Felicidad, de Katherine Mansfield

Felicidad, de Katherine Mansfield

A pesar de sus treinta a√Īos, Berta Young ten√≠a momentos como √©ste de ahora, en los que hubiera deseado correr en vez de andar; deslizarse por los suelos relucientes de su casa, marcando pasos de danza; rodar un aro; tirar alguna cosa al aire para volverla a coger, o quedarse quieta y re√≠r… simplemente por nada.

¬ŅQu√©¬†puede hacer uno si, a√ļn contando treinta a√Īos, al volver la esquina de su calle le domina de repente una sensaci√≥n de felicidad…, de felicidad plena…, como si de repente se hubiese tragado un trozo brillante del sol crepuscular y √©ste le abrasara el pecho, lanzando una lluvia de chispas por todo su cuerpo?

¬ŅEs que no puede haber una forma de manifestarlo sin parecer ¬ębeodo o trastornado¬Ľ? La civilizaci√≥n es una estupidez. ¬ŅPara qu√© se nos ha dado un cuerpo, si hemos de mantenerlo encerrado en un estuche como si fuera alg√ļn valioso Stradivarius?

¬ęNo, la comparaci√≥n con el viol√≠n no expresa exactamente lo que quiero decir-pens√≥ mientras sub√≠a corriendo la escalera, y, despu√©s de buscar la llave en su bolso y ver que la hab√≠a olvidado como de costumbre, repiqueteaba con los dedos en el buz√≥n-. Y no lo expresa porque…¬Ľ

-¬°Gracias, Mary! -Entr√≥ en el vest√≠bulo-. ¬ŅHa vuelto la ni√Īera?

-S√≠, se√Īora.

-¬ŅHan tra√≠do la fruta?

-S√≠, se√Īora; ya est√° aqu√≠.

-Haga el favor de llevarla al comedor; la arreglaré antes de vestirme.

El comedor estaba ya en penumbra y en √©l se sent√≠a algo de fr√≠o; pero, a pesar de ello, Berta se quit√≥ el abrigo: no pod√≠a soportarlo abrochado ni un momento m√°s. El aire fr√≠o ba√Ī√≥ sus brazos.

Pero en su pecho ard√≠a a√ļn aquel fuego resplandeciente que se extend√≠a a todos los miembros como una lluvia de chispas. Casi era insoportable. Apenas se atrev√≠a a respirar por miedo a avivarlo m√°s y, sin embargo, lo hac√≠a muy hondamente. Tampoco se decid√≠a a mirar al fr√≠o espejo…, pero mir√≥ al fin y vio en √©l a una mujer radiante, sonriente, de labios tr√©mulos, con unos ojos grandes y oscuros, y en toda ella ese aire atento de quien escucha, esperando algo…, algo divino que va a pasar… y que sabe ha de ocurrir infaliblemente.

Mary trajo la fruta en una bandeja y dos grandes platos. Uno de ellos era de cristal y el otro de porcelana azul, muy bonito, con un reflejo extra√Īo, como si lo hubiesen sumergido en un ba√Īo de leche.

-¬ŅDoy la luz, se√Īora?

-No, gracias; veo muy bien.

Hab√≠a mandarinas como bolas de fuego, manzanas llenas de lozan√≠a con tintes de rosa; peras amarillas tan suaves como la seda; uvas blancas con reflejos de plata y un gran racimo de rojas, tan intensas que parec√≠an moradas. √Čstas las hab√≠a comprado para que entonaran con la nueva alfombra del comedor. S√≠, tal vez pareciera algo absurdo y rebuscado, pero no era otra la raz√≥n de haberlas elegido. En la fruter√≠a hab√≠a pensado: ¬ęTengo que llevarme un racimo de uvas rojas para que en la mesa haya algo que recuerde la alfombra¬Ľ. Y en aquel momento esta idea le pareci√≥ muy razonable.

Cuando hubo hecho con todas aquellas lustrosas redondeces dos pirámides, se alejó unos pasos para ver el efecto, que era realmente muy curioso. La mesa oscura se fundía en la penumbra de la habitación, y los dos platos -el azul y el de cristal cargados de fruta- parecían flotar en el aire. Esto, debido quizás a su estado de ánimo, le resultó increíblemente hermoso, y se echó a reír.

¬ę¬°No, no! Me estoy volviendo hist√©rica¬Ľ, se dijo. Y cogiendo el bolso y el abrigo, subi√≥ hasta la habitaci√≥n de la ni√Īa.
La ni√Īera estaba sentada ante una mesita baja dando de cenar a la peque√Īa Berta despu√©s de haberla ba√Īado. La ni√Īa vest√≠a una bata de franela blanca y una chaquetilla de lana azul, y sus negros y finos cabellos los llevaba peinados hacia atr√°s terminados en un gracioso mo√Īito. En cuanto vio a su madre, levant√≥ la cabeza y empez√≥ a saltar.

