fbpx

“Quiero que me ordenes las lecturas” es un deseo que se repite bastante en las consultas para empezar el taller. Y siempre me llama mucho la atención. Hoy quiero detenerme a pensar un poco en esto. En primer lugar, hay dos ideas diferentes y relacionadas en la frase: la necesidad de que haya una secuencia en las lecturas, ordenadas según un parámetro lógico, y la búsqueda de que alguien obligue a leer determinados títulos. Dicho así suena muy raro, ¿no? ¿Realmente leemos literatura para seguir un orden preestablecido de cosas que se supone que hay que leer, o para cumplir con las exigencias impuestas desde afuera?

Ayer posteé una pregunta en Facebook: “¿Por qué leen literatura?”. Y pedí respuestas sinceras. Todos se centraron en las motivaciones personales para hacerlo. Nadie mencionó el deber ser del lector. Tal vez -creo yo- por el pedido de sinceridad. Porque en el fondo, los que amamos la literatura leemos porque se nos canta. Porque sí, por placer, porque nos constituye. Pero eso no significa que no exista lo que llamo “el mito de la biblioteca única”. Lo conozco porque siempre aparece como un fantasma al que ahora siento que hay que ponerle cuerpo y enfrentarlo de una vez. Lo que sigue son puras suposiciones y me gustaría generar un espacio de reflexión al respecto. Así que, si tienen alguna otra idea sobre el cuerpo de este fantasma, me gustaría que la compartan en los comentarios.

La biblioteca única que todos deberíamos leer está compuesta por:

a) Lo que recomiendan los profesores de la carrera de Letras.

b) El libro Los 1001 libros que hay que leer antes de morir.

c) Todo lo que leyó Borges.

d) Lo que se publica en las revistas culturales y los suplementos de los diarios.

e) Los títulos que cita constantemente tu amigo snob favorito.

f) Lo que escribieron los premios Nobel.

g) Los clásicos (?)

h) Otros:

i) Todos los anteriores.

Me pregunto para qué alguien desearía tener las lecturas ordenadas. Cualquiera que haya intentado ordenar una biblioteca sabe que esto es imposible. ¿Será porque este orden da una sensación de seguridad? La sensación de que se va por el camino correcto… ¿Hacia dónde? ¿Ser una persona culta? ¿Escribir bien (otro deseo muy común del que ya voy a escribir algo al respecto)? Puesto así suena ridículo, ¿no? Pero seamos sinceros: ¿quién no se siente en falta cuando en una charla se menciona un libro que no leyó? Hay una espacie de condena por no haber leído tal o cual título. Y en general tiene que ver con: los clásicos (¿qué? ¿no leíste a Shakespeare?), los premios Nobel (¿no sabés quién es Patrick Modiano?), lo que leyó Borges (¿quién le daría bola a la Enciclopedia Británica si no fuera por Jorge Luis?) y lo que aparece una y otra vez en los suplementos culturales como nueva literatura o literatura emergente (si no leíste a Casas, no existís).

Ahora bien: ¿qué pasa si nada de esto me llama la atención? ¿Y si mi biblioteca personal está compuesta por otros ingredientes? Hay recorridos que no se dicen en voz alta. Pero eso no significa que no existan ni que no sean valorables.

Antes hablé de lo raro y lo ridículo que suena guiarse por lo que el fantasma establece que hay que leer. Te cuento una anécdota personal al respecto: hace poco hice una gran limpieza en mi biblioteca con la idea de quedarme con los libros que amo (y algunos que no puedo soltar porque son muy útiles para mi trabajo). Me llamó la atención la cantidad de títulos que leí para rendir examen, y que no me generaron nada. En una época de la carrera tuve una gran crisis, no sabía si lo que estaba estudiando era para mí, lo que leía no me gustaba, muchas cosas me parecían un bodrio terrible. Entraba en contradicción con lo que me presentaban como buena literatura. Había dejado de leer por instinto, yendo a las librerías para olfatear cuál iba a ser mi próxima aventura. Había dejado que la obligación tomara todo mi tiempo de lectura. Lo que me daban para leer no tenía nada que ver con mis intereses y por mucho tiempo los desatendí. Luego descubrí que, por ejemplo, en toda mi vida académica sólo había leído un puñado de autoras mujeres: Sor Juana, Pizarnik, Silvina Ocampo, Alfonsina Storni, Clarice Lispector y pará de contar. Entonces las busqué por mi cuenta. Cada vez que leía una autora nueva para mí, crecían mis ganas de ser parte de este camino. Y entonces entendí que estaba en el lugar correcto. La biblioteca única no era para mí. Yo quería mi biblioteca propia. Pongo el ejemplo del género porque me parece lo más evidente. Pero piensen en todos esos libros que les gustan y les da vergüenza decir que los leen. ¿Por qué? Cada uno arma su propio recorrido. El que le gusta, el que le sirve, el que lo motiva, le da curiosidad, lo desafía, etc.

Cierro con otra anécdota personal. Los que me conocen saben que si no leí un libro, lo digo. Una vez tuve una primera entrevista con un fanático de la ciencia ficción, un género que leí poco. A la quinta vez que le dije “no lo leí”, me largó: “pero vos no leíste nada”. Yo me reí y le contesté: “leí una selección diferente a la tuya”. La respuesta no lo conformó, porque nunca empezó el taller. Una pena, porque habría sido interesante trabajar con esa diferencia.

Para terminar, te propongo algo. Visitá tu biblioteca, recorré los lomos de los libros, recordá los que leíste y no están físicamente allí, y preguntate: ¿Ésta es la biblioteca que amo? ¿Cuántos de estos libros me tocaron de verdad? Te vas a dar cuenta enseguida si estás yendo detrás de la biblioteca única o si estás construyendo una biblioteca propia. Que alguien te ordene las lecturas desde afuera tal vez dé seguridad y sea más cómodo. Pero elegir lo propio no tiene precio.

¿Querés compartir el posteo? ¡Di que sí, di que sí!