¡Segunda y última parte del STOP al piloto automático!

Si querés leer la primera, podés hacerlo siguiendo este link:

https://www.ceciliamaugeri.com.ar/como-salir-del-piloto-automatico/

Y ahora, lo prometido: la historia del extrañamiento.

Había una vez un grupo de lingüistas amigos que vivían en Moscú. Podían gozar del buen clima sólo tres meses al año… Así que el resto del tiempo se emponchaban y se reunían alrededor del samovar. Era el ambiente ideal para la introspección y las reflexiones filosóficas compartidas.

Un día se les presentó una pregunta inquietante: ¿Qué es la Literatura? ¿Qué hace que una obra sea literaria? ¿Cuál es su propiedad? Se pusieron a jugar a los científicos arriesgando hipótesis y tratando de demostrarlas con pruebas. Y hete aquí que a la propiedad que encontraron la llamaron ostranenie (“extrañamiento”). Y pasaron muchos años buscándola en las obras cumbres de la Literatura Rusa.

Esto fue lo primero que estudié cuando empecé a cursar Letras. Enseguida me imaginé hibernando con mis compañeros/as de la facultad, reunidos/as alrededor del mate, indagando cómo es la Literatura por dentro, leyendo y haciéndonos preguntas sobre las obras cumbres de la Literatura Argentina. Pero la propuesta era otra: entender qué vio Schklovsky en las novelas de Tolstoi y por qué estaba tan enojado con Potebnia.

Pero no te vayas por las ramas, Ceci. No venimos a hablar de tus desencantos estudiantiles. Hoy te habías propuesto hablar del extrañamiento. Y rescatarlo como concepto, ya que es vital para la escritura (y para la creatividad en general).

Schlovsky decía (inspirado por Tolstoi) que no vemos los objetos de la vida cotidiana: los reconocemos. Los registramos como parte de la realidad. Vemos un mate y pensamos en el concepto “mate”. Automáticamente lo clasificamos en la categoría a la cual corresponde. No nos detenemos en los detalles, no observamos si está hecho de calabaza, madera, vidrio o plástico, ni en cómo transmite o no el calor, ni cómo se siente sostenerlo en la mano, etc, etc. Es un mate y lo usamos para tomar la bebida homónima. Punto. Se termina toda la diversión.

Una vez, en la clase de dramaturgia, el profe nos pidió que cerráramos los ojos y evocáramos el baúl que teníamos enfrente y que nos había acompañado durante toda la cursada. Siempre había estado en nuestro campo visual. Era un baúl grande, de casi un metro de largo. La mayoría no nos acordábamos qué forma tenía, cómo era el color de la madera, los detalles en cuero, las hebillas, un agujero que había en una esquina, los flyers apilados arriba de la tapa, etc. Y lo más llamativo: ¡algunos/as nunca lo habían visto!

No te asustes si te pasa, es una función normal de nuestro cerebro. Se trata del principio de parsimonia. Nuestra mente quiere hacer el menor esfuerzo posible y sólo recuerda lo fundamental. Nos acordamos del tema de la primera charla del día, pero no retenemos las palabras exactas. Recordamos generalidades, no hay espacio ni tiempo para el detalle. ¡Sería demasiada información para procesar! Esto es muy útil para la vida cotidiana, pero letal para la creatividad. Por eso necesitamos activar las neuronas.

Frente a la automatización, los formalistas rusos proponían la singularización de los objetos. Escribir lo particular descubriéndolo, mirándolo como si fuera la primera vez. Salir del reconocimiento y entrar en la observación atenta.

Para lograrlo hace falta técnica, sí (y mucha práctica). Pero el primer paso el PERCIBIR lo particular e IMAGINAR al detalle. Sin este material plástico que vamos recolectando con nuestras experiencias más vívidas, no tenemos qué trabajar con la técnica.

Por eso propongo empezar entrenando la mirada. Es fácil cuando estamos de viaje y todo nos sorprende, porque lo percibimos por primera vez. El asombro es el estado natural del/la viajero/a. Pero, ¿cómo hago cuando estoy inmersa en la vida cotidiana? Necesito practicar el extrañamiento. Tomar distancia de lo que observo, mirarlo desde otra perspectiva, olvidar todo lo que sé, contagiarme del espíritu extranjero, ser curiosa como una niña.

¿Cómo se hace? Jugando.

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