carnaval 1961

Yo empecé de chiquita. Siempre me gustó eso de mostrarme. Mi vieja estaba chocha porque le salí rubia como ella y con los ojos claros de papá. Pobre vieja, decía que era lo único que le había quedado de papá cuando se estroló con la motoneta. De chica también me gustaba actuar y disfrazarme.

Un año cuando la vieja empezó a noviar con el Edu fuimos al corso de Lincoln, el mejor de la zona, decían. En esa época salíamos mucho. En parte porque todavía no había nacido ni el Choricito, que es el mayor de mis hermanos. Choricito le quedó porque nació el año que los chanchos agarraron la triquinosis, justo cuando el Edu había vendido el colectivo para poner el chiquero. Qué suerte de perros. En parte porque la vieja no quería que la vieran de parranda, hacía sólo dos años que había enviudado y ya se sabe cómo son en los pueblos. Así que salíamos. Eso sí, en familia. Fue mi abuela, que se hacía la seria, pero bien que le gustaba. Mis tíos, mis dos primos y el empleado del colectivo.

 

A los chicos nos gustaba disfrazarnos. Mi vieja quería ponerme el disfraz de diariero que había usado mi prima, la de la Capital, el año anterior cuando vino a visitarnos. Pero yo, ni loca. A ella le quedaba bien porque, pobrecita, era morocha y regordeta. Parecía una bolita. Yo quería otra cosa, estaba para otra cosa. Entonces me vistieron de novia con el vestido de la comunión de mi tía. Me hicieron una coronita con el jazmín del país. Cuando me vi que me sobraba por todos lados casi me muero. Entonces mi vieja que siempre se dio mano para eso me rellenó un corpiño de ella y me ató un almohadón en el culo. Era otra cosa. Me rellenó la punta de unos zapatos de taco con algodón para que no se me salgan. Después me pintaron. Parecía una novia. De verdad.

El empleado del colectivo era un divino. Yo me hacía la película, pero qué querés, a esa edad. El viaje en el colectivo se hacía pesado porque hacía un calor terrible. Esos días de febrero donde no corre una gota de aire y las luces están llenas de cotorritas verdes.

Cuando llegamos no sabés. ¿Conocés Lincoln? Estaba así de gente. No cabía un alma. En esa época se usaba el lanzaperfume que no era como esa porquería de la nieve. Era como un sifón chiquito que largaba un agua con un perfume.

La abuela me compró un lanzaperfume y papel picado. Nos sentamos en una mesa en la vereda. Los grandes pidieron cerveza. Por la calle desfilaban las comparsas. Entre comparsa y comparsa la gente se metía y caminaba por la calle. Yo ahí aprovechaba para mojarlos o tirarles papel picado. Me hubiese gustado caminar por el medio de la calle vestida de novia y que todos me miraran, pero nadie me quería llevar. Eso pasa por no tener hermanos mayores.

El Edu hacía chistes sobre las tetas de una mina que estaba en otra mesa. No sabes cómo se reía mi vieja. Después contaban un cuento verde tras otro, pero yo en general no los entendía. Me entretenía mirando las bombitas de colores que atravesaban la calle y los paneles pintados que colgaban a los costados. Había toda clase de personajes. De pronto la gente empezó a parase porque venía la atracción de Lincoln: la comparsa de los cabezones. Se hacían unas cabezas de papel maché gigantes y se vestían ridículos. Se ve que algunas se parecían a políticos pero yo en esa época no reconocía a nadie. Ya sé que ahora tampoco conozco mucho.

Para poder ver me subí a la silla. Era de esas de tablitas, que se plegaban. Sí, eran sillas de pizzería. Ya se veía venir a los cabezones. Alguien gritó viva Perón, carajo. Seguro que había reconocido a alguno. Y justo antes de que llegaran a pasar al lado nuestro se escuchó un trueno y se largó un chaparrón de esos de verano. La gente empezó a correr para todos lados. Los de las mesas trataban de rescatar las cosas que se les podían joder con la lluvia. Mi vieja me gritaba que me bajara pero yo no podía porque un taco del zapato me había quedado enganchado entre las tablitas de la silla. Tanto tironear, me fui al piso que ya era un puré de papel picado y porquerías. El Edu me hizo upa y el chofer se apuró a agarrar el zapato porque yo estaba a grito pelado. Cuando miré no quedaba ni un cabezón. Nos metimos debajo de un techito donde estábamos todos apretados. A la abuela del peinado de peluquería no le había quedado nada. El agua que le chorreaba de la cabeza estaba toda roñosa por el matizador. No sabés cómo se reía mi vieja.

Entonces el chofer estiró la mano con el zapato. Te juro que parecía el príncipe de Cenicienta. Yo tardé en ponérmelo y además me costaba caminar porque el algodón se había empapado y el pie se me iba para adelante. Como no paraba decidimos volver al colectivo. Mis primos empezaron a burlarse por como caminaba. Ellos estaban celosos porque mi tía que siempre fue una cómoda no los había disfrazado.

Cuando subimos me sentaron en el primer asiento mientras todos se acomodaban. Entonces me vi en el espejo, al lado de la foto de Carlitos. Sí, de esas que se movían con el temblor del colectivo. Era un asco. El vestido estaba cubierto de un engrudo violeta de papel picado. La coronita se había volado con la tormenta. La cara era un mamarracho, toda llena de pintura corrida por el agua. Fue verme y me puse a llorar. Siempre fui muy sensible. Me tapaba la cara con las manos mientras lloraba. El Edu, que siempre fue un bruto, la empezó a retar a mi vieja porque me había disfrazado de mina. Vos seguí así, le decía, que a la final el pibe te va a salir maricón.