La falta de tiempo es una de las trabas más mencionadas en relación a la escritura. Es lógico, ya que no sólo lleva mucha “cantidad” de tiempo sino que necesita de otra “calidad”. Para conectarnos con la escritura necesitamos un tiempo “sin tiempo”, amplio, líquido. Entrar en otra dimensión donde podamos fluir y olvidarnos del reloj. Sí, podés escribir a las apuradas una idea que se te acaba de ocurrir. Podés escribir 5 minutos por día para entrenar la fluidez. Pero para desarrollar los textos hace falta SENTARSE.

Qué novedad, ¿no? Tengo que decirlo explícitamente, porque últimamente veo que la gente corre, corre y corre. Y después sigue corriendo. El descanso, el ocio, la contemplación son malas palabras. Tenemos que ser productivos/as las 24 horas. Y creo que esto es justamente lo que nos quita tiempo: la productividad. Corremos el riesgo, además, de que la escritura se sume a la cadena de pendientes y objetivos por cumplir. Lo veo muchas veces: hay más ganas de terminar un cuento y mandarlo a un concurso que aprender a escribirlo. Una gran paradoja, ya que si no aprendemos a escribir un cuento, no lo terminamos y por ende no se manda a ningún lado.

Nos encantan los objetivos, las metas, los sueños por cumplir. Y no soportamos el proceso. Es un mal de época. Spoiler alert: sólo lleva a la frustración. Si me va mal, me frustro porque no llego a lo que me propuse. Si me va bien, me frustro porque “¿y ahora qué?” Tengo que buscar un objetivo nuevo para seguir produciendo sin parar. Nada me llena.

¿La solución? Un lugar común (pero no por eso menos cierto): concentrarse en el proceso. Observar cada paso, registrar el camino, respetar los propios tiempos, parar a descansar, cambiar de dirección si es necesario, acompañarse con amabilidad. Para los/as que siempre tenemos el látigo bien dispuesto para azotarnos, esto es una gran hazaña. Pero paso a paso es posible un mejor trato hacia uno/a mismo/a.

¿Y el tiempo para escribir?

¡Aquí vamos! Te comparto algunos “tips” que me funcionaron. Ojo, no soy una experta en organización. Tomalo como consejos de una persona muy desorganizada que a fuerza de necesidad fue probando distintos métodos hasta que armó uno a su medida.

0) Sincerarme

Antes de plantearte el problema del tiempo para escribir, es importante que te hagas estas preguntas: ¿necesito un tiempo para mí? ¿me hace falta una conexión más profunda con mi creatividad? ¿de verdad lo deseo? ¿me gustaría que ese espacio esté dedicado a la escritura? ¿o quizás es otra cosa lo que estoy buscando? Parece obvio, pero en la era de la necesidad creada, muchas veces podemos querer cosas que en realidad no deseamos. Son deseos impuestos. Puede pasar que estés bien como estás pero te agarre el ataque de “quiero ser más creativo/a” porque es lo que se pretende de nosotros/as hoy en día y te parece que con lo que sos no alcanza. Si es así, mi recomendación es que le hagas un corte de mangas a la voz que te exige “más y mejor”. En ese caso, no hace falta que sigas leyendo. Estoy segura de que así como sos es suficiente. Pero también está la posibilidad de que tengas hambre y sed de un espacio creativo. Que sea un deseo profundo, que de verdad sale de vos. Una necesidad interna. Si es así, vamos al siguiente paso.

1) Abrir la posibilidad

«No tengo tiempo”. Ok. Lo primero es transformarlo en una pregunta: ¿no tengo tiempo? Simplemente pasando de una afirmación a una interrogación se abre una posibilidad: tal vez sí hay tiempo.

2) Enterarme de lo que es

Si NO tengo tiempo para escribir, ¿para que SÍ tengo tiempo? Pienso en la imagen de un armario atestado de cosas. Lo abro y prácticamente se me vienen encima. Pero tengo una caja en la mano que necesito guardar ahí. Es imposible. No hay lugar. Pero la caja es importante. Si el armario es la agenda y la caja es mi espacio creativo, ¿cómo hago para “encajarla”?

Lo primero es ver qué hay en el armario. Luego, definir si todo lo que hay ahí guardado es tan importante. Y finalmente, sacar lo innecesario o (si es todo importante) reorganizar el espacio para ver si la caja puede al fin entrar. Suena fácil dicho así, ¿no?

