La hora de la estrella (fragmento)

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Está claro que como todo escritor tengo la tentación de usar términos suculentos: conozco adjetivos esplendorosos, carnosos sustantivos y verbos tan esbeltos que atraviesan agudos el aire en vías de acción, ya que la palabra es acción, ¿están de acuerdo? Pero no voy adornar la palabra porque si yo toco el pan de la muchacha, ese pan se convertirá en oro, y la joven (tiene diecinueve años), y la joven no podría masticarlo y se moriría de hambre. Así, pues, tengo que hablar con simpleza para captar su delicada y vaga existencia. Me limito humildemente –pero sin hacer ostentación de mi humildad, que ya no sería humildad–, me limito a contar las pobres aventuras de una chica en una ciudad hecha toda contra ella. Ella, que debería haberse quedado en el sertão de Alagoas con su vestido de algodón y sin nada de mecanografía, porque escribía muy mal, que solo había hecho el tercero de básica. Por su ignorancia, cuando estudió mecanografía tenía que copiar, lenta, letra por letra; su tía era quien le había dado un curso escaso de máquina. Y la muchacha adquirió un título: por fin era 16 mecanógrafa. Aun cuando, a lo que parece, no aprobaba que hubiera dos consonantes juntas en el lenguaje y copiaba la letra bonita y redonda de su querido jefe en la palabra «designar» tal como en la lengua hablada hubiese dicho «desiguenar».

Discúlpenme, pero voy a seguir hablando de mí, que soy mi desconocido, y al escribir me sorprendo un poco porque he descubierto que tengo un destino. Quién no se ha preguntado: ¿soy un monstruo o esto es ser una persona?

Antes quiero afirmar que esa chica no se conoce sino a través de vivir a la deriva. Si fuese tan tonta como para preguntarse «¿quién soy yo?», se espantaría y se caería al mismo suelo. Es que el «¿quién soy yo?» provoca necesidad. ¿Y cómo satisfacer la necesidad? Quien se analiza está incompleto.

La persona de la que voy a hablar es tan tonta que a veces sonríe a los demás en la calle. Nadie responde a su sonrisa porque ni la miran. Vuelvo a mí: lo que escribiré no puede ser absorbido por mentes de mucha exigencia y ávidas de cosas sublimes. Porque lo que diré será apenas algo desnudo. Aunque tenga como telón de fondo –y ahora mismo– la penumbra atormentada que siempre hay en mis sueños cuando de noche, atormentado, duermo. Que no esperen, pues, estrellas en lo que sigue: nada brillará, se trata de un material opaco y por su propia naturaleza despreciable para todos. Es que a este relato le falta la melodía cantabile. Su ritmo a veces resulta desacompasado. Y tiene hechos. De pronto me apasioné por los hechos sin litera- 17 tura; los hechos son piedras duras y obrar me está interesando más que pensar, de los hechos no hay cómo huir.

Me pregunto si debería avanzar por delante del tiempo y esbozar en seguida un final. Pero ocurre que yo mismo todavía no sé bien cómo terminará esto. Y además entiendo que he de avanzar paso a pasa, de acuerdo con un plazo determinado por las horas: hasta un animal lucha con el tiempo. Y esta es también mi condición más primaria: la de avanzar paulatinamente a pesar de la impaciencia que tengo con respecto a esa muchacha.

Con esta historia me voy sensibilizar, y bien sé que cada día es un día robado a la muerte. No soy un intelectual, escribo con el cuerpo. Y lo que escribo es una niebla húmeda. Las palabras son sonidos traspasados de sombras que se entrecruzan desiguales, estalactitas, encaje, música de órgano transfigurada. Mal puedo pedir palabras a esa red vibrante y rica, mórbida y oscura, con el contrasonido del bajo continuo del dolor. Allegro con brio. Trataré de sacar oro del carbón. Sé que estoy retrasando la historia y que juego a la pelota sin pelota. ¿El hecho es un acto? Juro que este libro está construido sin palabras. Es una fotografía muda. Este libro es un silencio. Este libro es una pregunta.

Clarice Lispector 

 

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