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Juan Villoro correcci贸n
Foto: Lul煤 Urdapilleta

Correcci贸n

Juan Villoro

Germ谩n Villanueva habl贸 para pedirme trabajo. Llev谩bamos a帽os sin vernos y m谩s que el opaco tono de su voz, me sorprendi贸 la franqueza con la que admiti贸 su descalabro; se refiri贸 sin pretextos ni atenuantes a su adicci贸n a la hero铆na y describi贸 el arduo tratamiento de recuperaci贸n con desapego cl铆nico: 芦Estoy mejor ahora, tengo s铆ndromes de abstinencia, pero estoy mejor禄. El plural en 芦s铆ndromes禄 me pareci贸 curioso (驴cu谩ntas man铆as compensatorias pod铆a tener mi antiguo amigo?), pero no era el momento de hacer preguntas; su abrumadora sinceridad exig铆a silencio o, en todo caso, una respuesta breve, afirmativa y cort茅s. Lo cit茅 para el martes de la pr贸xima semana (por darme aires, pues ten铆a la agenda desierta).

Conoc铆 a Germ谩n hace 23 a帽os, en el taller de cuento de Edgardo Zimmer, el escritor uruguayo que pag贸 su militancia en la Cuarta Internacional con arrestos y c谩rceles en tres pa铆ses, y lleg贸 a M茅xico con suficientes tragedias a cuestas para que nosotros fu茅ramos, si no un alivio, al menos un problema llevadero. Le铆a nuestros manuscritos como si contuvieran una verdad honda que por el momento nadie pod铆a descifrar. Enemigo de las cordialidades in煤tiles, nos criticaba con una severidad forjada en los a帽os duros de su militancia y que nunca ofendi贸 a nadie: Zimmer nos tomaba tan en serio que sus demoliciones eran una forma de la generosidad; hab铆a algo estimulante y aterrador en que nuestras historias importaran. Naturalmente, muchos descubrieron que ning煤n acto pod铆a ser tan responsable como el silencio y dejaron el campo libre a los incautos. En aquellos tiempos (1975鈥79) yo estaba al servicio del Hombre Nuevo y escrib铆a para que los mineros entendieran su misi贸n hist贸rica. Por sus experiencias en comit茅s de base y mazmorras de Am茅rica latina, Zimmer parec铆a un aliado natural de mis engendros, pero respetaba demasiado a la literatura para confundirla con los panfletos que por entonces se imprim铆an en mime贸grafo y se despintaban en las manos de los pasajeros de troleb煤s.

Un mi茅rcoles de casa llena (Katia estaba ah铆), Zimmer demostr贸 que mi relato en turno era un desastre. Alguien hab铆a propuesto un brindis antes del taller y el maestro habl贸 con labios te帽idos por un vino barato. Nunca olvidar茅 esa boca terriblemente morada. Quiz谩 el vino contribuy贸 a la lucidez de Zimmer, lo cierto es que me hizo morder mi vaso de pl谩stico y concentrarme en su olor 谩cido para evadir mi ca铆da ante los brillantes ojos de Katia.

A los 17 a帽os, tomaba el taller como una arena de competencia. Hab铆a invertido demasiada pasi贸n en los deportes y desconfiaba de las actividades sin campeones. Unas semanas antes de leer aquel cuento, hab铆a sufrido mi mayor derrota deportiva.

Estuve en la preselecci贸n de gimnasia ol铆mpica y el entrenador, Nobuyuki Kamata, me dijo estas inolvidables palabras: 芦t煤 no nada禄. Mis manos cubiertas de talco no volver铆an a hacer el Cristo en las argollas. Trat茅 de consolarme pensando que serv铆a de poco representar a un pa铆s que de cualquier forma no gana medallas e imagin茅 las fracturas que seguramente habr铆a sufrido. En vano: el rechazo del entrenador japon茅s fue demoledor. Yo viv铆a en el Olivar de los Padres y llor茅 desde el CDOM hasta la casa, lo cual es mucho llorar si se considera que sal铆 de la ciudadela ol铆mpica en un cami贸n que paraba en cada esquina.

Todo esto para decir que entr茅 al taller de Edgardo Zimmer como a una liga deportiva; las cr铆ticas me dolieron tanto como el desprecio sin gram谩tica de Nobuyuki Kamata.

Nos reun铆amos en la Universidad, en el piso 10 de Rector铆a, y aquella tarde de mal vino no soport茅 la perspectiva de compartir un elevador tan largo con quienes hab铆an detallado mis defectos. Cuando cre铆 que todos se hab铆an ido, me acerqu茅 al vest铆bulo de los elevadores y o铆 este di谩logo:

鈥斅縉o fui demasiado duro con 茅l? 鈥攑regunt贸 Zimmer. 鈥擯ara nada 鈥攑ronunci贸 la cruel y deliciosa voz de Katia.

Tom茅 las escaleras. En la planta baja, Germ谩n Villanueva esperaba a los rezagados del elevador. Su ruana chilena ol铆a a hierbas raras.

鈥擭o te azotes 鈥攎e dijo鈥, tienes madera.

Su apoyo fue peor que el ninguneo de Katia. Camin茅 por los prados nocturnos de la Universidad, esperando que alguien comprensivo me asesinara.

Al otro extremo del campus, vi un tubo atravesado entre dos postes, a una altura ideal para hacer gimnasia. Germ谩n me comprend铆a y Katia me ignoraba, pero yo pod铆a girar en un tubo, a veces con una mano, a veces con la otra. Me consol茅 con una actividad de la que hab铆a sido eliminado, algo tan absurdo como eficaz; hice un aterrizaje perfecto en la banqueta y descubr铆 que a煤n llevaba el relato en mi morral; cort茅 mi nombre con el pulgar y el 铆ndice y lo tir茅 en un tambo que ol铆a a desechos m茅dicos.

脡sta deber铆a ser la historia de una admiraci贸n, el testimonio de c贸mo otro escritor sali贸 de la bruma, pero a煤n me cuesta hacer las paces con Germ谩n Villanueva. Me hab铆a propuesto narrar los hechos como un testigo distanciado, pero no encuentro la forma de renunciar a mis prejuicios. La envidia ha sido la m谩s fiel consejera en mi trato con Germ谩n, lo concedo de inmediato, aunque mis motivos para detestarlo no son del todo infundados; es ruin decirlo ahora que conozco sus infiernos, pero no escribo para posar de buena persona. 芦La sinceridad es la primera obligaci贸n de quienes no est谩n seguros de su talento禄, me dijo Edgardo Zimmer hace 23 a帽os justos. Ya es hora de que le haga caso.

En comparaci贸n con Germ谩n Villanueva, yo era tan elocuente como Nobuyuki Kamata. Zimmer dosificaba los elogios a sus relatos, como si temiese que el joven prodigio pudiera quedar ciego ante su propia luz o que un taller de admiradores le resultara in煤til y nos privara de atestiguar sus progresivos hallazgos.