Te propongo un ejercicio para lograrlo. Prometo que no lleva mucho tiempo. Pero sí atención. Yo lo llamo:

LA AGENDA DEL PASADO

  • Conseguí una agenda de uso exclusivo para este ejercicio. Yo prefiero el papel, pero si te resulta más práctico podés usar una app.
  • Anotá todas tus acciones del día y registrá los horarios y el tiempo que te llevó cada cosa. Al principio puede ser más genérico (por ejemplo: de 10 a 12: limpieza de casa. 2 h) pero con la práctica podés ir haciéndolo más específico (ejemplo: de 10 a 12: lavado ropa, orden escritorio, compost, limpieza heladera y alacena, preparación almuerzo).
  • Mantené el registro por lo menos durante una semana (ideal: un mes).
  • Observá las anotaciones y detectá:

¿Qué acciones se repiten más?

¿Qué acciones llevan más tiempo?

¿Qué acciones me llenan de energía?

¿Qué acciones me drenan la energía?

¿Hay alguna acción que no me corresponda?

¿Hay cosas que tendría que hacer otra persona y me estoy haciendo cargo yo?

¿Hay acciones que hago por costumbre pero ya no tienen sentido para mí?

¿Puedo simplificar alguna de las tareas?

¿Puedo delegar alguna de las tareas?

¿Puedo pedir ayuda para alguna de las tareas?

  • Extra tip: Si notás que estás muy pendiente del celular, podés usar la app Quality Time para registrar cuánto tiempo pasás frente a la pantalla y en qué aplicaciones. Es muy sorprendente ver los resultados.

3) Limpieza

Una vez que registraste cuáles son las acciones que podrías dejar de hacer (o simplificar), identificá la que sería más fácil de soltar. ¡Y no la hagas más! Ya tenemos un poquito más de tiempo libre. Es importante hacerlo de a poco. Acción por acción. Hasta que quede sólo lo esencial. Lo verdaderamente importante.

Este ejercicio es muy poderoso. Poner todo sobre la mesa siempre tiene un impacto. Si estás colapsado/a, seguramente te den ganas de patear el tablero e irte a vivir al Congo. Pero te prometo que cambiando al menos una de las acciones que están “de más”, vas a notar una diferencia enorme.

4) Ser fiel a mi estilo

Hay gente que puede agendarse un horario para escribir y lo cumple. Mis respetos. Si sos de ese grupo, ¡avanti! Pero también puede pasar que seas como yo, que me rebelo ante los horarios (salvo que sea un compromiso con otra persona, ahí los/as que me conocen saben que soy fan de la puntualidad). Mi trato conmigo misma es: escribir es lo primero que hago en el día. Me despierto y escribo en la cama mis 5 minutos diarios. Y después, en la medida de lo posible, escribo una o dos horas lo que me toque escribir en el día. De hecho, esto lo estoy escribiendo a la mañana. Pero no me dije “lo voy a hacer a las 10”, porque sé que me rebelo. Cada loco con su tema, ¿no? La clave está en proponerte algo que sea coherente con cómo sos. Como reza el dicho popular: no hay que pedirle peras al olmo.

5) Valorar y defender el espacio libre

El peligro de tener tiempo libre es que se puede llenar con cualquier cosa. Después de tanto trabajo para generar un espacio de escritura, se me ocurre que tengo que llamar a mi amiga de la infancia que no veo hace años o que justo estoy de humor para hacer un trámite que vengo postergando hace meses o que mi escritorio es una mugre y cómo me voy a sentar a escribir en estas condiciones.

Esto es re normal. Tenemos que aceptarlo como parte del proceso. Y recordárnoslo. Hacer lo que haga falta: apagar el celular, bloquear internet en la PC, ir a escribir a un bar, pegarme un cartel en el escritorio que diga “acordate de que esto es lo que querías”, etc. Lo que veas que te pueda funcionar en el momento de la distracción.

Qué decirte, es un entrenamiento. Nos vamos volviendo especialistas en estar alertas y entender las estrategias del gollum. Habrá momentos en los que estés re afilado/a y nada te detenga. Y otros en los que te va a costar más. Como la vida misma. No podemos pretender que nuestra “performance” sea uniforme. Que podamos siempre, como si fuéramos robots.

Como decía al comienzo, en definitiva la clave está en tratarnos un poco mejor, ser más amables con nosotros/as mismos/as. Si un día me distraje y me puse a hacer otra cosa, lo registro y la próxima prestaré más atención. Pero no me voy a castigar por eso. La persistencia del látigo es lo que convierte una traba en un bloqueo. Trabas siempre va a haber, es natural. Verlo como un error, una falla, o incluso un fracaso es lo que nos lleva a bloquearnos.

Y vos, ¿cómo te llevás con el tiempo?

¿Probaste alguna vez una forma de organizarte mejor? ¿Te resultó?

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