-No, querida, no; come quietecita como una ni√Īa buena -dijo la ni√Īera apretando los labios de una forma que Berta conoc√≠a ya. Aquello significaba que era uno de los momentos inoportunos para entrar al cuarto de la ni√Īa.

-¬ŅHa sido buena hoy, Tata?

-Toda la tarde ha estado encantadora -contest√≥ en voz baja-. Estuvimos en el parque y me sent√© en una silla. Cuando la saqu√© del cochecito se acerc√≥ un perro muy grande que me puso la cabeza sobre las rodillas, y la ni√Īa le agarr√≥ las orejas tirando de ellas. ¬°Oh, me hubiese gustado que la se√Īora la hubiese visto!

Berta quiso preguntarle si no le parec√≠a peligroso dejar que la ni√Īa tirara de las orejas a un perro desconocido, pero no se atrevi√≥ y se qued√≥ mir√°ndolas con los brazos ca√≠dos, como una ni√Īa pobre delante de otra rica que tiene una mu√Īeca.

Su hijita volvió a levantar la cabeza, contemplándola fijamente, y luego le sonrió de manera tan adorable que Berta, sin poder resistir más, dijo:

-¬°Oh, Tata, d√©jeme que termine de darle la cena mientras usted arregla las cosas del ba√Īo!

-Como quiera la se√Īora; pero, mientras la ni√Īa come, no debe cambiarse la persona que le da de comer -contest√≥ la ni√Īera en voz baja.

¬°Qu√© absurdo! ¬ŅPara qu√© tener una ni√Īa si siempre hab√≠a de estar guardada, no en una caja como un precioso y raro viol√≠n, sino en los brazos extra√Īos de otra mujer?

-Bien, pero yo deseo darle de cenar -dijo Berta.

La ni√Īera, muy ofendida, le entreg√≥ la ni√Īa.

-Sobre todo, le ruego a la se√Īora que no la excite despu√©s de cenar. Ya sabe que es muy impresionable y luego para dormirla me hace pasar un mal rato.

Gracias a Dios la ni√Īera hab√≠a salido ya de la habitaci√≥n con las toallas del ba√Īo.

-¬°Ahora eres toda para m√≠, preciosa m√≠a! -dijo Berta mientras la ni√Īa se apretaba contra ella.

Comió graciosamente, tendiendo los labios hacia la cuchara y agitando después sus manecitas. A veces no quería soltarla, y otras, en el momento que Berta la tenía llena, hacía un además apartándola lejos de sí.

Cuando terminó la sopa, Berta se volvió hacia el fuego.

-Eres encantadora…, sencillamente encantadora -dijo mientras la besaba, sinti√©ndola tan tibia y suave-. ¬°Te quiero tanto, tanto!

¬°Claro que la quer√≠a! ¬°La quer√≠a por entero! Le gustaba sentir su cuello tibio y ver los deliciosos dedos de sus pies que ahora brillaban con rojizas transparencias ante el fuego de la chimenea… S√≠, la quer√≠a; la quer√≠a tanto, que aquella intensa sensaci√≥n de dicha plena la domin√≥ de nuevo, y otra vez no supo c√≥mo expresarla, ni qu√© hacer con ella.

-La llaman al tel√©fono, se√Īora -dijo la ni√Īera volviendo con aire de triunfo y apoder√°ndose de su peque√Īa Berta.
Bajó corriendo. Era Harry.

-¬ŅEres t√ļ, Berta? Se me ha hecho tarde. Tomar√© un taxi y llegar√© tan pronto como pueda. Retrasa la cena unos diez minutos, ¬Ņquieres?

-S√≠, Harry; perfectamente. Oye…

-Dime.

¬ŅQu√© pod√≠a decirle? Nada, nada en absoluto. S√≥lo deseaba seguir en contacto con √©l un momento m√°s; pero no pod√≠a gritarle absurdamente: ¬ę¬°Qu√© d√≠a m√°s preciosos hemos tenido!¬Ľ

-¬ŅQu√© quer√≠as? -insisti√≥ la vocecita lejana.

