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La salud de los enfermos, de Julio Cort√°zar

Publicado en Todos los fuegos el fuego, 1966.
La salud de los enfermos, de Julio Cort√°zar

¬† Cuando inesperadamente t√≠a Clelia se sinti√≥ mal, en la familia hubo un momento de p√°nico y por varias horas nadie fue capaz de reaccionar y discutir un plan de acci√≥n, ni siquiera t√≠o Roque que encontraba siempre la salida m√°s atinada. A Carlos lo llamaron por tel√©fono a la oficina, Rosa y Pepa despidieron a los alumnos de piano y solfeo, y hasta t√≠a Clelia se preocup√≥ m√°s por mam√° que por ella misma. Estaba segura de que lo que sent√≠a no era grave, pero a mam√° no se le pod√≠an dar noticias inquietantes con su presi√≥n y su az√ļcar, de sobra sab√≠an todos que el doctor Bonifaz hab√≠a sido el primero en comprender y aprobar que le ocultaran a mam√° lo de Alejandro. Si t√≠a Clelia ten√≠a que guardar cama era necesario encontrar alguna manera de que mam√° no sospechara que estaba enferma, pero ya lo de Alejandro se hab√≠a vuelto tan dif√≠cil y ahora se agregaba esto; la menor equivocaci√≥n, y acabar√≠a por saber la verdad. Aunque la casa era grande, hab√≠a que tener en cuenta el o√≠do tan afinado de mam√° y su inquietante capacidad para adivinar d√≥nde estaba cada uno. Pepa, que hab√≠a llamado al doctor Bonifaz desde el tel√©fono de arriba, avis√≥ a sus hermanos que el m√©dico vendr√≠a lo antes posible y que dejaran entornada la puerta cancel para que entrase sin llamar. Mientras Rosa y t√≠o Roque atend√≠an a t√≠a Clelia que hab√≠a tenido dos desmayos y se quejaba de un insoportable dolor de cabeza, Carlos se qued√≥ con mam√° para contarle las novedades del conflicto diplom√°tico con el Brasil y leerle las √ļltimas noticias. Mam√° estaba de buen humor esa tarde y no le dol√≠a la cintura como casi siempre a la hora de la siesta. A todos les fue preguntando qu√© les pasaba que parec√≠an tan nerviosos, y en la casa se habl√≥ de la baja presi√≥n y de los efectos nefastos de los mejoradores en el pan. A la hora del t√© vino t√≠o Roque a charlar con mam√°, y Carlos pudo darse un ba√Īo y quedarse a la espera del m√©dico. T√≠a Clelia segu√≠a mejor, pero le costaba moverse en la cama y ya casi no se interesaba por lo que tanto la hab√≠a preocupado al salir del primer vah√≠do. Pepa y Rosa se turnaron junto a ella, ofreci√©ndole t√© y agua sin que les contestara; la casa se apacigu√≥ con el atardecer y los hermanos se dijeron que tal vez lo de t√≠a Clelia no era grave, y que a la tarde siguiente volver√≠a a entrar en el dormitorio de mam√° como si no le hubiese pasado nada. Con Alejandro las cosas hab√≠an sido mucho peores, porque Alejandro se hab√≠a matado en un accidente de auto a poco de llegar a Montevideo donde lo esperaban en casa de un ingeniero amigo. Ya hac√≠a casi un a√Īo de eso, pero siempre segu√≠a siendo el primer d√≠a para los hermanos y los t√≠os, para todos menos para mam√° ya que para mam√° Alejandro estaba en el Brasil donde una firma de Recife le hab√≠a encargado la instalaci√≥n de una f√°brica de cemento. La idea de preparar a mam√°, de insinuarle que Alejandro hab√≠a tenido un accidente y que estaba levemente herido, no se les hab√≠a ocurrido siquiera despu√©s de las prevenciones del doctor Bonifaz. Hasta Mar√≠a Laura, m√°s all√° de toda comprensi√≥n en esas primeras horas, hab√≠a admitido que no era posible darle la noticia a mam√°. Carlos y el padre de Mar√≠a Laura viajaron al Uruguay para traer el cuerpo de Alejandro, mientras la familia cuidaba como siempre de mam√° que ese d√≠a estaba dolorida y dif√≠cil. El club de ingenier√≠a acept√≥ que el velorio se hiciera en su sede y Pepa, la m√°s ocupada con mam√°, ni siquiera alcanz√≥ a ver el ata√ļd de Alejandro mientras los otros se turnaban de hora en hora y acompa√Īaban a la pobre Mar√≠a Laura perdida en un horror sin l√°grimas. Como casi siempre, a t√≠o Roque le toc√≥ pensar. Habl√≥ de madrugada con Carlos, que lloraba silenciosamente a su hermano con la cabeza apoyada en la carpeta verde de la mesa del comedor donde tantas veces hab√≠an jugado a las cartas. Despu√©s se les agreg√≥ t√≠a Clelia, porque mam√° dorm√≠a toda la noche y no hab√≠a que preocuparse por ella. Con el acuerdo t√°cito de Rosa y de Pepa, decidieron las primeras medidas, empezando por el secuestro de¬†La Naci√≥n¬†‚Äďa veces mam√° se animaba a leer el diario unos minutos‚Äď y todos estuvieron de acuerdo con lo que hab√≠a pensado el t√≠o Roque. Fue as√≠ como una empresa brasile√Īa contrat√≥ a Alejandro para que pasara un a√Īo en Recife, y Alejandro tuvo que renunciar en pocas horas a sus breves vacaciones en casa del ingeniero amigo, hacer su valija y saltar al primer avi√≥n. Mam√° ten√≠a que comprender que eran nuevos tiempos, que