La cara de piña es la que mejor representa lo que tengo para contarte hoy. Cuando Thelma Fardín denunció a Juan Darthes yo estaba en pleno relax vacacional. Vi la noticia junto a los testimonios de muchísimas mujeres que habían pasado por situaciones de abuso. Esa noche me costó dormir pensando en los relatos. Y cuando lo logré, tuve una pesadilla tras otra. Al día siguiente decantaron en mí un montón de situaciones que había sepultado: todas están vinculadas a las diferencias de poder en el ámbito literario.

Ya había vivido el efecto “catarata de recuerdos” después de leer testimonios de violencia de género. Pero siempre resonaban en lo personal, especialmente en las relaciones amorosas. Esta vez fue diferente porque me abrió el tema del abuso en el ámbito laboral. Nunca antes lo había analizado. Obviamente no es comparable porque nunca fui violada. Pero me interesa visibilizar también lo sutil. Lo que sucede adentro mío. Eso que me hace dudar de mi valor e impide que vea mi propio poder.

Escribir me sirvió para encontrar el antídoto: decir NO desde lo hondo. Decir NO y bancarme no pertenecer, no ser “ayudada” por los más poderosos, no tener que pagarles los “favores”. Decir SÍ desde lo hondo a mi propio poder. Darme cuenta de que SÍ puedo hacer algo al respecto. Tal vez no puedo cambiar al sistema. Pero sí puedo tomar las decisiones que me competen. Cambiar mi realidad. Y compartirlo.

Tardé bastante en publicar esto porque me cuestionaba mucho el sentido de la acción. Hasta que vi que eso eso: simplemente compartir y escuchar qué sucede del otro lado.

Tal vez te pasó lo mismo, o viviste situaciones similares, o simplemente algo de lo que digo te resuena. Aquí va mi testimonio. Si querés contarme el tuyo, dejame tu comentario. Me encantaría leerte.

 

El primer “café”

En una de las primeras materias de la facultad tuve un profesor que nos animó a expresarnos fuera de los límites de la escritura académica. Yo estaba chocha con la propuesta y me esmeré en armar algo creativo para el parcial. Cuando me lo entregó, me dijo que se notaba mucho que yo escribía (“por fuera” de lo académico). Me sorprendió, me sentí halagada. Y le conté que escribía poesía. Acto seguido me propuso que se los pasara por mail y que nos juntáramos a tomar un café, así me hacía una devolución.

Un café en su oficina. La invitación me asustó: intuía que no era un café sino un “café”. Pero una parte mía pensaba que, si decía que no, me estaba perdiendo una oportunidad, que él me había “descubierto” y que lo que me proponía era un privilegio. Por suerte ganó el instinto. Tiempo después me enteré, por comentarios de pasillo, de que una chica le había pedido una prórroga y él le había ofrecido que entregara el parcial en su oficina. El remate: la chica fue y él la recibió desnudo.

Escritura en negro

Por la misma época yo salía con un chico que me encantaba. Era un artista. Y siempre había estado en “el ambiente” porque su mamá era una escritora reconocida. Al tiempo de empezar a salir, la madre lo contactó con un “señor de plata” que quería hacer su película y buscaba alguien que lo ayudara a armar la historia, escribiendo. Era un trabajo y venía con promesas de dinero y autoría.

A él le pareció mucho y buscó apoyo en un amigo. Que no escribía, pero era su amigo. Se empezaron a juntar y no se les ocurría cómo encarar el proyecto. Entonces me propuso que fuera su “escritora negra”, con esas palabras. Yo nunca había escuchado esa expresión y él lo dijo como si fuera algo genial, así que me generó mucha expectativa.

Quería que yo escribiera la historia del productor. ¡Buenísimo!, pensé. Es una re oportunidad para ejercitarme, es un desafío, y además me pagan por escribir. Es increíble, ¡me encanta! Pero había un pero: mi nombre no iba a aparecer en ningún lado, la autoría iba a ser de mi novio y su amigo y la plata la íbamos a repartir entre los tres.

En ese momento no podía explicar bien por qué, pero me sentía humillada. Dije que no, a la oferta laboral y a la relación. Doce años después, escribí un libro a pedido. Me pagaron y mi nombre figura en la tapa. Sólo me llevó un poco más de tiempo.

¿Qué te cuesta?

Después de eso estuve un tiempo soltera y me pesaba mucho no estar con alguien. Una amiga me hizo gancho con un compañero de la facultad. “Es justo para vos -me decía- es re intelectual y además escribe poesía. Seguro se van a llevar bien”.

