Fiesta en el jardín, de Katherine Mansfield

Fiesta en el jardín, de Katherine Mansfield

Y, despu√©s de todo, el tiempo era ideal. Si lo hubieran hecho de encargo no habr√≠a resultado un d√≠a m√°s perfecto para la fiesta en el jard√≠n. Sin viento, c√°lido, el cielo sin una nube. Como ocurre a veces al principio del verano, una neblina de oro p√°lido velaba, apenas, el azul. El jardinero estaba en pie desde el alba, segando el prado y barri√©ndolo, hasta que el c√©sped y los rosetones chatos y oscuros donde hab√≠an estado las margaritas parecieron brillar. En cuanto a las rosas, no se pod√≠a negar que hab√≠an comprendido que las rosas son las √ļnicas flores que impresionan a la gente en una fiesta en el jard√≠n, las √ļnicas flores que a todos interesan. Cientos, s√≠, literalmente cientos hab√≠an abierto en la noche; las zarzas verdes estaban inclinadas como si los arc√°ngeles las hubieran visitado.

No había concluido el almuerzo cuando vinieron los hombres a levantar la carpa.

-¬ŅMam√°, d√≥nde quieres poner la carpa?

-Mi hija querida, es in√ļtil pregunt√°rmelo. He resuelto que este a√Īo las ni√Īas se encarguen de todo. Olviden que soy la madre. Tr√°tenme como a un invitado de honor.

Pero Meg no pod√≠a vigilar a los hombres. Antes de almorzar se hab√≠a lavado la cabeza, y estaba sentada tomando caf√©; llevaba un turbante verde, con un oscuro rizo h√ļmedo pegado en cada mejilla. Josefinafina, la mariposa, acostumbraba a bajar con s√≥lo un viso verde y encima su kimono.

-T√ļ tendr√°s que ir, Laura; t√ļ que eres art√≠stica.

Allá fue Laura, con su pedazo de pan y mantequilla en la mano. Es tan delicioso encontrar una excusa para comer fuera, y, además, adoraba arreglar cosas; encontraba que podía hacerlas tanto mejor que cualquier otro.

Cuatro hombres en mangas de camisa estaban juntos en un camino del jardín. Llevaban estacas cubiertas con rollos de tela, y grandes cajas de herramientas a la espalda. Eran impresionantes. Laura hubiera querido no tener ese pedazo de pan y mantequilla en la mano, pero ni había donde ponerlo, ni se lo podía tragar entero. Enrojeció y trató de parecer muy seria y hasta un poco corta de vista cuando se acercó a ellos.

-Buenos días -dijo, imitando la voz de su madre.

Pero result√≥ tan horriblemente afectado que se avergonz√≥, y tartamude√≥ como una ni√Īita.

-¬°Oh, ustedes vienen…! ¬Ņes por la carpa?

-As√≠ es, se√Īorita -replic√≥ el m√°s alto de todos, un tipo flaco y pecoso, cambiando de lado su caja de herramientas, echando atr√°s su sombrero de paja y sonri√©ndole-. Es para eso.

Su sonrisa era tan espont√°nea, tan amistosa, que Laura se repuso. ¬°Qu√© lindos ojos ten√≠a! ¬°Peque√Īos, pero de un azul tan oscuro! Mir√≥ a los dem√°s que tambi√©n sonre√≠an. Parec√≠an decirle: ¬ę¬°√Ānimo, no te vamos a comer!¬Ľ ¬°Qu√© obreros tan simp√°ticos! ¬°Y qu√© hermosa ma√Īana! Pero no ten√≠a que mencionar la ma√Īana; deb√≠a ser una persona de negocios: la carpa.

-Bueno, ¬Ņqu√© les parece aquel macizo de lilas? ¬ŅServir√°?

Y se√Īalaba el macizo de lilas con la mano que no ten√≠a el pan y mantequilla. Se volvieron, y miraron. Uno de ellos, bajo y gordo, apret√≥ el labio inferior; el m√°s alto frunci√≥ el ce√Īo.

-No me gusta -dijo-. No es bastante importante. Sabe, tratándose de una carpa -y se volvió hacia Laura-, hay que ponerla en un lugar donde dé un golpe en el ojo, como quien dice.

Laura se quedó pensando si no era una falta de respeto que un trabajador hablara de dar un golpe en el ojo. Pero entendió muy bien.

-Una esquina de la cancha de tenis -sugirió-. Pero la orquesta estará en otra esquina.

-Hum, ¬Ņvan a tener una orquesta? -pregunt√≥ otro de los obreros. Era uno p√°lido. Ten√≠a una mirada feroz, mientras sus ojos oscuros med√≠an la cancha de tenis. ¬ŅQu√© pensar√≠a?

-S√≥lo una peque√Īa orquesta -dijo Laura con dulzura.

