“Escribir es corregir” es una frase que repiten muchos/as escritores/as. Yo diría más bien que “escribir no es sólo corregir” o “corregir es una de las etapas de la escritura”. Porque se trata de un proceso que tiene muchas capas. Y la corrección es la última de todas. El problema está cuando queremos empezar corrigiendo. Ahí tenemos la traba asegurada. Y también, cuando la corrección se transforma en un vicio. De estos dos casos se trata este posteo.

¿Por qué no conviene empezar corrigiendo? Porque ponemos el foco en “escribir bien” y no en hacer avanzar en la escritura. La típica escena es escribir una oración y chequear las palabras que Word me está marcando en rojo o dudar de cómo se escribe algo y abrir Google para buscar (con la tentación de ponerme a buscar otras cosas y así alejarme más y más de mi texto) o releer un párrafo y borrarlo porque no me gusta. De sólo escribir esta escena ya me estresé. ¿Cómo se puede vivir así?

Me viene a la memoria una situación que vi repetida cuando daba talleres para chicos/as. Una vez al año hacíamos clases con las familias. Pasaba mucho que la participación de los padres y madres apuntaba a corregir lo que hacían sus hijos/as. No había otra manera de vincularse con la creatividad que no fuera “estás pintando fuera de la raya”.

Nuestra creatividad (lo dije y lo repito, tened paciencia) es como un/a niño/a. Quiere jugar, pintar donde se le cante, imaginar, enchastrarse. Si todo el tiempo le decimos “no ensucies”, “no te muevas”, “no hagas lío”, después no podemos pretender que nos dé alguna idea, ni que nos cuente una historia, ni mucho menos que nos haga ver el mundo con ojos de poesía.

¿Esto significa “viva el caos, la anarquía y la locura”? Para nada. Aunque es un miedo muy común: “si me pongo a jugar como una nena, mi vida va a ser un caos y me voy a volver loca”. La realidad es que los/as niños/as están mucho más cuerdos que nosotros/as. El caos y el orden son partes igualmente importantes para el proceso creativo. Sin caos, no puedo encontrar nada nuevo. Sin orden, no me puedo comunicar. Y, para mí, se dan así: primero caos, luego orden. Primero ensucio, luego limpio.

En el taller me llama mucho la atención que la mayoría de la gente, cuando termina de escribir, inmediatamente se pone a corregir. Tachan palabras, ponen tildes, puntos y comas. Es una reacción automática que, supongo, debe venir del ámbito escolar. Acabamos de escribir algo nuevo, que todavía no sabemos bien qué es, y enseguida queremos emprolijarlo. Pretendemos jugar en el barro sin enchastrarnos.

Otra costumbre muy común es tomar un texto escrito a partir de una consigna, pasarlo a la computadora, cambiar alguna que otra palabra, revisar la ortografía y los tiempos verbales y considerar que el texto está terminado. “Ya lo cerré”, es la frase que más escucho.

Y yo me quedo pensando que todavía no se abrió. ¿Por qué? Porque la primera escritura de un texto es un borrador, una aproximación, una prueba, experimento, o como quieras llamarlo. En esa huella está inscripto todo un mundo que se va a ir desplegando si me doy la posibilidad. ¿Cómo? Volviendo a escribir sobre esa imagen, personaje, idea, lo que sea que me haya despertado las ganas de meterme en ese mundo. Un tip muy poderoso: sale mucho mejor si lo hago en una hoja nueva, sin releer el texto original ni pretender ser fiel a lo que ya escribí. De esta manera, sentada tras sentada, voy ampliando, engordando y profundizando lo que salió espontáneamente.

Una vez que saqué todo y la caja de Pandora quedó vacía, puedo empezar a ocuparme de la forma. Y acá es muy personal la cosa: no podría decirte cuándo se termina lo que hay para decir sobre algo. Lo vas a sentir. Tal vez, en el cansancio. O en la sensación de haber soltado algo, un alivio. O también puede pasar que el texto mismo vaya encontrando su forma a medida que vas avanzando en la escritura.

Aquí entra la parte técnica, artesanal. ¿Qué es lo que estoy escribiendo? ¿A qué género pertenece? ¿Cómo lo voy a organizar? Si está todo muy caótico y no le encontrás la vuelta, probablemente lo mejor en este caso (no me odies) sea escribir todo de nuevo eligiendo la forma que le vaya mejor al texto. Otra opción es el montaje: hacer un corte y pegue y unir bien los fragmentos. Hay autores/as expertos en este procedimiento. Clarice Lispector, por ejemplo, escribió Agua viva con fragmentos de notas sueltas e incluso reciclando crónicas que publicó en el diario.

Y ahora sí: la corrección, la etapa fundamental para que el texto se haga público. Acá es cuando más atención prestamos al código. El texto siempre es un mensaje. Escribir y leer son los lados de un puente: entre los dos sostienen la comunicación. Para poder pasar de un lado al otro, el puente no se puede caer en ningún momento. Por eso la corrección es tan importante. Desde la síntesis para que el/la lector/a no se me duerma en la página 3, hasta el registro que uso, la puntuación, la coherencia en el estilo y tantas cosas más que nos ayudan a conformar la textura de la obra.

En este punto, corremos dos peligros:

1) Corregir tanto que el texto suene muy artificial, como si lo hubiera escrito una máquina. La corrección excesiva puede matar la chispa, la espontaneidad, puede ver errores a enmendar donde el texto me ofrece una posibilidad creativa. Esto ocurre cuando la obsesión toma el mando. Nos olvidamos de crear un puente. Ahora nos preocupamos por planchar una camisa hasta que quede lisiiiita, sin ninguna arruga. Buscamos la perfección en lugar de la comunicación.

2) No dar nunca por terminado el texto. Digo “dar por terminado” y no “terminar” porque la corrección es infinita. Como dije antes, si me obsesiono con la búsqueda de la perfección, estoy frita, porque nunca voy a llegar al texto ideal. ¿Cuándo me doy cuenta de que me estoy obsesionando? En mi caso, me pasa que mi corrección es “pongo la coma, saco la coma, pongo la coma…” Esa es mi señal de alerta: ¿cuánto puede cambiar en un texto una coma optativa?

En síntesis: ¿Cómo hago para que el afán por corregir no se convierta en una traba para mi escritura?

1) Cuando estoy empezando a escribir algo nuevo, suspendo la corrección por un tiempo. Trato de llegar al final de la búsqueda sin mirar atrás. ¿Por qué? Porque esto evita que se despierte el gollum. Tengo que ser más rápida que mis juicios. Si, en cambio, me pongo a corregir cada texto que escribo inmediatamente, sigo alimentando la parte crítica que, al principio, es muy dura.

¿Qué puede pasar? Que me enoje y destruya lo que escribí. O que no vuelva a escribir porque todo me parece una porquería.

Ojo, también es posible que después de un tiempo de entrenamiento, escriba y corrija a la vez, con las dos miradas integradas, y que le texto fluya como loco. Pero eso ya es nivel zen. Al comienzo, mejor andar con cuidado.

2) Cuando le toca el turno a la corrección, tener siempre presente que estoy buscando comunicarme, no ser perfecta. Esa es la clave. Y un tip más, que a mí me funciona: comprometerme con otra persona para publicar el texto. Esto le da una fecha de vencimiento a la corrección. Para que el texto no quede cajoneado de por vida porque “todavía le falta” y al fin pueda completarse con la mirada del/la lectora/a. Porque todos/as queremos cruzar ese puente, ¿o no?

Contame: ¿Cómo te llevás con la corrección?

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