-¬°Nada! Entend√≠ -dijo Berta, y colg√≥ el auricular, pensando lo est√ļpida que es la civilizaci√≥n.
Ten√≠an invitados a cenar. Los Norman Knight -una pareja muy bien avenida: √©l iba a abrir un nuevo teatro y a ella le interesaba la decoraci√≥n de interiores-; un muchacho joven, llamado Eddie Warren, que acababa de publicar un tomito de versos y a quien todo el mundo invitaba a cenar, y Perla Fulton, un ¬ęhallazgo¬Ľ de Berta. √Čsta ignoraba lo que la se√Īorita Fulton hac√≠a. Se hab√≠an conocido en el club y Berta se entusiasm√≥ enseguida con ella, como siempre le suced√≠a con una mujer guapa que tuviera algo extra√Īo y misterioso.

Lo que m√°s le atra√≠a de la joven era que, a pesar de haberse visto y hablado muchas veces, a√ļn no la comprend√≠a. Hasta cierto punto, encontraba a la se√Īorita Fulton extraordinariamente franca; pero hab√≠a en ella esa l√≠nea divisoria imposible de trasponer.

¬ŅExist√≠a algo m√°s? Harry dec√≠a que no. Le parec√≠a insulsa y fr√≠a como todas las rubias, y quiz√° con un poco de anemia cerebral. Pero Berta no estaba de acuerdo con √©l por el momento.

-Esa manera que tiene de sentarse ladeando un poco la cabeza y de sonreír oculta algo, Harry -le había dicho-. Tenemos que averiguar lo que es.

-Pues aseguraría que tiene un buen estómago -contestaba Harry.

Le gustaba dejar a su esposa sin respuesta con salidas de esta √≠ndole. Unas veces dec√≠a: ¬ęA mi juicio tiene el h√≠gado helado¬Ľ. Otras: ¬ęQuiz√°s padece de narcisismo¬Ľ. En ocasiones: ¬ęTal vez sufre de una afecci√≥n al ri√Ī√≥n¬Ľ…, y cosas por el estilo. Sin embargo, por alguna raz√≥n extra√Īa, a Berta le gustaba eso, y casi lo admiraba.

Se dirigi√≥ al sal√≥n y encendi√≥ el fuego en la chimenea. Luego cogi√≥ uno de los cojines que Mary hab√≠a arreglado con tanto esmero y volvi√≥ a disponerlos sobre los sillones y los sof√°s. As√≠ ya era otra cosa. La habitaci√≥n pareci√≥ de repente cobrar vida. Mientras dejaba el √ļltimo almohad√≥n, qued√≥ sorprendida al ver que lo abrazaba fuerte y apasionadamente. Pero esto no logr√≥ extinguir el fuego que ard√≠a en su pecho. ¬°Oh, no, no; al contrario!

Las ventanas del sal√≥n se abr√≠an a un balc√≥n sobre el jard√≠n. Al fondo, cerca de la tapia, un alto y esbelto peral, totalmente en flor, se ergu√≠a magn√≠fico y sereno recortado en el cielo verde jade. Berta ve√≠a, a pesar de la distancia, que no ten√≠a ni una flor ni un solo p√©talo marchito. M√°s abajo, en los arriates, los tulipanes rojos y amarillos parec√≠an apoyarse en la oscuridad. Un gato gris, arrastrando el vientre, se deslizaba a trav√©s del c√©sped, y otro negro -como su sombra- le segu√≠a. Al verlos tan r√°pidos y cautelosos, Berta sinti√≥ un extra√Īo temblor.

-¡De qué forma más inquietante se arrastran esos animales -balbuceó. Y, apartándose de la ventana, comenzó a pasear por el cuarto.

¬°C√≥mo flotaba el aroma de los narcisos en el aire caliente del cuarto! ¬ŅOl√≠an demasiado? ¬°Oh, no, no! Y, sin embargo, como si no hubiese podido resistir m√°s el intenso perfume, se ech√≥ en un sof√° apret√°ndose los ojos con las manos.

-¬°Soy feliz, demasiado feliz! -dijo con un susurro.

A√ļn persist√≠a en su retina, bajo los p√°rpados cerrados, el hermoso peral, con todas las flores completamente abiertas como el s√≠mbolo de su vida.

Realmente…, realmente…, lo ten√≠a todo: era joven; Harry y ella se quer√≠an m√°s que nunca, llev√°ndose muy bien; ten√≠a una ni√Īa adorable; no le agobiaban preocupaciones econ√≥micas; viv√≠an en una hermosa casa, con jard√≠n, que reun√≠a todas las condiciones deseables, y ten√≠an amigos, modernos e interesantes: escritores, pintores, poetas y hombres de mundo…, precisamente la clase de amistades que a ambos les gustaban. Y, para colmo de su dicha, hab√≠a descubierto una modista maravillosa, el pr√≥ximo verano saldr√≠an de viaje por el extranjero, y su nueva cocinera sab√≠a hacer unas tortillas sabros√≠simas…

-¡Soy absurda, absurda! -murmuró levantándose. Pero notó que se sentía completamente aturdida, como embriagada. Sería seguramente la primavera. ¡Sí, era la primavera! Estaba tan cansada, que le costó trabajo subir a vestirse.