Si la orquesta era peque√Īa, quiz√° no le parecer√≠a mal. Pero el hombre alto la interrumpi√≥.

-Mire, se√Īorita, √©se es el lugar. Junto a aquellos √°rboles. All√° arriba. Ah√≠ estar√° bien.

Junto a los karakas. As√≠ los karakas quedar√≠an escondidos. Y eran tan hermosos, con sus anchas hojas centelleantes, y sus racimos amarillos. Eran como √°rboles de una isla desierta, orgullosos, solitarios, elevando sus hojas y frutos al sol en una especie de silencioso esplendor. ¬ŅDeb√≠a esconderlos la carpa?

Y los esconder√≠a. Ya los hombres hab√≠an cargado las estacas y estaban arreglando el sitio. S√≥lo el alto qued√≥ atr√°s. Se inclin√≥, apret√≥ una varita de alhucema, se llev√≥ el pulgar y el √≠ndice a la nariz y aspir√≥ el perfume. Cuando Laura vio el gesto olvid√≥ los karakas, en su asombro de que al hombre le gustara una cosa as√≠, le gustara el perfume de la alhucema. ¬ŅCu√°ntos hombres de los que ella conoc√≠a hubieran hecho tal cosa? ¬°Oh, qu√© simp√°ticos son los obreros! ¬ŅPor qu√© no pod√≠a tener amigos obreros en vez de los muchachos tontos con quienes bailaba y que ven√≠an a cenar los domingos? Se entender√≠a mucho mejor con hombres as√≠.

Tienen la culpa -decidi√≥, en el momento en que el hombre alto dibujaba algo en el dorso de un sobre, algo que deb√≠a ser izado o quedar colgado- estas absurdas distinciones de clase. Bueno, por su parte, ella no las sent√≠a. En lo m√°s m√≠nimo, ni un √°tomo… Y ahora viene el tac-tac de los martillos. Uno de los hombres silbaba, otro cantaba: ‚Äú¬ŅEst√°s bien ah√≠, camarada?‚ÄĚ ¬ę¬°Camarada!¬Ľ El compa√Īerismo, el… el… Para probar qu√© contenta estaba y mostrar al hombre alto qu√© c√≥moda se sent√≠a, y cu√°nto despreciaba las convenciones est√ļpidas, Laura dio un gran mordisco a su pan y mantequilla, mientras observaba el dibujito. Se sent√≠a como una peque√Īa obrera.

-¬°Laura, Laura! ¬ŅD√≥nde est√°s? ¬°El tel√©fono, Laura! -grit√≥ una voz desde la casa.

-¡Ya voy! -Y salió corriendo, por el césped, por el sendero, subió los escalones, cruzó la terraza y llegó al pórtico. En el pasillo, su padre y Lorenzo estaban cepillando sus sombreros, listos para irse a la oficina.

-Mira, Laura -dijo Lorenzo con prisa-, podrías revisar mi traje para luego. Mira si no le hace falta un planchazo.

-¬°Ya lo creo!

De repente no pudo contenerse. Corrió hacia Lorenzo y le dio un rápido apretón.

-¬°Oh! adoro las fiestas; ¬Ņy t√ļ? -murmur√≥ Laura.

-Bastante -dijo Lorenzo con su voz cálida de muchacho. También apretó a su hermana y luego le dio un empujón-. Rápido, al teléfono, chica.

El teléfono.

-S√≠, s√≠; ¬°oh, s√≠! ¬ŅKitty? Buenos d√≠as, querida. ¬ŅVienes a almorzar? S√≠, querida. Encantada. Va a ser una comida ligera: restos de s√°ndwiches y de merengues y alguna otra cosita. S√≠, ¬Ņno es un d√≠a divino? ¬ŅEl blanco? ¬°Oh, seguramente! Un momento; espera. Mam√° me llama-. Laura se sent√≥. -¬ŅQu√©, mam√°? No oigo.

La voz de la se√Īora Sheridan baj√≥ flotando por la escalera.

-Dile que traiga ese delicioso sombrero que usó el domingo.

-Dice mamá que te pongas ese sombrero delicioso que llevabas el domingo. Bueno. A la una. Adiós.

Laura colg√≥ el auricular, levant√≥ los brazos sobre la cabeza, hizo una aspiraci√≥n profunda, los estir√≥ y los dej√≥ caer. ¬°Uf!, suspir√≥, y en seguida se enderez√≥ en el asiento. Se qued√≥ quieta, escuchando. Todas las puertas de la casa parec√≠an abiertas. La casa estaba viva, con r√°pidas pisadas y voces incesantes. La puerta de bayeta verde que conduc√≠a a la cocina se abr√≠a y cerraba con un golpe sordo. Ahora se sent√≠a un sonido absurdo, cloqueando. Era el piano tan pesado arrastrado sobre sus ruedas tiesas. Y ¬°qu√© aire! Si uno se pone a pensar ¬Ņser√° el aire siempre as√≠? C√©firos suaves se persegu√≠an fuera y all√° arriba, en las ventanas. Y hab√≠a dos marchitas de sol, una en el tintero, otra en un marco de plata, jugando tambi√©n. Deliciosas marchitas, sobre todo encima de la tapa del tintero. Estaba casi caliente. Una c√°lida estrellita de plata. Daban ganas de besarla.

