Final del juego, de Julio Cort√°zar

Publicado en Todos los fuegos el fuego, 1966.

Con Leticia y Holanda íbamos a jugar a las vías del Central Argentino los días de calor, esperando que mamá y tía Ruth empezaran su siesta para escaparnos por la puerta blanca. Mamá y tía Ruth estaban siempre cansadas después de lavar la loza, sobre todo cuando Holanda y yo secábamos los platos porque entonces había discusiones, cucharitas por el suelo, frases que sólo nosotras entendíamos, y en general un ambiente en donde el olor a grasa, los maullidos de José y la oscuridad de la cocina acababan en una violentísima pelea y el consiguiente desparramo. Holanda se especializaba en armar esta clase de líos, por ejemplo dejando caer un vaso ya lavado en el tacho del agua sucia, o recordando como al pasar que en la casa de las de Loza había dos sirvientas para todo servicio. Yo usaba otros sistemas, prefería insinuarle a tía Ruth que se le iban a paspar las manos si seguía fregando cacerolas en vez de dedicarse a las copas o los platos, que era precisamente lo que le gustaba lavar a mamá , con lo cual las enfrentaba sordamente en una lucha de ventajeo por la cosa fácil. El recurso heroico, si los consejos y las largas recordaciones familiares empezaban a saturarnos, era volcar agua hirviendo en el lomo del gato. Es una gran mentira eso del gato escaldado, salvo que haya que tomar al pie de la letra la referencia al agua fría; porque de la caliente José no se alejaba nunca, y hasta parecía ofrecerse, pobre animalito, a que le volcáramos media taza de agua a cien grados o poco menos, bastante menos probablemente porque nunca se le caía el pelo. La cosa es que ardía Troya, y en la confusión coronada por el espléndido si bemol de tía Ruth y la carrera de mamá en busca del bastón de los castigos, Holanda y yo nos perdíamos en la galería cubierta, hacia las piezas vacías del fondo donde Leticia nos esperaba leyendo a Ponson du Terrail, lectura inexplicable.

Por lo regular mamá nos perseguía un buen trecho, pero las ganas de rompernos la cabeza se le pasaban con gran rapidez y al final (habíamos trancado la puerta y le pedíamos perdón con emocionantes partes teatrales) se cansaba y se iba, repitiendo la misma frase:
-Acabar√°n en la calle, estas mal nacidas.


Donde acabábamos era en las vías del Central Argentino, cuando la casa quedaba en silencio y veíamos al gato tenderse bajo el limonero para hacer él también su siesta perfumada y zumbante de avispas. Abríamos despacio la puerta blanca, y al cerrarla otra vez era como un viento, una libertad que nos tomaba de las manos, de todo el cuerpo y nos lanzaba hacia adelante. Entonces corríamos buscando impulso para trepar de un envión al breve talud del ferrocarril, encaramadas sobre el mundo contemplábamos silenciosas nuestro reino.

Nuestro reino era as√≠: una gran curva de las v√≠as acababa su comba justo frente a los fondos de nuestra casa. No hab√≠a m√°s que el balasto, los durmientes y la doble v√≠a; pasto ralo y est√ļpido entre los pedazos de adoqu√≠n donde la mica, el cuarzo y el feldespato √Ą que son los componentes del granito √Ą brillaban como diamantes leg√≠timos contra el sol de las dos de la tarde. Cuando nos agach√°bamos a tocar las v√≠as (sin perder tiempo porque hubiera sido peligroso quedarse mucho ah√≠, no tanto por los trenes como por los de casa si nos llegaban a ver) nos sub√≠a a la cara el fuego de las piedras, y al pararnos contra el viento del r√≠o era un calor mojado peg√°ndose a las mejillas y las orejas. Nos gustaba flexionar las piernas y bajar, subir, bajar otra vez, entrando en una y otra zona de calor, estudi√°ndonos las caras para apreciar la transpiraci√≥n, con lo cual al rato √©ramos una sopa. Y siempre calladas, mirando al fondo de las v√≠as, o el r√≠o al otro lado, el pedacito de r√≠o color caf√© con leche.
Después de esta primera inspección del reino bajábamos el talud y nos metíamos en la mala sombra de los sauces pegados a la tapia de nuestra casa, donde se abría la puerta blanca. Ahí estaba la capital del reino, la ciudad silvestre y la central de nuestro juego. La primera en iniciar el juego era Leticia, la más feliz de las tres y la más privilegiada. Leticia no tenía que secar los platos ni hacer las camas, podía pasarse el día leyendo o pegando figuritas, y de noche la dejaban quedarse hasta más tarde si lo pedía, aparte de la pieza solamente para ella, el caldo de hueso y toda clase de ventajas. Poco a poco se había ido aprovechando de los privilegios, y desde el verano anterior dirigía el juego, yo creo que en realidad dirigía el reino; por lo menos se adelantaba a decir las cosas y Holanda y yo aceptábamos sin protestar, casi contentas. Es probable que las largas conferencias de mamá sobre cómo debíamos portarnos con Leticia hubieran hecho su efecto, o simplemente que la queríamos bastante y no nos molestaba que fuese la jefa. Lástima que no tenía aspecto para jefa, era la más baja de las tres, y tan flaca. Holanda era flaca, y yo nunca pesé más de cincuenta kilos, pero Leticia era la más flaca de las tres, y para peor una de esas flacuras que se ven de fuera, en el pescuezo y las orejas. Tal vez el endurecimiento de la espalda la hacía parecer más flaca, como casi no podía mover la cabeza a los lados daba la impresión de una tabla de planchar parada, de esas forradas de género blanco como había en la casa de las de Loza. Una tabla de planchar con la parte más ancha para arriba, parada contra la pared. Y nos dirigía.

