Comparto con ustedes parte del epílogo que escribí para el libro Las máscaras de la crueldad (Textos Intrusos, 2017). Se trata de una antología de relatos escritos en el taller a partir de la lectura del cuentos tradicional “Barbazul”.

Buscar la llave, entrar al cuarto prohibido

Ciertos temas son muy difíciles de abordar, y la crueldad es uno de ellos. Muchas veces aparece enmascarada, presentándose primero como otra cosa, más inocente o inofensiva de lo que es. Y entonces tardamos más en darnos cuenta. Lo llamativo es que, para hablar del tema honestamente, necesitamos entrar por otro lado. Para mirar a la crueldad de frente, hay que usar una máscara, poner cierta distancia, cubrirse de algún modo. Ser astutos, como Perseo al enfrentar a Medusa. Es por eso que, al trabajar desde la ficción, la literatura muestra un gran poder: el de entrar al territorio de la sombra y mostrarnos lo que encuentra allí. Creamos una realidad paralela para sumergirnos en los temas más dolorosos, sin la obligación de ser correctos o amables como en la “vida real”. Manuel Puig dijo una vez1: “Escribo novelas porque hay algo que no comprendo, un problema muy especial y entonces se lo achaco a un personaje, a un tercero y, de ese modo, a través de ese personaje trato de aclararlo. La génesis de toda mi obra ha sido ésta: no me atrevo a enfrentar el problema directamente porque sé que hay defensas inconscientes, hay frenos que no me dejan llegar a ciertos enfrentamientos dolorosos. En cambio, a través de un personaje es mucho mis fácil, todo se puede ver con mayor facilidad”. Ciertos temas son muy difíciles de abordar, y para hacerlo necesitamos apoyarnos en la ficción.

Hoy nos metemos con la crueldad a través de la escritura para poder mirarla a los ojos. Elegimos como punto de partida el cuento popular “Barbazul”, en la versión que la Dra. Clarissa Pinkola Estés publicó en su libro Mujeres que corren con los lobos, teniendo en cuenta su enfoque arquetípico. Para los que no conocen la historia, cuento brevemente de qué se trata. Barbazul, un mago frustrado muy afecto a las mujeres, corteja a tres hermanas a la vez. Al principio, ellas desconfían de él, pero luego de una serie de agasajos, la menor termina cambiando de opinión. Él le pide casamiento, ella acepta y se van a vivir a un castillo en el bosque. Un día, él debe ausentarse y le deja las llaves de todas las puertas junto con una prohibición: no tiene permitido usar una de ellas. Las hermanas llegan de visita y le proponen, como un juego, encontrar la puerta prohibida. Después de buscar por todo el castillo, la encuentran en un sótano. Abren la puerta y descubren que el cuarto está lleno de cadáveres de mujeres. Cuando la cierran, notan que la llave empieza a llorar sangre. Intentan limpiarla, pero no logran que pare. Cuando Barbazul vuelve, reconoce enseguida la desobediencia y se dispone a matarla. Ella pide unos minutos para quedar en paz con Dios antes de morir y él se los concede. Pero, en lugar de rezar, pide ayuda a sus hermanas, que a su vez llaman a los hermanos desde lo alto del castillo, logrando que acudan a tiempo para descuartizar a Barbazul y dejar los despojos para los buitres.

En el libro, Pinkola Estés considera a todos los personajes del cuento como aspectos de la psique humana, y desarrolla un análisis del vínculo entre la parte inocente (la hermana menor) y la parte destructiva (Barbazul). A partir de esta lectura, surgieron distintas formas de poner en escena el vínculo entre la inocencia y la crueldad. La ficción, como mencioné al comienzo, nos permite meternos con un problema de difícil solución. Podemos encontrar respuestas o más preguntas, pero nunca quedar indiferentes. Algo se transforma al animarnos a trabajar con los temas oscuros. Espero que, con estos cuentos, se abran las puertas prohibidas y podamos ver de frente lo que no queremos ver, que las sombras salgan a la luz y que podamos tomar el poder que, en el fondo, sabemos que tenemos.

Cecilia Maugeri

1CORBATTA, Jorgelina. “Encuentros con Manuel Puig” en: Revista Iberoamericana. Vol. XLIX, Núm. 123-124, Abril-Septiembre 1983.