Sonó el timbre de la puerta y se oyó crujir el vestido estampado de Sadie por la escalera. Una voz de hombre murmuró; Sadie respondió, sin interés:

-Le digo que no s√©. Espere. Voy a preguntar a la se√Īora.

-¬ŅQu√© hay, Sadie? -pregunt√≥ Laura entrando en el pasillo.

-Es el florista, se√Īorita.

Y ahí estaba. En la puerta abierta de par en par, había una ancha bandeja colmada de macetas con lirios rosados. Nada más. Nada más que lirios, lirios, lirios, grandes flores rosadas, muy abiertas, radiantes, terriblemente vivas sobre sus rojos tallos lustrosos.

-¡Ooh, Sadie! -dijo Laura como en un gemido. Se agachó como para calentarse en ese resplandor de lirios; los sintió en sus dedos, en sus labios, creciendo en su pecho.

-Debe ser una equivocación -dijo en voz muy baja-. No se han pedido tantos. Sadie, vete a buscar a mamá.

En ese mismo instante lleg√≥ la se√Īora Sheridan.

-Est√° bien -dijo con calma-. S√≠, yo los encargu√©. ¬ŅNo son divinos?

Apretó el brazo de Laura.

-Pasaba por la florista ayer y los vi en el escaparate. Y de repente se me ocurrió que por una vez en la vida tendría todos los lirios que quisiera. La fiesta en el jardín era una buena excusa.

-Pero yo te o√≠ decir que t√ļ no quer√≠as intervenir.

Sadie había entrado. El hombre de las flores volvió al camión, Laura rodeó el cuello de su madre con un brazo y suave, muy suavecito, le mordió la oreja.

-Queridita, t√ļ no quieres tener una madre l√≥gica, ¬Ņverdad? No hagas eso. Aqu√≠ est√° el hombre.

Traía todavía más lirios, otra bandeja llena.

-Depos√≠telos junto a la entrada, por favor, a los lados del p√≥rtico -dijo la se√Īora-. ¬ŅNo te parece, Laura?

-Oh, sí, mamá.

En el sal√≥n, Meg, Josefinafina y el peque√Īo Hans hab√≠an logrado, al fin, cambiar el piano de sitio.

-Ahora, si pusi√©ramos este cofre contra la pared y sac√°ramos todo menos las sillas, ¬Ņno les parece?

-Bueno.

-Hans, lleva esas mesas al cuarto de fumar, y que vengan a barrer para sacar esas marcas de la alfombra y… un momento, Hans…

A Josefinafina le gustaba dar órdenes a los sirvientes, y a ellos les gustaba obedecer. Les hacía pensar que tomaban parte en un drama.

-Diga a mam√° y a la se√Īorita Laura que vengan en seguida.

-Muy bien, se√Īorita Josefinafina.

Se volvió hacia Meg.

-Quiero ver c√≥mo suena el piano, por si alguien me pide que cante esta tarde. Vamos a ensayar ‚ÄúEsta vida es triste‚ÄĚ.

¡Pom. Ta-ta-ta! El piano sonó con tal furia que Josefina cambió de color. Juntó las manos. Les pareció triste y enigmática a su madre y a Laura cuando entraron.

Esta vida es tris-te,
Una l√°grima… un suspiro
Un. amor que cam-bia
Esta vida es tris-te
Una l√°grima… un suspiro
Un amor que cam-bia,
Y entonces… ¬°adi√≥s!

Pero en la palabra ‚Äúadi√≥s‚ÄĚ, y aunque el piano parec√≠a m√°s desesperado que nunca, su rostro se ilumin√≥ con una brillante sonrisa, terriblemente antip√°tica.

-¬ŅEstoy en voz, mamita? -sonri√≥.

Esta vida es tris-te,
La esperanza viene a morir.
Un sue√Īo… un despertar.

Pero Sadie interrumpió el canto:

-¬ŅQu√© hay, Sadie?

-Por favor, se√Īora, la cocinera pregunta si la se√Īora tiene esas tarjetas para los s√°ndwiches.

-¬ŅLas tarjetas para los s√°ndwiches, Sadie? -repiti√≥ como un eco la se√Īora Sheridan, casi ausente.

Y las hijas se dieron cuenta de que no las tenía.

-Vamos a ver -dijo a Sadie con firmeza-, diga a la cocinera que las llevaré dentro de diez minutos.

Sadie desapareció.