Se puso un vestido blanco, un collar de jade y zapatos verdes. Esta combinación no era casual. Lo había pensado tras muchas horas de haber visto el peral en flor por la ventana del salón.

Los pliegues de su vestido crujieron suavemente cuando entr√≥ en el vest√≠bulo y bes√≥ a la se√Īora Knight que estaba quit√°ndose un extravagante abrigo color naranja, adornado con una procesi√≥n de monos negros que orlaban todo el borde y sub√≠an despu√©s por las solapas.

-No hago más que preguntarme -dijo- por qué será la clase media tan obtusa y tendrá tan poco sentido del humor. Querida mía, estoy aquí por pura casualidad, y gracias a Norman, que me ha servido de protección. Mis adorables monos han revuelto el tren entero de tal manera, que todos los ojos no eran ya más que un solo par. Se me comían, sencillamente. No se reían, no; no les producía risa, cosa que al fin me hubiese gustado. Sólo me miraban muy fijos, como si quisieran atravesarme.

-Pero lo gracioso del caso… -repuso Norman cal√°ndose un gran mon√≥culo con montura de concha-. No te importa que lo cuente, ¬Ņverdad, Cara? -En casa y entre amigos se llamaban Cara y Careto-. Lo gracioso fue que cuando Face estaba m√°s enojada se volvi√≥ a la mujer que ten√≠a a su lado y le dijo:¬Ľ¬ŅEs que nunca ha visto usted un mono?¬Ľ

-¬°Oh, s√≠! -y su esposa uni√≥ su risa a la de los dem√°s-. Tuvo gracia,¬Ņverdad?

Pero lo que result√≥ a√ļn m√°s divertido fue que, una vez quitado el famoso abrigo, la se√Īora Knight parec√≠a realmente un mono inteligente que se hubiese hecho un traje con tiras de papel de pl√°tano. Y sus pendientes de √°mbar eran como dos peque√Īas nueces colgantes.

Sonó otra vez el timbre de la puerta. Era Eddie Warren, delgado y pálido como de costumbre y en su estado de extrema angustia.

-Es √©sta la casa ¬Ņverdad? ¬ŅEs √©sta? -pregunt√≥.

-Sí, supongo que sí -contestó riéndose Berta.

-He pasado un rato mal√≠simo con el chofer de un taxi: ten√≠a un aspecto de los m√°s siniestros y no hab√≠a forma de hacerlo parar. Cuando m√°s tocaba en el cristal para avisarle, m√°s corr√≠a √©l. Bajo el claro de luna, era una figura grotesca con la cabeza achatada hundida en el volante…

Al quitarse un inmenso pa√Īuelo de seda blanco que le envolv√≠a el cuello se estremeci√≥. Berta observ√≥ que sus calcetines tambi√©n eran blancos. ¬°Una combinaci√≥n realmente encantadora!

-¡Debió ser horrible! -le dijo.

-Sí, verdaderamente lo fue -continuó Eddie siguiéndola al salón-. Yo me veía rodando hacia la eternidad en un taxi sin taxímetro.

A Norman Knight ya lo conocía, pues estaba escribiendo una obra para su teatro.

-¬ŅQu√© tal, Warren? ¬ŅC√≥mo va esa comedia? -le pregunt√≥, dejando caer el mon√≥culo y concediendo a su ojo un momento de libertad para que pudiera dilatarse a gusto antes de volver a quedar otra vez prisionero tras el cristal.

La se√Īora Knight tambi√©n se acerc√≥ a √©l.

-¬°Oh, se√Īor Warren! Sus calcetines son preciosos.

-Celebro que le gusten -dijo mir√°ndose los pies-. A la luz de la luna producen mucho mayor efecto. -Y volviendo su rostro delgado y triste hacia Berta, a√Īadi√≥-: Porque esta noche hay luna, ¬Ņno lo sab√≠a usted?

Berta sinti√≥ ganas de gritar: ¬ę¬°Estoy segura de que la hay con frecuencia, con mucha frecuencia!¬Ľ

Verdaderamente, Warren era muy atractivo; pero también lo era Cara, que estaba inclinada ante el fuego, con su vestido de pieles de plátano, y Careto, que, dejando caer la ceniza de su cigarrillo, preguntaba:

-Pero, ¬Ņd√≥nde est√° el novio?

-Ahora llega.

Se oyó abrir y cerrar de golpe la puerta de la calle y Harry gritó:

-¡Un saludo a todos! ¡Estaré listo dentro de cinco minutos!