Katia no cay贸 en la vulgaridad de enamorarse del mejor de nosotros porque se acost贸 con el maestro antes de que los dem谩s tuvieran un destino, y porque su imaginativa capacidad de sobreponerse a la evidencia le permit铆a creer que nadie escrib铆a como ella. Yo la amaba con tenaz masoquismo. Le regal茅 mi ejemplar de Rayuela, olvidando que lo hab铆a subrayado. Me lo devolvi贸 con este comentario: 芦Si tuviera que juzgar a Cort谩zar por tu lectura, ser铆a un imb茅cil禄. Me masturbaba pensando en ella, pero ni siquiera en esa intimidad triste y virtual logr茅 verla desnuda. Sus botones dominaban mi inconsciente.

Cada vez que Germ谩n le铆a un texto, Katia lo escuchaba sin abrir los ojos. No lo quer铆a ni lo envidiaba, pero s贸lo a 茅l le otorgaba el respeto de sus ojos cerrados.

Cuando la Facultad de Qu铆mica organiz贸 un concurso de cuento sobre los elementos de la tabla peri贸dica, Germ谩n gan贸 con una historia sobre el cloro. Que eligiera un elemento tan impopular, fue un triunfo adicional. Yo obtuve una humillante quinta menci贸n (me pareci贸 muy descarado escoger el oro y escrib铆 sobre la plata).

Germ谩n era due帽o de una intuici贸n certera, pero se extraviaba en frases gaseosas cuando deb铆a criticar a los dem谩s. Mis cuentos le inspiraron vaguedades casi agr铆colas: 芦le falta carne禄, 芦como que no respira禄, 芦no siento la sangre禄. Yo ten铆a madera pero 茅l no sent铆a la sangre.

Despu茅s de cuatro a帽os de deslumbrarnos con nuestras carencias, Edgardo Zimmer se fue a dar clases a Berkeley. Hubo una reuni贸n de despedida en la que beb铆 demasiado ron y bes茅 a la chilena equivocada. Ante cada rechazo de Katia, me atrev铆a a buscar a una de las hermosas exiliadas que tambi茅n me rechazaban, pero con acento m谩s dulce. En la fiesta de Zimmer, Katia empezaba a ser la gran dama impositiva y gorda que ahora preside la literatura nacional, pero volv铆 a cortejarla. No recuerdo las circunstancias precisas del asunto; nuestro grupo se iba a disolver y yo estaba ante una opci贸n de 脷ltimo Asalto; actu茅 con tal 铆mpetu que result贸 natural que ella me diera un puntapi茅 con su bota ucraniana.

Horas m谩s tarde, me sobaba el tobillo en un sof谩, beb铆a ron en un tarro de cerveza y estaba harto de acariciar el 谩spero sarape que cubr铆a los brazos del sill贸n. En alg煤n momento bes茅 a Mar铆a, una mujer que no sab铆a si me gustaba o no. Y tard茅 mucho en saberlo porque me cas茅 con ella, no fui feliz ni desgraciado, y hubiera seguido en esa planicie emocional de no ser porque su prima se meti贸 en mi cama una tarde en que le铆a La muerte de Virgilio y Mar铆a nos descubri贸 cuando ya resultaba imposible citar a Hermann Broch. Nos divorciamos y acab茅 en un cuarto de azotea, rodeado de cajas inservibles. Mar铆a me permiti贸 conservar todos los discos de acetato (ya se hab铆an inventado los compactos).

Entre la despedida de Edgardo Zimmer y el fin de mi matrimonio, s贸lo vi a Germ谩n en una ocasi贸n. Me invit贸 a tomar un caf茅 y a participar en una nueva revista, Astrolabio, a la que cada colaborador deb铆a aportar 500 pesos. Yo era redactor del bolet铆n interno del metro y andaba mal de dinero; pero me tent贸 la idea de pagar por ser publicado, sobre todo porque no ten铆a ning煤n cuento disponible.

Nos vimos en una cafeter铆a en una terraza. 脡l llevaba una bolsa de pl谩stico llena de monedas para darle limosna a los mendigos que cada cinco minutos se acercaban a la mesa. Adem谩s de este desplante de caridad, me impresion贸 lo mucho que hab铆a adelgazado. De pronto sopl贸 el viento y pens茅 que se llevar铆a el pelo de Germ谩n; aquellas hebras endebles eran un s铆mbolo de su condici贸n f铆sica.

Hizo una larga exposici贸n de lo que deb铆a ser Astrolabio, 芦un foro plural, ajeno a las mafias y los vicios de otras generaciones禄, y me interrog贸 con minucia sobre mi trabajo. Despu茅s de pagar la cuenta, abri贸 un portafolios de tela y sac贸 su primer libro de relatos. En la dedicatoria me llam贸 芦condisc铆pulo禄. La palabra ten铆a un aire ofensivo; 茅l ya hab铆a publicado y la cr铆tica lo elogiaba (incluyendo a Sim贸n Parra, el Tenebroso); el tiempo de aprendizaje era un feliz pasado para 茅l y un presente necesario para m铆.

Mi recuerdo es injusto, lo reconozco. El encuentro con Germ谩n me entusiasm贸 lo suficiente para escribir un relato en dos d铆as y ahora lo cargo de amargura retrospectiva. Astrolabio rechaz贸 mi texto. 芦隆Pero si hay que pagar por publicar!禄, protest茅. 芦Es un asunto de calidad, no de dinero禄, dijo Germ谩n, y me cit贸 en otra cafeter铆a para hablar con insoportable franqueza:

鈥擴no no escoge a sus amigos por su prosa; t煤 y yo somos cuates pero a tu cuento le falta garra.

Ignoro a qu茅 llamaba 芦amistad禄. Llev谩bamos a帽os sin vernos y s贸lo me hab铆a buscado por mi prosa. Encend铆 un cigarro y le ech茅 el humo en la cara. 脡l conserv贸 su tono desagradable, como si la gentileza y la objetividad sirvieran de algo; propuso que le entregara otro cuento. Me jur茅 no colaborar en la revista, pero mi dignidad no pudo medir su fuerza: Astrolabio no lleg贸 al segundo n煤mero.

Pasaron los a帽os y s贸lo supe de Germ谩n por los peri贸dicos: siempre notorio, siempre ascendente, siempre modesto. Sim贸n Parra fue un cruzado de sus primeros libros, pero cuando advirti贸 que sus opiniones coincid铆an con las de sus rivales, se sirvi贸 de su incuestionable inteligencia para denostar a su antiguo protegido. Este desprecio a destiempo benefici贸 a Germ谩n, que corr铆a el riesgo de encontrar un respeto demasiado un谩nime para un autor de ruptura.

A fines de los ochenta escribi贸 una memoria de su generaci贸n. Me mencion贸 como un raro 芦en el sentido de Rub茅n Dar铆o禄. La verdad sea dicha, mis cuentos carec铆an de extravagancia. Eran escasos, convencionales y poco le铆dos. Que Germ谩n se hiciera el generoso con una falsa definici贸n de mi fracaso resultaba insultante. Pero no pod铆a echarle en cara un gesto amable. 隆Hubiera sido tan f谩cil odiar su altaner铆a!

Cuando me lo encontr茅 a la salida de un cine, del brazo de su esposa, sent铆 un convincente pu帽al en el pecho: le di las gracias. Germ谩n me abraz贸 con efusividad, me present贸 a Laura, propuso que tom谩ramos algo. Yo hab铆a ido solo al cine y esto acentuaba mi desventaja; no sal铆amos de una retrospectiva de Rohmer a la que los conocedores van solos por tercera vez, sino de una de esas megaproducciones que sirven para juntar a la gente. Entonces Laura pregunt贸:

鈥斅縀s el raro?

