La casa de mu√Īecas, de Katherine Mansfield

Cuentos Completos de Katherine Mansfield es uno de esos libros que se pueden abrir en cualquier p√°gina y desbordan genialidad.
Comparto con ustedes uno de los cuentos más leídos:
La casa de mu√Īecas, de Katherine Mansfield
La Casa de Mu√Īecas

Traducción: Amalia Castro y Alberto Manguel

Cuando la querida anciana se√Īora de Hay volvi√≥ a la ciudad despu√©s de pasar un tiempo en casa de los Burnell, les envi√≥ a los ni√Īos una casa de mu√Īecas. Era tan grande que el cochero y Pat la llevaron al patio, y all√≠ qued√≥, apuntalada por dos cajas de madera al lado de la puerta del comedor diario. No pod√≠a pasarle nada; era verano. Y quiz√°s el olor de pintura se habr√≠a ido cuando llegara el momento de tener que entrarla. Porque, realmente, el olor de pintura que ven√≠a de esa casa de mu√Īecas (¬ę¬°tan simp√°tico de parte de la anciana se√Īora de Hay, por supuesto; tan simp√°tico y generoso!¬Ľ) … pero el olor de pintura bastaba como para enfermar seriamente a cualquiera, seg√ļn opinaba la t√≠a Berly. Aun antes de sacarla de su envoltorio. Y cuando la sacaron…
All√≠ qued√≥ la casa de mu√Īecas, de un color verde espinaca, oscuro y aceitoso, entremezclado de amarillo brillante. Sus dos s√≥lidas y peque√Īas chimeneas, pegadas al techo, estaban pintadas de rojo y blanco, y la puerta, resplandeciente de barniz amarillo, parec√≠a un trocito de caramelo. Cuatro ventanas, ventanas de verdad, estaban divididas en paneles por una ancha franja de verde. Hab√≠a realmente un peque√Īo p√≥rtico, tambi√©n, pintado de amarillo, con grandes grumos de pintura seca colgando a lo largo del borde.


¡Pero qué casita perfecta, perfecta! A quién podía importarle el olor. Era parte de la alegría, parte de la novedad.
-¬°Pronto, que alguien la abra!
El gancho del costado estaba atascado fuertemente. Pat lo levant√≥ con su cortaplumas, y todo el frente de la casa se abri√≥ con un vaiv√©n, y… uno pod√≠a ver al mismo tiempo la sala de estar y el comedor, la cocina y los dos dormitorios. ¬°Esa s√≠ que era una forma de abrirse una casa! ¬ŅPor qu√© no se abrir√≠an todas las casas as√≠? ¬°Cu√°nto m√°s emocionante que espiar a trav√©s de la hendija de una puerta la mezquina salita con su perchero y sus dos paraguas! Es eso… ¬Ņno es cierto?… lo que uno desea conocer de una casa en cuanto pone las manos sobre el llamador. Quiz√°s √©sa es la forma en que Dios abre las casas en lo profundo de la noche cuando hace su ronda silenciosa con un √°ngel…
-¬°Oh, oh! -las ni√Īas de los Burnell lo dijeron como si estuviesen desesperadas. Era demasiado maravilloso; era demasiado para ellas. Nunca en su vida hab√≠an visto nada semejante. Todos los cuartos estaban empapelados. Hab√≠a cuadros en las paredes, pintados sobre el papel, completos con marcos dorados. Una alfombra roja cubr√≠a todos los pisos excepto el de la cocina; sillas de felpa roja en la sala de estar, verde en el comedor; mesas, camas con s√°banas verdaderas, una cuna, una estufa, un aparador con diminutos platos y una jarra grande. Pero lo que a Kezia m√°s le gustaba, lo que le gustaba terriblemente, era la l√°mpara. Estaba colocada en el centro de la mesa del comedor, una exquisita l√°mpara ambarina con un globo blanco. Incluso estaba llena para ser encendida pero, por supuesto, no se pod√≠a encender. Pero hab√≠a algo como aceite dentro, que se mov√≠a al sacudirla.