Y subi√≥ corriendo la escalera. Berta no pudo contener una sonrisa. Sab√≠a que a Harry le gustaba hacer las cosas a gran velocidad, aunque al fin y al cabo, ¬Ņqu√© importaban cinco minutos m√°s o menos? Pero √©l se convenc√≠a a s√≠ mismo de que eran important√≠simos y adem√°s luego ten√≠a el puntillo de entrar en el sal√≥n muy lento y sosegado.

Harry sab√≠a exprimir a la vida todo su sabor y Berta lo admiraba por ello. Tambi√©n sent√≠a admiraci√≥n hacia √©l por su amor a la lucha, por dar en todo cuanto se le opon√≠a una prueba de su fuerza y de su valor, a√ļn cuando delante de personas que no lo conoc√≠an bien. Berta comprend√≠a que este rasgo de su car√°cter lo ridiculizaba un tanto…, pues hab√≠a momentos en los que se lanzaba a la lucha cuando √©sta en realidad no exist√≠a. Hablando y riendo, Berta olvid√≥ completamente que Perla Fulton no hab√≠a llegado a√ļn y no se dio cuenta de ello hasta que su marido entr√≥ en el sal√≥n exactamente como ella se hab√≠a figurado.

-Estaba pensando si la se√Īorita Fulton se habr√° olvidado de nosotros…

-No me extra√Īar√≠a -dijo Harry-. ¬ŅTiene tel√©fono?

-Ahora llega un taxi. -Y Berta sonrió con aquel aire de posesión que siempre adoptaba mientras sus nuevas amigas constituían para ella un misterio-. Es una mujer que vive en los taxis.

-Engordar√° demasiado si tiene esta costumbre -repuso Harry tranquilamente, tocando el gong para la cena-. Y eso es un terrible peligro para las rubias.

-Harry, por favor -le suplicó Berta riendo.

Esperaron todav√≠a un momento hablando y ri√©ndose como si tal cosa, pero quiz√° con demasiada naturalidad. Luego apareci√≥ la se√Īorita Fulton con un vestido de tis√ļ de plata y una cinta tambi√©n de plata, sujetando sus rubios cabellos. Entr√≥ sonriendo y con la cabeza ladeada.

-¬ŅLlego tarde? -pregunt√≥.

-No, no, de ninguna manera -dijo Berta-. Venga. -Y, cogiéndola del brazo, la guió hasta el comedor.

¬ŅQu√© hab√≠a en el contacto de su brazo fr√≠o que avivaba… que avivaba… y hac√≠a arder aquel fuego de felicidad que Berta sent√≠a en su interior sin saber c√≥mo exteriorizarlo?

La se√Īorita Fulton no advirti√≥ nada en su rostro porque rara vez miraba a las personas cara a cara. Sus espesas pesta√Īas le ca√≠an sobre los ojos, y una extra√Īa sonrisa bailaba en sus labios. Parec√≠a vivir m√°s para escuchar que para mirar. Pero de repente Berta sinti√≥ como si se hubiera cruzado entre las dos la m√°s √≠ntima mirada y se hubiesen dicho la una a la otra: ¬ę¬ŅT√ļ tambi√©n?¬Ľ. Y Perla Fulton, mientras mov√≠a la sopa rojiza en el plato gris, sinti√≥ lo mismo.

¬ŅY los dem√°s? Cara y Careto, al igual que Eddie y Harry, hablaban de diversas cosas mientras sub√≠an y bajaban las cucharas, se secaban los labios, desmenuzaban el pan y tocaban los tenedores y los vasos. De cosas as√≠:

-La conocí una noche de estreno en el Alfa. Es un ser de lo más fantástico. No sólo tenía muy recortado el pelo, sino que parecía también haberse quitado trocitos de sus piernas y brazos, un pedazo de cuello, y algo de su pobre nariz.

-¬ŅNo est√° muy ligada con Michael Oat?

-¬ŅEl autor de¬†El amor con dentadura postiza?

-Ahora quiere escribir un monólogo para mí. El argumento es un hombre que decide suicidarse. Expone primero todas las razones por las cuales debería hacerlo y a continuación las que a su juicio se lo impiden y, en el preciso momento en que después de sopesar el pro y el contra toma una determinación, cae el telón. Es una idea bastante buena.

-¬ŅC√≥mo va a titularla? ¬ŅDigesti√≥n pesada?

-Creo haber visto la misma idea en una peque√Īa revista francesa casi desconocida en Inglaterra.