Acept茅 la invitaci贸n s贸lo por ganas de lucir normal.

Fuimos a uno de esos sitios horrendos que siempre quedan a mano en la ciudad de M茅xico, una taquer铆a con paredes y columnas tapizadas de jarritos de barro. S贸lo quedaba un hueco en la pared del fondo, donde gente m谩s o menos famosa hab铆a estampado sus firmas.

Laura deb铆a tener unos treinta y cinco a帽os. Su rostro conservaba una belleza algo marchita y parec铆a marcado por incontables preocupaciones. Se pasaba las manos por el pelo como si no tuviera otra forma de controlarlas. Hab铆a le铆do cada l铆nea de Germ谩n y lo admiraba sin reservas, pero no era la cl谩sica insulsa que se rinde ante las necedades de su marido; se refiri贸 a Noche en blanco con argumentos sagaces. Coincid铆 con ella en secreto. La nueva novela de Germ谩n me hab铆a parecido estupenda pero no iba a elogiar a quien me rechaz贸 en Astrolabio.

Una vez m谩s me llam贸 la atenci贸n el pelo de mi colega; sobre todo, me llam贸 la atenci贸n que siguiera en su sitio; hab铆a algo antinatural en que esos mechones resistieran. Record茅 un comentario de Edgardo Zimmer ante una foto de Samuel Beckett: 芦Hasta el pelo le crece con originalidad禄. Tambi茅n Germ谩n proclamaba su diferencia en la cabeza; su pelo mostraba una f茅rrea debilidad. Me concentr茅 en su rostro, surcado de arrugas prematuras. Un vaquero an茅mico y nervioso, desgastado por intemperies emocionales.

Hasta entonces no le hab铆a descubierto una faceta vulnerable. Los compa帽eros de taller son los infinitos borradores que nos han le铆do y las cr铆ticas no siempre justas que nos han dicho. Los textos de Germ谩n describ铆an un temperamento, pero nunca lo asoci茅 con sus personajes devastados. Mi admiraci贸n operaba en su contra; no pod铆a distinguir las dosis de dolor y trabajo que hac铆an posibles sus historias.

Comi贸 con raro apetito y se detuvo de repente:

鈥擰u茅 pendejo, me mord铆.

Una gota de sangre se le form贸 en la comisura de la boca. Segundos despu茅s, un hilo rojo le bajaba a la barbilla y goteaba en su plato. Germ谩n tom贸 un pu帽ado de servilletas de papel y fue al ba帽o. Laura encendi贸 un cigarro. Habl贸 con una calma artificial de la salud de su marido, como si no buscara otra cosa que tranquilizarse a s铆 misma: Germ谩n ten铆a problemas de coagulaci贸n, nada muy grave, por supuesto, pero se negaba a seguir tratamientos, hab铆a que verlo ahora, estropeando la reuni贸n con un amigo al que deseaba ver desde hac铆a tanto tiempo.

鈥擭o s茅 qu茅 va a pasar cuando se deje ir 鈥擫aura expuls贸 el humo por la nariz鈥. Toda su vida ha luchado para controlarse. Est谩 enfermo de perfecci贸n. Con decirte que naci贸 con el dedo chiquito del pie enroscado como un camar贸n y a los catorce a帽os empez贸 a hacer ejercicios para enderezarlo. 驴A qui茅n le importa tener un dedo chueco en el zapato? Supongo que s贸lo a Germ谩n. Es tan aferrado que logr贸 enderezarlo 鈥擫aura hizo una pausa. Sus ojos se llenaron de l谩grimas y de recuerdos que hubiera dado cualquier cosa por conocer鈥: es tan obsesivo para escribir que no se ocupa de nada m谩s, como si todav铆a siguiera corrigiendo ese dedo que nadie ve. Estoy segura de que su cuerpo s贸lo le import贸 esa vez, porque pon铆a a prueba su voluntad. Desde entonces ha descuidado todo lo dem谩s.

Entr谩bamos a una zona que tocaba a Laura, imagin茅 la fervorosa soledad que significaba vivir al lado de Germ谩n. Ella guard贸 silencio, viendo las firmas en la pared del fondo. Luego me dijo:

鈥斅縋or qu茅 no vas a verlo?

Me incorpor茅 pero Germ谩n ya volv铆a del ba帽o; se hab铆a mojado la cabeza y su pelo parec铆a un trasplante exiguo. Por lo dem谩s, luc铆a recompuesto. Pidi贸 otra cerveza, habl贸 con entusiasmo de la p茅sima nueva novela de Katia, que acababa de recibir un premio tan gordo como ella, y quiso que le contara de 芦mis cosas禄. S贸lo por desviar la conversaci贸n pregunt茅 si ten铆an hijos. Germ谩n neg贸 con excesiva prontitud, como si temiera una queja por parte de Laura.

No me extra帽贸 enterarme, un par de a帽os despu茅s, que se hab铆an separado. Desde aquella cena la mente de Germ谩n estaba en otro sitio, la mano de Laura duraba muy poco en la suya, sus miradas apenas se cruzaban, ella empezaba a sobrarle y 茅l a seguir una estrella que arruinar铆a su vida.

Una noche de diciembre recib铆 una llamada de Katia. Tem铆 que quisiera invitarme a una de sus posadas literarias (administra una Casa de la Cultura que justifica su presupuesto con un marat贸n anual de 芦narraciones orales禄 y ollas de ponche), pero me salud贸 con un entusiasmo digno de otra causa. La voz de Katia es cada d铆a m谩s masculina y los fr铆os de diciembre la hab铆an dejado a煤n m谩s ronca:

鈥斅緼 que no sabes qu茅?

Esper茅 una mala noticia, pero no supe de qui茅n.

鈥擬e doy 鈥攆ue mi parca respuesta.

鈥擥erm谩n est谩 en una cl铆nica. Ya sabes que es un drogadicto perdido. Se meti贸 un pas贸n de hero铆na.

Yo no sab铆a nada y jam谩s hab铆a visto una jeringa con hero铆na. Katia no perdi贸 la oportunidad de lucirse:

鈥擲铆, ya s茅 que has viajado poco, pero Germ谩n fue profesor visitante en Brown y escritor en residencia en una bodega de artistas de Amsterdam. Siempre le entr贸 a tocho morocho, pero el caballo pudo m谩s que 茅l 鈥擪atia presumi贸 su familiaridad con las drogas fuertes; luego tosi贸, regresando a su realidad de gripe y cigarros Del Prado.

Cont茅 la escena en la taquer铆a.

鈥擯arece que tiene algo en la sangre, 驴crees que ser谩 sida? 鈥攑regunt贸 Katia en tono esperanzado鈥, con raz贸n sus 煤ltimas cosas me parecieron tan herm茅ticas. 驴Te digo algo? Germ谩n siempre te tuvo envidia. T煤 eres congruente, nunca has hecho concesiones, casi no publicas.

Gracias a Katia, sent铆 una intensa compasi贸n por Germ谩n. La vida hab铆a durado demasiado para nosotros. Pensar que veinte a帽os atr谩s hubiera hecho cualquier cosa por dormir junto al pelo dorado de Katia.

