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El impostor inverosímil Tom Castro, de Jorge Luis Borges

El impostor inverosímil Tom Castro, de Jorge Luis Borges

Ese nombre le doy porque bajo ese nombre lo conocieron por calles y por casas de Talcahuano, de Santiago de Chile y de Valpara√≠so, hacia 1850, y es justo que lo asuma otra vez, ahora que retorna a estas tierras —siquiera en calidad de mero fantasma y de pasatiempo del s√°bado (1). El registro de nacimiento de Wapping lo llama Arthur Orton y lo inscribe en la fecha 7 de junio de 1834. Sabemos que era hijo de un carnicero, que su infancia conoci√≥ la miseria ins√≠pida de los barrios bajos de Londres y que sinti√≥ el llamado del mar. El hecho no es ins√≥lito. Run away to sea, huir al mar, es la rotura inglesa tradicional de la autoridad de los padres, la iniciaci√≥n heroica. La geograf√≠a la recomienda y aun la Escritura (Salmos, 107): Los que bajan en barcas a la mar, los que comercian en las grandes aguas; √©sos ven las obras de Dios y sus maravillas en el abismo. Orton huy√≥ de su deplorable suburbio color rosa tiznado y baj√≥ en un barco a la mar y contempl√≥ con el habitual desenga√Īo la Cruz del Sur, y desert√≥ en el puerto de Valpara√≠so. Era persona de una sosegada idiotez. L√≥gicamente, hubiera podido (y debido) morirse de hambre, pero su confusa jovialidad, su permanente sonrisa y su mansedumbre infinita le conciliaron el favor de cierta familia de Castro, cuyo nombre adopt√≥. De ese episodio sudamericano no quedan huellas, pero su gratitud no decay√≥, puesto que en 1861 reaparece en Australia, siempre con ese nombre: Tom Castro. En Sydney conoci√≥ a un tal Bogle, un negro sirviente. Bogle, sin ser hermoso, ten√≠a ese aire reposado y monumental, esa solidez como de obra de ingenier√≠a que tiene el hombre negro entrado en a√Īos, en carnes y en autoridad. Ten√≠a una segunda condici√≥n, que determinados manuales de etnograf√≠a han negado a su raza: la ocurrencia genial. Ya veremos luego la prueba. Era un var√≥n morigerado y decente, con los antiguos apetitos africanos muy corregidos por el uso y abuso del calvinismo. Fuera de las visitas del dios (que describiremos despu√©s) era absolutamente normal, sin otra irregularidad que un pudoroso y largo temor que lo demoraba en las bocacalles, recelando del Este, del Oeste, del Sur y del Norte, del violento veh√≠culo que dar√≠a fin a sus d√≠as.

Orton lo vio un atardecer en una desmantelada esquina de Sydney, creándose decisión para sortear la imaginaria muerte. Al rato largo de mirarlo le ofreció el brazo y atravesaron asombrados los dos la calle inofensiva. Desde ese instante de un atardecer ya difunto, un protectorado se estableció: el del negro inseguro y monumental sobre el obeso tarambana de Wapping. En setiembre de 1865, ambos leyeron en un diario local un desolado aviso.

EL IDOLATRADO HOMBRE MUERTO

En las postrimerías de abril de 1854 (mientras Orton provocaba las efusiones de la hospitalidad chilena, amplia como sus patios) naufragó en aguas del Atlántico el vapor Mermaid, procedente de Río de Janeiro, con rumbo a Liverpool. Entre los que perecieron estaba Roger Charles Tichborne, militar inglés criado en Francia, mayorazgo de una de las principales familias católicas de Inglaterra. Parece inverosímil, pero la muerte de ese joven afrancesado, que hablaba inglés con el más fino acento de París y despertaba ese incomparable rencor que sólo causan la inteligencia, la gracia y la pedantería francesas, fue un acontecimiento trascendental en el destino de Orton, que jamás lo había visto. Lady Tichborne, horrorizada madre de Roger, rehusó creer en su muerte y publicó desconsolados avisos en los periódicos de más amplia circulación. Uno de esos avisos cayó en las blandas manos funerarias del negro Bogle, que concibió un proyecto genial.