-Bueno, Laura -dijo la madre r√°pidamente-, ven conmigo al cuarto de fumar. Tengo los nombres por ah√≠, escritos en el dorso de un sobre. Tendr√°s que copiarlos. Meg, sube y qu√≠tate en seguida ese trapo mojado de la cabeza. Josefina, corre a vestirte en el acto. Ni√Īas ¬Ņme oyen, o tendr√© que dec√≠rselo a su padre cuando vuelva esta noche a casa? Y… y, Josefina, si vas a la cocina trata de calmar a la cocinera, ¬Ņquieres? Me ten√≠a aterrada esta ma√Īana.

Al fin el sobre apareci√≥ detr√°s del reloj del comedor, aunque la se√Īora Sheridan no se daba cuenta c√≥mo hab√≠a ido a parar all√≠.

-Una de ustedes debe de haberlo robado de mi cartera porque recuerdo perfectamente… queso fresco y cuajada con lim√≥n. ¬ŅLo escribieron?

-Sí.

-Huevo y… -la se√Īora Sheridan alarg√≥ los brazos y retir√≥ el sobre-. Parece at√ļn, pero no puede ser, ¬Ņverdad?

-Aceitunas, queridita -dijo Laura, leyendo por encima del hombro.

-Por supuesto, aceitunas. ¡Qué combinación atroz: huevos y aceitunas!

Por fin acabaron, y Laura los llevó a la cocina. Allí se encontró con Josefina calmando a la cocinera, que no parecía tan aterradora.

-Nunca he visto s√°ndwiches tan exquisitos -dijo Josefina, con voz extasiada-. ¬ŅCu√°ntas clases hay? ¬ŅQuince?

-Quince, se√Īorita Josefina.

-Bueno, la felicito.

La cocinera recogió las cortezas con el cuchillo de cortar pan, y sonrió satisfecha.

-Han venido de casa de Godber -anunció Sadie, saliendo de la despensa-, vi pasar al hombre desde la ventana.

Eso significaba que habían llegado los pastelitos de crema. Godber era famoso por sus pastelitos de crema. A nadie se le ocurría hacerlos en casa.

-Tráigalos y póngalos sobre la mesa -ordenó la cocinera.

Sadie los trajo y volvi√≥ a la puerta. Por supuesto, Laura y Josefina eran demasiado grandotas para ocuparse de estas cosas. Con todo, no pod√≠an negar que eran muy buenos. Mucho. La cocinera empez√≥ a arreglarlos, sacudi√©ndoles el az√ļcar sobrante.

-¬ŅNo le traen a uno el recuerdo de todas las fiestas pasadas? -dijo Laura.

-Supongo que sí -respondió la práctica Josefina, que no gustaba de recordar-. Parecen ligeros y plumosos, hay que reconocerlo.

-Tomen uno cada una, queridas -dijo la cocinera con voz amable-. Mam√° no se dar√° cuenta.

Oh, imposible, ¡pastelitos de crema tan enseguida del almuerzo!, la sola idea hacía estremecer. Pero dos minutos después Josefina y Laura se estaban chupando los dedos con ese aire absorto que sólo da la crema de batida.

-Salgamos al jardín por el camino de atrás -sugirió Laura-. Quiero ver cómo van los hombres con la carpa. ¡Son tan simpáticos!

Pero la puerta trasera estaba bloqueada por la cocinera, Sadie, el hombre de Godber y Hans.

Algo pasaba.

-Tac-tac-tac -cloqueaba la cocinera como una gallina asustada. Sadie ten√≠a una mano oprimi√©ndose la cara como si le dolieran las muelas. La cara de Hans estaba fruncida en un esfuerzo por comprender. S√≥lo el dependiente de Godber parec√≠a contento. √Čl era quien contaba la cosa.

-¬ŅQu√© hay, qu√© ha sucedido?

-Un horrible accidente -dijo la cocinera-, un hombre ha muerto.

-¬°Un muerto! ¬ŅD√≥nde, cu√°ndo?

Pero el dependiente de Godber no iba a perder su relato.

-¬ŅSabe, se√Īorita, aquellas casitas all√° abajo?

¬ŅConocerlas? Claro que ella las conoc√≠a.

-Bueno, all√≠ vive un muchacho carretero, se llama Scott. A su caballo lo asust√≥ esta ma√Īana un cami√≥n y lo tir√≥ de cabeza en la esquina de la calle Hawke. Muri√≥.

-¡Muerto! -y Laura miró al hombre con asombro.

-Ya estaba muerto cuando lo levantaron -contestó el hombre con fruición-. Llevaban el cuerpo a la casa cuando yo venía.

Y dirigiéndose a la cocinera:

-Deja una mujer y cinco chicos.

-Josefina, ven acá -Laura tomó a su hermana de un brazo y se la llevó por la cocina al otro lado de la puerta de bayeta verde. Se recostó contra ella.

-Josefina -le dijo horrorizada- ¬Ņvamos a suspender los preparativos?