Los mu√Īecos padre y madre, tendidos muy tiesos como si se hubiesen desmayado en la sala, y sus dos hijitos dormidos arriba eran en realidad demasiado grandes para la casa de mu√Īecas. No parec√≠an pertenecer a ella. Pero la l√°mpara era perfecta. Parec√≠a sonre√≠rle a Kezia, decir: ¬ęAqu√≠ vivo¬Ľ. La l√°mpara era real.
Las ni√Īas de los Burnell se apuraron como nunca para llegar a la escuela al otro d√≠a. Ard√≠an por contarles a todos, por describir, por… bueno… jactarse de su casa de mu√Īecas antes de que tocase la campana de la escuela.
-Voy a hablar yo -dijo Isabel- porque soy la mayor. Y ustedes dos pueden hablar después. Pero primero voy a hablar yo.
No había nada que contestar. Isabel era autoritaria, pero siempre tenía razón, y Lottie y Kezia sabían demasiado bien cuáles eran los poderes que confería el ser la mayor. Rozaron al caminar las matas de botones de oro al borde del camino y no dijeron nada.
-Y yo voy a elegir quién va a venir a verla primero. Mamá me dijo que podía.
Porque se hab√≠a dispuesto que, mientras la casa de mu√Īecas estuviese en el patio, pod√≠an invitar a las chicas de la escuela, dos por vez, a venir verla. No para quedarse a tomar el t√©, por supuesto, o para vagar por la casa. Pero s√≠ para estar calladas en el patio mientras Isabel se√Īalaba las bellezas que conten√≠a, y Lottie y Kezia miraban complacidas…
Pero por m√°s que se apuraron, al llegar a las negras empalizadas del campo de juego de los varones, la campana hab√≠a empezado a sonar. Apenas tuvieron tiempo de quitarse de un manotazo los sombreros y ponerse en fila antes de que pasasen lista. No importaba. Isabel trat√≥ de compensarlo d√°ndose aire de importancia y de misterio, y murmurando detr√°s de la mano a las ni√Īas que estaban cerca: ¬ęTengo algo que decirles en el recreo¬Ľ.
Lleg√≥ el recreo e Isabel fue rodeada. Las chicas de su clase casi se pelearon por poner sus brazos en torno de ella, por caminar con ella, por sonre√≠r halagadoramente, por ser su amiga preferida. Despleg√≥ toda una corte bajo los inmensos pinos a un lado del campo de deportes. Code√°ndose, riendo sin motivo, las ni√Īas se apretaban a su alrededor. Y las dos √ļnicas que estaban fuera del c√≠rculo eran las dos que siempre estaban fuera, las peque√Īas Kelvey. Sab√≠an perfectamente que no deb√≠an acercarse a las Burnell.
Porque el hecho era que la escuela a la que iban las ni√Īas de Burnell no era en absoluto el lugar que sus padres habr√≠an elegido si hubiesen podido elegir. Pero no hab√≠a elecci√≥n. Era la √ļnica escuela en varias millas. Y en consecuencia todos los ni√Īos del vecindario, las hijas del juez, las hijas del m√©dico, las chicas del almacenero, las del lechero, estaban obligadas a estar juntas. Ni hablar de otros tantos ni√Īitos maleducados y groseros que tambi√©n asist√≠an. Pero en alg√ļn punto hab√≠a que establecer la separaci√≥n. Ese punto era las Kelvey. Muchos de los chicos, incluidas las Burnell, ni siquiera ten√≠an permiso para hablarles. Pasaban frente a las Kelvey con la cabeza levantada y, como establec√≠an las normas de conducta en la escuela, las Kelvey eran evitadas por todos. Hasta la maestra ten√≠a para con ellas una voz especial, y una sonrisa especial para con los otros ni√Īos cuando Lil Kelvey se acercaba a su escritorio con un ramo de flores de aspecto terriblemente vulgar.