Invent茅 que sonaba el interf贸n de mi edificio para colgar el tel茅fono. No quer铆a que me explicara por qu茅 soy tan 芦congruente禄.

Est谩bamos en 1994; dos a帽os antes, hab铆a sido uno de los numerosos beneficiados por la mala conciencia del quinto centenario de la Conquista. La alcald铆a de Valladolid me concedi贸 un premio por mi primer libro publicado en diez a帽os. Esta m贸dica recompensa al cabo de una d茅cada de silencio me hab铆a otorgado fama de selecto. No he viajado lo suficiente para saber si otros pa铆ses comparten este elogio mexicano: 芦Es tan bueno que ya no escribe禄. Mi parquedad era una buena carta de presentaci贸n en un medio donde la renuncia no es un signo de impotencia sino una virtud dolorosa, un encomiable sacrificio del talento. Para Katia, yo representaba al narrador agradablemente ilocalizable, que no genera expectativas ni compite con los dem谩s.

Decid铆 visitar a Germ谩n pero estaba en una cl铆nica suiza. Sus editores europeos pagaban los gastos. Incluso en su ca铆da ten铆a algo grandioso. Lo imagin茅 envuelto en frazadas en una terraza alpina, chupando un term贸metro con sobrado deleite, como si repasara un pasaje de La monta帽a m谩gica.

Germ谩n Villanueva sali贸 de su viaje al inframundo con un legado luminoso, Abstinencia. La cr铆tica no vacil贸 en compararlo con Michaux, Cocteau, Burroughs y Huxley. Vi una foto suya en el Exc茅lsior, m谩s flaco que nunca, apoyado a un bast贸n de fierro.

Con ese bast贸n lleg贸 a la cita que le di en mi oficina y que he demorado tanto en contar. Desde siempre, Germ谩n es la sombra que preside mi teclado, el tic nervioso al que no puedo sustraerme; supongo que si 茅l contara el cuento ya estar铆a atando nudos decisivos, pero yo a煤n debo abrir un par茅ntesis. Desde hace cinco a帽os dirijo Barandal republicano, el tabloide bimestral que circula en las ruinas del exilio espa帽ol. Con m谩s nostalgia que precisi贸n, recordamos nuestra inmensa deuda con la Espa帽a de M茅xico. El 14 de abril tenemos una comida con guisos cada vez m谩s simples (el patronato es octogenario) y muy pronto nos reuniremos en los sedantes pabellones de la Beneficencia Espa帽ola. Obviamente ha sido mi mejor empleo. Disponemos de un piso noble en los altos de Can Barcel贸, el restor谩n que en mi茅rcoles de Copa Europea ostenta banderas blaugranas. Estoy casado con Nuria Barcel贸, la nieta del exilio espa帽ol que cumpli贸 las expectativas que deposit茅 en las hijas del exilio chileno. Tengo dos hijos que me impulsan a sacar fotograf铆as de la cartera a la menor provocaci贸n y un suegro con la doble virtud de haber inventado mi trabajo y no exigirme otra cosa que comer con 茅l cada dos semanas para probar el plato del d铆a en su restor谩n y hablar durante un puro de la cada vez m谩s difusa realidad que interesa a Barandal republicano.

Nuestra l铆nea editorial comprende boletines del Colegio Guernica y la asociaci贸n Ej茅rcito del Ebro, notas de color sobre paellas guisadas con motivos c铆vicos, la exhumaci贸n de alg煤n papel disperso de Cernuda o Prados, eternos ensayos sobre Ortega y Gasset y una secci贸n bastante autorizada sobre los nuevos fichajes del Athletic, el Bar莽a o La Real Sociedad. Barandal republicano apenas se deja perturbar por la vida mexicana y circula con una discreci贸n pr贸xima al secreto. De vez en cuando debo o铆r a los miembros duros del patronato que exigen cr铆ticas al Rey Juan Carlos y les prometo alguna caricatura que ridiculice a la monarqu铆a y recuerde que nuestro empe帽o es la rep煤blica.

A煤n no he descrito lo mejor de mi trabajo: la Sala de Juntas. Una antigualla con sillones de cuero vinoso, enorme mesa de caoba, una foto de L谩zaro C谩rdenas, escupideras en los rincones e inmensos ceniceros. Un vitral con el morado republicano contribuye a mitigar las luces, de por s铆 d茅biles e indirectas.

Ah铆 recib铆 a Germ谩n. Ya dije que lleg贸 con bast贸n, pero no s贸lo eso lo avejentaba; ten铆a una mirada opaca, hac铆a ruidos molestos con la boca, al sonre铆r mostraba unas enc铆as blancuzcas. Me pareci贸 imposible que fuese la misma persona cuyas virtudes me hab铆a acostumbrado a detestar. No quedaba la menor traza del Germ谩n Villanueva atento, obsequioso, dispuesto a fingir una igualdad de condisc铆pulos. A los cuarenta y cinco a帽os era el mejor escritor de mi generaci贸n y estaba liquidado. Luchaba por armar una frase, mov铆a la lengua de un modo atroz. Sus libros le hab铆an cobrado un peaje de fuego. Record茅 la frase de Laura, 芦no s茅 qu茅 va a pasar cuando se deje ir禄. 驴En qu茅 momento cruz贸 el l铆mite y transform贸 su b煤squeda en una degradaci贸n? Curiosamente, no sent铆 l谩stima por 茅l ni admir茅 el riesgo que hab铆a corrido. De un modo vil y filisteo, me supe a salvo. Al verlo ah铆, con labios vacilantes y u帽as largas y transl煤cidas, agradec铆 mis 煤ltimos a帽os, lejos de la tensi贸n de escribir, protegido por el trabajo en favor de un pa铆s inexistente y la tranquila belleza de Nuria Barcel贸.

鈥擡stoy mal 鈥攄ijo Germ谩n.

Extra帽amente, no se refer铆a a su aspecto. Necesitaba dinero. Su madre hab铆a hecho una p茅sima inversi贸n, sus editores se cobraban con regal铆as los gastos m茅dicos, Laura se qued贸 con la casa que hab铆an comprado.

鈥斅縏e acuerdas de Astrolabio? 鈥攍e pregunt茅.

Su expresi贸n cambi贸 por completo; adquiri贸 un gesto grave, casi solemne.
Durante unos segundos pareci贸 ponderar lo que iba a decir.

鈥斅so fue hace veinte a帽os! 鈥攅xclam贸 en tono gangoso y volvi贸 a caer en un estado circunspecto鈥. Ya lo hab铆a olvidado. Perd贸name 鈥攁greg贸, con total indefensi贸n.

Esa ma帽ana hab铆a le铆do una frase del Ej茅rcito Zapatista despu茅s de liberar a un cacique: 芦nuestra venganza es el perd贸n禄. Fui incapaz de citarla, no porque me pareciera grandilocuente, sino porque no estaba seguro de ponerla en pr谩ctica. Mi venganza fue pensarla.

Otra virtud de mi empleo era que mi Brazo Derecho, Jordi Llorens, se hac铆a cargo sin problemas ni fatiga de toda la producci贸n de Barandal republicano. No necesit谩bamos a nadie. Luego pens茅 que si Germ谩n correg铆a galeras, Jordi podr铆a concluir el atrasad铆simo libro sobre los ni帽os de Morelia que ya nos hab铆a pagado el due帽o de una cervecer铆a.