La satisfacci√≥n m√°s profunda era imaginarme que mam√° o t√≠a Ruth se enteraran un d√≠a del juego. Si llegaban a enterarse del juego se iba a armar una meresunda incre√≠ble. El si bemol y los desmayos, las inmensas protestas de devoci√≥n y sacrificio malamente recompensados, el amontonamiento de invocaciones a los castigos m√°s c√©lebres, para rematar con el anuncio de nuestros destinos, que consist√≠an en que las tres terminar√≠amos en la calle. Esto √ļltimo siempre nos hab√≠a dejado perplejas, porque terminar en la calle nos parec√≠a bastante normal.
Primero Leticia nos sorteaba. Us√°bamos piedritas escondidas en la mano, contar hasta veintiuno, cualquier sistema. Si us√°bamos el de contar hasta veintiuno, imagin√°bamos dos o tres chicas m√°s y las inclu√≠amos en la cuenta para evitar trampas. Si una de ellas sal√≠a veintiuna, la sac√°bamos del grupo y sorte√°bamos de nuevo, hasta que nos tocaba a una de nosotras. Entonces Holanda y yo levant√°bamos la piedra y abr√≠amos la caja de los ornamentos. Suponiendo que Holanda hubiese ganado, Leticia y yo escog√≠amos los ornamentos. El juego marcaba dos formas: estatuas y actitudes. Las actitudes no requer√≠an ornamentos pero s√≠ mucha expresividad, para la envidia mostrar los dientes, crispar las manos y arregl√°rselas de modo de tener un aire amarillo. Para la caridad el ideal era un rostro ang√©lico, con los ojos vueltos al cielo, mientras las manos ofrec√≠an algo -un trapo, una pelota, una rama de sauce- a un pobre huerfanito invisible. La verg√ľenza y el miedo eran f√°ciles de hacer; el rencor y los celos exig√≠an estudios m√°s detenidos. Los ornamentos se destinaban casi todos a las estatuas, donde reinaba una libertad absoluta. Para que una estatua resultara, hab√≠a que pensar bien cada detalle de la indumentaria.

El juego marcaba que la elegida no podía tomar parte en la selección; las dos restantes debatían el asunto y aplicaban luego los ornamentos. La elegida debía inventar su estatua aprovechando lo que le habían puesto, y el juego era así mucho m s complicado y excitante porque a veces había alianzas contra, y la víctima se veía ataviada con ornamentos que no le iban para nada; de su viveza dependía entonces que inventara una buena estatua. Por lo general cuando el juego marcaba actitudes la elegida salía bien parada pero hubo veces en que las estatuas fueron fracasos horribles.