Eran las hijas de una peque√Īa lavandera muy trabajadora, que iba de casa en casa y a la que se le pagaba por d√≠a. Eso era ya de por s√≠ desagradable. Pero, adem√°s, ¬Ņd√≥nde estaba el se√Īor Kelvey? Nadie lo sab√≠a con seguridad. Todos dec√≠an que estaba en la c√°rcel. De modo que eran las hijas de una lavandera y de un malviviente. ¬°Linda compa√Ī√≠a para los hijos de la otra gente! Y lo parec√≠an. Por qu√© las hac√≠a tan notorias la se√Īora de Kelvey era dif√≠cil de entender. La verdad era que estaban vestidas con retazos que le daba la gente para quien trabajaba. Lil, por ejemplo, que era una chica fornida y vulgar, con grandes pecas, iba a la escuela con un vestido hecho con un mantel de tela de lana verde de los Burnell, con mangas rojas de felpa de las cortinas de los Logan. El sombrero, colocado en lo alto de su ancha frente, era un sombrero de mujer, que hab√≠a pertenecido una vez a Miss Lecky, la empleada del correo. Estaba levantado por detr√°s y adornado con una gran pluma escarlata. ¬°Qu√© aspecto raro ten√≠a! Era imposible no re√≠rse. Y su hermanita, nuestra Else, llevaba un largo vestido largo, parecido a un camis√≥n, y un par de botitas de var√≥n. Pero, usase Else lo que usase, hubiese parecido extra√Īo. Era una ni√Īita parecida a una clav√≠cula de pollo, con el pelo mal cortado y enormes ojos solemnes… una lechucita blanca. Nadie la hab√≠a visto sonre√≠r nunca; apenas hablaba. Iba por la vida agarr√°ndose de Lil, con un pedazo de la pollera de Lil apretado en su mano. Adonde Lil fuera, nuestra Else la segu√≠a. En el patio, en el camino de ida y vuelta a la escuela, all√≠ iba Lil marchando adelante y nuestra Else agarr√°ndose atr√°s. S√≥lo cuando quer√≠a algo, o cuando perd√≠a el aliento, nuestra Else le daba a Lil un tir√≥n, una sacudida, y Lil se deten√≠a y se daba vuelta. Las Kelvey se entend√≠an siempre.
Ahora las rondaban; no pod√≠a evitarse que oyeran. Cuando las ni√Īas se volvieron y se burlaron de ellas, Lil, como de costumbre, mostr√≥ su sonrisa tonta y avergonzada. Pero nuestra Else no hizo m√°s que mirar.
Y la voz de Isabel, tan orgullosa, seguía contando. La alfombra causó gran sensación, pero también las camas con las sábanas de verdad y la cocina con la puerta del horno.
Cuando termin√≥, Kezia la interrumpi√≥: ¬ęTe olvidaste de la l√°mpara, Isabel¬Ľ.
-Ah, s√≠ -dijo Isabel- y tambi√©n hay una peque√Ī√≠sima l√°mpara, hecha toda de vidrio amarillo, con un globo blanco, en la mesa del comedor. No se puede diferenciar de una de verdad.
-La l√°mpara es lo mejor de todo -exclam√≥ Kezia. Pens√≥ que Isabel no le estaba dando la suficiente importancia a la lamparita. Pero nadie le prest√≥ atenci√≥n. Isabel estaba eligiendo a las dos que volver√≠an a casa con ella esa tarde para verla. Eligi√≥ a Emmie Cole y Lena Logan. Pero, cuando las otras se enteraron de que todas tendr√≠an su oportunidad, no supieron qu√© hacer para congraciarse con Isabel. Una por una pusieron sus brazos en torno de su cintura y caminaron con ella. Ten√≠an algo que decirle en secreto. ¬ęIsabel es mi amiga.¬Ľ S√≥lo las peque√Īas Kelvey se alejaron olvidadas; para ellas no hab√≠a nada m√°s que o√≠r.
Pasaron los d√≠as y, mientras m√°s chicos ven√≠an a ver la casa de mu√Īecas, su fama se expand√≠a. Se convirti√≥ en el √ļnico tema, en la √ļnica moda. La pregunta era: ¬ę¬ŅViste la casa de mu√Īecas de las Burnell? ¬ŅNo es hermos√≠sima?¬Ľ ¬ę¬ŅNo la has visto? ¬°Qu√© maravilla!¬Ľ.
Hasta la hora de la merienda era olvidada para hablar de eso. Las ni√Īas se sentaban a la sombra de los pinos comiendo gruesos s√°ndwiches de cordero y grandes rebanadas de tortas de ma√≠z enmantecadas. Como siempre, lo m√°s cerca que se les permit√≠a estar se sentaban las Kelvey, nuestra Else agarr√°ndose de Lil, escuchando tambi√©n mientras masticaban sus s√°ndwiches de mermelada que sacaban de un diario empapado con grandes manchas rojas.