LAS VIRTUDES DE LA DISPARIDAD

Tichborne era un esbelto caballero de aire envainado, con los rasgos agudos, la tez morena, el pelo negro y lacio, los ojos vivos y la palabra de una precisi√≥n ya molesta; Orton era un palurdo desbordante, de vasto abdomen, rasgos de una infinita vaguedad, cutis que tiraba a pecoso, pelo ensortijado casta√Īo, ojos dormilones y conversaci√≥n ausente o borrosa. Bogle invent√≥ que el deber de Orton era embarcarse en el primer vapor para Europa y satisfacer la esperanza de Lady Tichborne, declarando ser su hijo. El proyecto era de una insensata ingeniosidad. Busco un f√°cil ejemplo. Si un impostor en 1914 hubiera pretendido hacerse pasar por el Emperador de Alemania, lo primero que habr√≠a falsificado ser√≠an los bigotes ascendentes, el brazo muerto, el entrecejo autoritario, la capa gris, el ilustre pecho condecorado y el alto yelmo. Bogle era m√°s sutil: hubiera presentado un kaiser lampi√Īo, ajeno de atributos militares y de √°guilas honrosas y con el brazo izquierdo en un estado de indudable salud. No precisamos la met√°fora; nos consta que present√≥ un Tichborne fofo, con sonrisa amable de imb√©cil, pelo casta√Īo y una inmejorable ignorancia del idioma franc√©s. Bogle sab√≠a que un facs√≠mil perfecto del anhelado Roger Charles Tichborne era de imposible obtenci√≥n. Sab√≠a tambi√©n que todas las similitudes logradas no har√≠an otra cosa que destacar ciertas diferencias inevitables. Renunci√≥, pues, a todo parecido. Intuy√≥ que la enorme ineptitud de la pretensi√≥n ser√≠a una convincente prueba de que no se trataba de un fraude, que nunca hubiera descubierto de ese modo flagrante los rasgos m√°s sencillos de convicci√≥n. No hay que olvidar tampoco la colaboraci√≥n todopoderosa del tiempo: catorce a√Īos de hemisferio austral y de azar pueden cambiar a un hombre.

Otra razón fundamental: Los repetidos e insensatos avisos de Lady Tichborne demostraban su plena seguridad de que Roger Charles no había muerto, su voluntad de reconocerlo.

EL ENCUENTRO

Tom Castro, siempre servicial, escribi√≥ a Lady Tichborne. Para fundar su identidad invoc√≥ la prueba fehaciente de dos lunares ubicados en la tetilla izquierda y de aquel episodio de su ni√Īez, tan afligente pero por lo mismo tan memorable, en que lo acometi√≥ un enjambre de abejas. La comunicaci√≥n era breve y a semejanza de Tom Castro y de Bogle, prescind√≠a de escr√ļpulos ortogr√°ficos. En la imponente soledad de un hotel de Par√≠s, la dama la ley√≥ y la reley√≥ con l√°grimas felices y en pocos d√≠as encontr√≥ los recuerdos que le ped√≠a su hijo.

El 16 de enero de 1867, Roger Charles Tichborne se anunci√≥ en ese hotel. Lo precedi√≥ su respetuoso sirviente, Ebenezer Bogle. El d√≠a de invierno era de much√≠simo sol; los ojos fatigados de Lady Tichborne estaban velados de llanto. El negro abri√≥ de par en par las ventanas. La luz hizo de m√°scara: la madre reconoci√≥ al hijo pr√≥digo y le franque√≥ su abrazo. Ahora que de veras lo ten√≠a, pod√≠a prescindir del diario y las cartas que √©l le mand√≥ desde el Brasil: meros reflejos adorados que hab√≠an alimentado su soledad de catorce a√Īos l√≥bregos. Se las devolv√≠a con orgullo: ni una faltaba.

Bogle sonrió con toda discreción: ya tenía dónde documentarse el plácido fantasma de Roger Charles.