Lo que cuento empez√≥ vaya a saber cu√°ndo, pero las cosas cambiaron el d√≠a en que el primer papelito cay√≥ del tren. Por supuesto que las actitudes y las estatuas no eran para nosotras mismas, porque nos hubi√©ramos cansado en seguida. El juego marcaba que la elegida deb√≠a colocarse al pie del talud, saliendo de la sombra de los sauces, y esperar el tren de las dos y ocho que ven√≠a del Tigre. A esa altura de Palermo los trenes pasan bastante r√°pido, y no nos daba verg√ľenza hacer la estatua o la actitud. Casi no ve√≠amos a la gente de las ventanillas, pero con el tiempo llegamos a tener pr√°ctica y sab√≠amos que algunos pasajeros esperaban vernos. Un se√Īor de pelo blanco y anteojos de carey sacaba la cabeza por la ventanilla y saludaba a la estatua o la actitud con el pa√Īuelo. Los chicos que volv√≠an del colegio sentados en los estribos gritaban cosas al pasar, pero algunos se quedaban serios mir√°ndonos. En realidad la estatua o la actitud no ve√≠a nada, por el esfuerzo de mantenerse inm√≥vil, pero las otras dos bajo los sauces analizaban con gran detalle el buen √©xito o la indiferencia producidos. Fue un martes cuando cay√≥ el papelito, al pasar el segundo coche. Cay√≥ muy cerca de Holanda, que ese d√≠a era la maledicencia, y reboto hasta m√≠. era un papelito muy doblado y sujeto a una tuerca. Con letra de var√≥n y bastante mala, dec√≠a: ¬ęMuy lindas estatuas. Viajo en la tercera ventanilla del segundo coche, Ariel B.¬Ľ Nos pareci√≥ un poco seco, con todo ese trabajo de atarle la tuerca y tirarlo, pero nos encant√≥. Sorteamos para saber qui√©n se lo quedar√≠a, y me lo gan√©.. Al otro d√≠a ninguna quer√≠a jugar para poder ver c√≥mo era Ariel B., pero temimos que interpretara mal nuestra interrupci√≥n, de manera que sorteamos y gan√≥ Leticia. Nos alegramos mucho con Holanda porque Leticia era muy buena como estatua, pobre criatura. La par√°lisis no se notaba estando quieta, y ella era capaz de gestos de una enorme nobleza. Como actitudes eleg√≠a siempre la generosidad, el sacrificio y el renunciamiento. Como estatuas buscaba el estilo de Venus de la sala que t√≠a Ruth llamaba la Venus del Nilo. Por eso le elegimos ornamentos especiales para que Ariel se llevara una buena impresi√≥n. Le pusimos un pedazo de terciopelo verde a manera de t√ļnica, y una corona de sauce en el pelo. Como and√°bamos de manga corta, el efecto griego era grande. Leticia se ensay√≥ un rato a la sombra, y decidimos que nosotras nos asomar√≠amos tambi√©n y saludar√≠amos a Ariel con discreci√≥n pero muy amables. Leticia estuvo magn√≠fica, no se le mov√≠a ni un dedo cuando lleg√≥ el tren Como no pod√≠a girar la cabeza la echaba para atr√°s, juntando los brazos al cuerpo casi como si le faltaran; aparte el verde de la t√ļnica, era como mirar la Venus del Nilo. En la tercera ventanilla vimos a un muchacho de rulos rubios y ojos claros que nos hizo una gran sonrisa al descubrir que Holanda y yo lo salud√°bamos. El tren se lo llev√≥ en un segundo, pero eran las cuatro y media y todav√≠a discut√≠amos si vest√≠a de oscuro, si llevaba corbata roja y si era odioso o simp√°tico. El jueves yo hice la actitud del desaliento, y recibimos otro papelito que dec√≠a: ¬ęLas tres me gustan mucho. Ariel.¬Ľ Ahora √©l sacaba la cabeza y un brazo por la ventanilla y nos saludaba riendo. Le calculamos dieciocho a√Īos (seguras que no ten√≠a m√°s de diecis√©is) y convinimos en que volv√≠a diariamente de alg√ļn colegio ingl√©s. Lo m√°s seguro de todo era el colegio ingl√©s, no acept√°bamos un incorporado cualquiera. Se ver√≠a que Ariel era muy bien.