¬°Suspender todo, Laura! -grit√≥ Josefina at√≥nita-. ¬ŅQu√© quieres decir?

-Suspender la fiesta en el jard√≠n, claro-. ¬ŅPOr qu√© fing√≠a Josefina?

Pero Josefina estaba cada vez m√°s asombrada.

-¬ŅSuspender la fiesta? Mi querida Laura, no seas loca. No podemos hacer nada de eso. Nadie espera tal cosa. No seas extravagante.

-Pero no es posible celebrar una fiesta en el jardín con un muerto frente a nuestra puerta.

Decir eso era realmente exagerado, porque las casitas estaban en un terreno aparte, en el fondo de una cuesta empinada que llevaba a la casa. Hab√≠a una calle ancha de por medio. Es cierto que estaban demasiado cerca. Eran un verdadero adefesio y no ten√≠an derecho a estar en ese barrio. Eran peque√Īas viviendas mezquinas, pintadas de un color chocolate. En los retazos de jard√≠n no hab√≠a m√°s que repollos, gallinas flacas y latas de tomate. Hasta el humo que sal√≠a de las chimeneas era miserable. Hilachas y fragmentos de humo, tan distinto de los grandes penachos de plata que se elevaban de las chimeneas de los Sheridan. Viv√≠an lavanderas y barrenderos, y un remend√≥n, y un hombre que ten√≠a todo el frente de la casa con jaulitas de p√°jaros. Los chicos hormigueaban. Cuando los Sheridan eran peque√Īos les estaba prohibido acercarse, por el lenguaje que usaban los pobres y las enfermedades que pod√≠an contagiarles. Pero desde que eran grandes Laura y Josefina, en sus andanzas, sol√≠an meterse por ah√≠. Era s√≥rdido y asqueroso. Sal√≠an estremecidas. Pero se debe ir a todas partes; uno debe verlo todo. Por eso iban.

-Estoy pensando lo que ser√° la m√ļsica de la orquesta para esa pobre mujer -dijo Laura.

-¡Oh, Laura! -Josefina empezó a irritarse seriamente.

-Si vas a suprimir la m√ļsica cada vez que sucede un accidente, vas a llevar una vida muy triste. Yo lo siento tanto corno t√ļ. Comprendo como t√ļ-. Sus ojos se endurecieron y mir√≥ a su hermana como la miraba cuando era peque√Īa y ten√≠an una pelea-. No vas a resucitar a un obrero borrach√≥n con sentimentalismos -dijo blandamente.

-¬°Borrach√≥n! ¬ŅQui√©n ha dicho que estaba borracho? -Laura se volvi√≥ furiosa hacia Josefina. Dijo justamente lo que acostumbraban decir en ocasiones semejantes-: Se lo voy a contar a mam√°, ahora mismo.

-Ve, querida -dijo Josefina con un arrullo.

-Mam√°, ¬Ņpuedo entrar? -Laura hizo girar el picaporte de cristal.

-Por supuesto, querida. Pero ¬Ņqu√© pasa? ¬ŅQu√© te ha hecho poner tan colorada? -La se√Īora Sheridan se volvi√≥ hacia atr√°s en su mesa tocador. Se estaba probando un sombrero nuevo.

-Mamá, ha muerto un hombre -empezó Laura.

-¬ŅPero no en el jard√≠n? -interrumpi√≥ la madre.

-¬°No, no!

-¬°Ah, qu√© susto me has dado! -la se√Īora Sheridan dio un suspiro de alivio, se quit√≥ el gran sombrero y lo puso en sus rodillas.

-Pero escucha, mam√° -dijo Laura. Sin aliento, medio ahogada, cont√≥ la terrible historia-. Claro que no podremos celebrar nuestra fiesta, ¬Ņverdad? -suplic√≥-. La m√ļsica y la gente llegando. Nos van a o√≠r, mam√°; est√°n cerquita, ¬°son vecinos!

Con gran asombro de Laura, su madre se comportó como Josefina; y era peor, porque la idea parecía divertirla. Se negó a tomar en serio a Laura.

-Pero, querida m√≠a, hay que tener sentido com√ļn. S√≥lo por casualidad lo hemos sabido. Si alguien hubiera muerto ah√≠ de muerte natural -y no s√© c√≥mo est√°n vivos en esos oscuros agujeros- tendr√≠amos igual nuestra fiesta, ¬Ņverdad?

Laura tuvo que decir que sí, pero comprendía que no era justo. Se sentó en el sofá y empezó a tironear el fleco de los almohadones.

-Mam√°, ¬Ņno es una falta de consideraci√≥n de nuestra parte? -pregunt√≥.