AD MAJOREM DEI GLORIAM

Ese reconocimiento dichoso —que parece cumplir una tradici√≥n de las tragedias cl√°sicas— debi√≥ coronar esta historia, dejando tres felicidades aseguradas o a lo menos probables: la de la madre verdadera, la del hijo ap√≥crifo y tolerante, la del conspirador recompensado por la apoteosis providencial de su industria. El Destino (tal es el nombre que aplicamos a la infinita operaci√≥n incesante de millares de causas entreveradas) no lo resolvi√≥ as√≠. Lady Tichborne muri√≥ en 1870 y los parientes entablaron querella contra Arthur Orton por usurpaci√≥n de estado civil. Desprovistos de l√°grimas y de soledad, pero no de codicia, jam√°s creyeron en el obeso y casi analfabeto hijo pr√≥digo que resurgi√≥ tan intempestivamente de Australia. Orton contaba con el apoyo de los innumerables acreedores que hab√≠an determinado que √©l era Tichborne, para que pudiera pagarles.

Asimismo contaba con la amistad del abogado de la familia, Edward Hopkins, y con la del anticuario Francis J. Baigent. Ello no bastaba, con todo. Bogle pens√≥ que para ganar la partida era imprescindible el favor de una fuerte corriente popular. Requiri√≥ el sombrero de copa y el decente paraguas y fue a buscar inspiraci√≥n por las decorosas calles de Londres. Era el atardecer; Bogle vag√≥ hasta que una luna del color de la miel se duplic√≥ en el agua rectangular de las fuentes p√ļblicas. El dios lo visit√≥. Bogle chist√≥ a un carruaje y se hizo conducir al departamento del anticuario Baigent. √Čste mand√≥ una larga carta al Times, que aseguraba que el supuesto Tichborne era un descarado impostor. La firmaba el padre Goudron, de la Sociedad de Jes√ļs. Otras denuncias igualmente papistas la sucedieron. Su efecto fue inmediato: las buenas gentes no dejaron de adivinar que Sir Roger Charles era blanco de un complot abominable de los jesuitas.

EL CARRUAJE

Ciento noventa d√≠as dur√≥ el proceso. Alrededor de cien testigos prestaron fe de que el acusado era Tichborne —entre ellos, cuatro compa√Īeros de armas del regimiento seis de dragones. Sus partidarios no cesaban de repetir que no era un impostor, ya que de haberlo sido hubiera procurado remedar los retratos juveniles de su modelo. Adem√°s, Lady Tichborne lo hab√≠a reconocido y es evidente que una madre no se equivoca. Todo iba bien, o m√°s o menos bien, hasta que una antigua querida de Orton compareci√≥ ante el tribunal para declarar. Bogle no se inmut√≥ con esa p√©rfida maniobra de los “parientes”; requiri√≥ galera y paraguas y fue a implorar una tercera iluminaci√≥n por las decorosas calles de Londres. No sabremos nunca si la encontr√≥. Poco antes de llegar a Primrose Hill lo alcanz√≥ el terrible veh√≠culo que desde el fondo de los a√Īos lo persegu√≠a. Bogle lo vio venir, lanz√≥ un grito, pero no atin√≥ con la salvaci√≥n. Fue proyectado con violencia contra las piedras. Los marcadores cascos del jamelgo le partieron el cr√°neo.

EL ESPECTRO

Tom Castro era el fantasma de Tichborne, pero un pobre fantasma habitado por el genio de Bogle. Cuando le dijeron que éste había muerto se aniquiló. Siguió mintiendo, pero con escaso entusiasmo y con disparatadas contradicciones. Era fácil prever el fin.

El 27 de febrero de 1874, Arthur Orton (alias) Tom Castro fue condenado a catorce a√Īos de trabajos forzados. En la c√°rcel se hizo querer; era su oficio. Su comportamiento ejemplar le vali√≥ una rebaja de cuatro a√Īos. Cuando esa hospitalidad final lo dej√≥ —la de la prisi√≥n— recorri√≥ las aldeas y los centros del Reino Unido, pronunciando peque√Īas conferencias en las que declaraba su inocencia o afirmaba su culpa. Su modestia y su anhelo de agradar eran tan duraderos que muchas noches comenz√≥ por defensa y acab√≥ por confesi√≥n, siempre al servicio de las inclinaciones del p√ļblico.

El 2 de abril de 1898 murió.

(1) Esta metáfora me sirve para recordar al lector que estas biografías infames aparecieron en el suplemento sabático de un diario de la tarde.

Jorge Luis Borges

Fuente: http://www.ub.edu/las_nubes/archivo/uno/wunderkammer/antologiaborges/Tres_cuentos/impostor.htm

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