-Mam√° -dijo Kezia-, ¬Ņpuedo invitar a las Kelvey una sola vez?
-Por cierto que no, Kezia.
-Pero, ¬Ņpor qu√© no?
-Vete, Kezia; sabes muy bien por qué no.
Por fin todos la hab√≠an visto excepto ellas. Ese d√≠a el tema decay√≥. Era la hora de la merienda. Las ni√Īas se agruparon a la sombra de los pinos y de pronto, mientras miraban a las Kelvey comiendo de su diario, siempre solas, siempre escuchando, decidieron ser odiosas con ellas. Emmie Cole empez√≥ el murmullo.
-Lil Kelvey va a ser sirvienta cuando sea grande.
-¡Oh, oh, qué horrible! -dijo Isabel Burnell, mirando a Emmie de una manera especial.
Emmie tragó de una manera significativa y asintió mirando a Isabel como había visto hacer a su madre en esas ocasiones.
-Es verdad… es verdad… es verdad -dijo.
Entonces los peque√Īos ojos de Lena Logan brillaron: ¬ę¬ŅSe lo pregunto?¬Ľ, murmur√≥.
-A que no lo haces -dijo Jessie May.
-Bah, a m√≠ no me asusta -dijo Lena. De pronto dio un peque√Īo chillido y bail√≥ frente a las otras chicas: ¬ę¬°Miren! ¬°M√≠renme! ¬°M√≠renme ahora!¬Ľ, dijo Lena. Y resbalando, desliz√°ndose, arrastrando un pie, ri√©ndose detr√°s de la mano, Lena se acerc√≥ a las Kelvey.
Lil levant√≥ los ojos de su merienda. Envolvi√≥ r√°pidamente el resto. Nuestra Else dej√≥ de masticar. ¬ŅQu√© ocurrir√≠a ahora?
-¬ŅEs verdad que vas a ser una sirvienta cuando crezcas, Lil Kelvey?- chill√≥ Lena.
Un silencio de muerte. Pero, en lugar de contestar, Lil sólo sonrió de esa manera tonta y avergonzada. La pregunta no pareció importarle en absoluto. ¡Qué fracaso para Lena! Las chicas empezaron a reírse.
Lena no pod√≠a soportarlo. Se puso las manos en las caderas; se lanz√≥ hacia adelante: ¬ę¬°S√≠, si el padre de ustedes est√° preso!¬Ľ, silb√≥ mal√©volamente.
Esto era algo tan maravilloso, haberlo dicho, que las ni√Īas se alejaron corriendo en bandada, muy, muy excitadas, enloquecidas de alegr√≠a. Alguien encontr√≥ una soga larga, y empezaron a saltar. Y nunca saltaron tan alto, ni corrieron tan velozmente de un lado a otro, ni hicieron cosas tan atrevidas como esa ma√Īana.
Por la tarde, Pat vino a buscar a las ni√Īas de Burnell con el coche y volvieron a la casa. Hab√≠a visitas. Isabel y Lottie, a quienes les gustaban las visitas, subieron a cambiarse los delantales. Pero Kezia se escabull√≥ por el fondo. No hab√≠a nadie; empez√≥ a hamacarse en los grandes portones blancos del patio. De pronto, mirando hacia el camino, vio dos peque√Īos puntos. Se agrandaron, ven√≠an hacia ella. Ahora pod√≠a ver que uno iba adelante y otro lo segu√≠a de atr√°s. Ahora pod√≠a ver que eran las Kelvey. Kezia dej√≥ de hamacarse. Se baj√≥ del port√≥n suavemente, como si fuera a escaparse. Despu√©s dud√≥. Las Kelvey se acercaron y a su lado caminaban las sombras muy largas, extendi√©ndose a trav√©s del camino con sus cabezas entre los botones de oro. Kezia volvi√≥ a subirse al port√≥n; se hab√≠a decidido; se balance√≥ hacia afuera.
-Hola -dijo a las Kelvey, que pasaban.
Quedaron tan sorprendidas que se detuvieron. Lil sonrió tontamente. Nuestra Else miraba.
