Comparto un fragmento de la carta que Fernando Pessoa escribió a Adolfo Casais Monteiro donde explica el origen de sus heterónimos.

¡Que lo disfruten!

pessoa

[Primera Carta a Adolfo Casais Monteiro]

Caja Postal 147

Lisboa, 13 de enero de 1935

 

Mi apreciado camarada:

Agradezco mucho su carta, a la que voy responder inmediata e íntegramente. Antes de, propiamente, comenzar, quiero pedirle disculpas por escribirle en este papel de copia. Se me acabó el decente, es domingo, y no puedo conseguir otro. Pero más vale, creo, el mal papel que el aplazamiento.

(…)

Paso ahora a responder a su pregunta sobre la génesis de mis heterónimos. Voy a ver si consigo responderle completamente.

Comienzo por la parte psiquiátrica. El origen de mis heterónimos es el profundo trazo de histeria que existe en mí. No sé si soy simplemente histérico, si soy, más propiamente, un histero-neurasténico. Tiendo a esta segunda hipótesis, porque hay en mí fenómenos de abulia que la histeria, propiamente dicha, no encuadra en el registro de sus síntomas. Sea como fuere, el origen mental de mis heterónimos está en mi tendencia orgánica y constante a la despersonalización y la simulación. Estos fenómenos –felizmente para mí y para los demás– se mentalizaron en mí; quiero decir, no se manifiestan en mi vida práctica, exterior y de contacto con otros; hacen explosión hacia dentro y los vivo yo a solas conmigo. Si yo fuese mujer –en la mujer los fenómenos histéricos rompen en ataques y cosas parecidas– cada poema de Alvaro de Campos (lo más histéricamente histérico de mí) sería una alarma en el vecindario. Pero soy hombre –y en los hombres la histeria asume principalmente aspectos mentales; así todo acaba en silencio y poesía…

Esto explica, tant bien que mal, el origen orgánico del mi heteronimismo. Ahora voy a hacerle la historia directa de mis heterónimos. Comienzo por aquellos que murieron, y de algunos de los cuales ya no me acuerdo: los que yacen perdidos en el pasado remoto de mi infancia casi olvidada.

Desde niño tuve la tendencia a crear en torno a mí un mundo ficticio, a rodearme de amigos y conocidos que nunca existieron. (No sé, bien entendido, si realmente no existieron, o si soy yo que no existo. En estas cosas, como en todas, no debemos ser dogmáticos.) Desde que me conozco como siendo aquello a que llamo yo, recuerdo haber precisado mentalmente, en figura, movimientos, carácter e historia, diversas figuras irreales que eran para mí tan visibles y mías como las cosas de aquello a que llamamos, acaso abusivamente, vida real. Esta tendencia, que tengo desde que recuerdo ser un yo, me ha acompañado siempre, cambiando un poco el tipo de música con que me encanta, pero no alterando nunca su manera de encantar.

Recuerdo, así, el que me parece haber sido mi primer heterónimo, o, antes, mi primer conocido inexistente: un cierto Chevalier de Pas de mis seis años, por quien escribía cartas suyas a mí mismo, y cuya figura, no enteramente vaga, todavía conquista la parte de mi afecto que confina con lasaudade. Me acuerdo, con menos nitidez, de otra figura, cuyo nombre, también extranjero, ya no tengo presente, que era, no sé en qué, rival de Chevalier de Pas… ¿Cosas que suceden a todos los niños? Sin duda; o tal vez. Pero a tal punto las viví que las vivo todavía, porque las recuerdo de tal modo que es necesario un esfuerzo para hacerme saber que no fueron realidades.

Esta tendencia a crear en torno a mí otro mundo, igual a este pero con otra gente, nunca abandonó mi imaginación. Tuvo diversas fases, entre las cuales ésta, sucedida ya en la edad madura. Se me ocurría una expresión de espíritu, absolutamente ajena, por un motivo u otro, a quien yo soy, o a quien supongo que soy. Lo decía, inmediatamente, espontáneamente, como si fuera de cierto amigo mío, cuyo nombre inventaba, cuya historia adicionaba, y cuya figura –cara, estatura, traje y gesto– inmediatamente yo veía ante mí. Y así apronté, y propagué, varios amigos y conocidos que nunca existieron, pero que todavía hoy, a casi treinta años de distancia, oigo, siento, veo. Repito: oigo, siento, veo… Y tengo saudades de ellos.

(Comenzando a hablar –y escribir a máquina es para mí hablar–, me cuesta encontrar freno. ¡Basta de darle lata, Casais Monteiro! Voy a entrar en la génesis de mis heterónimos literarios, que es, finalmente, lo que usted quiere saber. En todo caso, lo dicho más arriba le proporciona la historia de la madre que los dio a luz).