Yo nunca había ido a una cita arreglada, pero confié en el criterio de mi amiga. Nunca fui buena con el género “cita”. No sabía qué ponerme ni de qué hablar ni cómo comportarme. Me “produje” a mi manera, me perfumé… Estaba tan ansiosa que llegué primera al lugar. A la media hora llegó un tipo todo chivado, arrastrándose. Parecía que algo lo había pasado por encima y ésto era lo que quedaba de él.

Pedimos las cervezas y saqué el tema de la poesía “para levantar los ánimos”. Fue la peor decisión. Estaba bloqueado, había perdido la fe en la escritura, le parecía que todo lo que se estaba publicando en el ambiente era una porquería, etc, etc. Yo no sabía qué otro tema sacar, y él se puso a hablar de la ex, sacándole el cuero. Cuando dijo el nombre supe que era una escritora que respetaba mucho. Y ahí ya perdí toda esperanza.

Podría haberme levantado e irme, pero me quedé hasta que terminó con el monólogo. Me acompañó hasta la puerta de mi casa. Quería que nos volviéramos a ver. “Sí, dale”, le dije. Y me estampó un beso. No quería besarlo, pero no reaccioné. Nos despedimos y me quedé con una sensación horrible. Al día siguiente me llamó y le puse cualquier excusa para no volver a salir. Nunca le dije la verdad. Nos seguimos cruzando y siempre me comporté como si nada hubiera pasado.

Al tiempo, empecé a trabajar en una editorial independiente. Investigamos a quién enviarle los libros de poesía para lograr alguna reseña en los medios y -¡bendita suerte!- la persona a la que había que convencer era él. Le conté sobre la cita del terror a mi compañera de trabajo y ella me dijo: “Bueno, pero ¿qué te cuesta tomarte un cafecito con él? Es por los libros”.

La acompañante

Unos años más tarde, circulando por “el ambiente”, conocí a un escritor que me llamó mucho la atención. Me atraía su astucia, su manera insidiosa de mirar. Era un tipo especialmente poderoso. Había logrado una gran red de escritores, todos lo ubicaban y lo respetaban. Charlábamos bastante cada vez que nos cruzábamos y un día me invitó a tomar un “café” para charlar sobre mis cuentos. Esta vez las comillas eran mucho más claras: yo quería saber su opinión y también me sentía muy atraída por él. Así empezó el romance. Había mucha química y yo intuía que él me daba pie para que fuéramos pareja.

Al poco tiempo fuimos juntos a un evento muy importante en el MALBA y me presentó a un montón de escritores. Tantos que perdí la cuenta. Me sentía abrumada. Me presentaba con nombre, apellido y título: “Cecilia Maugeri, escritora”. Yo estaba muerta de vergüenza. No estaba preparada. Sentía fascinación y miedo. Entre la gente que me fue presentando, había algunos escritores que ya me conocían por la editorial y otros que habían sido mis profesores en la facultad, pero me habían olvidado por completo. Claro, nadie recuerda a una empleada de una editorial o a una alumna entre miles.

Pero yo estaba aprendiendo a escribir, no me sentía Escritora. Tenía ventipocos, el treintaytantos y una vida dedicada al ambiente: no quería que me empezaran a conocer como “la pareja de”. De pronto me sentía en la película “Medianoche en París”: estaba cenando con Fulano y Sultano, que salen en Ñ y sus libros se traducen a cinco idiomas. Todo muy top. Me venía un pensamiento recurrente: “mirá el mundo que se me abre estando con este chabón”. Tengo que reconocer que era muy tentador. Pero nuevamente, puse alguna excusa berreta y me alejé. Al poco tiempo me lo volví a cruzar en una lectura y estaba acompañado por una chica más joven que yo y mucho más fotogénica: parecía una actriz de Hollywood.

El favor

Tengo un proyecto de escritura muy jugado -al que quiero mucho y sigue inconcluso- que, en un momento de éxtasis, me parecía una genialidad. Me dieron ganas de presentarme a un subsidio a la creación artística. Preparé todos los papeles y le pedí a dos profesores que escribieran una carta de recomendación para mi proyecto. Con la primera tenía una buena relación, cordial pero distante. Escribió la carta enseguida y la busqué por la facultad sin problemas. Con el segundo tenía una relación más cercana y habíamos compartido proyectos en Puán. Se interesó por el tema de mi futuro libro y me empezó a preguntar de todo por mail. Yo estaba exultante.

Mail va, mail viene, me dijo que al día siguiente iba a estar en el MALBA en una charla. Me invitó a ir, así me daba la carta y de paso no me perdía el evento. Fui muy entusiasmada. Yo ya había ido a eventos organizados por él y la verdad que siempre valía la pena. Era un tipo brillante, con un cerebro privilegiado y, además, carismático y divertido. Cuando llegué, no lo veía por ningún lado. Cosa extraña, porque se suponía que iba a estar en el escenario. De pronto sentí que me llamaban. Era él. Estaba en la platea y me había guardado un lugar a su lado. “Primero lo primero”, dijo. Y me dio la carta firmada por él.