No, no; ninguno compart√≠a los sentimientos que a ella le animaban, pero todos eran encantadores…¬°todos! Le gustaba tenerlos all√≠, sentados a su mesa, d√°ndoles manjares exquisitos y buenos vinos. Y le alegraba tanto su presencia, que hubiese querido decirles lo simp√°ticos que eran, y lo decorativo que a su juicio resultaba el grupo en el que cada uno parec√≠a servir para hacer resaltar al otro, como si fueran personajes de una comedia de Anton Chejov.

Harry estaba disfrutando con la comida. Formaba parte de su… no diremos exactamente, naturaleza, ni tampoco su actitud…, sino de su… algo… al hablar de los diversos platos y vanagloriarse de su ¬ęexagerada pasi√≥n por la carne blanca de la langosta¬Ľ y ¬ęel verde de los helados de pistacho… tan verdes y fr√≠os como los p√°rpados de las danzarinas egipcias¬Ľ.

Cuando mirando a su esposa le dijo: ¬ęBerta, este souffl√© es admirable¬Ľ, a ella le falt√≥ poco para echarse a llorar de felicidad como una ni√Īa.

¬°Oh! ¬ŅPor qu√© sent√≠a tanta ternura esta noche hacia el mundo entero? ¬°Todo era bueno, todo justo! Cuanto ocurr√≠a colmaba m√°s y m√°s la copa rebosante de su dicha hasta hacerla desbordarse.

Y constantemente, en lo profundo de su pensamiento, ten√≠a fija la imagen del peral. Ahora deb√≠a ser todo de plata bajo la luz de la luna a la que ser refiri√≥ el pobre Eddie; plateado como la se√Īorita Fulton, que estaba acariciando una mandarina con sus dedos largos y tan p√°lidos que parec√≠an despedir una extra√Īa y d√©bil luz.

Lo que Berta no llegaba a comprender -y en ello estaba precisamente el milagro- era c√≥mo hab√≠a podido adivinar exactamente y en el instante preciso el pensamiento de la se√Īorita Fulton, porque no ten√≠a la m√°s leve duda de que lo hab√≠a adivinado y, sin embargo, ¬Ņen qu√© se hab√≠a fundado? En casi nada; en menos que nada.

¬ęSupongo que esto pasa alguna vez, aunque muy raramente, entre mujeres, pero nunca entre hombres -pens√≥ Berta-. Tal vez mientras prepare el caf√© en el sal√≥n, la se√Īorita Fulton har√° o dir√° algo que ha comprendido.¬Ľ

En realidad no sabía lo que quería decir con esto. ¡Tampoco imaginaba lo que pasaría después!

Mientras pensaba de este modo se daba cuenta de que seguía hablando y riendo. Tenía que hacerlo así porque no le era posible contener su alegría.

¬ęTengo que re√≠rme -se dijo- , si no, me morir√≠a.¬Ľ

Y cuando se dio cuenta de la extra√Īa costumbre que Cara ten√≠a de meterse la mano en el escote de su vestido, como si guardara all√≠ una diminuta y secreta provisi√≥n de avellanas, Berta tuvo que clavarse las u√Īas en las manos para no estallar en una carcajada.
Por fin terminaron de cenar.

-Vengan a ver mi nueva cafetera exprés -les dijo.

-Cada quince días tenemos una nueva -comentó Harry.

Esta vez fue Cara quien la cogi√≥ del brazo. La se√Īorita Fulton las sigui√≥ con la cabeza ladeada.

El fuego del sal√≥n convertido en ascuas brillaba como un ojo intenso y vacilante hecho ¬ęun nido de peque√Īos F√©nix¬Ľ, como dijo Cara.

-No encienda todav√≠a la luz. ¬°Es tan bonito!- Y volvi√≥ a inclinarse cerca de las brasas. Siempre ten√≠a fr√≠o. ¬ęSin duda lo siento hoy porque no lleva su caquetita de lana roja¬Ľ, pens√≥ Berta.

Y en aquel instante la se√Īorita Fulton hizo el signo de inteligencia esperado.

-¬ŅTienen ustedes jard√≠n? -pregunt√≥ con voz tranquila y so√Īadora.

Pronunció estas palabras de una manera tan delicada, que Berta no pudo hacer más que obedecer. Atravesó el cuarto, y descorriendo las cortinas abrió los anchos ventanales.

-¡Aquí está! -murmuró.

Y las dos mujeres juntas contemplaron el esbelto árbol en flor. Lo vieron como la llama de una vela que se alargaba en punta, temblando en el aire tranquilo. Y mientras lo miraban les pareció que crecía más y más, casi hasta tocar el borde de la luna plateada.