El novelista de Noche en blanco empez贸 a visitar la oficina cada dos o tres d铆as (m谩s de lo necesario), con una carpeta de pl谩stico en la que guardaba las galeras. Pasaba horas en la Sala de Juntas, en compa帽铆a de los tres diccionarios que necesitaba para comprobar la justicia de sus enmiendas. Bajo una l谩mpara con pantalla de tela de gasa, le铆a art铆culos indignos de su talento.

Los novelistas suelen ser malos correctores de pruebas; leen el estilo y no las letras insumisas, pero sobre todo, se sienten por encima de esa tarea y la hacen con descuido. Supuse que Germ谩n, tan impaciente con mis textos en el taller de Edgardo Zimmer, detestar铆a el trabajo. No fue as铆; ley贸 sin comentar los textos y compr贸 un horrendo bol铆grafo con tres tintas para perfeccionar sus anotaciones.

Al cabo de dos meses, sent铆 que hab铆a pagado de sobra por el cuento que me rechaz贸 en Astrolabio. Convenc铆 a mi suegro de que le encarg谩ramos una monograf铆a sobre el exilio espa帽ol en M茅xico. Como se tratar铆a del en茅simo estudio sobre el magisterio de Jos茅 Gaos y las c煤pulas de F茅lix Candela, nadie advertir铆a que tardaba a帽os en producirse. Pod铆amos becar a Germ谩n hasta que encontrara el tiempo y el deseo de volver a la escritura. Nuestras oficinas eran el sitio perfecto para una investigaci贸n lent铆sima, casi fantasmal.

Germ谩n rechaz贸 la oferta. Sus ojos se encendieron con un brillo ofendido. Quer铆a trabajo, no caridad.

Decid铆 ver a su madre. Le ped铆 una cita mientras 茅l correg铆a galeras en la Sala de Juntas, frente al retrato de L谩zaro C谩rdenas.

La casa en San Miguel Chapultepec ten铆a una barda coronada de vidrios rotos. Me abri贸 la puerta una sirvienta vestida de negro, con delantal blanco. En el porche hab铆a cuatro sillones de mimbre y un humeante servicio de t茅. La madre de Germ谩n me aguardaba ah铆. Era una mujer delgada, de molesta elegancia. Usaba guantes de piel y, algo que me pareci贸 casi obsceno, anillos sobre los guantes. Me tendi贸 esa mano llena de piedras engastadas en plata y oro y me agradeci贸 lo que hab铆a hecho por su hijo.

El porche daba a un jard铆n extenso. Al fondo, un cobertizo con un auto envuelto en tela cromada.

鈥擥erm谩n ya no maneja 鈥攅xplic贸 su madre.

Las dificultades econ贸micas hab铆an sido un pretexto para conseguir trabajo. Hay pocas cosas m谩s rid铆culas que ofrecerle apoyo a una viuda enjoyada y no supe qu茅 decir. Por suerte, ella domin贸 la conversaci贸n. Germ谩n hab铆a mejorado mucho gracias al trabajo; despu茅s de meses de no salir de su habitaci贸n, volv铆a a tener horarios y a amarrarse los zapatos. Comprend铆 que Barandal republicano le serv铆a de terapia.

Volv铆 a apretar la mano enguantada, temiendo que encubriera una pr贸tesis. Aquellos dedos empezaban a explicar el infierno de Germ谩n.

En las siguientes dos o tres semanas apenas cruc茅 palabra con nuestro corrector de pruebas. Jordi estaba asombrado de lo bien que trabajaba y eso era suficiente. Desde que entr茅 a Barandal republicano he tomado la precauci贸n de no leer los textos que publico.

Una tarde en que no encontraba un cenicero en mi oficina, entr茅 a la Sala de Juntas. Germ谩n ten铆a una bolsa de papel estraza sobre la mesa y de cuando en cuando sacaba una perita de an铆s que chupaba con la misma lentitud y concentraci贸n que dedicaba a las galeras. Tard贸 mucho en advertir mi presencia. Cuando finalmente se volvi贸, sus ojos vacilaron detr谩s de sus lentes, como si tratara de reconocerme.

鈥斅縏e interrumpo? 鈥攑regunt茅. En cinco a帽os nadie hab铆a dicho esa frase en la oficina.

鈥擡sto es genial 鈥攕e帽al贸 el texto que le铆a. No respondi贸 a mi pregunta. Una sonrisa oblicua le atraves贸 la cara.

Unos d铆as despu茅s volv铆 a invadir su territorio (la espl茅ndida Sala de Juntas se hab铆a convertido en el coto de Germ谩n). Me cost贸 trabajo apartarlo de la lectura; 茅l se quit贸 los anteojos para nublar el entorno de un modo protector.

Le pregunt茅 por su obra. 驴No se sent铆a desperdiciado en ese trabajo?

鈥擸a no escribo 鈥攔espondi贸 con voz tranquila鈥. Si quieres que me vaya, d铆melo 鈥攁greg贸 sin el menor aire de ofensa鈥. De veras.

鈥擯ara nada, es solo que te admiro mucho鈥 鈥攁horro el resto de las tonter铆as que dije.

Acept茅 la presencia de ese corrector de lujo como el m谩s extra帽o giro de la fortuna hasta que Julia Moras vino a verme. Ya en otra ocasi贸n se hab铆a quejado de que el exilio espa帽ol fuera dominado por una mafia catalana, pero a煤n no conoc铆a su furia. Julia usa muchos crucifijos, no por catolicismo, sino porque cree en las misas negras. Sus hermosos ojos eran tizones que ped铆an un sacrificio. Resopl贸 tres o cuatro veces y me arroj贸 un ejemplar de Barandal republicano, con un art铆culo muy subrayado (el de ella, naturalmente, y el 煤nico que hab铆a le铆do).

Por un falso pudor olvid茅 decir que la revista tambi茅n admite ensayos sobre cualquier cosa que nadie m谩s publicar铆a. El de Julia trataba de 芦La emoci贸n p谩nica del yo narrativo禄. Durante cinco a帽os, yo hab铆a aceptado sus vagas especulaciones con una cordialidad delatora. El solidario Jordi justificaba mi actitud con tres razones: hab铆amos sido, 茅ramos o ser铆amos amantes.

Con el rostro descompuesto por la ira Julia me pareci贸 a煤n m谩s hermosa.

鈥斅o 煤nico que tengo es mi nombre! 鈥攇rit贸鈥. 隆Y t煤 lo has manchado!

Revis茅 el art铆culo mientras ella se sonaba. Cada palabra subrayada representaba un cambio de estilo; cada palabra en un circulito, un cambio de sentido. Hab铆amos publicado otro texto, sin consultarle nada. Cambiamos 芦de juventud ub茅rrima禄 por 芦novedoso禄, 芦desapercibido禄 por 芦inadvertido禄, 芦este manual puntual es emergente禄 por 芦este manual detallado cumple funciones de emergencia禄. Total, un desastre.

Me sorprendi贸 que Germ谩n adivinara un sentido oculto en el galimat铆as de Julia, pero no me atrev铆 a decirlo. Asum铆 el desaguisado, promet铆 rega帽ar al culpable, ofrec铆 una carta de reparaci贸n en el siguiente n煤mero. Tom茅 a Julia de la mano y ella solloz贸 en un tono bajito. Le acarici茅 el pelo hasta que me ti帽贸 de rimmel la camisa.

