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¿Qué va a pensar de mí la gente? Es una preocupación que aparece cuando queremos compartir lo que escribimos con el mundo exterior. “Queremos” es una forma de decir. Porque también “no queremos”. A la hora de publicar, siempre surgen nuevas resistencias.

Mientras se desarrolla el proceso de escritura de un libro, va surgiendo la preocupación por lo que pueda interpretar el/la lector/a. Empieza como algo lejano, pero al momento de publicar se presenta con toda su fuerza.

¿Y si me juzgan como juzgarían a mis personajes? ¿Creerán que todo lo que escribo me pasó a mí? ¿Darán por sentado que yo pienso personalmente las ideas que aparecen en el libro? ¿Me quedaré sin amigos/as?

Es un tema muy complejo. Seré lo más clara que pueda. Lo primero que tengo que recordar siempre es que yo soy una persona independiente de mi escritura y viceversa. Tendemos a pensar que los textos nos pertenecen y que son un reflejo de nosotros/as mismos/as. Este pensamiento dificulta mucho el trabajo sobre los textos, la escucha de las devoluciones y también la publicación.

Te propongo una alternativa para que pruebes y veas qué cambia: ¿qué pasaría si yo fuera solamente un instrumento para escribir un texto que no es mío? No, Ceci, pero yo tuve una idea, yo la alimenté, la desarrollé, le di forma. ¿Cómo no va a ser mío el texto?

Es cierto lo que decís, y de hecho los textos siempre tienen una impronta personal. Tejemos con los hilos que tenemos a disposición, y le prestamos al texto nuestra experiencia, imágenes e ideas. Pero escribir, para mí, es entrar en un espacio interno, que se encuentra en otra dimensión y está conectado con los espacios internos de todos los seres humanos. No es tan loco lo que digo, pensá en el inconsciente personal y el colectivo.

Pensá en el lenguaje. ¿Alguien puede decir que es su dueño/a? Somos usuarios/as de la lengua. Somos instrumentos que tocan las ideas que andan pupulando por ahí, buscando alguien que se digne a transformarlas en una melodía.

Con esta nueva idea, puedo escribir sobre las cosas más terribles sin neurotizarme. Todo lo que rechazo, lo que me da vergüenza, lo que ni siquiera podría imaginar, lo que juzgo, todo puede aparecer en mi escritura. Porque toda esa oscuridad es humana. No significa que yo sea una persona aborrecible, sino que dentro mío tengo a disposición esa energía, la actúe o no.

Lo mismo ocurre con las zonas luminosas. Pero ahí no tenemos problema en hacernos cargo, ¿no? Te propongo que todas las cosas que identificás como propias también las veas como algo que te atraviesa. Sale de vos pero que no te pertenece.

Esta perspectiva aliviana muchísimo el miedo a la hora de publicar. Digan lo que digan, yo me presté para escribir este libro, le puse todo lo que tenía a mi alcance, di lo mejor de mí, pero lo que encuentren en él tiene tanto que ver conmigo como con los/as lectores/as.

Ahora pongámonos del otro lado. Recordemos lo que nos pasa cuando somos lectores/as. No siempre, pero a veces se me da por pensar “¿le habrá pasado de verdad?” o “¿será cierto?”. Incluso, si me gusta mucho lo que leo, puedo fantasear con hacerme amiga del/la autor/a. Y si no me gusta, me planteo cómo puede ser que el/la escritor/a tenga una mente tan retorcida.

Y acá estamos frente a una paradoja de la literatura: es una ficción que tiene que pasar por realidad. Cuanto más real parezca, más lograda está la obra. Puede ser un delirio, pero tiene que ser un delirio creíble. Mientras leo, lo ideal es que crea todo lo que el texto me ofrece. Quiero que el libro me lleve, y dejarme llevar.