El evento estuvo bien y, al terminar, me dijo si quería ir a tomar algo para charlar más sobre mi proyecto. Yo no la podía creer. ¿Tan bueno es?, me preguntaba. Si él, que es un crack, está interesado, deber ser que… tal vez… ¡Sí tengo talento! Al mismo tiempo me sentía un poco incómoda porque otra vez estaba en una situación de “cafecito”. Pero eran las siete de la tarde, él era un tipo re honesto, lo conocía… No, no podía ser que fuera un levante. Tenía que ser un interés profesional.

Me dijo que conocía un lugar bárbaro y nos subimos a su auto. Otra vez estaba sentada al lado de él, muy cerca. Y cada vez más lejos de Puán y del MALBA. El lugar no era un café, era un bar de tragos y cerraba en una hora. “Bueno -pensé- ya fue, charlamos una hora y me vuelvo para casa”. Él pidió los tragos (se veía que era habitué) y yo empecé a hablar desaforadamente sobre lo que estaba escribiendo. Pero a medida que iba bajando el alcohol, él me iba preguntando más sobre mi vida privada. Yo contestaba hasta ahí, lo que me parecía bien compartir. Pero la situación era cada vez más rara.

Llegó el momento de cerrar y nos echaron. Me dijo que me llevaba a mi casa y yo le dije que no hacía falta, que estaba ahí nomás y quería ir caminando. Sin querer me deschabé, porque en verdad no tenía ni idea de dónde estábamos. Él se rió y me dijo que no me preocupara, que él me alcanzaba. “Es re temprano, ¿no querés que vayamos a otro lugar? -me dijo- A la vuelta de tu casa hay un bar que se pone muy bueno”. Le dije que no, que me estaba esperando mi novio para cenar. Entonces puso un CD de Regina Spector. “Uh, escuchá este tema. Es genial” y subió el volumen. Para ese momento yo ya estaba agarrada del asiento y con el cuerpo todo tenso. Con esa música de fondo y sentada en el asiento del acompañante del profesor que más admiraba, me sentí completamente fuera de lugar. No puedo describir la sensación. Físicamente me sentía comprimida y quería estar a kilómetros de ahí. Fue entonces cuando me puso la mano en la pierna. Me pegué un susto tremendo y le dije que me bajaba ahí nomás. Paró el auto en la esquina. “Tranquila, no pasa nada”, me dijo, y me acarició el pelo. Y ahí salí corriendo, totalmente confundida.

Cuando entré al departamento estaba muy nerviosa. Mi novio me preguntó qué me pasaba. Le conté todo. “Vamos a hacer la denuncia”, me dijo. Pero, ¿qué iba a denunciar? ¿Que me citó en una charla literaria? ¿Que tomamos unos tragos hablando de mi libro? ¿Que puso la música fuerte? ¿Que me tocó la pierna? ¿O que hizo todo eso después de haber cumplido un favor que le pedí? ¿Y para qué iba a denunciarlo? A los pocos minutos recibí un mensaje de él disculpándose. “No sé qué me pasó”, me dijo. Y me volvió a contar la escena de la pierna, desde un punto de vista paternal: que me había visto nerviosa y que ésa era la forma que había encontrado de tranquilizarme en ese momento. Elegí creerle. En los días sucesivos me siguió escribiendo para ver si estaba bien. Elegí olvidarlo, hacer de cuenta que nada había pasado. Estaba segura de que me lo iba a cruzar y que lo volvería a necesitar en un futuro.

Escribiendo toda esta secuencia, una síntesis significativa de situaciones que pasé, veo -ahora recién veo- que siempre esperé que otros reconocieran mi trabajo, que “me descubrieran”. Siempre busqué una validación externa. De gente (casi exclusivamente hombres) más poderosa que yo, con más peso académico, más contactos, más premios, más publicaciones, etc. Hace muy poco tiempo decidí (sí, estoy segura de que es una decisión) valorarme a mí misma. Ser la primera que confía en mí, la que ve lo valioso. Y renunciar (otra decisión importante) al reconocimiento.

Creo que no hace falta aclarar, pero por las dudas lo hago, que ésta fue mi experiencia y estoy segura de que deber haber vivencias más felices y también otras más oscuras. En mi brevísima recorrida por “el ambiente” vi que había dos formas básicas de moverse, no excluyentes: entrando por el “cafecito” o trabajando y reconociendo el propio valor. El problema del “cafecito” con el escritor famoso o el profesor distinguido es, en el fondo, la diferencia de poder. Y la duda que carcome: ¿se interesa por mi escritura o por mi cuerpo?, ¿me quiere leer o me quiere coger?

