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Hacé un listado de tutoriales que podrías armar. Pueden ser de cualquier tipo, cualquier tarea que se pueda describir con instrucciones. Elegí uno y escribí el paso a paso, de la manera más exhaustiva posible. Luego, leé la receta de Tereza Quadros y el cuento de Clarice Lispector. Imaginá una situación en la que un personaje tiene que llevar a la práctica uno de los tutoriales y escribila. 

Receta publicada por Clarice Lispector en la página “Entre mujeres”, bajo el seudónimo de Tereza Quadros

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Medio cómico, pero eficaz…

¿Cómo matar cucarachas? Dejar todas las noches, en los lugares preferidos por esos repugnantes bichitos, la siguiente receta: azúcar, harina y yeso, mezclados en partes iguales. Pasado algún tiempo, insidiosamente el yeso endurecerá dentro de las cucarachas, lo que les causará una muerte segura. A la mañana siguiente, usted encontrará decenas de cucarchas duras, transformadas en estatuas. Hay otras maneras. Ponga, por ejemplo, trementina en los lugares frecuentados por las cucarachas: ellas huirán. ¿Hacia dónde? Lo mejor, como se ve, es enyesarlas haciendo muchísimos pequeños monumentos pues “hacia dónde” puede significar hacia otro aposento de la casa, con lo que usted no resuelve el problema.

 

La quinta historia

Esta historia podría llamarse “Las estatuas”. Otro nombre posible es “El asesinato”. Y también “Cómo matar cucarachas”. Haré entonces por lo menos tres historias, porque ninguna de ellas desmiente a las otras. Y aunque hubiese una sola, serían mil y una, si mil y una noches me dieran.

La primera, “Cómo matar cucarachas”, comienza así: Me quejé de las cucarachas. Una señora oyó mi queja. Me dio la receta de cómo matarlas. Que mezclase, en partes iguales, azúcar, harina y yeso. La harina y el azúcar las atraerían, el yeso se les endurecería por dentro. Así hice. Murieron.

La otra historia es la primera en realidad y se llama “El asesinato”. Empieza diciendo que yo me quejé de las cucarachas. Una señora me oyó. Sigue la receta. Y entonces entra el asesinato. La verdad es que me había quejado de las cucarachas sólo en abstracto, que ni siquiera eran mías: pertenecían a la planta baja y escalaban los caños del edificio hasta nuestro hogar. Sólo fue en el momento de preparar la mezcla que ellas se volvieron mías también. En nuestro nombre, entonces, comencé a medir y pesar ingredientes con una concentración un poco más intensa. Un vago rencor me había poseído, una sensación de ultraje. De día las cucarachas eran invisibles y nadie hubiera creído que un mal secreto corroía la tranquilidad de la casa. Pero si ellas, como los males secretos, dormían de día, allí estaba yo preparándoles el veneno nocturno. Meticulosa, ardiente, avivaba el elixir de la larga muerte. Un miedo excitado y mi propio secreto vil me guiaban. Ahora yo sólo quería gélidamente una cosa: matar cada cucaracha que existiera. Las cucarachas suben por los caños mientras la gente, cansada, sueña. Y he aquí que la mezcla estaba lista, tan blanca. Como si lo destinara a cucarachas tan astutas como yo, esparcí hábilmente el polvo hasta que éste pareció formar parte de la naturaleza. Desde mi cama, en el silencio del departamento, las imaginaba subiendo una a una hasta el área de servicio donde dormía la oscuridad, y sólo un mantel velaba en la cuerda de la ropa. Ya era de madrugada. Atravesé la cocina. Allí estaban ellas en el suelo del patio, duras, grandes. Durante la noche yo las había matado. En nuestro nombre, amanecía. En el morro un gallo cantó.

La tercera historia que ahora se inicia es la de “Las estatuas”. Comienza diciendo que yo me quejaba de las cucarachas. Después viene la misma señora. Así sigue hasta que me despierto de madrugada, todavía soñolienta, y atravieso la cocina. Más somnoliento que yo está el patio en su perspectiva de ladrillos. Y en la oscuridad de la aurora, un violeta que distancia todo, distingo a mis pies sombras y blancuras: decenas de estatuas rígidas se desparraman. Las cucarachas que se han endurecido desde adentro hacia afuera. Algunas panza arriba. Otras en medio de un gesto que no se completará jamás. En la boca de algunas hay un poco de comida blanca. Soy la primera testigo del alba en Pompeya. Sé cómo fue esa última noche, sé de la orgía en la oscuridad. En algunas el gesto se habrá endurecido tan lentamente como en un proceso vital, y ellas, con movimientos cada vez más penosos, habrán intensificado ansiosamente las alegrías de la noche, intentando huir de dentro de sí mismas. Hasta volverse de piedra, en espanto de inocencia, y una mirada de tan, tan afligida censura. Otras -súbitamente asaltadas por la propia médula, ¡sin ni siquiera haber tenido la intuición de un molde interno que se petrificaba!-, otras de pronto se cristalizan, así como la palabra es cortada por el borde de la boca: yo te… Ellas que, usando el nombre del amor en vano, en la noche de verano cantaban. Mientras que ésa de ahí, la de la antena marrón sucia de blanco, habrá adivinado demasiado tarde que se estaba momificando por no haber sabido usar las cosas con la gracia gratuita de la vanidad: “Es que he mirado demasiado dentro de…”, desde mi fría altura de persona contemplo la destrucción de un mundo. Amanece. Una que otra antena de cucaracha muerta se agita, seca, con la brisa. Desde la historia anterior canta el gallo.

La cuarta narración inaugura una nueva era en el hogar. Comienza como ya se sabe: Me quejé de las cucarachas. Sigue hasta el momento en que veo los monumentos de yeso. Muertas, sí. Pero miro los caños, por donde esta misma noche se renovará una población lenta y viva, en fila india. ¿Habré de renovar entonces el azúcar letal todas las noches? Como quien ya no duerme sin la avidez de un rito. ¿Y todas las madrugadas me conducirían sonámbula hasta el patio, llevada por el vicio de encontrar las estatuas que mi noche sudada ha erigido? Me estremecí de perverso placer ante la visión de aquella doble vida de hechicera. Y me estremecí también ante la advertencia del yeso que se seca: el vicio de vivir que haría estallar mi molde interno. Áspero instante de elección entre dos caminos que, pensaba yo, se dicen adiós, y segura de que cualquier elección sería la del sacrificio: o yo o mi alma. Elegí. Y hoy, secretamente, llevo en el corazón una placa de virtud: «Esta casa ha sido desinfectada».

La quinta historia se llama “Leibniz y la trascendencia del amor en la Polinesia”. Comienza así: Me quejé de las cucarachas.

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