VIERNES, 25 DE ABRIL DE 2014
VISTO Y LEIDO

A pelo

Caballos es el tercer libro de la poeta Cecilia Maugeri, quien reivindica el deseo (y derecho) de libertad contra todo intento de “domesticación”.

 Por Carolina Selicki Acevedo

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El primer capítulo, titulado “La doma”, introduce en la variedad de tareas a las que los caballos siguen siendo sometidos: caballos de paseo, de esos que pueden verse en la puerta del zoológico al sol, los que corren con un poco más de suerte y son obligados a llevar encima familias enteras de veraneo alrededor del mar, los entrenados para correr en hipódromos, los de equitación, caballos amaestrados, caballos sin libertad.

Ya en “La fuga”, inspirado en El barón rampante, del escritor Italo Calvino, Maugeri coloca en el centro a Viola y Cósimo (“Viola sabe que Cósimo la mira escondido entre las ramas y lo invita a jugar al desafío. […] Arriba es el reino de él y ella puede visitarlo como un huésped de honor. / Abajo, cuando sus pies tocan la tierra, es el reino de ella y él es su esclavo para siempre”). El amor primero (y romántico) que parece persistir pero pese al reencuentro los celos y las discusiones pueden más. Interesante el juego con los diálogos entre ambos y la narración que adquiere velocidad al obligar a seguir a los personajes en esos trotes a caballo, de ella, y del traslado de árbol en árbol, de él. La autora eligió a una mujer que escapa a los mandatos, o mejor dicho, los acata por un rato para luego, y más allá de su amor por Cósimo, conservar su libertad, aquella que ella sí sabe defender (“Quizá te preguntes dónde estoy. No me fui tan lejos. Sigo jugando a la provocación”).

Más adelante, siguiendo la humareda de polvo de un jinete, es que la narración pasa a primera persona, y esa voz rompe con el relato lineal, y acá radica una de las partes más jugosas del libro, donde esa narradora se pregunta qué sucede luego del rapto, intenta ser testigo oculto en ese drama que nos retrotrae a dos siglos atrás (y sobre el que vastos análisis literarios se han hecho) pero que también podría ser el presente, con tanta cautiva silenciada. Entonces, los focos rotan y pasamos de contemplar el rapto a intentar meternos en la mente de esa mujer arrebatada (¿es posible aún creer que ella fantasee con el rapto?), que al ver el jinete pasar, en un recreo de las tareas domésticas por las cuales ella es una empleada convertida en sierva, ese hombre se presenta fugazmente “como una exhalación de la llanura”. Así, poemas y prosas poéticas nos interrogan. Porque si bien se trata de una voz que narra, es una voz lectora, analítica y que busca respuestas, casi detectivescamente, o como un fotógrafo que en la cámara oscura intenta revelar detalles que al momento del disparo no fueron percibidos (“Yo soy la esclava de la imagen”). Luego, los dos últimos capítulos (“La persecución” y “El agotamiento”) nos meten de lleno en el cuerpo de esa narradora, ahora protagonista, mujer, niña, yegua. El cansancio se hace sentir en cada centímetro de su ser y quien se sentía libre cree haber sido domada (“Sólo puedo ser caballo negro que se piensa libre mientras alguien le sopla viento al oído para que no vea que corre en el lugar”).

Cecilia Maugeri (1984), profesora y licenciada en Letras (UBA), y una de las creadoras de Viajera Editorial, a través de Caballos (textos intrusos), 2013), su tercer libro, invita a repensar el lugar donde colocarse al momento de leer y a cuestionar dicho lugar a través de estas mujeres que parecen unificarse al final e incluso ser también esas yeguas domesticadas por el hombre, coincidiendo con el prólogo de Patricia Suárez, ahora más conscientes, cansadas de llorar en silencio resignándose a la rutina impuesta, unas, siguiendo al galope, sin temores, cabelleras al viento, fuertes, otras. El deseo de libertad es puesto en palabras y en imágenes, en un recorrido que no permite ignorar lo que vemos: imposible ser cómplices de esa violencia a la que cuesta acceder, detrás de la polvareda, del jinete que huye consumado el acto.