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Si afinás el oído y escuchás cómo hablamos, vas a notar que hay muchas cosas que no se dicen directamente. Hay un ruido que rodea la idea y no nos deja llegar al sentido de la frase. Por ejemplo, imaginemos que estamos en la terminal de micros, por irnos de viaje, y hay alguien del grupo que no llega. No tenemos noticias y el ambiente está caldeado. Yo pienso que se quedó dormido, pero, dada la tensión del momento, creo que si lo expreso directamente puede sonar como una acusación. Entonces digo:

-Tal vez se quedó dormido.

-Me parece que se quedó dormido.

-Está la posibilidad de que se haya quedado dormido.

-¿Se habrá quedado dormido?

-No sé, es mi opinión, pero para mí que se quedó dormido.

En estos ejemplos podemos ver cómo el hablante se mantiene a distancia de lo que quiere decir agregando algo que amortigua el sentido. Esto es una estrategia válida para remarcar que lo que se dice es una conjetura y no un hecho. Sin embargo, si escuchás bien, vas a notar que últimamente ponemos esa distancia no como estrategia sino como reacción automática. Se convirtió en una muletilla permanente. Así, cuando estoy triste, digo:

-Creo que estoy triste.

-Siento como una tristeza.

-Me parece que tengo algo así como una tristeza.

-Por ahí siento una especie de tristeza.

En este caso, se trata de un sentir, no de una opinión. Entonces, ¿por qué poner tantos reparos para expresarlo? Si hacemos la prueba de leer en voz alta las expresiones anteriores y compararlas con la sencillez de “Estoy triste”, vamos a notar que tiene una intensidad mayor. Suena fuerte, es concreto, me llega mucho más.

Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con la metáfora? Cuando escribimos, ponemos los mismos reparos que cuando damos nuestra opinión o expresamos un sentimiento en la vida cotidiana. Y eso se nota en el uso de la metáfora. Por ejemplo, si pienso en la forma de caminar de un personaje, escribo:

-“Cuando camina, parece un robot”, y no “su caminar robótico lo hacía tropezar”.

-“Camina como si estuviera sobre una cama de clavos” y no “camina sobre una cama de clavos”.

-“Camina subiendo y bajando, rebotando como si fuera un resorte” y no “avanza rebotando sobre la vereda”.

En las primeras opciones, veo al narrador imaginando cómo camina el personaje. En las segundas, veo al personaje caminando de una manera en particular. Entonces, el mismo recurso (amortiguar la idea, tomar distancia de lo que digo) que en la vida cotidiana puede ser un gesto de cortesía (como en el caso de la espera) o una muletilla (por ejemplo, cuando expresamos tristeza), en la escritura debilita la imagen.

Pienso en la etimología de la metáfora: en su origen, significaba “traslado” porque lleva el sentido de un lugar a otro, une ideas que antes estaban separadas. Por eso la literatura tiene el poder de llevarnos de viaje a otros lugares, donde estas asociaciones son posibles y no tenemos que pedir permiso, atenuar nuestra opinión o minimizar lo que sentimos. Insistir en tomar distancia de las imágenes que aparecen cuando escribimos es una forma de aferrarse al lugar de salida. ¿No queríamos viajar con las palabras? ¿Cómo voy a llegar a un lugar nuevo si no suelto el lugar viejo? Sí, es arriesgado. Dar el salto hacia otro sentido asusta. Pero vale la pena. Dejá el “me parece”, “podría ser”, “es como sí”, aunque sea sólo para este viaje. Animate a la metáfora. No te vas a arrepentir.

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