Allí por 1912, salvo error (que nunca puede ser grande), me vino la idea escribir unos poemas de índole pagana. Esbocé unas cosas en verso irregular (no en el estilo Álvaro de Campos, sino en un estilo de media regularidad), y abandoné el caso. Se me había esbozado, con todo, en una penumbra mal urdida, un vago retrato de la persona que estaba haciendo aquello. (Había nacido, sin que yo lo supiera, Ricardo Reis.)

Año y medio, o dos años después, un día se me ocurrió jugarle una broma a Sá-Carneiro: inventar un poeta bucólico, de especie complicada, y presentarlo, ya no me acuerdo cómo, en alguna especie de realidad. Pasé algunos días elaborando al poeta pero nada conseguí. Un día en que finalmente había desistido –fue el 8 de Marzo de 1914– me acerqué a una cómoda alta y, tomando un papel, comencé a escribir, de pie, como escribo siempre que puedo. Y escribí treinta y tantos poemas al hilo, en una especie de éxtasis cuya naturaleza no conseguiré definir. Fue el día triunfal de mi vida, y nunca podré tener otro así. Abrí con un título, El Guardador de Rebaños. Y lo que siguió fue la aparición de alguien en mí, a quien di inmediatamente el nombre de Alberto Caeiro. Discúlpeme lo absurdo de la frase: había aparecido en mí mi maestro. Fue esa la sensación inmediata que tuve. Y tanto así que, escritos que fueron esos treinta y tantos poemas, inmediatamente tomé otro papel y escribí, al hilo, también, los seis poemas que constituyen Lluvia Oblicua, de Fernando Pessoa. Inmediata y totalmente… Fue el regreso de Fernando Pessoa-Alberto Caeiro a Fernando Pessoa-él solo. O, mejor, fue la reacción de Fernando Pessoa contra su inexistencia como Alberto Caeiro.

Aparecido Alberto Caeiro, de inmediato traté de descubrirle –instintiva y subconscientemente– unos discípulos. Arranqué de su falso paganismo al Ricardo Reis latente, le descubrí el nombre y lo ajusté a él mismo, porque a esta altura ya lo veía. Y, de repente, y en derivación opuesta a la de Ricardo Reis, me surgió impetuosamente un nuevo individuo. En un chorro, y a máquina de escribir, sin interrupción ni enmienda, surgió la Oda Triunfal de Álvaro de Campos: la Oda con ese nombre y el hombre con el nombre que tiene.

Creé, entonces, una coterie inexistente. Fijé todo aquello en moldes de realidad. Gradué las influencias, conocí las amistades, oí, dentro de mí, las discusiones y las divergencias de criterios, y en todo esto me parece que fui yo, creador de todo, lo que menos hubo allí. Parece que todo sucedió independientemente de mí. Y parece que todavía así sucede. Si algún día yo pudiera publicar la discusión estética entre Ricardo Reis y Álvaro de Campos, verá cuan diferentes son, y como yo no soy nada en la materia.

Cuando preparábamos la publicación de Orpheu, fue necesario, a última hora, conseguir algo para completar el número de páginas. Le sugerí entonces a Sá-Carneiro componer yo un poema “antiguo” de Álvaro de Campos: un poema de cómo sería Álvaro de Campos antes de conocer a Caeiro y caer bajo su influencia. Y así hice Opiario, donde intenté expresar todas las tendencias latentes de Álvaro de Campos, conforme habrían de ser después reveladas, pero sin que hubiera todavía algún indicio de contacto con su maestro Caeiro. De los poemas que he escrito fue el que me dio más que hacer, por el doble poder de despersonalización que tuve que desarrollar. Pero, finalmente, creo que no salió mal, y que muestra a Álvaro en capullo…

Creo que le expliqué el origen de mis heterónimos. Si hay, no obstante, algún punto del que precise un esclarecimiento más lúcido –estoy escribiendo de prisa, y cuando escribo de prisa no soy muy lúcido–, dígame, que de buen grado lo daré. Y, es verdad, un complemento verdadero e histérico: al escribir ciertos pasajes de las Notas para el recuerdo de mi Maestro Caeiro, de Álvaro de Campos, he llorado lágrimas verdaderas. ¡Es para que sepa con quien está lidiando, mi querido Casais Monteiro!