Pas√≥ que Holanda tuvo la suerte incre√≠ble de ganar tres d√≠as seguidos. Super√°ndose, hizo las actitudes del desenga√Īo y el latrocinio, y una estatua dificil√≠sima de bailarina, sosteni√©ndose en un pie desde que el tren entr√≥ en la curva. Al otro d√≠a gan√© yo, y despu√©s de nuevo; cuando estaba haciendo la actitud del horror, recib√≠ casi en la nariz un papelito de Ariel que al principio no entendimos: ¬ęLa m√°s linda es la m√°s haragana.¬Ľ Leticia fue la √ļltima en darse cuenta, la vimos que se pon√≠a colorada y se iba a un lado, y Holanda y yo nos miramos con un poco de rabia. Lo primero que se nos ocurri√≥ sentenciar fue que Ariel era un idiota, pero no pod√≠amos decirle eso a Leticia, pobre √°ngel, con su sensibilidad y la cruz que llevaba encima. Ella no dijo nada, pero pareci√≥ entender que el papelito era suyo y se lo guard√≥. Ese d√≠a volvimos bastante calladas a casa, y por la noche no jugamos juntas. En la mesa Leticia estuvo muy alegre, le brillaban los ojos, y mam√° mir√≥ una o dos veces a t√≠a Ruth como poni√©ndola de testigo de su propia alegr√≠a. En aquellos d√≠as estaban ensayando un nuevo tratamiento fortificante para Leticia, y por lo visto era una maravilla lo bien que le sentaba.

Antes de dormirnos, Holanda y yo hablamos del asunto. No nos molestaba el papelito de Ariel, desde un tren andando las cosas se ven como se ven, pero nos parec√≠a que Leticia se estaba aprovechando demasiado de su ventaja sobre nosotras. Sab√≠a que no le √≠bamos a decir nada, y que en una casa donde hay alguien con alg√ļn defecto f√≠sico y mucho orgullo, todos juegan a ignorarlo empezando por el enfermo, o m√°s bien se hacen los que no saben que el otro sabe. Pero tampoco hab√≠a que exagerar y la forma en que Leticia se hab√≠a portado en la mesa, o su manera de guardarse el papelito, era demasiado. Esa noche yo volv√≠ a so√Īar mis pesadillas con trenes, anduve de madrugada por enormes playas ferroviarias cubiertas de v√≠as llenas de empalmes, viendo a distancia las luces rojas de locomotoras que ven√≠an, calculando con angustia si el tren pasar√≠a a mi izquierda, y a la vez amenazada por la posible llegada de un r√°pido a mi espalda o -lo que era peor- que a √ļltimo momento Uno de los trenes tomara uno de los desv√≠os y se me viniera encima. Pero de ma√Īana me olvid√© porque Leticia amaneci√≥ muy dolorida y tuvimos que ayudarla a vestirse. Nos pareci√≥ que estaba un poco arrepentida de lo de ayer y fuimos muy buenas con ella, dici√©ndole que esto le pasaba por andar demasiado, y que tal vez lo mejor ser√≠a que se quedara leyendo en su cuarto. Ella no dijo nada pero vino a almorzar a la mesa, y a las preguntas de mam√° contest√≥ que ya estaba muy bien y que casi no le dol√≠a la espalda. Se lo dec√≠a y nos miraba.

Esa tarde gané yo, pero en ese momento me vino un no sé qué y le dije a Leticia que le dejaba mi lugar, claro que sin darle a entender por qué. Ya que el otro la prefería, que la mirara hasta cansarse. Como el juego marcaba estatua, le elegimos cosas sencillas para no complicarle la vida, y ella inventó una especie de princesa china, con aire vergonzoso, mirando al suelo y juntando las manos como hacen las princesas chinas. Cuando pasó el tren, Holanda se puso de espaldas bajo los sauces pero yo miré y vi que Ariel no tenía ojos más que para Leticia. La siguió mirando hasta que el tren se perdió en la curva, y Leticia estaba inmóvil y o sabía que él acababa de mirarla así. Pero cuando vino a descansar bajo los sauces vimos que sí sabía, y que le hubiera gustado seguir con los ornamentos toda la tarde, toda la noche.

El mi√©rcoles sorteamos entre Holanda y yo porque Leticia nos dijo que era justo que ella se saliera. Gan√≥ Holanda con su suerte maldita, pero la carta de Ariel cay√≥ de mi lado. Cuando la levant√© tuve el impulso de d√°rsela a Leticia que no dec√≠a nada, pero pens√© que tampoco era cosa de complacerle todos los gustos, y la abr√≠ despacio. Ariel anunciaba que al otro d√≠a iba a bajarse en la estaci√≥n vecina y que vendr√≠a por el terrapl√©n para charlar un rato. Todo estaba terriblemente escrito, pero la frase final era hermosa: ¬ęSaludo a las tres estatuas muy atentamente. ¬Ľ La firma parec√≠a un garabato aunque se notaba la personalidad.

