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Esta vez vamos a trabajar con diálogos. Lean el siguiente fragmento de Cae la noche tropical de Manuel Puig. Presten atención a la manera en que ingresa el escenario en la conversación (¿dónde están los personajes?, ¿en qué momento se desarrolla la escena?). Escriban un diálogo entre dos personajes (pueden ser propios o tomarlos prestados) donde sea evidente el contexto en el que hablan, sin necesidad de que intervenga la voz del narrador.

Los que se animen, pueden enviarme sus textos aquí.

¡Inténtenlo en sus casas!

Cae la noche tropical (Capítulo 5)

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—Qué pronto volviste.

—Es que se había tomado un calmante y le hizo demasiado efecto, se me dormía mientras hablábamos.

—Esa mujer termina mal, Luci.

—No me asustes, por favor.

—En el fondo me da lástima, ¿para qué recuperó la salud si no la puede aprovechar?

—El diablo le puso a ese hombre en el camino, Nidia. Pero la verdad es que también me volví rápido porque estaba intranquila, el Ñato tiene que llamar de un momento para otro.

—Vos estás con miedo de que alargue el viaje, confesá.

—Miedo tengo de que lo convenzan de quedarse allá.

—Si el Ñato tarda en volver yo me quedo más. Sola no vas a estar.

—…

—Qué feo vivir en un país frío. Vos no te acostumbrarías más.

—A esta edad, irme a vivir a Lucerna, me muero en ese frío. Ya me acostumbré al calor de acá.

—A nuestra edad eso no tiene precio, un lugar donde nunca llega el invierno. No sabés cómo sufro cuando vuelvo a la Argentina.

—Nidia, es increíble, con tanta gente que pasó por la vida de una, no me quedaste más que vos.

—¡Tenés poca vergüenza! ¿Y tus dos hijos?

—Uno vive con la mujer y diez gatos, a miles de kilómetros de distancia, y el otro peor, está casado con la carrera.

—Dios te va a castigar, Luci, por desconforme.

—Yo a Dios lo único que le pido es que si hay otro mundo no me toque estar sola. Ibero después de esta vida no hay nada, por suerte.

—Claro que no hay nada. Mejor que no haya otro mundo. Para injusticias ya bastante con éste.

—Nidia, hay gente que tiene más suerte, ¿o es que nadie se la lleva de arriba?

—Hay gente que tiene mucha más suerte, y no porque se la merezca. Emilsen era una chica que no le hizo mal a nadie, y ésa fue la recompensa que tuvo, morirse a los cuarenta y ocho años sin ver a los hijos recibidos ni nada. ¿Vamos a dar una vuelta, Luci?

—Ni loca, estoy con las piernas muy flojas, la escalera de la de al lado apenas si la pude subir.

—¿Por qué será que entre cuatro paredes no puedo estar? Apenas salgo me alivio tanto…

—Hoy no te podés quitar ese recuerdo, ¿verdad?

—Sí, de todo lo que sufrió la pobrecita, antes de morir, de todo lo de la clínica.

—Salir te alivia, ¿verdad?

—¿Por qué será?

—Vamos entonces, Nidia. Si el Ñato quiere llamar llamará más tarde.

—Pero ponete zapatos más cómodos.

—No, todos me duelen.

—Yo me llevo un saco, por las dudas refresque.

—Pero vamos de una vez, que cuanto más pronto salimos más pronto volvemos.

—No te quejes, Luci, que te hace bien un poco de aire.

—En la isla no había más remedio que salir a caminar a la noche, un rato.

—¿A vos te gustó mucho, o no será un paseo para repetir dos veces?

—Es para parejas, a la noche no hay donde ir, yo me aburrí.

—Todos dicen que es tan maravillosa… que a mí me dan ganas de ir, te lo confieso. ¿Vamos algún día, Luci?

—De día la vista no te alcanza para ver tanta divinidad de la naturaleza, pero a la noche no hay luz eléctrica, imaginate qué programa.

—Y según ella ahí sí fueron muy felices.

—En vacaciones las cosas son muy engañadoras. A mí, para entender el caso de ella, más me interesaba saber cómo habían ido las cosas acá. Pero ella lo que quiere siempre contar, y volver a contar, es lo de la isla.

—¿Cuánto hace que él no la llama?

—Mucho.

—Pobre, me da lástima. Ya no la va a llamar más.

—Ves, Nidia, todos esos guardias con armas son pagados por particulares. Acá vive gente muy rica, por eso se puede salir sola de noche.

—Ya sé. La sirvienta me dijo que hay militares de alto grado por acá. Creo que eso es lo que me quiso explicar, habla muy rápido para mí.

—Ves, ésa es la ventana del consultorio, la que tiene luz.

—Está esperando el llamado.

—A lo mejor se quedó dormida por el calmante, con la luz prendida. Pobre Silvia, qué fuerte le agarró. Pero vos tenés razón, se ilusionó porque se quiso ilusionar. Esa vez que él se le presentó en la casa por primera y única vez ya se veía que había problemas. Pero de ese día ella nunca quiere hablar.

—¿No le pudiste sonsacar la verdad?

—Algo sí. No sé, puede ser impresión mía de que algo no cuenta, de ese día.

—Luci, antes de que me olvide, ¿quién es ese muchacho que está ahí ahora en la puerta de noche, en el edificio de ella?

—El guardián nocturno.

—¿Un simple portero?

—Sí, hace meses que está pero todavía no le han dado el uniforme. Lindo chico, ¿verdad?

—Cuando lo vi ahora pensé una cosa, que tiene algo en los ojos como el hombre de la vecina.