-¬°Vidita! -la se√Īora Sheridan se le acerc√≥, llevando el sombrero. Antes que Laura pudiera evitarlo se lo plant√≥ en la cabeza-. ¬°Hija m√≠a! -dijo la madre-, el sombrero es tuyo. Lo mand√© hacer para ti. Es demasiado joven para m√≠. Nunca te he visto m√°s bonita. ¬°M√≠rate! -y levant√≥ su espejo de mano.

-Pero, mamá -volvió a decir Laura. No se podía mirar; se puso de lado.

Pero ya la se√Īora Sheridan hab√≠a perdido la paciencia lo mismo que Josefina.

-Laura, te est√°s volviendo absurda -dijo fr√≠amente-. Gente de esa clase no espera de nosotros ning√ļn sacrificio. Y no es altruismo aguarnos la fiesta, como lo est√°s haciendo.

-No entiendo -dijo Laura, y sali√≥ apresurada del cuarto para encerrarse en el suyo. All√≠, por pura casualidad, lo primero que vio fue una encantadora muchacha en el espejo, con su sombrero negro adornado de margaritas doradas y una larga cinta de terciopelo negro. Nunca se imagin√≥ que pod√≠a resultar tan bien. ¬ŅTendr√≠a raz√≥n mam√°? Y ahora deseaba que mam√° tuviera raz√≥n. ¬ŅSer√≠a exagerada? Tal vez fuese una locura. S√≥lo por un momento tuvo la visi√≥n de aquella pobre mujer y de aquellas pobres criaturas, y del cuerpo que llevaban a la casa. Pero parec√≠a borroso, irreal, como una fotograf√≠a en el peri√≥dico. Lo recordar√© nuevamente despu√©s de la fiesta. decidi√≥. Desde todos los puntos de vista le pareci√≥ el mejor plan…

Terminaron de almorzar a la una y media. A las dos y media todo se hallaba en orden de batalla. Los m√ļsicos con casacas verdes ya estaban colocados en una esquina de la cancha de tenis.

¬°Querida! -aull√≥ Kitty Maitland- ¬Ņno te parecen ranas verdes? Los deb√≠an haber colocado alrededor del estanque y el director, en una hoja, en el centro.

Llegó Lorenzo y los saludó al pasar para ir a vestirse. Al verlo, Laura volvió a pensar en el accidente. Quería contárselo a él. Si Lorenzo estaba de acuerdo con los demás entonces tendrían razón. Y lo siguió al pasillo.

-¬°Lorenzo!

-¡Hola! -estaba en la mitad de la escalera, pero cuando se volvió y vio a Laura, infló los carrillos y revolvió los ojos-. ¡Lo juro, Laura! Te ves despampanante. ¡Qué sombrero más elegante!

Laura dijo a media voz:

-¬ŅTe parece?… -le sonri√≥, y no le cont√≥ nada.

Poco despu√©s empez√≥ a llegar la gente a montones. La orquesta rompi√≥ a tocar; los sirvientes de alquiler corr√≠an de la casa a la carpa. Dondequiera que uno miraba se ve√≠an parejas pase√°ndose, inclin√°ndose sobre las flores, saludando, caminando por el c√©sped. Parec√≠an brillantes p√°jaros que se hab√≠an posado en el jard√≠n de los Sheridan por una tarde en su vuelo… ¬Ņa d√≥nde? ¬°Ah, qu√© felicidad es estar con personas alegres, estrechar manos, oprimir mejillas, sonre√≠rse en los ojos!

-¡Laura, querida, qué bien estás!

-¡Qué bien te va ese sombrero, criatura!

-Laura, pareces espa√Īola. Nunca te he visto m√°s admirable.

Y Laura, radiante, preguntaba con dulzura: ‚Äú¬ŅLe han servido t√©? ¬ŅNo quiere un helado? Los helados de fruta son especiales‚ÄĚ. Corri√≥ adonde estaba su padre y suplic√≥:

-Papa√≠to querido, ¬Ņle podemos servir algo de beber a la orquesta?

Y la tarde perfecta culminó lentamente, se desvaneció lentamente, cerró sus pétalos lentamente.

‚ÄúNunca hubo fiesta m√°s deliciosa…‚ÄĚ ‚ÄúUn gran √©xito…‚ÄĚ ‚ÄúLa m√°s grande…‚ÄĚ

Laura ayudó a su madre en las despedidas. Estuvieron una al lado de la otra hasta que todo se acabó.

-Se acab√≥, se acab√≥, gracias al cielo -dijo la se√Īora Sheridan-. Llama a los dem√°s. Tomaremos caf√©. Estoy deshecha. S√≠, un gran √©xito. Pero, ¬°ah, estas fiestas, estas fiestas! ¬ŅPor qu√© insisten, hijitas, en dar fiestas?-. Tomaron asiento en la carpa abandonada.

-Toma un sándwich, papaíto. Yo escribí el nombre.

-Gracias -el se√Īor Sheridan se lo comi√≥ de un bocado. Tom√≥ otro-. ¬ŅSupongo que no han sabido nada del horrible accidente de hoy? -dijo.

