marco polo 

16. De cómo el Gran Khan envía a Marco como embajador

Y Marco, el hijo de micer Nicolás, aprendió tan a la perfección la lengua y costumbres de los tártaros y su literatura, que a todos causaba maravilla. Pues desde su llegada a la corte aprendió a escribir y a hablar cuatro lenguas. Y como era sabio y prudente, el Gran Khan le cobró gran cariño, estimando su valor. Y cuando vio el buen entendimiento de Marco le envió como embajador a una región donde era menester seis meses para llegar. El joven bachiller cumplió su misión sabia y prudentemente. Había oído decir repetidas veces que cuando el Gran Khan enviaba mensajeros por las varias partes del mundo y éstos no sabían referirle más que el objeto de la misión por la cual habían sido enviados, los trataba de necios e ignorantes, pues más le placía oír las costumbres y curiosidades de las cortes extranjeras que lo que se refiriera al pretexto que tomaba para enviarles. Y Marco, que sabía esto, se esmeró en contarle al Gran Khan cuantas novedades y cosas extrañas y curiosidades había visto en su embajada.

17. De cómo volvió Marco de su misión y lo que refirió al Gran Khan

Cuando Marco volvió de su misión y se halló en presencia del Gran Khan, después de referirle la manera en que había negociado y conducido su embajada, contó cuantas novedades había visto, tanto en el camino como en las ciudades, tan sabia y elocuentemente que el Gran Khan quedó encantado, y cuantos le oyeron decían entre ellos que este joven, si llegaba a tener larga vida, no podía por menos de alcanzar fama de varón de provecho y de gran sabiduría. ¿Y qué más os diré? Desde entonces el joven fue llamado micer Marco Polo, y así le llamaremos más adelante en nuestro libro. Sabed, en verdad, que don Marco vivió con el Gran Khan diecisiete años, y no cesó de ir y venir en misión, enviado por el Gran Khan, que viendo que le traía continuamente noticias de doquier y cumplía tan cabalmente sus negociaciones, le tuvo en gran estimación, le colmó de honores, no queriendo separarse de él, por cuya razón los varones empezaron a envidiarle. He aquí por qué causa don Marco sabe más de esta región que ningún otro hombre, y que quizá entienda más él que los mismos naturales, pues se aplicaba en ello con todo entendimiento.

24. En donde se habla del reino de Mosul

Mosul es un gran reino habitado por diferentes pueblos, del cual os hablaré ahora. Hay la población árabe que reza a Mahoma. Hay otra especie de gente que son cristianos, pero no dependen de la Iglesia de Roma. Tienen un patriarca que hace funciones de arzobispo, obispo y abate, que ellos llaman católico y envía sus clérigos a la India, al Catai y a Bagdad, lo mismo que hace el Papa de Roma. Y os digo que cuanto cristiano encontréis en estas regiones es o bien nestoriano o bien jacobita.

Los tejidos de seda y oro que allí se fabrican son llamados «muselinas»; son finísimos y transparentes. Todas las especias caras son de este reino. En las montañas viven unas gentes llamadas kurdos: una parte sarracena, que adora a Mahoma, está compuesta de mala gente: hombres de armas terribles, que saquean, si pueden, a los mercaderes. Dejemos el reino de Mosul y hablemos de la gran ciudad de Bagdad.

37. De la segunda meseta inclinada

Esta llanura se extiende al Sur, en una longitud de cinco jornadas de marcha. Y al cabo de estas cinco jornadas se encuentra una nueva meseta que desciende 20 millas y ofrece caminos pésimos. En ellos guarecen gentes maleantes, y el tránsito es poco seguro y peligroso.

A la bajada de esta pendiente hay una llanura muy bella, que se llama la llanura de Formosa. Para llegar a ella se emplean dos jornadas; hay magníficos ríos, bordeados de palmeras por doquier. Hay abundancia de francolines, loros y otros pájaros que no existen en nuestra tierra.

Después de cabalgar otras dos jornadas, se llega al Océano, y en la costa hay una ciudad llamada Cormos, que es puerto de mar. Los mercaderes llegan a ella de las Indias en sus barcos, naves y galeras, y traen toda suerte de especias y piedras finas y perlas y brocados de oro y seda, colmillos de elefantes y otras mil mercaderías. Allí las entregan a los naturales, que a su vez las desparraman por todo el universo. Es una ciudad sumamente comercial. De ella dependen muchas otras villas y castillos. Es la capital del reino, cuyo rey se llama Ruemedan Acomat.

El clima es tórrido, el sol implacable y la costa un poco encerrada, de modo que no pasa el aire. Si un mercader extranjero llega a morir en ella, el rey se incauta de toda su fortuna. En esta región hacen un vino de dátiles y especias que es exquisito, y cuando los hombres lo toman se emborrachan y se purgan a la vez, lo que les hace gran bien y les fortifica además los músculos. Los hombres no comen como nosotros, pues si prueban el pan candeal y la carne, enferman. Para conservarse sanos beben vino de palmera y comen pescado. También comen muchas cebollas.

Sus galeras son muy malas y se van a menudo a pique, porque no están clavadas con puntas de hierro, sino cosidas con hilo que fabrican de la corteza de Indias, que hacen macerar y se vuelven fuertes como crines de caballo. De estos hilos o cordeles hacen una red, con la cual cubren la carena; pero aunque dure bastante, al cabo del tiempo el hilo se deshace en el agua del mar. Las naves tienen un árbol, una vela y un timón; carecen de puente; cuando las cargan cubren las mercancías

con cueros. No conocen el acero, y por esta razón hacen el espolón de madera y de cuerdas entretejidas. La navegación es muy agradable en estas galeras, pero, como os he dicho, son inseguras y naufragan con frecuencia, tanto más que hay grandes tempestades en el mar de la India.

La población es negra y adora a Mahoma. En verano la gente se aleja de la ciudad porque el calor es tan intenso en ella que morirían; se van a los alrededores, a sus jardines, en donde hay agua y ríos. A menudo sopla en verano un vendaval de arena tan ardiente, que mataría a todo el mundo si se quedara en la ciudad.

Siembran trigo, cebada y otros cereales en el mes de noviembre y lo recogen en marzo, y así se hace con la recolección de todos los frutos, pues se recoge y cuenta la cosecha en el mes de marzo; después de este mes ya no encontráis ninguna sola hierba ni fruto, pues el sol lo abrasa todo.

Las galeras no están alquitranadas, sino untadas con una especie de aceite de pescado.

Cuando muere algún indígena, los hombres y mujeres le guardan mucho duelo. Las mujeres especialmente lloran a sus muertos más de cuatro años después de la defunción, por lo menos una vez al día. Se reúnen para esta ceremonia deudos, parientes y vecinos y celebran el duelo con gran pompa.

Dejemos ahora esta ciudad.

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