¬ŅCu√°nto tiempo estuvieron as√≠? Fue como si ambas hubieran sido aprisionadas por aquel c√≠rculo de luz sobrenatural; como si fueran dos seres de otro planeta que, perfectamente compenetrados, se preguntasen lo que estaban haciendo en este mundo, yendo como iban cargadas con aquel tesoro de felicidad que ard√≠a en sus pechos y ca√≠a hecho de flores de plata de su cabeza y de sus manos.

¬ŅEstuvieron as√≠ una eternidad?… ¬Ņun momento? La se√Īorita Fulton murmur√≥:

-S√≠, eso es -¬Ņo so√Ī√≥ Berta que lo dec√≠a?

Luego alguien encendió la luz y, mientras Cara hacía el café, Harry dijo:

-Mi querida se√Īora Knight, no me pregunte por mi hija, porque no la veo casi nunca. No quiero ocuparme de ella hasta que tenga novio-. Careto se quit√≥ un momento el mon√≥culo y enseguida volvi√≥ a pon√©rselo. Eddie Warren se tom√≥ el caf√© y dej√≥ la taza con una expresi√≥n de angustia, como si al beber hubiera visto una ara√Īa.

-Lo que yo quiero es dar una oportunidad a los j√≥venes -dijo Careto-. Creo que Londres est√° lleno de obras muy buenas, unas escritas y otras por escribir. A todos ellos quiero decirles: ¬ęAqu√≠ hay un teatro; trabajen y adelante¬Ľ.

-¬ŅNo sabe usted, amigo -dijo la se√Īora Knight-, que voy a decorar una habitaci√≥n para los Jacob Narthan? Estoy tentada de llevar a la pr√°ctica una idea que tengo. Hacer una decoraci√≥n a base de pescado frito: los respaldos de las sillas tendr√≠an la forma de una sart√©n y en las cortinas ir√≠an bordadas unas lindas papas fritas haciendo dibujos.

-El inconveniente de nuestros j√≥venes escritores -continu√≥ Careto- es que a√ļn son demasiado rom√°nticos. No es posible viajar por mar sin marearse y sin tener que echar mano de una palangana. Pero, ¬Ņpor qu√© no tienen el valor de decir que √©sta se necesita?

-Un poema horrible que trataba de una ni√Īa a la que un mendigo sin nariz violaba en un bosquecillo.

La se√Īorita Fulton se sent√≥ en el sill√≥n m√°s bajo y hondo y Harry le ofreci√≥ cigarrillos.

Se puso delante de ella y presentándole la pitillera de plata le dijo fríamente:

-¬ŅEgipcios? ¬ŅTurcos? ¬ŅVirginia? Est√°n todos mezclados.

Berta entonces comprendi√≥ que la se√Īorita Fulton no s√≥lo no le gustaba a Harry, sino que le molestaba. Y comprendi√≥ tambi√©n, por el modo en que la se√Īorita Fulton le contest√≥ que no deseaba fumar, que esta antipat√≠a la percib√≠a y ofend√≠a…

¬ę¬°Oh, Harry!¬Ľ ¬ŅPor qu√© no te agrada? Est√°s equivocado. Es extraordinaria, y, adem√°s, ¬Ņc√≥mo es posible que te sientas tan alejado de una persona que significa tanto para m√≠? Cuando estemos acostados tratar√© de explicarte lo que ambas hemos sentido esta noche¬Ľ, se dijo.
Y con las √ļltimas palabras, algo extra√Īo y casi espantoso cruz√≥ por la mente de Berta. Y este algo ciego y sonriente le susurr√≥: ¬ęPronto se marchar√°n todos. Se apagar√°n las luces, y t√ļ y √©l se quedar√°n solos, metidos en la cama caliente, con el dormitorio a oscuras…¬Ľ

Se levantó rápidamente de la silla y corrió hacia el piano.

-¬°Es una l√°stima que nadie sepa tocar! -dijo alto-. ¬°Una verdadera l√°stima!

Por primera vez en su vida, Berta Young deseaba a su marido.

Antes s√≠, lo quer√≠a… estaba enamorada de √©l, pero de otras muy distintas maneras, no precisamente como ahora. Y tambi√©n hab√≠a comprendido que √©l era diferente. Lo hab√≠an discutido muchas veces. Al principio, a ella le hab√≠a preocupado mucho descubrir que era tan fr√≠a; pero al cabo de alg√ļn tiempo pareci√≥ que aquello no ten√≠a la menor importancia. Se trataban con entera confianza, eran muy buenos compa√Īeros y, a su entender, esto era lo mejor de los modernos matrimonios.