Pero más allá de las situaciones incómodas, hay una pregunta que me puso en mi lugar: ¿para qué quiero ser parte de este ambiente? Suponiendo que las reglas son éstas y que no van a cambiar, tomando como base esa hipótesis, ¿por qué querría que me acepten? ¿Por qué espero que me den el “pulgar arriba”? ¿Qué tienen ellos que yo no tengo? ¿Por qué tienen más poder? ¿Qué ganaría yo estando “in”?

¿Ser valorada? Si no me valoro yo primero, no sirve de nada que lxs demás me valoren.

¿Llegar a mucha gente? Si no tengo algo valioso para ofrecer, no sirve de nada llegar a mucha gente.

¿Soy valiosa? ¡Sí!

¿Tengo algo valioso para ofrecer? ¡Sí!

Yo soy escritora porque escribo. Y soy profesora porque enseño. Empecé a plantearme la posibilidad de enfocarme en las acciones y no en si soy o no reconocida por ellas. Hacer y seguir adelante, sin mirar a “los/as que sí son reconocidos”, “los/as que sí tienen éxito”, “los/as que sí son talentosos”. Es una aspiración. No siempre lo logro. Son muchos años de estar comparándome con un parámetro de éxito académico y artístico que no me hace para nada bien. No sé de dónde sale esa exigencia. Si es familiar, personal, social… Pero lo importante es que hace mucho daño. Y por eso trato de evitarla. Es una lucha, no es fácil.

Cuando me pregunté si quería llegar a mucha gente, la respuesta fue: ¡Sí!. Sí, tengo ambición. Sí, quiero crecer. Sí, quiero conectarme con las personas a las que les sirva lo que tengo para dar. No quiero más intermediarios. No quiero mendigar la pertenencia. No quiero sentirme menos, pensar que soy tarada o que no soy suficiente para… Blablablá.

Entonces me concentro en elegir lo que quiero transmitir y cómo. En valorar a la gente que me apoya y que no me pide ningún cafecito a cambio. En mirar que hay muchas personas que crecen también cuando yo crezco. Y viceversa. En saber que hay lugar para todos/as. Que todas las propuestas son diferentes y cada una tiene su valor. Que no sirve de nada compararme, ni pensar que hay un lugar predeterminado al que hay que llegar, un VIP al que hay que entrar. Que si me brindo como soy, con honestidad, seguro hay gente dispuesta a tomar del otro lado.

Eso me llena de fuerza. Espero que me dure. Quiero construir con confianza, con amor a mí misma (porque sin esto, estamos fritos/as) y a los/as demás. Con conciencia. Con mi propio poder. Para llegar a esta conclusión tuve que aceptar partes de mí que no me agradan y de las que no me siento orgullosa: someterme a situaciones incómodas, dejarlas pasar y olvidarlas, ser obsecuente e interesada, querer ser genial y exitosa. Pero creo que justamente es eso lo que me permitió ir un poco más allá de esas “fallas”. Y es que, en el fondo de todo, yo quiero escribir. Quiero pasar mi vida aprendiendo y enseñando. Y quiero hacerlo a mi manera. No es fácil. Pero es el camino que elijo. Y eligiendo esto me siento mucho más tranquila. No es necesario perseguir los estándares de otros/as, ni hacer esfuerzos por pertenecer un ambiente que -si de verdad me lo pregunto- no me atrae. Alcanza con ser fiel a mí misma.

Este texto empezó hablando de las sutiles diferencias de poder y termina con “ser fiel a mí misma”. No, no me fui por las ramas. Siempre se trata del poder. No voy a negar el poder “real”, externo, terrenal: la recomendación de un profesor puede hacer que consiga un subsidio artístico. Eso es cierto. Y no podría hacerlo sin esa ayuda. Pero también puedo preguntarme: ¿para qué quiero ese subsidio? Y la respuesta es: para comprometerme públicamente a terminar mi obra, para estimularme, para sentir que lo que hago es valioso. No necesito un subsidio para eso. Es lo que “se estila”, pero no es obligatorio. Todo eso depende de mí y puedo hacer algo al respecto. No estoy atada a esa única opción. Definitivamente puedo invertir en mí misma. Tomar clases para mejorar, pagar con dinero y no con “cafecitos” las devoluciones de los/as escritores que admiro, auto-editarme, etc, etc. Sí, es mucho trabajo. Pero hay una sola cosa que tengo que tener presente para hacerlo: vale la pena. Es el precio de la independencia, la autonomía, la libertad.

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