Mientras le quitábamos los ornamentos a Holanda, Leticia me miró una o dos veces. Yo les había leído el mensaje y nadie hizo comentarios, lo que resultaba molesto porque al fin y al cabo Ariel iba a venir y había que pensar en esa novedad y decidir algo. Si en casa se enteraban, o por desgracia a alguna de las de Loza le daba por espiarnos, con lo envidiosas que eran esas enanas, seguro que se iba a armar la meresunda. Además que era muy raro quedarnos calladas con una cosa así, sin mirarnos casi mientras guardábamos los ornamentos y volvíamos por la puerta blanca.

T√≠a Ruth nos pidi√≥ a Holanda y a m√≠ que ba√Ī√°ramos a Jos√©, se llev√≥ a Leticia para hacerle el tratamiento, y por fin pudimos desahogarnos tranquilas. Nos parec√≠a maravilloso que viniera Ariel, nunca hab√≠amos tenido un amigo as√≠, a nuestro primo Tito no lo cont√°bamos, un tilingo que juntaba figuritas y cre√≠a en la primera comuni√≥n. Est√°bamos nervios√≠simas con la expectativa y Jos√© pag√≥ el pato, pobre √°ngel. Holanda fue m√°s valiente y sac√≥ el tema de Leticia. Yo no sab√≠a que pensar, de un lado me parec√≠a horrible que Ariel se enterara, pero tambi√©n era justo que las cosas se aclararan porque nadie tiene por qu√©‚Äö perjudicarse a causa de otro. Lo que yo hubiera querido es que Leticia no sufriera, bastante cruz ten√≠a encima y ahora con el nuevo tratamiento y tantas cosas.

A la noche mam√° se extra√Ī√≥ de vernos tan calladas y dijo qu√© milagro, si nos hab√≠an comido la lengua los ratones, despu√©s mir√≥ a t√≠a Ruth y las dos pensaron seguro que hab√≠amos hecho alguna gorda y que nos remord√≠a la conciencia. Leticia comi√≥ muy poco y dijo que estaba dolorida, que la dejaran ir a su cuarto a leer Rocambole. Holanda le dio el brazo aunque ella no quer√≠a mucho, y yo me puse a tejer, que es una cosa que me viene cuando estoy nerviosa. Dos veces pens√©‚Äö ir al cuarto de Leticia, no me explicaba qu√© hac√≠an esas dos ah√≠ solas, pero Holanda volvi√≥ con aire de gran importancia y se qued√≥ a mi lado sin hablar hasta que mam√° y t√≠a Ruth levantaron la mesa. ¬ęElla no va a ir ma√Īana. Escribi√≥ una carta y dijo que si √©l pregunta mucho, se la demos.¬Ľ Entornando el bolsillo de la blusa me hizo ver un sobre violeta. Despu√©s nos llamaron para secar los platos, y esa noche nos dormimos casi en seguida por todas las emociones y el cansancio de ba√Īar a Jos√©.

Al otro d√≠a me toc√≥ a mi salir de compras al mercado y en toda la ma√Īana no vi a Leticia que segu√≠a en su cuarto. Antes que llamaran a la mesa entr√© un momento y la encontr√© al lado de la ventana, con muchas almohadas y el tomo noveno de Rocambole. Se ve√≠a que estaba mal, pero se puso a re√≠r y me cont√≥ de una abeja que no encontraba la salida y de un sue√Īo c√≥mico que hab√≠a tenido. Yo le dije que era una l√°stima que no fuera a venir a los sauces, pero me parec√≠a tan dif√≠cil dec√≠rselo bien. ¬ęSi quer√©s podemos explicarle a Ariel que estabas descompuesta¬Ľ, le propuse, pero ella dec√≠a que no y se quedaba callada. Yo insist√≠ un poco en que viniera, y al final me anim√© y le dije que no tuviese miedo, poni√©ndole como ejemplo que el verdadero cari√Īo no conoce barreras y otras ideas preciosas que hab√≠amos aprendido en El Tesoro de la Juventud, pero era cada vez m√°s dif√≠cil decirle nada porque ella miraba la ventana y parec√≠a como si fuera a ponerse a llorar. Al final me fui diciendo que mam√° me precisaba. El almuerzo dur√≥ d√≠as, y Holanda se gan√≥ un sopapo de t√≠a Ruth por salpicar el mantel con tuco. Ni me acuerdo de c√≥mo secamos los platos, de repente Est√°bamos en los sauces y las dos nos abraz√°bamos llenas de felicidad y nada celosas una de otra. Holanda me explic√≥ todo lo que ten√≠amos que decir sobre nuestros estudios para que Ariel se llevara una buena impresi√≥n, porque los del secundario desprecian a las chicas que no han hecho m√°s que la primaria y solamente estudian corte y repujado al aceite. Cuando pas√≥ el tren de las dos y ocho Ariel sac√≥ los brazos con entusiasmo, y con nuestros pa√Īuelos estampados le hicimos se√Īas de bienvenida. Unos veinte minutos despu√©s lo llegar por el terrapl√©n, y era m√°s alto de lo que pens√°bamos y todo de gris.

