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El cuento del diablo, de Marina Closs

El cuento del diablo de Marina Closs

SaltĂł

                         por encima de la trampa que los niños habĂ­an puesto en el suelo y se alejĂł, preocupada y sonriendo. Preocupada y llamándonos:

–¡Ana! ¡Valeria! ¡Cecilia! ¡Pamela!

–¡Valeria! –le estiró la manga, con una fuerza hipnotizadora. Y Valeria la vio. Andrea iba arrugando la boca, debajo del abrigo como de una capa, y nos hacía señas a todas de que la siguiéramos.

Saltamos por

                      sobre la

                                          trampa de los niños,

Cecilia se cayĂł y vimos:

cĂłmo la devoraban.

¡Pobre! Era tan gracioso, y a la vez, ella nos suplicaba que fuésemos a salvarla. Pero Andrea estaba ya buscando un lugar en el monte, arrugando la boca y riéndose. Metiéndose temblorosamente entre las ramas, dejó detrás suyo como una estela de manos estiradas. Ninguna de nosotras pudo atraparla. Nos acercamos hasta el monte, corriendo aún más rápido. El viento venía con nosotras. Parecía seguirnos. Anduvimos tras ella, hasta que, entre los árboles, la encontramos esperándonos, con la mano en el corazón, aturdida y quieta.

–Me habló, me habló, ¡me habló! –nos gritó, cuando llegamos.

Los árboles parecían servidores, pajes, mensajeros a sus órdenes. Nos quedamos calladas a su alrededor. Supimos que tenía que contarnos un secreto.

–¡Me habló! –dijo Andrea, cerrándose con las manos la garganta. Vimos, en un escalofrío, que los ojos le brillaban como si se le llenasen de cristales– Vine hasta acá mordiéndome la boca, para no empezar a contar…

–¿Qué cosa? –preguntamos nosotras.

–¡Para no contar…!

–¿Qué?

–¡El cuento del diablo!

Y todas bajamos las miradas, inseguras, retiradas, confundidas. Pero temerarias. Bajamos las miradas, porque alzamos las orejas: estábamos perdidas… ¡queríamos seguir oyendo!

–Me habló. –dijo ella una vez más, como si recién ahora pudiese empezar a contárnoslo.

Y desde entonces dijo asĂ­:

–Voy a decirles algo sobre lo que vi:

Él era

imperdonable y alto.

Caminaba sobre unas

piernas largas, como columpiándose. Parecía un caballero. Un amo. Con unas manos pálidas de dedos finos, largos, grises o

apenas lilas, como la lavanda.

Él era delicado y bárbaro.

–Como los que están en la luz de la luna, cerrando los ojos. –dijo– Él estaba en la luz de la luna, en la sala, hablando solo. Decía, para sí mismo, un poema.

–¿Qué? –preguntamos nosotras, tratando de imaginárnoslo. Queríamos oír, sentir al diablo. Pero no sabíamos cómo. A ella solamente le había sido concedido un encuentro. Un dolor.– ¿Qué estaba diciendo?

–Un poema. –dijo Andrea, y primero se empezó a reír. Pero luego cerró los labios, como si juntándolos, sintiese sobre la carne de los labios el secreto.

Estaba sentado en la sala.

Crucé el umbral

y supe que habĂ­a alguien.

No supe quién era, porque nunca había creído. No había buscado. Y menos, en el salón. Pero él estaba ahí, al principio, solo como un ruido.

–¿Un ruido?

–Algo sigiloso.

Andrea empezó a bajar la voz, como si quisiese que todas nos acercásemos a ella y la escuhcásemos sentadas.

Pronunciaba las letras con

labios de fantasma. Y para las vocales, era como

si cerrase la boca y

se llevase todo el aire para adentro.

Nosotras imaginábamos:

–¿Él era malo?

–No. –decía ella. Y nosotras suspirábamos aliviadas– Él era muy, muy bueno.

Al principio yo no

podĂ­a verlo.

“¿No se lo dirás a nadie?” me

preguntĂł.

–Si es por amor, miento –respondí yo.

        Y entonces Ă©l me jurĂł

que me amaba, y yo juré

que lo amaba…

–¡Argh! –nos atragantamos al suspirar… nosotras.

Andrea se agarrĂł el abdomen y pareciĂł que se mareaba. Luego comenzĂł a reĂ­rse. Y dijo:

El demonio tiene algo

de

agradablemente urgente.

–Él hablaba y hablaba. –siguiĂł contándonos– Pero yo no podĂ­a verlo. Le preguntĂ© en un momento: “Señor, Âżusted es el que está haciendo temblar el suelo?”. “No”, me respondiĂł Ă©l. Entonces yo me quedĂ© muda, tratando de ver quĂ© pasaba entre Ă©l y mis pies. Era yo la que temblaba. EmpecĂ© a moverme, para disimularlo. Luego me fui como bailando hasta el sillĂłn y sentĂ­: que entraba

                  a travĂ©s de mĂ­

                                                                   una deliciosa espada

de elegancia

y miedo.