Unos apuntes más sobre el asunto… Yo veo frente a mí, en el espacio incoloro pero real del sueño, las caras, los gestos de Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos. Les construí las edades y las vidas. Ricardo Reis nació en 1887 (no recuerdo día y mes, pero los tengo en algún lado), en Porto, es médico y actualmente está en Brasil. Alberto Caeiro nació en 1889 y murió en 1915; nació en Lisboa, pero vivió casi toda su vida en el campo. No tuvo profesión ni educación casi ninguna. Álvaro de Campos nació en Tavira, el día 15 de Octubre de 1890 (a las 1,30 de la tarde, me dice Ferreira Gomes; y es verdad, pues, hecho el horóscopo para esa hora, está bien). Éste, como sabe, es ingeniero naval (por Glasgow), pero ahora está aquí en Lisboa, inactivo. Caeiro era de estatura media, y, aunque realmente frágil (murió tuberculoso), no parecía tan frágil como era. Ricardo Reis es un poco, pero muy poco, más bajo, más fuerte, más seco. Álvaro de Campos es alto 1,75 m de altura, 2 cm. más que yo), magro y un poco tendiente a encorvarse. Cara afeitada todos: Caeiro rubio sin color, ojos azules; Reis de un vago moreno mate; Campos entre blanco y moreno, tipo vagamente de judío portugués, cabello, sin embargo, liso y normalmente con raya al costado, monóculo. Caeiro, como dije, no tuvo más educación que casi ninguna: sólo instrucción primaria; se le murieron temprano el padre y la madre, y se dejó estar en casa, viviendo de unas pequeñas rentas. Vivía con una tía vieja, tía abuela. Ricardo Reis, educado en un colegio de jesuitas, es, como dije, médico; vive en Brasil desde 1919, pues se expatrió espontáneamente por ser monárquico. Es un latinista por educación ajena, y un semi-helenista por educación propia. Álvaro de Campos tuvo una educación común de liceo; después fue enviado a Escocia estudiar ingeniería, primero mecánica y después naval. En unas vacaciones, hizo el viaje al Oriente de donde resultó Opiario. Le enseñó latín un tío de Beira que era sacerdote.

¿Cómo escribo en nombre de esos tres?… Caeiro por pura e inesperada inspiración, sin saber o siquiera calcular qué iría a escribir. Ricardo Reis, después de una deliberación abstracta, que súbitamente se concretiza en una oda. Campos, cuando siento un súbito impulso de escribir y no sé qué. (Mi semi-heterónimo Bernardo Soares, que por otra parte en muchas cosas se parece a Álvaro de Campos, aparece siempre que estoy cansado o somnoliento, de suerte que tenga un poco suspendidas las cualidades de raciocinio y de inhibición; aquella prosa es un constante devaneo. Es un semi-heterónimo porque, no siendo la personalidad mía, no es diferente de la mía, sino una simple mutilación de ella. Soy yo menos el raciocinio yla afectividad. La prosa, salvo lo que el raciocinio proporciona de tenue a la mía, es igual a ésta, y el portugués perfectamente igual; mientras que Caeiro escribía mal el portugués, Campos razonablemente pero con lapsus como decir “yo propio” en vez de “yo mismo”, etc., Reis mejor que yo, pero con un purismo que considero exagerado. Lo difícil para mí es escribir la prosa de Reis –todavía inédita– o de Campos. La simulación es más fácil, incluso porque es más espontánea, en verso.)

A esta altura estará usted, Casais Monteiro, pensando qué mala suerte lo hizo caer, por lectura, en medio de un manicomio. En todo caso, lo peor de todo esto es la incoherencia con que lo he escrito. Repito, sin embargo: escribo como si estuviese hablando con usted, para poder escribirle inmediatamente. No siendo así, pasarían meses sin que consiguiera escribir.

(…)

Se trata de una carta particular, y por eso no dudé en hacerlo. Nada obsta a que lea ese parágrafo a quien quiera, siempre que esa otra persona obedezca también al criterio de no reproducir en letra impresa lo que en ese parágrafo va escrito. Creo que puedo contar con usted para tal fin negativo.

Continúo adeudándole la carta ultra-debida sobre sus últimos libros. Mantengo lo que creo que le dije en mi carta anterior: cuando ahora (creo que será sólo en febrero) vaya a pasar algunos días en Estoril, pondré esa correspondencia en orden, pues estoy en deuda, en esta materia, no sólo con usted, sino también con otras personas.

Se me ocurre preguntar de nuevo una cosa que ya le pregunté y a la que me no respondió: ¿recibió mis folletos de versos en inglés, que hace tiempo le envié?

“Para mi gobierno”, como se dice en lenguaje comercial, le pediría que me indicase lo antes posible si recibió esta carta.

Gracias.

Fernando Pessoa

 

 

Fuente: Ensayo Pessoa.

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