Ese mismo d铆a recib铆 una llamada de una maestra del Colegio Guernica: 鈥擯or primera vez salieron sin erratas.
鈥斅縇e铆ste el ensayo de Julia Moras?
鈥擭unca leo a esa subnormal.

Fui a la Sala de Juntas y encontr茅 a Germ谩n en su imperturbable correcci贸n de galeras. Le transmit铆 la felicitaci贸n de la maestra; luego le cont茅 de la visita de Julia.

鈥斅縌u茅 edad tiene? 鈥攑regunt贸.
鈥擴nos treinta y dos.
鈥斅縀s guapa? 鈥攕onri贸 con sus enc铆as blancuzcas.

Asent铆 y abri贸 su carpeta con una fotocopia del ensayo de Julia tachado en tres colores. Me ense帽贸 cada una de sus enmiendas. Lleg贸 al extremo de corregirle una cita:

鈥擧ace quedar a Unamuno como una bestia. Le encontr茅 una mejor.

Estuve de acuerdo en cada cambio de Germ谩n pero tuve que decirle que Barandal republicano ofrec铆a a sus colaboradores el derecho de equivocarse. No pod铆amos convertir a Julia Moras en Virginia Woolf.

鈥斅縏e acuerdas del taller? 鈥攎e pregunt贸 Germ谩n.

鈥擡sto es distinto. Aqu铆 s贸lo recibimos versiones definitivas. Haz de cuenta que est谩s en la morgue.

Recogi贸 sus papeles y sali贸 sin despedirse. Pens茅 que no volver铆a. Sin embargo, al d铆a siguiente chupaba una perita de an铆s ante un art铆culo que le torc铆a la cara de gusto.

Julia llam贸 por tel茅fono hacia el fin de la semana. Anticip茅 una nueva reprimenda, pero me salud贸 con voz desconocida, explic贸 que hab铆a estado muy nerviosa la tarde en que fue a verme (芦dej茅 de fumar y ando gruesa禄), record贸 que siempre la hab铆a apoyado y, como no queriendo, mencion贸 que hab铆a recibido muchas felicitaciones por su ensayo. Procuro reproducir su entusiasmo:

鈥斅縎abes qui茅n me habl贸? Sim贸n Parra. Somos medio amigos desde hace rato y como que me tira la onda, aunque no mucho, la verdad; ya ves que dicen que es impotente o que se viene demasiado pronto, algo as铆. 驴Fue Steiner quien dijo que todo cr铆tico es el eunuco de un autor? Pero Sim贸n no puede ser as铆, no que me conste (sexualmente, digo); lo odian por independiente y por la envidia que le tienen, ya ves que lo 煤nico bien repartido en este rancho es la envidia, bueno, pues que me habla, 隆y realmente hab铆a le铆do el ensayo! 驴No te parece genial? 隆Sim贸n Parra! Te quer铆a dar las gracias.

De inmediato la invit茅 a cenar.

Julia estuvo radiante, instalada en una nube de orgullo infantil. Terminamos en un motel rumbo a Toluca. En la madrugada, empez贸 a sollozar:

鈥擭o fui yo en ese ensayo. Gust贸 mucho pero no fui yo. Me convertiste en otra.

Despu茅s de conmoverme con una vanidad tan transparente, Julia ced铆a a una ingrata lucidez.

鈥擰uiero ser yo 鈥攔epiti贸 y acall茅 su sed de identidad con un beso hondo.

Dejamos de vernos por un tiempo. Aquel encuentro en el motel se asemej贸 a las misas negras que tanto le gustaban, una ceremonia irrepetible; nos carg贸 de intensidad para volver a nuestras vidas separadas y nos ayud贸 a pensar que Barandal republicano era un sitio donde ten铆amos un pasado, algo confuso y destruido que no dese谩bamos tocar, pero que val铆a la pena.

Amo a Nuria con una constancia que no deja de sorprenderme, quiz谩 porque la encontr茅 tarde, cuando la vida ya me hab铆a habituado a demasiadas relaciones imperfectas. Despu茅s del aquelarre con Laura, todo volvi贸 al orden. Por quince d铆as.

Escuch茅 un toquido en la puerta de mi oficina y Germ谩n entr贸 antes de que yo pudiera responder.

鈥斅縌ui茅n es Claudia Mancera? 鈥攑regunt贸 con enorme inter茅s. 鈥擴na ciega que le dicta a su sobrina.

鈥擜h 鈥攅l rostro de Germ谩n se ensombreci贸; se qued贸 pensativo unos segundos hasta que adivin贸 que yo ment铆a.

En el siguiente ejemplar de Barandal republicano publicamos 芦El pr贸ximo invierno en Madrid禄, un relato memorioso de Claudia Mancera sobre su abuela, quien durante cuarenta a帽os tuvo las maletas listas para regresar a Espa帽a. Germ谩n lo arregl贸 lo suficiente para que ella llegara a verme con el rostro deformado por la culpa:

鈥擥racias 鈥攄ijo, y llor贸 sin consuelo posible.

No soportaba los elogios inmerecidos, pero tampoco quer铆a renunciar a ellos. Tuvieron que pasar tres semanas para que Claudia 鈥攃ada vez m谩s p谩lida y culp铆gena鈥 aceptara mi sugerencia de tomar el sol y acompa帽arme a las jornadas sobre Juan Ruiz de Alarc贸n en Taxco.

Con un deleite que s贸lo puedo atribuir a quien sustituye una adicci贸n por otra, Germ谩n Villanueva correg铆a mujeres. Los textos de Julia y Claudia y Lola y Montserrat lo impulsaban a hacer vertiginosos cambios con su excitado bol铆grafo de tres colores. Buscaba sin贸nimos, inventaba s铆miles, adjetivaba con tensa punter铆a.

Tambi茅n Lola y Montse llegaron a mi oficina en estado de doble alteraci贸n: las versiones publicadas de sus textos las humillaban y les gustaban, quer铆an ser otras y las mismas, insultarme y darme las gracias. De modo misterioso, yo dispon铆a del picaporte de su identidad y ellas deseaban un remedio ambiguo, una puerta agradablemente mal cerrada. Yo estaba a una distancia ideal para ofrecer una reparaci贸n por las agraviantes mejor铆as de las que era parcialmente responsable y, sobre todo, para garantizar que siguieran ocurriendo.

No evado mi responsabilidad en el asunto. Fui un canalla. De poco sirve decir que cuatro mujeres no son un abuso estad铆stico en una publicaci贸n cuya n贸mina de colaboradoras rebasa la centena. Sin las estratagemas de la correcci贸n y el consuelo nunca habr铆a podido desvestirlas. Lo m谩s penoso es que, con excepci贸n de Julia, a quien siempre quise ver sin otra prenda que sus crucifijos de hojalata, ninguna me gustaba gran cosa.

Decid铆 cortar por lo sano pero una tarde Marta Arroiz se present贸 en mi oficina. Es una ensayista de tedio imposible y prosa correcta. Tambi茅n a ella Germ谩n le enmend贸 la plana. Iba a decirle que tratara el asunto con Jordi cuando record茅 que me hab铆an dicho que se oper贸 los senos. Sent铆 una curiosidad irresistible. Ella fue la quinta.