               ÂżDiablo?

pregunté, tratando de empujar con las manos

el aire que

se me habĂ­a atorado en el pecho.

Estaba segura, pero estremecida. Él no dijo que “sí”.

                                                                                                                               ÂżDiablo?

VolvĂ­ a llamar, pero Ă©l seguĂ­a hablando solo.

Estaba como dentro de sĂ­ mismo, y

llevándose para sĂ­ todo el aire… parecĂ­a que me lo sorbĂ­a del cuerpo,

                                                  me quitaba el aire de adentro

y de ese sorbo:

formaba las vocales.

–¡Oh! –dijimos nosotras.­– ¿pudiste respirar?

–Apenas. Una sola vez no, y luego sí, muchas veces… pero apenas.

No

me miraba a los ojos, pero

sonreĂ­a,

como si sintiese afecto.

“Oscurécete hasta verme”, me ordenó. Y yo caminé por la sala, cerrando las ventanas y apagando las luces.

ÂżAhora?

Yo estaba asustada,

tenĂ­a la voz tan seca en la garganta, que era como una herida abierta,

que me quemase.

Andrea habĂ­a dejado de frotarse el cuello. TenĂ­a la mirada fija y parecĂ­a distraĂ­da, como presente al mismo tiempo en otra parte.

–¿Andrea? –le tocamos con cariño el cabello– ¿ya estás bien? ¡No te caigas para atrás! ¿podés seguir contándonos?

Ella dijo que sĂ­ con la cabeza.

Yo estaba en el salĂłn. A medida que

lo iba viendo, su voz se

difuminaba. Y aparecĂ­an sus ojos como dos

                                     cielos helados.

Como no

querĂ­a mirarlos, me di vuelta, y los vi, pero

                                                                                   en

el espejo.

Ella seguía contando y era como si nosotras, a su alrededor, nos estuviésemos ahogando. Parecíamos estar respirando en medio de un espeso polvo de diamantes.

–¿Qué hiciste, Andrea, entonces?

–No quería acercarme a él. Pero le dije, a lo lejos:

Tu nariz es

         demasiado grande. Las narices grandes

                    son del diablo. Las pestañas largas

                                                                                    son del diablo, los ojos rasgados, las manos de dedos largos, son del diablo.

–¿Y él?

Me dijo: “No”. Otra vez.

Andrea se habĂ­a tirado al suelo y ya no se rascaba el cuello, sino que se tapaba la boca, como si nos hubiese dicho algo malo.

–¿Qué pasó después?

Ella, agarrándose los labios con los dedos:

–Se quedó callado. Ya no seguía hablando, ni siquiera para sí. Se daba cuenta, seguramente, de qué estaba haciendo allí y quién era. Luego, yo me asusté de que él se fuera y me dejara sola. Entonces, fui a besar sus ojos en el espejo.

AhĂ­ estaba ahora Andrea, sentada en el suelo, con el abrigo a su alrededor, como un enorme globo hinchado. Nos acercamos a abrazarla y notamos que toda su ropa estaba mojada.

–¿Dónde te metiste, Andrea? ¿O lloraste? ¿Por qué estás así?

Ella no nos dijo nada. De la boca, le salían algas. Ella misma trataba de limpiárselas, pero sentimos compasión y nos agachamos, para ayudarle a sacarse esas hojas de entre los dientes.

–No sé qué me pasa. –nos habló como mareada.

La abrazamos en el piso. Su ropa humedecida otra vez nos asustĂł.

–¿Qué vas a hacer, Andrea? –le preguntamos nosotras, casi llorando– ¿él te eligió?

–Sí –murmuró, cavernosa– me eligió a mí. No sé porqué me vio. Por lástima.

Le surgĂ­a entre nuestros brazos un alga cada vez más negra y más ondulada desde los labios. Se habĂ­a acostado, y la sostenĂ­amos entre todas, arrodilladas a su alrededor. Era  como si le hubiesen hecho una herida en un sacrificio.

–¡Estamos asustadas! ¡Contanos algo más! ¿Qué vas a hacer ahora, Andrea?

–No sé bien. –ella se río y trató de escupir un alga– hoy a la noche, voy a volver a verlo.

Fuente: https://www.eternacadencia.com.ar/blog/ficcion/item/el-cuento-del-diablo.html

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Te invito a leer conocer más de la autora leyendo un análisis del libro Tres truenos y una entrevista que le hicieron en Eterna Cadencia.

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