Bien no me acuerdo de lo que hablamos al principio, √©l era bastante t√≠mido a pesar de haber venido y los papelitos, y dec√≠a cosas muy pensadas. Casi en seguida nos elogi√≥ mucho las estatuas y las actitudes y pregunt√≥ c√≥mo nos llam√°bamos y por qu√© faltaba la tercera. Holanda explic√≥ que Leticia no hab√≠a podido venir, y √©l dijo que era una l√°stima y que Leticia le parec√≠a un nombre precioso. Despu√©s nos cont√≥ cosas del Industrial, que por desgracia no era un colegio ingl√©s, y quiso saber si le mostrar√≠amos los ornamentos. Holanda levant√≥ la piedra y le hicimos ver las cosas. A √©l parec√≠an interesarle mucho, y varias veces tom√≥ alguno de los ornamentos y dijo: ¬ę√Čste lo llevaba Leticia un d√≠a¬Ľ, o: ¬ę√Čste fue para la estatua oriental¬Ľ, con lo que quer√≠a decir la princesa china. Nos sentamos a la sombra de un sauce y √©l estaba contento pero distra√≠do, se ve√≠a que s√≥lo se quedaba de bien educado. Holanda me mir√≥ dos o tres veces cuando la conversaci√≥n deca√≠a, y eso nos hizo mucho mal a las dos, nos dio deseos de irnos o que Ariel no hubiese venido nunca. El pregunt√≥ otra vez si Leticia estaba enferma, y Holanda me mir√≥ y yo cre√≠ que iba a decirle, pero en cambio contest√≥ que Leticia no hab√≠a podido venir. Con una ramita Ariel dibujaba cuerpos geom√©tricos en la tierra, y de cuando en cuando miraba la puerta blanca y nosotras sab√≠amos lo que estaba pasando, por eso Holanda hizo bien en sacar el sobre violeta y alcanz√°rselo, y √©l se qued√≥ sorprendido con el sobre en la mano, despu√©s se puso muy colorado mientras le explic√°bamos que eso se lo mandaba Leticia, y se guard√≥ la carta en el bolsillo de adentro del saco sin querer leerla delante de nosotras. Casi en seguida dijo que hab√≠a tenido un gran placer y que estaba encantado de haber venido, pero su mano era blanda y antip√°tica de modo que fue mejor que la visita se acabara, aunque m√°s tarde no hicimos m√°s que pensar en sus ojos grises y en esa manera triste que ten√≠a de sonre√≠r. Tambi√©n nos acordamos de c√≥mo se hab√≠a despedido diciendo: ¬ęHasta siempre¬Ľ, una forma que nunca hab√≠amos o√≠do en casa y que nos pareci√≥ tan divina y po√©tica. Todo se lo contamos a Leticia que nos estaba esperando debajo del limonero del patio, y yo hubiese querido preguntarle qu√© dec√≠a su carta pero me dio no s√© qu√© porque ella hab√≠a cerrado el sobre antes de confi√°rselo a Holanda, as√≠ que no le dije nada y solamente le contamos c√≥mo era Ariel y cuantas veces hab√≠a preguntado por ella. Esto no era nada f√°cil de dec√≠rselo porque era una cosa linda y mala a la vez, nos d√°bamos cuenta que Leticia se sent√≠a muy feliz y al mismo tiempo estaba casi llorando, hasta que nos fuimos diciendo que t√≠a Ruth nos precisaba y la dejamos mirando las avispas del limonero.