Germ谩n se hab铆a convertido en una sombra reactiva, s贸lo pod铆a escribir sobre un texto ya narrado. Yo era una sombra de segunda potencia; sus correcciones torc铆an mi vida; mis momentos de singularidad depend铆an de su 谩cido e insoportable bol铆grafo. En esta cadena de manipulaciones yo era quien menos ten铆a que ver con la escritura. De un modo sordo, empec茅 a envidiar a las colaboradoras. Durante a帽os de taller, Germ谩n no me brind贸 otra ayuda que decir que me faltaba aire o garra o sangre.

Llevaba a帽os sin escribir, pero conservaba el remoto manuscrito de una novela. Tard茅 semanas en decidirme. Un jueves me habl贸 Julia Moras. Acababa de tomar un curso de comida tailandesa y hab铆a preparado una maravilla superpicante. Me cost贸 trabajo rechazar su invitaci贸n. Colgu茅 el tel茅fono como un h茅roe de la voluntad. Me sent铆 fatal y purificado. Acto seguido, fui a ver a Germ谩n.

Le dije que una de nuestras colaboradoras acababa de concluir su primera novela. Era muy joven pero ten铆a madera.

鈥斅縉o le echas un vistazo?

As铆 le entregu茅 el manuscrito de La sombra larga. Me lo devolvi贸 43 d铆as despu茅s con el t铆tulo de La sombra inacabada. Lo le铆 de un tir贸n, absorto ante ese prodigio primario y atroz: la novela que yo no hab铆a podido concluir en d茅cadas (y que contribu铆a a mi fama de 芦riguroso禄) se hab铆a transformado en un mes y medio en una obra singular. El final era otro, del todo insospechado (al menos para m铆). Lo m谩s asombroso fue que el corrector no puso nada de su estilo: La sombra inacabada era inconfundiblemente 芦m铆a禄.

Hab铆a fingido que la novela pertenec铆a a una colaboradora para estimular los m谩s rec贸nditos rigores de Germ谩n. 驴Qu茅 pod铆a hacer a continuaci贸n? Pens茅 en adoptar un seud贸nimo femenino, pero supe que, si a la novela le iba bien, no resistir铆a en el anonimato. Trato de recuperar el discutible tren de mis ideas: consider茅 que Germ谩n estaba en deuda conmigo; en Barandal republicano encontr贸 la droga ben茅fica que lo manten铆a vivo; 驴acaso no ten铆a derecho a usufructuar el talento de mi protegido? Adem谩s, el t铆tulo arrojaba una clave para el lector avisado: un cuerpo en busca de una sombra ajena. No tard茅 en hallar ejemplos ilustres para mi causa: 驴qu茅 hubiera sido de Eliot sin las enmiendas de Pound?

M谩s all谩 de mis tr茅mulos pruritos, me preocupaba la reacci贸n del corrector. 驴Ser铆a capaz de desenmascararme?

Durante semanas no hice otra cosa que idolatrar 芦mi禄 manuscrito. Una cansada noche de domingo, Nuria me rasc贸 la coronilla y dijo:

鈥擳e est谩s quedando calvo.

Decid铆 publicar la novela.

No hay nada m谩s repugnante que un autor hablando de sus triunfos. Mi caso es distinto; s贸lo en parte me enorgullece que La sombra inacabada se haya traducido a 11 idiomas. Adem谩s, la repentina notoriedad de un cuarent贸n tiene sus bemoles: 芦Al fin tuviste huevos de ser t煤禄, fue el vejatorio encomio de Katia.

Germ谩n Villanueva no hizo el menor comentario sobre los avatares de la novela. Sigui贸 corrigiendo con meticuloso escr煤pulo a la mayor铆a de los colaboradores y con mano exploratoria a las mujeres de su elecci贸n. Me impuse como c贸digo de honor no consolar a ninguna m谩s all谩 de los kleenex.

A pesar de las regal铆as y la ventas de los derechos para una pel铆cula, segu铆 al frente de Barandal republicano porque Nuria y yo decidimos comprar una casa en Cuernavaca. Pas茅 mis mejores dos a帽os; nacieron los gemelos, viaj茅 mucho, nad茅 como un trit贸n en las fr铆as aguas de Cuernavaca. Un torero, con fama de culto porque se hab铆a psicoanalizado, dijo que releer铆a La sombra inacabada hasta que yo escribiera otro libro. Nuria disfrut贸 mucho este comentario, luego me vio con sus espl茅ndidos ojos negros que a veces se ponen demasiado serios:

鈥斅緾u谩ndo terminas tu pr贸ximo libro?

Con una inteligencia no exenta de piedad, Nuria hab铆a separado su amor de la opini贸n que le merec铆a mi trabajo. La sombra inacabada la cautiv贸 a tal grado que se atrevi贸 a decirme lo que pensaba de mis libros anteriores. Mand贸 construir un estudio en el jard铆n de Cuernavaca y respet贸 las largas horas que yo pasaba ah铆, dormitando ante un video.

El comentario de aquel torero lector y la pregunta de Nuria, marcaron un cambio de clima. De golpe, estaba bajo la lluvia, y mi sombra me persegu铆a.

Quiz谩 lo mejor hubiera sido abandonarme a un silencio digno y misterioso, rodear mi bloqueo de un halo tr谩gico, despertar toda clase de especulaciones sobre mi escritura postergada, convertirme poco a poco en lo que la gente deseaba en secreto cuando me preguntaba por mi nuevo libro, ser un desperdicio interesante, un caso, un autor con el doble m茅rito de escribir una obra impar y ser destruido por ella. S贸lo los muertos o los genios descalabrados, a los que nadie desea emular, suscitan admiraci贸n irrestricta.

Pero no me atrev铆 a representar a un suicida emocional. La culpa se convirti贸 en un veneno lento hasta el d铆a en que fui a casa de Germ谩n. Por suerte, su madre estaba en su hacienda de Zacatecas.

Tambi茅n 茅l me recibi贸 en el porche, como si la casa no dispusiera de otra zona visitable. Lo encontr茅 m谩s flaco que nunca; el pelo delgad铆simo ya era blanco en las sienes.

Encend铆 un puro y habl茅 de los viejos tiempos, de lo mucho que le deb铆amos en Barandal republicano, de novedades editoriales que no le interesaban.

鈥斅縌u茅 te pasa? 鈥攎e interrumpi贸 de pronto.

鈥擭o puedo m谩s 鈥攃onfes茅 y la cara se me llen贸 de l谩grimas.

Desde el lejano rechazo de mi entrenador japon茅s no me sent铆a tan mal. Cuando al fin me contuve, Germ谩n me mir贸 con fr铆a atenci贸n. 驴Por qu茅 cosas habr铆a pasado 茅l? 驴C贸mo logr贸 hundirse en s铆 mismo y salir a flote como si se desconociera? 驴De qu茅 estaba hecho ese amigo siempre lejano que conquist贸 sus visiones al precio de repudiarlas?