Pero ahora lo deseaba, ¬°ardientemente, ardientemente! Esta sola palabra la sent√≠a de una forma dolorosa en su cuerpo abrasado. ¬ŅEra esto lo que aquella sensaci√≥n de felicidad significaba? Pero, ¬°entonces, entonces!…

-Querida m√≠a -dijo la se√Īora Knight-. Ya conoce usted nuestras desgracias: somos v√≠ctimas del tiempo y del tren. Vivimos en Hampstead y debemos retirarnos. Hemos pasado una agradable velada.

-Los acompa√Īar√© hasta el vest√≠bulo -dijo Berta-. No desear√≠a que se marcharan a√ļn, pero comprendo que no deben perder el √ļltimo tren. ¬°Es tan desagradable!, ¬Ņverdad?

-Tome antes otro whisky, Knight -dijo Harry.

-No, gracias.

Como reconocimiento por esta palabra, Berta, al darle la mano, se la estrechó un poco más.

-¡Adiós! ¡Buenas noches! -les gritó desde la escalera, notando que su viejo ser se despedía de ellos para siempre. Cuando volvió al salón, los demás se disponían también a marcharse.

-Usted podr√° ir parte de su trayecto en mi taxi -dijo la se√Īorita Fulton a Warren.

-Me alegra mucho. Así no tendré que hacer solo otro viaje después de la horrible aventura de esta tarde.

-Encontrarán una parada al final de la calle. Sólo tendrán que andar unos metros.

-¡Qué cómodo! Voy a ponerme el abrigo.

La se√Īorita Fulton se dirigi√≥ hacia el vest√≠bulo. Berta iba a seguirla cuando Harry se adelant√≥:

-Yo la acompa√Īar√© -dijo.

Berta comprendi√≥ que su esposo se arrepent√≠a de la poca amabilidad anterior… y dej√≥ que fuera √©l. ¬°Era a veces tan ni√Īo en su comportamiento… tan impulsivo… tan sencillo!

Y Berta se quedó con Eddie junto al fuego.

-¬ŅHa le√≠do el nuevo poema de Bilk Table d¬īHote? -le pregunt√≥ Eddie lentamente-. ¬°Es magn√≠fico! Est√° en la √ļltima antolog√≠a. ¬ŅTiene usted el volumen? Me gustar√≠a pod√©rselo ense√Īar. Empieza con un verso incre√≠blemente maravilloso: ¬ę¬ŅPor qu√© dar√°n siempre sopa de tomate?¬Ľ

-Sí -dijo Berta. Y se dirigió silenciosamente a una mesita que estaba al lado de la puerta, seguida de Eddie. Tomó el librito y se lo dio, sin que ni él ni ella hubiesen hecho el más leve ruido.

Mientras Eddie buscaba la p√°gina correspondiente, Berta volvi√≥ la cabeza hacia el vest√≠bulo y vio a Harry con el abrigo de la se√Īorita Fulton en las manos y a √©sta de espaldas a √©l con la cabeza ladeada. Harry arroj√≥ de pronto el abrigo, la cogi√≥ por los hombros y la hizo volverse violentamente. Sus labios dijeron:

-Te adoro.

La se√Īorita Fulton le puso sus manos con aquellos dedos como rayos de luna en el rostro y le sonri√≥ con su sonrisa de perezosa. Harry entonces se estremeci√≥ y sus labios dibujaron una terrible mueca mientras dec√≠an en voz baja:

-¬ŅMa√Īana?

Y la se√Īorita Fulton, bajando los p√°rpados, contest√≥:

-Sí.

-¬°Aqu√≠ est√°! -exclam√≥ Eddie-. ¬ę¬ŅPor qu√© dar√°n siempre sopa de tomate?¬Ľ. Es completamente cierto. ¬ŅNo le parece? La sopa de tomate es desesperadamente eterna.

-Si lo desea -dijo Harry en el vestíbulo- puedo pedirle un taxi por teléfono.

-No es necesario -contest√≥ la se√Īorita Fulton. Y acerc√°ndose a Berta le tendi√≥ sus dedos lev√≠simos-. Adi√≥s, y mil gracias.

-Adiós -dijo Berta.

La se√Īorita Fulton le estrech√≥ un poco m√°s la mano.

-¬°Su hermoso peral…! -murmur√≥.

Y se fue. Eddie la siguió, como el gato negro había seguido al gato gris.

-Bueno, cerremos la tienda -dijo Harry extraordinariamente frío y sereno.

¬ę¬°Su hermoso peral!…¬°Su hermoso peral!…¬Ľ

Berta corrió hacia la ventana.

-¬ŅQu√© va a pasar ahora? -grit√≥.

Y el peral alto y esbelto, cargado de flores, seguía inmóvil como la llama de una vela que alargándose estuviera casi a punto de tocar el borde plateado de la luna.

Katherine Mansfield

Fuente: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/mansfi/felicidad.htm

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