—No me fijé.

—Luci, ¿cómo no te fijaste en los ojos que tiene ese muchacho?

—No sé, debe ser que en Río hay tanta gente linda que ya me

acostumbré.

—Tiene una mirada muy triste, pobre chico. Y se va a pasar toda la noche en vela, pensando en quién sabe qué. Debe tener alguna pena muy grande.

—Pero ésta de acá no dijo que tenía mirada triste, el hombre de ella.

—Yo me imaginé que tenía la mirada así, como la del pobre chico este.

—Puede no ser tristeza, a veces las pestañas largas y arqueadas dan esa impresión. …Ves, es en este edificio que vive el militar de alto grado, el que te dijo la muchacha.

—Pero yo nunca vi a nadie con uniforme de militar por esta calle.

—Nidia, en ninguna calle, yo que hace años vivo acá nunca vi uno.

—Debe ser que no les gusta que los vean uniformados.

—Así la gente no se da cuenta de lo que son.

—Pero acá no son tan asesinos como en la Argentina, ¿o sí?

—Parece que mucho menos.

—Decime, Luci, ¿el tipo de la vecina es gordo como ese que va por enfrente?

—No, estás loca. Bueno, ella de ese único día que él le fue a la casa cuenta siempre la llegada, la despedida nunca.

—Lo que me contaste es que le llegó puntual a la mañana, por lo menos. ¿Le trajo unas flores, o nada?

—¿Qué mejor que traerle un gran entusiasmo? Ya te dije que ella no estaba casi arreglada, ni peinada casi. Apenas la cara lavada. Y lo notó muy agitado, como si hubiese corrido. Y se lo preguntó. Y él le dijo que no, que estaba nervioso y nada más, porque tenía muchas ganas de verla. Y ahí ella se debe haber sonreído, le debe haber dado alguna señal, tal vez sin darse cuenta, porque el hombre se le echó encima y no la soltó más. Casi sin hablar.

—No te creo lo que estás diciendo.

—¿No era que no te ibas a escandalizar de nada?

—¿Y no hablaron más?

—Después.

—Luci, yo no me escandalizo de nada. Contame todos los detalles, que vas a ver que no me escandalizo.

—No me contó casi nada. Por suerte estaba recién bañada, aunque de maquillaje ya te dije que nada.

—Ella lo tenía todo bien calculado. Decime una cosa, ¿ella se baña todos los días a la mañana o a la noche?

—Cuando llega a casa, después del último paciente, tiene el pelo mojado.

—Es lo que te digo. Esa mañana se bañó porque ya se lo tenía todo bien pensado, y estaba bien dis puesta a agarrar viaje. Se ve que está muy acostumbrada al trámite rápido, Luci, vos no te querés dar cuenta.

—¿Pero entonces por qué se entusiasmó tanto con este hombre, si como decís vos a cada rato tiene una aventura?

—Vos sabrás por qué se impresionó.

—Vamos por orden, dejame que te cuente bien y después te harás tu propia idea del porqué.

—¿Él le gustó como hombre?

—De eso no habló mucho. Pero sí dijo algo importante, y es que era al revés de lo que había pasado con el mexicano, a aquél era ella que tenía siempre ganas de acariciarlo, y con éste era siempre él quien empezaba a tocar. Y eso es tan lindo, que alguien te busque, y no tiene que ser necesariamente un hombre, puede ser… no sé, mi nieta cuando chiquita se me colgaba y es la cosa más divina de este mundo, que alguien que quieras se te cuelgue de vos, y no te quiera soltar.

—Mis nietos grandes me abrazan fuerte, demasiado. El más chico sí me gusta cuando me abraza, es más tiernito.

—La cuestión es que el tipo entró un poco tímido pero cuando se le tiró encima ya no hubo caso de nada. Estuvieron un rato ahí en un sofá, y cuando él le empezó a sacar la ropa ya ella prefirió pasar al dormitorio, donde podía oscurecer más, con las cortinas.

—Vos desde tu casa podés ver, si ella corre las cortinas del dormitorio, ¡en plena mañana! ¿Te diste cuenta? Esa vez quiero decir.

—¡Estás loca! Yo no estoy pendiente de las cortinas de ella, y lo menos que me imaginaba es que iban a ir tan rápido al grano. Yo después comprendí por qué pasó así, es que tanto ella como él estaban con una tensión nerviosa muy grande.

—Pero antes de entrar ahí no se habían dado ni un beso.

—Claro que no. Habían hablado aquella mañana en el consulado y después por teléfono. Nada más. —¿Y la intimidad con él le gustó? Mirá, Luci, yo me olvido de todo ahora con la vejez pero me acuerdo que de jovencita había muchachos que me enloquecían, porque eran muy altos, o porque eran muy lindos, la cuestión es que yo me ponía hecha una tonta, de ganas de que me sacaran a

bailar y algún encuentro de esos de aquella época, de un minuto en una plaza. Y bueno, por ahí cuando me daban un beso me acuerdo que había algunos que se me venían abajo, me dejaban de gustar de repente. Porque tenían feo trato, en las manos, no sé, o mal aliento, o te daban un beso muy fuerte. Y otros que te gustaban menos al verlos pasar, por ahí en el momento de darte aquel beso, te enloquecían. Aquellos que te sabían dar una caricia. De eso me acuerdo como si fuera ayer.

—Son cosas de sesenta años atrás, o más.

—Luci, de eso me acuerdo como si fuera ayer. Estoy sintiendo esa mano.

Manuel Puig

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