-Querido -dijo la se√Īora Sheridan, levantando una mano- ya lo sab√≠amos. Casi nos estropea la fiesta. Laura quer√≠a suspenderla.

-¡Oh, mamá! -Laura no quería que la fastidiaran con eso.

-¬°De todos modos, es un asunto horrible -dijo el se√Īor Sheridan-. Adem√°s, el hombre era casado. Viv√≠a en la callejuela de abajo, y deja, seg√ļn dicen, una mujer y media docena de chiquillos.

Hubo un silencio embarazoso. La se√Īora no sab√≠a qu√© hacer con la taza. Era una falta de tacto por parte de pap√°…

De pronto levantó los ojos. Estaba la mesa llena de sándwiches y pastas y pastelitos que tendrían que tirarse. Tuvo, entonces, una de sus grandes ideas.

-Ya s√© -dijo-. Vamos a preparar una canasta. Vamos a mandarle a esa pobre un poco de estas cosas tan ricas. A lo menos ser√° una fiesta para los chicos. ¬ŅNo les parece? Y, adem√°s, se alegrar√° de tener vecinos que la visiten. ¬°Qu√© suerte que est√©n listos! ¬°Laura! -se levant√≥ de un salto. -Trae la canasta grande de la alacena que est√° en la escalera.

-Pero, mam√°, ¬Ņcrees de veras que es una buena idea? -dijo Laura.

Y otra vez ¬°qu√© raro! parec√≠a sentir distinto a los dem√°s! Llevar sobras de la fiesta. ¬ŅLe gustar√≠a eso a la pobre mujer?

-Claro, ¬Ņqu√© te pasa hoy? Hace una hora o dos insist√≠as en mostrar simpat√≠a, y ahora…

-¬°Oh, bueno!

Laura corri√≥ con la canasta. La llenaron; la se√Īora Sheridan la dej√≥ colmada.

-Ll√©vala t√ļ misma, queridita; corre, as√≠ como est√°s. No, espera, lleva unos lirios. A esa gente le gustan los lirios.

-Los tallos van a estropearte el traje -dijo la pr√°ctica Josefina.

Es cierto, muy a tiempo.

-Entonces s√≥lo la canasta. Pero Laura -la madre la sigui√≥ hasta afuera de la carpa-, de ning√ļn modo…

-¬ŅQu√©, mam√°?

No, mejor no poner tales ideas en la cabeza de la criatura.

-Nada, vete pronto.

Empezaba a oscurecer cuando Laura cerr√≥ el port√≥n. Un perro grande corr√≠a como un fantasma. El camino blanco brillaba y las casitas estaban all√° abajo en profunda oscuridad. ¬°Qu√© tranquilo parec√≠a todo despu√©s de la tarde! Iba cuesta abajo hacia un sitio donde yac√≠a un muerto, y no pod√≠a creerlo. ¬ŅC√≥mo iba a poder? Se detuvo un minuto. Le parec√≠a que llevaba dentro besos, voces, tintineo de cucharillas, risas, el olor del c√©sped aplastado. No pod√≠a pensar en otra cosa. ¬°Qu√© raro! Mir√≥ el cielo p√°lido y lo √ļnico que se le ocurri√≥ fue: ‚ÄúS√≠, ha sido todo un √©xito la fiesta‚ÄĚ.

Llegó a un cruce del camino donde empezaba la callejuela, oscura y llena de humo. Mujeres con chales y hombres de gorra transitaban por allí, Sobre las empalizadas había otros hombres asomados; los chicos jugaban en las puertas de calle. Un débil susurro se oía en las casitas miserables. En algunas se veía fluctuar una luz y algunas sombras moverse como fantoches, tras las ventanas. Laura inclinó la cabeza y apresuró el paso.

Hubiera debido ponerse un abrigo. ¬°Qu√© llamativo era su traje! Y el gran sombrero con las cintas colgando; ¬°si a lo menos llevara otro sombrero! ¬ŅLa estar√≠an mirando? Seguramente. Era un error haber venido; ella sab√≠a que era un error. ¬ŅNo ser√≠a mejor volver?

No, demasiado tarde. Aquí estaba la casa. Debía ser ésa. Delante había un grupo oscuro de gente. Al lado de la puerta una vieja con una muleta estaba sentada, mirando. Descansaba los pies sobre un diario. Al acercarse Laura, cesaron las voces. Se abrió el grupo. Era como si la esperasen, como si supieran que iba hacia allí.

Laura estaba nerviosísima. Echando la cinta de terciopelo sobre el hombro preguntó a una de las mujeres ahí paradas:

-¬ŅEs aqu√≠ la casa de la se√Īora Scott?

Y la mujer, sonriendo de un modo raro:

-Aqu√≠ es, se√Īorita.

