“No tengo vocabulario” es una frase que escucho casi todos los días. Y a mí, las ideas que se repiten tanto me hacen pensar y me dan ganas de hilar un poco más fino. Porque nada es tan simple como parece…

Lo primero que me pregunto es: ¿se trata de una sensación previa a la escritura o surge de la práctica?

Si la respuesta es la primera opción, significa que pensamos que no tenemos vocabulario antes de intentar escribir algo. Como si fuera una condición esencial, como decir: “no tengo branquias”. Algo que no puedo cambiar y por lo tanto no depende de mi accionar. No importa cuánto me esfuerce, nunca voy a lograr que me crezcan branquias.

¿De dónde viene ese pensamiento? ¿Alguien me lo dijo alguna vez y quedó grabado en mi memoria como una sentencia inamovible? “Te falta vocabulario”, una frase más que se guarda en el mismo lugar que “no tenés talento para esto”, “no vas a llegar a ningún lado”, “dejá de fantasear y hacé algo útil con tu vida”, etc, etc.

Si algún/a profe de Lengua me lo dijo alguna vez, con buena o mala intención, quedó ahí como una cualidad eterna y no como la descripción de una instancia del aprendizaje. Tal vez fuera cierto en ese momento, pero nunca más revisé si mejoré en ese punto o no. Y es muy posible que mi vocabulario haya crecido desde entonces.

Si la preocupación por el vocabulario surge de la práctica, me hago otra pregunta: ¿faltan palabras o falta desarrollar la idea o la imagen? Por ejemplo, si quiero transmitir la sensación de un atardecer único que me dejó “sin palabras”, tengo que trabajar mucho sobre la imagen: ¿por qué es único? ¿Es el lugar, el ambiente, la compañía? ¿Cómo son los colores, los sonidos de ese momento, los olores que se sienten? ¿Cómo es la situación, el contexto en el que estoy observando? No es lo mismo un atardecer que me sorprende en la ciudad al salir del trabajo que el del primer día de la Luna de Miel en una playa paradisíaca. Ambos pueden ser únicos, pero la forma de serlo de cada uno es muy particular.

Lo mismo ocurre con las ideas. Pasa mucho cuando queremos comunicar lo intangible. Por ejemplo: si quiero explicar cómo es el proceso psíquico para recuperarse de una depresión, seguramente sea más difícil que describir un atardecer único… pero no es imposible. Puedo trabajar esta idea haciéndome preguntas cada vez más precisas: ¿Qué es un proceso psíquico? ¿Hay pasos? ¿Cuáles y cómo son? ¿Qué es la depresión? ¿Cuáles son los síntomas? A medida que surgen las respuestas, pregunto de nuevo. Y así sucesivamente hasta llegar a la máxima profundidad de los conceptos que estoy intentando explicar.

Si aún después de trabajar con las imágenes e ideas me faltan las palabras, ahí sí busco ayuda en el diccionario. Mi favorito es el de María Moliner porque es un diccionario de uso. Es decir que, además de las definiciones, incluye los contextos en los que pueden aparecer las palabras. Otro recurso que me parece excelente es el buscador Wordreference. Allí vas a encontrar definiciones, sinónimos y foros donde se debate el uso de las palabras.

¿Qué pasa si me salteo el trabajo con la imagen o la idea y voy directo a buscar sinónimos? Algo como esto: le escribo a mi palomo “Me encanta tirarme en el pasto con vos a ver el atardecer”, pero me suena muy simple. No es “poético”. Entonces busco sinónimos en el diccionario y la frase “mejorada” queda: “me deleita recostarme sobre la hierba contigo y contemplar el ocaso”. Adivino que, frente a este cambio, mi palomo diría: “Me gustabas más cuando te faltaba vocabulario”.

Moraleja: cuestionemos siempre esas sentencias que nos decimos a nosotros/as mismos/as. Busquemos cuál es el problema de verdad en nuestra comunicación. El vocabulario es muy importante. Y, aunque no lo creas, es lo más fácil de desarrollar. Leyendo más, buscando las palabras que no conocés en el diccionario, jugando al Bleff. Mucho más difícil es ir a fondo con nuestras imágenes e ideas, no tomarlas a la ligera, darles su tiempo de desarrollo, probar una y otra vez hasta encontrar la frase que las expresa mejor. Y más difícil aún es sacarnos de encima las frases hechas que seguimos repitiéndonos sin pasar a la acción.

Ampliar el vocabulario es fundamental. Conocer una variedad abundante de palabras es similar a tener muchos ingredientes en la alacena para cocinar. Pero atenti: siempre preguntate cuáles son tus objetivos. Si estás aprendiendo a cocinar, para preparar un plato rico no hace falta tener un montón de variedades exóticas en la alacena. Con lo que tenés ahora seguro te alcanza para empezar. Y a medida que vas avanzando, vas sumando elementos para enriquecer tu práctica. Pero si querés ser master cheff internacional, te diría que tengas no sólo los ingredientes sino también todos los utensilios y aparatos que te puedan ayudar a mejorar tu performance, porque tu objetivo así lo exige.

Yo hace rato que decidí que no quiero ser una escritora “master cheff internacional”. Con practicar me alcanza. Quiero expresarme, comunicar mi mundo interno y seguir desarrollando la creatividad. ¿Y vos? ¿Cuáles son tus objetivos con respecto a la escritura? ¿Cómo te ayuda el vocabulario para alcanzarlos?

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