Cuando √≠bamos a dormirnos esa noche, Holanda me dijo: ¬ęVas a ver que ma√Īana se acaba el juego.¬Ľ Pero se equivocaba aunque no por mucho, y al otro d√≠a Leticia nos hizo la se√Īa convenida en el momento del postre. Nos fuimos a lavar la loza bastante asombradas y con un poco de rabia, porque eso era una desverg√ľenza de Leticia y no estaba bien. Ella nos esperaba en la puerta y casi nos morimos de miedo cuando al llegar a los sauces vimos que sacaba del bolsillo el collar de perlas de mam√° y todos los anillos, hasta el grande con rub√≠ de t√≠a Ruth. Si las de Loza espiaban y nos ve√≠an con las alhajas, seguro que mam√° iba a saberlo en seguida y que nos matar√≠a, enanas asquerosas. Pero Leticia no estaba asustada y dijo que si algo suced√≠a ella era la √ļnica responsable. ¬ęQuisiera que me dejaran hoy a m√≠¬Ľ, agreg√≥ sin mirarnos. Nosotras sacamos en seguida los ornamentos, de golpe quer√≠amos ser tan buenas con Leticia, darle todos los gustos y eso que en el fondo nos quedaba un poco de encono. Como el juego marcaba estatua, le elegimos cosas preciosas que iban bien con las alhajas, muchas plumas de pavorreal para sujetar el pelo, una piel que de lejos parec√≠a un zorro plateado, y un velo rosa que ella se puso como un turbante. La vimos que pensaba, ensayando la estatua pero sin moverse, y cuando el tren apareci√≥ en la curva fue a ponerse al pie del talud con todas las alhajas que brillaban al sol. Levant√≥ los brazos como si en vez de una estatua fuera a hacer una actitud, y con las manos se√Īal√≥ el cielo mientras echaba la cabeza hacia atr√°s (que era lo √ļnico que pod√≠a hacer, pobre) y doblaba el cuerpo hasta darnos miedo. Nos pareci√≥ maravillosa, la estatua m√°s regia que hab√≠a hecho nunca, y entonces vimos a Ariel que la miraba, salido de la ventanilla la miraba solamente a ella, girando la cabeza y mir√°ndola sin vernos a nosotras hasta que el tren se lo llev√≥ de golpe. No s√© por qu√© las dos corrimos al mismo tiempo a sostener a Leticia que estaba con lo ojos cerrados y grandes l√°grimas por toda la cara. Nos rechaz√≥ sin enojo, pero la ayudamos a esconder las alhajas en el bolsillo, y se fue sola a casa mientras guard√°bamos por √ļltima vez los ornamentos en su caja. Casi sab√≠amos lo que iba a suceder, pero lo mismo al otro d√≠a fuimos las dos a los sauces, despu√©s que t√≠a Ruth nos exigi√≥ silencio absoluto para no molestar a Leticia que estaba dolorida y quer√≠a dormir. Cuando lleg√≥ el tren vimos sin ninguna sorpresa la tercera ventanilla vac√≠a, y mientras nos sonre√≠amos entre aliviadas y furiosas, imaginamos a Ariel viajando del otro lado del coche, quieto en su asiento, mirando hacia el r√≠o con sus ojos grises.

Julio Cort√°zar

Fuente: https://www.literatura.us/cortazar/final.html

¬ŅTe gust√≥ este cuento de Julio?

¡Podés leer más textos suyos en mi biblioteca!

¬ŅTe gusta escribir?

Date una vuelta por mis talleres de escritura.

¬ŅQuer√©s compartir el posteo? ¬°Di que s√≠, di que s√≠!

¬°Clase abierta y gratuita del Laboratorio de lectura!

Si est√°s ac√° es porque am√°s la lectura tanto como nosotras. Por eso te invitamos a participar de una clase abierta y gratuita del¬†Laboratorio de lectura. Es 100% online, as√≠ que pod√©s hacerla desde donde quieras y en cualquier momento. ¬ŅTe anim√°s?

Clase abierta Lab de lectura

¬°Listo! Si no te llega enseguida el mail, cheque√° en spam, promociones o correo no deseado. Si surge alg√ļn inconveniente, pod√©s escribirme a contacto@ceciliamaugeri.com.ar