Germ谩n se mordi贸 una u帽a larga con concentraci贸n monomaniaca. Luego hizo un ruido extra帽o con la boca, como si llamara a un perro o quisiera silbar. Algo cay贸 al fondo del jard铆n, tal vez la rama de un 谩rbol o una escoba mal apoyada; ese ruido rasposo rompi贸 el aire como si nos delatara. Nada me pareci贸 m谩s absurdo que estar ah铆, al lado de ese enfermo que sonre铆a en diagonal. Todo en mi trato con 茅l hab铆a sido equ铆voco. En el taller de Edgardo Zimmer entabl茅 una in煤til competencia y fui incapaz de reconocer que la vida me situaba en una inmejorable condici贸n de testigo: estaba cerca de los libros potenciales de Germ谩n, de sus historias todav铆a escondidas. Cuando el mejor de nosotros fue tratable, le dediqu茅 una rencorosa admiraci贸n. Ahora visitaba a un lun谩tico que s贸lo volv铆a en s铆 ante ciertas manipulaciones del alfabeto.

Beb铆 un largo trago de t茅. Luego de una pausa en la que Germ谩n pareci贸 olvidar mi presencia, record茅 que no hab铆a ido a indagar su temperamento inasequible sino a solicitarle un favor. 驴Pod铆a corregirme un manuscrito? Esta vez no quise aparentar que se trataba de la obra de una amiga. Necesitaba su perd贸n y su ayuda. Germ谩n me vio sin parpadear, tom贸 el cenicero con los restos de mi puro y se dirigi贸 a una maceta:

鈥擫as cenizas ayudan a las plantas.

No dijo nada m谩s. 驴Me hablaba como un gur煤? 驴Su genio cancelado era la ceniza y yo la planta?

鈥擜y煤dame, Germ谩n 鈥攊mplor茅.
Despu茅s de un silencio, habl贸 con voz casi inaudible.
鈥擭o quiero leerte. Eres mi borrador, 驴te parece poco?
Cre铆 no haber o铆do bien y pregunt茅 como un imb茅cil:
鈥斅縀st谩s escribiendo sobre m铆?
鈥擸a sabes que no escribo, no as铆.
鈥擣ue una pendejada traerte mi novela como si no fuera m铆a 鈥攔econoc铆 al fin. Me cost贸 trabajo entender la vacilante respuesta de Germ谩n:
鈥擭o te preocupes, estaba en la trama.
鈥斅緾u谩l trama?

Sonri贸 de un modo descolocado; la boca se le alarg贸 varias veces, como si obedeciera a diversos recuerdos. Sus manos d茅biles me encuadraron, al modo de un director de cine:

鈥斆塻ta es la trama. Eres la trama.

Sal铆 de ah铆 como de una alucinaci贸n. Los 煤nicos contactos de Germ谩n con la realidad eran el metro que tomaba rumbo a Can Barcel贸 y las galeras que le铆a con ins贸lita dedicaci贸n; sin embargo, en su casa me trat贸 con herm茅tica superioridad. Destruido por la droga y la demencia, se entregaba a una soberbia desmedida. 驴C贸mo hab铆a sido yo capaz de rechazar su 茅poca de plenitud y convivir con sus despojos?

Esa misma semana le propuse a Jordi Llorens que busc谩ramos a un sustituto para Germ谩n, pero 茅l me demostr贸 que se hab铆a vuelto irreemplazable.

Durante d铆as evit茅 la Sala de Juntas. No supe de Germ谩n hasta la tarde en que me visit贸 una desconocida. Sus ojos verdes estaban irritados de tanto frotarlos. El corrector hab铆a vuelto a hacer de las suyas. Por primera vez, la tristeza de una colaboradora me dio rabia. 驴No se daba cuenta del privilegio del que gozaba? Hubiera hecho lo que fuera por ponerme en su sitio. Le tuve una envidia absoluta, de borrador a borrador. Fue entonces, al asumirme como una de las infinitas versiones corregidas por Germ谩n, que entend铆 lo que dijo en el porche de su casa.

Dej茅 a la desconocida de los ojos verdes en compa帽铆a de Jordi Llorens y decid铆 escribir este relato. Germ谩n me hab铆a dado un tema. Un escritor menor es narrado en vida por otro de talento. El protagonista no advierte que su existencia sigue un dictado ajeno, o lo advierte demasiado tarde.

Un incisivo rumor de fondo recorre esta narraci贸n: 芦eres mi borrador禄. S茅 que se trata de una met谩fora 鈥攍a borrosa licencia po茅tica de quien confunde el entorno con un texto鈥, pero la frase me molesta. Germ谩n provoc贸 buena parte de la trama, pero no es mi autor sino mi 煤nico lector. Estas cuartillas ir谩n a dar a su espantosa carpeta de pl谩stico.

Hace un par de d铆as me asom茅 al ambiente mortecino de la Sala de Juntas. En un rinc贸n, un rayo de luz dorada ca铆a sobre Germ谩n y daba a su piel un tono recuperado. Extra帽amente, le铆a el peri贸dico.

Cuando escuch贸 mis pasos en las duelas, apart贸 las p谩ginas (cre铆 reconocer la secci贸n de cultura). Me vio con una expresi贸n de gusto que no depend铆a de mi llegada sino de algo que hab铆a le铆do:

鈥擫os escritores son cada vez m谩s rid铆culos 鈥攄ijo.

No hizo otro comentario. Cerr贸 los ojos, disfrutando la tibia luz que se filtraba por el vitral. Un ruido agudo lleg贸 de la calle. Germ谩n se movi贸 en su asiento, como si padeciera un escalofr铆o. 驴A煤n era capaz de dejarse afectar por lo que ocurr铆a all谩 afuera? Vi la carpeta en la mesa de caoba, la meta final de mi relato. 脡l abri贸 los ojos y se coloc贸 la mano a modo de visera:

鈥斅緾贸mo vas? 鈥攎e pregunt贸鈥. 驴Avanzas?

Era obvio a qu茅 se refer铆a.

Germ谩n espera que concluya la historia, como si deseara cerrar un ciclo abierto hace m谩s de veinte a帽os. Desde los tiempos de Edgardo Zimmer mis textos s贸lo le han provocado desinter茅s y, en cierta forma, me s茅 protegido por su indiferencia. 驴Es posible que la confesi贸n de mi estafa y de mi trato con las mujeres afectadas por sus correcciones le provoque otra respuesta?

No deja de intrigarme la cruel inversi贸n de nuestros destinos: yo deber铆a ser el relator de sus proezas, el albacea de sus papeles dispersos, su intercesor ante el mundo, la sombra que rindiera testimonio de su estatura; en cambio, es 茅l quien dispone de estas p谩ginas y se convierte en mi custodio. Es com煤n que un escritor se condene por sus palabras; lo es menos que se condene por la ayuda de otro. Germ谩n a煤n puede concederme la acerba justicia que me neg贸 en el taller de Edgardo Zimmer. 驴Le importo lo suficiente para desenmascarar mi impostura?

Con agraviada satisfacci贸n, lo imagino chupando una perita de an铆s; una sonrisa le cruza el rostro mientras me lee; soy, al fin, su asunto de inter茅s; el relato lo toca lo suficiente para desear mi destrucci贸n: decide publicarlo.

Fractal, n.掳 10, a帽o 3, volumen III, julio-septiembre, 1998.

Publicado en聽Cuatro Cuadernos聽el 20 de julio聽de 2017.

Fuente: https://cuatrocuadernos.wordpress.com/correccion/

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