La carta decía: “Sr. Papá Noel”, dos puntos y abajo: “Quiero una bicicleta”. Punto y aparte, abajo, sangría: “Según dicen hay que portarse bien todo el año y tener buenas notas para recibir un regalo de Navidad. Yo me porté bien todo este año y me porto bien todos los años y ya tengo siete años portándome bien y nunca recibo un regalo de Navidad. Creo que este año me lo tiene que traer sí o sí”. Abajo, centrado: “Dany Argüello”. Algunas palabras no tenían acentos.

Puso la carta dentro de un sobre con el membrete del estudio jurídico; en el frente escribió “Papá Noel. Polo Norte”, y en el remitente puso su nombre completo y la dirección en letra imprenta, para que no hubiera ningún tipo de confusión. Después, fue hasta la mesa del comedor, donde la madre disponía todas las noches la correspondencia que debía echar en el correo al día siguiente. Detrás de un sobre con el pedido de suscripción a la revista Occidente del año siguiente, Dany colocó su carta. Ahora era cuestión de esperar al bendito día de la Navidad. Este año, Fernando, su mejor amigo, lo tendría al tanto de la llegada de los regalos. Papá Noel no era capaz de pasar de largo, le explicó Fernando, no se salteaba a ningún chico, fuera de la religión que fuera o aun cuando no la tuviera, como Dany. Sólo era cuestión de escribirle.

Fue a la hora de la siesta, cuando los dos padres de pie frente a él, decidieron hablarle como a una persona mayor. Incluso, así empezó la conversación: –Ya sos un chico mayor y podés entender lo que te vamos a decir… –No entiende, Hernán -interrumpió la madre.

–Entiende, Elsa. Acordate el día en que le explicamos que murió el Tomy.

–Eso fue distinto y además tuvo una crisis de angustia que le duró una semana entera.

–Elsa, era su perro.

–Yo nunca sería capaz de llorar por un animal, cuando tanta gente buena sufre… –¿Pueden dejar de hablar entre ustedes? Estoy acá presente –dijo Dany.

–Hablále, Hernán: vos sos el padre.

–Mirá, Dany –tartajeó el padre–, Mami me contó que vos le escribiste una carta a Papá Noel. ¿Es cierto eso?

–Claro que es cierto, Hernán. Te lo conté yo, la encontré yo a la carta, ¿cómo se te ocurre que te voy a mentir?

–Estoy hablando con Dany, Elsa.

–Sí, le escribí.

–Le escribiste –continuó el padre–, pero resulta que Papá Noel no le hace regalos a los niños. Es todo un cuento del mercado; Papá Noel es un engaño capitalista.

–Hacer regalos es anticapitalista; comprarlos es volverse cómplice del sistema –recitó Dany.

Elsa y Hernán se miraron.

–Los juguetes cuestan plata –sentenció Hernán.

–¡Hernán, ésa no es la respuesta que debés darle al nene! Dany, nosotros no creemos ni en Papá Noel ni en Jesús ni en ningún otro líder religioso… –Jesús no trae los regalos, sino Papá Noel.

–¡No importa, Dany, quién trae los regalos! ¡Aunque fuera el cartero!

–Papá Noel no oprime a nadie, cruza el cielo en un trineo tirado por renos y les trae regalos a los niños gratis. Eso no puede hacer daño a nadie.

–Porque los regalos y los juguetes no tienen ningún costo para él. No tiene que comprar, no tiene que vender, no paga la plusvalía, ¡no tiene ni la mala conciencia del explotador!… –No pierdas la paciencia con él, Hernán, es un niño.

–¡¡¡La Navidad es el opio de los niños!!! –chilló el padre fuera de sí.

–Papá Noel tiene su propia fábrica –aclaró Dany, muy pausado y calmo, porque esto lo había oído de primera mano de Fernando– donde los duendes trabajan haciendo los juguetes. Tal vez sea una cooperativa.

El padre explotó: –¡Papá Noel no tiene ninguna fábrica y si la tuviera no sería una cooperativa!

