En ciertas ciudades de provincia se encuentran casas cuya vista inspira una melancolía igual a la que producen los claustros más sombríos, las landas más desoladas o las ruinas más tristes. Y es que tal vez en esas casas se unen el silencio de los claustros, la aridez de las landas y la osamenta de las ruinas. La vida y el movimiento permanecen en ellas en un estado tal de tranquilidad que se las creería inhabitadas si no fuese porque, de pronto se da con la mirada inexpresiva, fría, de una persona inmóvil cuyo rostro poco menos que monástico se alza sobre el alféizar de la ventana, al ruido de un paso desconocido. Estos signos de melancolía concurren en la fisonomía de una mansión situada en Saumur, al extremo de la calle empinada que conduce al castillo, por la parte alta de la ciudad. Dicha calle, actualmente poco frecuentada, calurosa en verano, fría en invierno, a trechos oscura, llama la atención por la sonoridad de su tosco empedrado de guijarros, siempre limpio y seco; por su trazado tortuoso y por la paz de sus casas.

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El señor Grandet gozaba en Saumur de una reputación cuyas causas y efectos no serán comprendidas poco ni mucho por las personas que no hayan vivido en provincias. El señor Grandet, que para algunas gentes de su generación cada día más escasas, seguía siendo el tío Grandet, un maestro tonelero muy acomodado que en 1789 sabía leer, escribir y las cuatro reglas. Cuando la República Francesa puso en venta en el distrito de Saumur los bienes del clero, el tonelero que tenía entonces unos cuarenta años, acababa de casarse con la hija de un rico negociante en maderas. Grandet, provisto de su fortuna reducida a metálico y de la dote de su mujer, en total dos mil luises de oro, fuese a un distrito donde, gracias a doscientos dobles luises ofrecidos por su padre al feroz republicano encargado de vigilar la venta de los bienes nacionales, obtuvo por un mal pedazo de pan, legalmente ya que no legítimamente, los viñedos más hermosos de la comarca, una antigua abadía y unas cuantas alquerías.

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Ahora podemos comenzar a comprender el valor de estas palabras: la casa del señor Grandet y lo que representaba aquel inmueble descolorido, frío, silencioso, situado en lo alto de la ciudad y abrigado por las ruinas de las murallas. Los dos pilares y el arco que formaban el hueco de la puerta habían sido construidos, como la propia casa, en toba, piedra caliza que abunda en las riberas del Loire, tan blanda que su duración media es de unos doscientos años. Las grietas numerosas y desiguales que habían abierto en ella las lluvias y los vientos daban al arco y a los jambajes de la puerta la apariencia de las piedras vermiculadas de la arquitectura francesa y un parecido con el pórtico de una prisión.

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La descripción de las demás dependencias de la casa se desprenderá de los sucesos de esta historia; aunque ya el diseño que hemos hecho del comedor, concentración de todo el lujo del ajuar, permite entrever la desnudez de los pisos superiores.

En 1819, al principio de la velada, a mediados de noviembre, Nanón encendió por primera vez el fuego. Había hecho un otoño delicioso. Aquel día era festivo y muy señalado para los cruchotistas y los grassinistas. Los contendientes se aprestaban a comparecer, armados de todas armas, y a enfrentarse en el comedor en un duelo de zalemas y de pruebas de afecto. Por la mañana, todo Saumur había podido ver a las Grandet, madre e hija, acompañadas de Nanón, dirigirse a la parroquia para oír misa; y nadie dejó de recordar que aquel día era el cumpleaños de la señorita Eugenia.

Honoré de Balzac

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