentro (“hola, ¿estoy bien?”) se busca un reconocimiento (“hola, ¿soy yo?”) y una afirmación de la identidad (“hace muchísimo que no sabemos nada/ yo de mí ni mí de yo”). También sabemos algo del lugar en que se encuentran los yoes. Los versos “de encerrarme en la pieza” y “¿quiero volver a casa?” plantean un alejamiento: mientras uno permanece dentro de la casa, el otro se queda afuera. O al revés.

Si existe un yo de adentro y un yo de afuera en el poema, el problema que se plantea es la dificultad de reunión. En la “narración” de la relación amorosa, hay varios desencuentros y se llega a un “final feliz” donde ambos yoes se unen más allá de la muerte. Sin embargo, el título provisorio entre paréntesis teje un manto de duda sobre la inmortalidad del casamiento: estoy junta para siempre, por ahora.

Yo soy

¿El poema logra resolver el problema de la identidad del yo? Sí y no. Esta respuesta es posible gracias a la mirada irónica que prevalece en “Canto nupcial”. Ya desde el título, el paréntesis muestra otra forma del desdoblamiento, como si estuviera diciendo “¡Sí! ¡Lo logré! ¡Estoy unida! (Sí, claro, sólo por ahora)”.

Luego, el comienzo del poema convoca desde el humor, incluso desde el disparate (¿cómo me voy a casar conmigo?). Si leemos el texto desde el yo-ego, el poema es una burla de sí mismo: sólo puedo casarme conmigo, no existe una verdadera otredad. Sólo el yo es “el gran amor de mi existencia”. Sin embargo, la exageración del amor propio hace desconfiar de que en efecto ese amor exista. Y entonces aparece lo dramático: el yo dividido, distanciado, la existencia partida. Susana Thénon, le escribe a Ana María Barrenechea a propósito de los poemas de su libro distancias: “Sólo sé que tienen relación con la disociación, con la soledad, con la caducidad trágica y tierna del lenguaje, con la “distancia”, aún mínima, que existe entre nosotros y nosotros mismos, o entre nosotros y lo otro”. El poema aborda, entonces, un problema doloroso a partir de un planteo casi cómico.

Creo que esto fue lo que me convocó cuando leí el poema por primera vez. Me llevó a la risa, la angustia y la emoción. Siempre me llamó la atención el efecto de la sonrisa y las lágrimas simultáneas. Es el tipo de humor que me fascina. Uno puede dejarse llevar por una gracia leve en el plano más accesible y liberar el paso para ser alcanzado por la densidad de un dolor reconocible. Se trata del doble filo de la ironía. Es y no es. Hay una disociación fructífera. Enseguida supe que se trataba del texto que me gustaría escribir alguna vez. La posibilidad de juntarme con la otra de sí misma. Estar en casa, ser unida a esa voz que llama y que es tan difícil escuchar. Algo que ocurrirá de un día para el otro, sólo porque hace añares que viene insistiendo. Como una revelación, no surge de la nada. Se va gestando invisible.

El casamiento entre el yo que escribe y es escrito ofrece una seguridad tal que ni la muerte puede separarlos y al mismo tiempo el estado es tan provisorio que no se puede titular con seguridad. Es ese juego entre el adentro y el afuera, el alma y el mundo, lo sagrado y lo profano, el que permite que se siga escribiendo el poema. El compromiso es de por vida, pero se pone en cuestión y se renueva a cada momento, como si fuera la primera vez.

Cecilia Maugeri

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