–¿Cuál es el problema entonces con que Papá Noel sea anti-sistema?

La madre tomó el toro por las astas.

–No vas a mandar esa carta, Dany.

Dicho eso, Elsa Argüello puso la carta en el estante de arriba de todo del modular donde estaba prohibido tocar, porque ahí se posaban las frágiles figuritas de cristal de Murano.

–Fin de la cuestión –liquidó Elsa.

Claro que Dany esa misma noche trepó al modular, robó la carta que él mismo había escrito y a la mañana siguiente la dejó en el alféizar de la ventana del altillo, para que el viento la volara. Fernando le había contado que a la carta para Papá Noel uno la deja libre y las palomas mensajeras las llevaban directo al Polo Norte; era lo único bueno que hacían esos pajarracos que son una plaga: ser las mensajeras de las ilusiones de los niños.La carta hizo un largo, largo vuelo, pero de ésos que se hacen rápido y llegó a las manos del duende.

–No complacer a este niño –comentó.

–¿Por qué no? Ya ves que él no es ateo, es la familia que es… ¿cuál es el término, existencialista? –preguntó Papá Noel con los brazos en jarra.

–Hay que seguir el protocolo; si no creen en nosotros, no podemos… –sentenció.

Cómo odiaba Papá Noel a ese bichejo del duende; le llevaba por los menos dieciséis cabezas: el día menos pensado le daría un pisotón y lo enterraría bien profundo en la nieve. Siempre estaba desautorizándolo y poniendo en cuestión sus ideas. Refunfuñando, fue hasta la sección de embalaje y se desahogó con Elvira.

–Va a darte acidez; te vas a provocar una úlcera, Papá. Claro que vos podés llevarle un juguete o una bicicleta a quién se te canta el gorro. ¿Quién es el verdadero mandamás acá? Te lo vengo diciendo desde que nos casamos, no te dejés apretar por el duende.

–Basta, Elvira. Vas a hacer que lo termine asesinando.

–Que el protocolo esto, que el protocolo lo otro… ¿No ves que lo hace para molestarte? ¿En qué protocolo está escrito que yo no pueda acompañarte la Nochebuena a repartir los regalos? Se lo inventó él, ¿y sabés por qué? Porque él, en el fondo, espera que lo lleves alguna vez con vos, y eso, sucederá por sobre mi cadáver.

–Elvira, te pido por favor, que tuve un mal día… –suspiró Papá Noel. –Los regalos los llevo yo solo, en mi trineo y con mis renos.

–¡Yo soy Mamá Noel! –gritó ella– ¡Tengo derechos!

–¡¡¡Me importa un cuerno!!! –rugió él y salió del iglú pegando un portazo.

La mañana de esa Navidad fue la más feliz de toda la vida de Dany Argüello. No porque después no le pasaran muchas cosas buenas en la vida, que le pasaron, pero nunca volvió a ocurrirle un milagro. Junto al gomero del patio –ya que no había pino de Navidad en esa casa– estaba estacionada la bicicleta, más linda, más brillante y más rápida de todo el barrio. La bicicleta, la libertad. A los padres no les gustó ni medio, por supuesto: Elsa sospechó que algún vecino ultrarreligioso la había puesto ahí para arruinar la educación laica de Dany, y Hernán, en cambio, tuvo la certeza de que andando los días y cuando su hijo estuviera más encariñado con la bici, le caería una factura de alguna de las tiendas de los alrededores, para que se presente a abonar el artículo. Técnicas de mercadotecnia, que se llaman.

Papá Noel volvió al Polo Norte contento de su travesura; iba silbando el viejo tema popularizado por Bing Crosby y nada deseaba más que un buen trago de ponche caliente. Estacionó el trineo, y abrió la puerta de sopetón en medio de Jo jo jos entre dientes: en la puerta de la heladera había una notita pegada: “Quiero el divorcio. Elvira”.

Pero un chico pedaleaba en una ciudad caliente en el país más al sur del mundo.

Y no hubo nada más importante esa Navidad.

Fuente: Clarín.