Yo era de las que no pueden usar cuadernos lindos para escribir. “Me da cosa arruinarlo”, pensaba. Sin poder reconocerlo en ese momento, imaginaba una letra preciosa, ideas increíbles e imágenes que quitaran el aliento. Una escritura brillante, digna de un cuaderno tan hermoso.

No me sentía a la altura de una acción semejante, y entonces elegía hojas ya usadas con impresiones, cuadernos escolares en los que mezclaba mis poemas con las cuentas del mes y las listas de compras. Así me sentía libre de garrapatear a mis anchas.

No se me ocurría la posibilidad de que el garrapateo y la belleza podían unirse. Hubo dos libros que me llevaron a hacer esa conexión: La magia del orden, de Marie Kondo y El camino del artista, de Julia Cameron. En el primero, me impactó mucho el punto de vista animista. En Oriente es muy extendida la creencia de que los objetos tienen alma y consciencia. Marie Kondo insiste mucho en que los objetos necesitan ser usados para estar vivos. Si se guardan en un cajón por mucho tiempo, pierden energía. En cambio, se renuevan cuando están a nuestro servicio. Eso me hizo pensar en la vajilla de la abuela, que sólo se saca en Navidad, en esa ropa que sólo hay que ponerse en una ocasión especial (que nunca llega), en las especias compradas en algún viaje que terminan venciéndose antes de ser degustadas y, claro está, en los famosos cuadernos bellos sin estrenar.

El segundo libro me regaló la idea del lujo auténtico. Cameron propone darnos lujos que nos den una alegría verdadera. Uno bastante obvio hoy en día, con los precios que tenemos, es comprar libros. Pero también, en mi caso, podría ser comprar champignones o espárragos, que me encantan pero siempre dudo en llevar porque me parecen carísimos. Si lo pensamos bien, vivimos como lujo experiencias cotidianas que nos negamos (y después despilfarramos el dinero en cualquier otra cosa, sin pensar).

Yo sé que es muy polémico decir esto en tiempos de crisis, pero darnos un gusto, un lujo auténtico, es una forma de nutrirnos y evitar lo que Cameron llama “anorexia artística”. Además, dejando de lado el tema del dinero, el mayor lujo que podemos darnos es tener tiempo. Un tiempo especial y un espacio para crear. Lo más común es escribir a las apuradas, en un tiempo muerto, un bache que me quedó en la agenda. Lo más común es agarrar cualquier papel que haya a mano. Escribir en cualquier lado, como venga.

Ojo, no hay nada malo en eso. Obviamente es mucho mejor que no escribir buscando el “momento adecuado”. Accionar es fundamental. Y al principio, sale como sale. Pero también es importante ir generando un tiempo y un espacio propios. Ritualizar la escritura. Comprender que siempre se trata de una ocasión especial. Y que, aunque no nos salga linda la letra o las palabras se tropiecen, aunque no estemos “conformes”, aún en los peores momentos, escribir es un acto digno del mejor cuaderno y del prime time de la agenda. Tener un momento propio es sagrado. [email protected] lo necesitamos. Es un lujo que vale la pena.