Ahora bien: sin el detalle de la ficción, estamos fritos/as. El hecho de que no sea real es la base de la gran libertad que nos ofrece esta disciplina. Por eso insisto tanto en el taller con hablar de narrador/a y no de autor/a. No sabemos y no importa si el/la autor/a está recreando un hecho real o no. Para seguir jugando, para tener el regalo de lo posible, lo potencial, lo que podría ser (aunque no sea), es fundamental saber que estamos haciendo ficción. Actuamos. Representamos un papel. Si veo a un actor por la calle, ¿lo trato como si fuera el personaje que encarnó en el escenario? No lo creo.

Tengo dos anécdotas de la vida real que me sirven para ejemplificar los problemas de confundir la realidad con la ficción. Va la primera. Un profesor de informática obsesionado con una prostituta se da cuenta de que ella se relaciona con un grupo de narcos colombianos, queda implicado y no sabe a quién acudir. Le cuenta el problema a sus alumnos del penal de Devoto y siente alivio ya que, lejos de juzgarlo, lo contienen. Decide escribir un libro con esa historia para descargarse. Cuando su esposa y sus hijos lo leen, lo expulsan de la familia.

La segunda es de un escritor con varios libros muy buenos en su haber, reconocido más que nada por el ámbito literario. Escribe novelas muy oscuras, de una crudeza que duele. Pero él, en persona, es un amor. Es inteligente, irónico, pero no te lleva a pensar que es perverso. En una de las primeras citas con su actual esposa, la vio venir toda pálida, seria y distante y le dijo: “¿Leíste un libro mío, no?”

En el primer caso, falló el planteo, ya que el profesor no construyó un contexto de ficción en su libro. Podría ser leído como novela, pero fue escrito como confesión. La familia, cotejando el ser real y el ser de papel, no puede dejar de leer todo como una gran verdad. No hay espacio para la ficción.

En el segundo caso, hay una construcción consciente de la ficción. Se nota que lo que se narra no le ocurrió al autor. Pero queda la espina: si puede imaginar todo esto, ¿será que es de verdad un perverso? Y aquí hay una vuelta de tuerca: cuando leemos libros así, estamos imaginando perversidades también. Cuando vemos películas, pasa lo mismo. ¿Cuál sería la diferencia con escribirlas? Estamos entrando en contacto con la misma energía. En este caso, la esposa falla en identificar al autor con las energías de la obra.

Volviendo al título de este posteo, sí: da miedo aparecer. Ahora pienso que se debe a que mientras escribimos, no corremos ningún riesgo (más que la clásica exposición a nuestro gollum) pero, al publicar, aparecemos frente al mundo y no podemos controlar lo que pase con nuestro libro. Eso que nos llevó tanto tiempo, esfuerzo, cariño y desvelo puede ser criticado, juzgado, puesto en duda, burlado e ignorado por cualquiera. No es muy alentador, ¿no?

Pero también puede ocurrir la maravilla: conectar con alguien a la distancia, en otro tiempo, usando solamente un puñado de palabras, y generar un vínculo muy fuerte, capaz de atravesar prejuicios y reticencias. Hablar con un/a desconocido/a de alma a alma, sin intermediarios. Eso pasa cuando entramos a ese espacio interno y multidimensional del que te hablaba. Sí, escribir es un flash. Y no me drogo, por si te lo estabas preguntando.

Y si después de todo esto aún tenés el miedo pegado a los talones, recordá que, como dicen las viejas sabias, “lo que dice Juan de Pedro dice más de Juan que de Pedro”. Todo lo que los/as lectores/as puedan decir de tu obra habla de su perspectiva, ideología, forma de ver el mundo, estado emocional, etc. Nosotros/as como escritores/as tenemos que enfocarnos en construir un código sólido, no en las múltiples posibilidades de codificación del texto (que, por otra parte, sería imposible predecir). No podemos controlar lo que los/as demás interpreten de nuestros mensajes. Pero esto, me parece, ya es tema para otro post.

Contame vos: ¿Qué fantasías tenés con respecto a la publicación? ¿Qué te imaginás que podría pasar?

¿Querés compartir el posteo? ¡Di que sí, di que sí!