-Pueden venir a ver nuestra casa de mu√Īecas, si quieren -dijo Kezia, y arrastr√≥ un dedo por el suelo. Pero Lil se puso colorada y sacudi√≥ r√°pidamente la cabeza.
-¬ŅPor qu√© no? -pregunt√≥ Kezia.
Lil contuvo el aliento, y despu√©s dijo: ¬ęTu mam√° le dijo a la nuestra que no ten√≠as que hablarnos¬Ľ.
-Ah, bueno -dijo Kezia. No sab√≠a qu√© contestar-. No importa. Pueden venir a ver nuestra casa de mu√Īecas lo mismo. Vamos. Nadie est√° mirando.
Pero Lil sacudió la cabeza más fuertemente.
-¬ŅNo quieres venir? -pregunt√≥ Kezia.
De pronto hubo un tir√≥n, una sacudida en la falda de Lil. Se dio vuelta. Nuestra Else la miraba con grandes ojos, implorante; ten√≠a el ce√Īo fruncido; quer√≠a ir. Por un instante, Lil mir√≥ a nuestra Else dubitativamente. Pero entonces nuestra Else volvi√≥ a tironear de la falda. Camin√≥ hacia adelante. Kezia indic√≥ el camino. Como dos gatitos de alba√Īal, cruzaron el patio hacia donde estaba la casa de mu√Īecas.
-Ahí está -dijo Kezia.
Hubo una pausa. Lil respiraba pesadamente, casi resoplando; nuestra Else parecía de piedra.
-La abriré para que la vean -dijo Kezia amablemente. Levantó el gancho y miraron dentro.
-Esa es la sala y √©se el comedor, y √©sta es…
-¬°Kezia!
¡Qué salto dieron!
-¬°Kezia!
Era la voz de la tía Beryl. Se dieron vuelta. En la puerta estaba la tía Beryl, atónita como si no pudiese creer lo que veía.
-¬°C√≥mo te atreves a invitar a las peque√Īas Kelvey al patio! -dijo su fr√≠a voz enfurecida-. Sabes tan bien como yo que no tienes permiso para hablarles. V√°yanse, chicas, v√°yanse enseguida. Y no vuelvan -dijo la t√≠a Beryl. Y avanz√≥ hacia el patio y las espant√≥ como si fuesen gallinas-. ¬°V√°yanse inmediatamente! -grit√≥, fr√≠a y orgullosa.
No necesitaban que se lo repitieran. Ardiendo de verg√ľenza, encogi√©ndose, Lil encorvada como su madre, nuestra Else aturdida, cruzaron de alguna manera el enorme patio y se escurrieron por el blanco port√≥n.
-¬°Ni√Īa mala, desobediente! -dijo la t√≠a Beryl a Kezia amargamente, y cerr√≥ de un golpe la casa de mu√Īecas.
La tarde había sido terrible. Había llegado una carta de Willie Brent, una carta aterradora, amenazadora, diciendo que, si no se encontraba con él esa tarde en Pulman Bush, vendría hasta la puerta de la casa para preguntarle por qué. Pero, ahora que había asustado a esas dos ratitas Kelvey y que le había dado un buen reto a Kezia, se sentía más tranquila. La horrible opresión había desaparecido. Volvió a la casa canturreando.
Cuando las Kelvey estuvieron fuera de la vista de los Burnell, se sentaron para descansar junto a un gran tubo de desag√ľe rojo a un lado del camino. Las mejillas de Lil ard√≠an a√ļn; se sac√≥ el sombrero con la pluma y lo puso sobre las rodillas. Como so√Īando, miraron por encima de los cercos de heno, m√°s all√° del arroyo, hacia las zarzas donde las vacas de Logan esperaban ser orde√Īadas. ¬ŅEn qu√© estar√≠an pensando?
De pronto nuestra Else se acurruc√≥ junto a su hermana. Pero ahora hab√≠a olvidado a la enojada se√Īora. Estir√≥ un dedo y roz√≥ la pluma de su hermana; sonri√≥ con su extra√Īa sonrisa.
-Vi la lamparita -dijo suavemente.
Después las dos quedaron otra vez en silencio.

Katherine Mansfield

Fuente: http://www.lamaquinadeltiempo.com/mansfield/indexmansf.htm

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