¬°Oh, salir de esto! Repet√≠a: ‚ÄúAy√ļdame, Dios m√≠o‚ÄĚ, mientras sub√≠a la estrecha vereda y llamaba. No poder estar lejos de esas miradas o cubierta con alguno de esos chales. Dejar√© la cesta y me marchar√©, decidi√≥. No voy a esperar que la vac√≠en.

Se abrió la puerta. Una mujercita de luto apareció en la sombra.

Laura preguntó:

-¬ŅEs usted la se√Īora Scott?

Pero con gran horror suyo, la mujer contestó:

-Entre, por favor, se√Īorita -y se encontr√≥ encerrada en el pasillo.

-No, no quiero entrar; s√≥lo quer√≠a dejar esta cesta. Mam√° envi√≥…

La mujer en el pasillo oscuro no pareció oírla.

-Por ac√°, si gusta, se√Īorita -dijo con voz aceitosa; y Laura la sigui√≥.

Lleg√≥ a cocina peque√Īa, bajita y maltrecha, iluminada por una l√°mpara ahumada. Una mujer estaba sentada ante el fuego.

-Emilia -dijo la mujer que la dej√≥ entrar-. ¬°Emilia!… es una se√Īorita. -Se volvi√≥ hacia Laura. Dijo humildemente: -Soy la hermana. Disc√ļlpela, se√Īorita.

-¬°Oh, por supuesto! -dijo Laura-. Por favor, por favor no la moleste. Yo… yo s√≥lo quer√≠a dejar…

Pero en ese momento la mujer que estaba junto al fuego se volvi√≥. Su cara inflada, colorada, con ojos y labios hinchados, era horrible. Parec√≠a no comprender por qu√© Laura estaba ah√≠. ¬ŅQu√© significaba? ¬ŅPor qu√© esta desconocida estaba en la cocina con una canasta? ¬ŅQu√© quer√≠a decir eso? Y el pobre rostro se frunci√≥ de nuevo.

-Est√° bien, querida -dijo la otra-. Yo atender√© a la se√Īorita. -Y comenz√≥ otra vez-: Disc√ļlpela, se√Īorita -y su cara, hinchada tambi√©n, ensay√≥ una untuosa sonrisa.

Laura no pensaba más que en irse, en irse. Volvió al pasillo. Abrió la puerta. Entró directamente al dormitorio en que yacía el muerto.

-¬ŅNo quiere verlo? -dijo la hermana de Emilia, y empuj√≥ a Laura hacia la cama-. No tenga miedo, se√Īorita -y su voz era cari√Īosa, confidencial. Tiernamente baj√≥ la s√°bana-, parece un cuadro. No hay mucho que ver. Venga, querida.

Laura la siguió.

Ah√≠ estaba un joven dormido, profundamente dormido, tan dormido que estaba lejos, muy lejos de las dos. ¬°Oh, tan remoto, tan lleno de paz! Estaba so√Īando. No se despertar√≠a jam√°s. Ten√≠a la cabeza hundida en la almohada; los ojos cerrados estaban ciegos bajo los p√°rpados cerrados. Estaba absorto en su sue√Īo. ¬ŅQu√© le importaban los las fiestas en los jardines, los cestos y los encajes? Ya estaba lejos de esas cosas. Era asombroso, bell√≠simo. Mientras ellos re√≠an y la orquesta tocaba, hab√≠a sucedido ese milagro en la callejuela. Feliz… feliz… Todo est√° bien, dec√≠a el rostro dormido. Es lo que debe ser. Estoy contento.

Pero a√ļn as√≠ hac√≠a llorar, y Laura no pudo dejar el cuarto sin decirle algo. Solloz√≥ como una ni√Īa.

-Perdone mi sombrero -le dijo.

Y no esperó esta vez a la hermana de Emilia. Encontró el camino para salir. Pasó por entre el grupo oscuro de gente, vereda abajo. Al doblar la callejuela encontró a Lorenzo.

Surgió de la sombra.

-¬ŅEres t√ļ, Laura?

-Sí.

-Mam√° estaba inquieta. ¬ŅTodo fue bien?

¡Sí, Lorenzo! -tomó su brazo, se apretó contra él.

-¬ŅPero no est√°s llorando, verdad? -le pregunt√≥ el hermano.

Laura movió la cabeza. Estaba llorando.

Lorenzo le pasó un brazo por el cuello:

-No llores -dijo con su voz afectuosa y c√°lida-. ¬ŅEra horrible?

-No -solloz√≥ Laura-. Era maravilloso. Pero Lorenzo…

Se detuvo, miró a su hermano.

-La vida es… -tartamude√≥-. La vida es…

No pod√≠a explicar qu√© era la vida. No importaba. √Čl comprendi√≥.

-¬ŅVerdad que es, queridita? -dijo Lorenzo.

Katherine Mansfield

Fuente: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/mansfi/fiesta_en_el_jardin.htm

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