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“Empecé a escribir por necesidad, para sacar todo lo que tenía dentro”. ¿Te suena? A mí, sí. El papel es un lugar tan generoso que puede recibir cualquier pensamiento o emoción, por más desagradable que sea. No se ofende ni se rompe. Es el mejor aliado para las épocas turbulentas. Cuando estoy así, trato de no juzgarme y escribir todo. Es una manera de vaciarme. De buscar la tan ansiada claridad mental que, en mi caso (hola, luna en Géminis), significa también emociones en calma.

Ahora bien, no le pido a esa escritura que sea otra cosa que lo que es: un refugio, un bálsamo, una manera de buscarme. Para mí ya es suficiente con eso. Pero, ¿podría trabajar esos textos desde la creatividad? ¿Podrían tener cierta aspiración literaria? Claro que sí. De hecho, muchos/as escritores/as llevaron diarios personales durante años. Si los leés, vas a notar que hay una búsqueda estética. Pero a mí no me sale así. No puedo soltarme, entregar de verdad todo lo que me pasa, si estoy pensando en hacerme la linda. Prefiero que esos textos catárticos queden en mamarracho, y no mostrárselos a nadie. Su función es privada.

También podría tomar algo de lo escrito como base para armar un texto nuevo, trabajado desde la creatividad. Pero necesitaría mucha distancia para poder “operar”, para verlo como material artístico. Tiene que morir la emoción para poder empezar a trabajar técnicamente. Es muy curioso: el mecanismo es muy parecido al del humor. Pensá en tus mejores anécdotas, las más graciosas: seguramente tienen un fondo doloroso o incómodo. “Ahora me río, pero en el momento la pasé como el culo”, decimos cuando contamos el cuento años después de haberlo vivido. Tiene que pasar bastante tiempo para que el dolor se transforme en humor y la catarsis en poesía.

¿Y qué pasa cuando quiero escribir y no puedo salir del modo catártico? Me ha pasado de cansarme de mí misma, es verdad. De que todo lo que escribo sea una diarrea verbal que ronda siempre sobre los mismos problemas. ¿Qué hacer en esos casos? Lo más orgánico sería bancármela y seguir escribiendo hasta que ya no tenga nada más que expresar. Decir: bueno, dale, vamos al fondo de esto. Voy a dejar de quejarme por escribir así. Me voy a tirar de cabeza al problema, escribiendo. Te juro que en algún momento se termina. Físicamente, pasa algo parecido con el llanto. A veces parece que es infinito. Pero si lloramos todo lo que había para llorar, se termina.

Si me vacío del todo, hago lugar para lo nuevo. Que no tengo ni idea de qué va a ser, pero bueno, ése es otro tema. Lo importante es que quedo disponible para crear. La creación no tiene nada que ver con la expresión. Cuando me expreso, simplemente uso las palabras como vehículo, como un canal para transmitir algo que ya existe. Estoy orientada a la comunicación. Crear es otra cosa. Es abrirme a lo nuevo, lo desconocido, lo que todavía no es. Es bancarme no saber nada de lo que va a pasar en el próximo paso que dé. Es jugar, sorprenderme. Hacer nuevas combinaciones. Salir del “yo, yo, yo”. Darme el lujo de explorar. Probar y ver qué pasa.

¿Esto significa que expresarme está mal? No, para nada. Es una forma muy efectiva de liberar la constipación mental. Hace bien a la salud, lo digo por experiencia propia. Pero además es la puerta de entrada a la creación. Porque, para entrar al vacío creativo, primero tengo que hacer silencio. Cuando empiezo a escucharme, lo primero que aparece es un barullo mental que no me deja ver todo el material creativo que hay detrás. Por eso es tan importante la práctica de escritura diaria. Me ayuda a ir desagotando el ruido todos los días y dejarme lista para crear.

En el próximo taller vamos a dar el salto a la ficción. Esto significa que nos vamos a concentrar en crear personajes propios, saliendo de lo que ya conocemos. Para esto, por supuesto, siempre empezamos desagotando la mente con ejercicios expresivos. Así que, en la práctica del taller, integramos los dos tipos de escritura. Ambos son muy importantes.

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¿Solés hacer catarsis escribiendo?

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