los industriales no entend√≠an de sentimientos, pero Alejandro ya encontrar√≠a la manera de tomarse una semana de vacaciones a mitad de a√Īo y bajar a Buenos Aires. A mam√° le pareci√≥ muy bien todo eso, aunque llor√≥ un poco y hubo que darle a respirar sus sales. Carlos, que sab√≠a hacerla re√≠r, le dijo que era una verg√ľenza que llorara por el primer √©xito del benjam√≠n de la familia, y que a Alejandro no le hubiera gustado enterarse de que recib√≠an as√≠ la noticia de su contrato. Entonces mam√° se tranquiliz√≥ y dijo que beber√≠a un dedo de m√°laga a la salud de Alejandro. Carlos sali√≥ bruscamente a buscar el vino, pero fue Rosa quien lo trajo y quien brind√≥ con mam√°. La vida de mam√° era bien penosa, y aunque poco se quejaba hab√≠a que hacer todo lo posible por acompa√Īarla y distraerla. Cuando al d√≠a siguiente del entierro de Alejandro se extra√Ī√≥ de que Mar√≠a Laura no hubiese venido a visitarla como todos los jueves, Pepa fue por la tarde a casa de los Novalli para hablar con Mar√≠a Laura. A esa hora t√≠o Roque estaba en el estudio de un abogado amigo, explic√°ndole la situaci√≥n; el abogado prometi√≥ escribir inmediatamente a su hermano que trabajaba en Recife (las ciudades no se eleg√≠an al azar en casa de mam√°) y organizar lo de la correspondencia. El doctor Bonifaz ya hab√≠a visitado como por casualidad a mam√°, y despu√©s de examinarle la vista la encontr√≥ bastante mejor pero le pidi√≥ que por unos d√≠as se abstuviera de leer los diarios. T√≠a Clelia se encarg√≥ de comentarle las noticias m√°s interesantes; por suerte a mam√° no le gustaban los noticieros radiales porque eran vulgares y a cada rato hab√≠a avisos de remedios nada seguros que la gente tomaba contra viento y marea y as√≠ les iba. Mar√≠a Laura vino el viernes por la tarde y habl√≥ de lo mucho que ten√≠a que estudiar para los ex√°menes de arquitectura. ‚ÄďS√≠, mi hijita ‚Äďdijo mam√°, mir√°ndola con afecto‚Äď. Ten√©s los ojos colorados de leer, y eso es malo. Ponete unas compresas con hamamelis, que es lo mejor que hay. Rosa y Pepa estaban ah√≠ para intervenir a cada momento en la conversaci√≥n, y Mar√≠a Laura pudo resistir y hasta sonri√≥ cuando mam√° se puso a hablar de ese p√≠caro de novio que se iba tan lejos y casi sin avisar. La juventud moderna era as√≠, el mundo se hab√≠a vuelto loco y todos andaban apurados y sin tiempo para nada. Despu√©s mam√° se perdi√≥ en las ya sabidas an√©cdotas de padres y abuelos, y vino el caf√© y despu√©s entr√≥ Carlos con bromas y cuentos, y en alg√ļn momento t√≠o Roque se par√≥ en la puerta del dormitorio y los mir√≥ con su aire bonach√≥n, y todo pas√≥ como ten√≠a que pasar hasta la hora del descanso de mam√°. La familia se fue habituando, a Mar√≠a Laura le cost√≥ m√°s pero en cambio s√≥lo ten√≠a que ver a mam√° los jueves; un d√≠a lleg√≥ la primera carta de Alejandro (mam√° se hab√≠a extra√Īado ya dos veces de su silencio) y Carlos se la ley√≥ al pie de la cama. A Alejandro le hab√≠a encantado Recife, hablaba del puerto, de los vendedores de papagayos y del sabor de los refrescos, a la familia se le hac√≠a agua la boca cuando se enteraba de que los anan√°s no costaban nada, y que el caf√© era de verdad y con una fragancia… Mam√° pidi√≥ que le mostraran el sobre, y dijo que habr√≠a que darle la estampilla al chico de los Marolda que era filatelista, aunque a ella no le gustaba nada que los chicos anduvieran con las estampillas porque despu√©s no se lavaban las manos y las estampillas hab√≠an rodado por todo el mundo. ‚ÄďLes pasan la lengua para pegarlas ‚Äď dec√≠a siempre mam√°‚Äď y los microbios quedan ah√≠ y se incuban, es sabido. Pero d√°sela lo mismo, total ya tiene tantas que una m√°s… Al otro d√≠a mam√° llam√≥ a Rosa y le dict√≥ una carta para Alejandro, pregunt√°ndole cu√°ndo iba a poder tomarse vacaciones y si el viaje no le costar√≠a demasiado. Le explic√≥ c√≥mo se sent√≠a y le habl√≥ del ascenso que acababan de darle a Carlos y del premio que hab√≠a sacado uno de los alumnos de piano de Pepa. Tambi√©n le dijo que Mar√≠a Laura la visitaba sin faltar ni un solo jueves, pero que estudiaba demasiado y que eso era malo para la vista. Cuando la carta estuvo escrita, mam√° la firm√≥ al pie con un l√°piz, y bes√≥ suavemente el papel. Pepa se levant√≥ con el pretexto de ir a buscar un sobre, y t√≠a Clelia vino con las pastillas de las cinco y unas flores para el jarr√≥n de la c√≥moda Nada era f√°cil, porque en esa √©poca la presi√≥n de mam√° subi√≥ todav√≠a m√°s y la familia lleg√≥ a preguntarse si no habr√≠a alguna influencia inconsciente, algo que desbordaba del comportamiento de todos ellos, una inquietud y un des√°nimo que hac√≠an da√Īo a mam√° a pesar de las precauciones y la falsa alegr√≠a. Pero no pod√≠a ser, porque a fuerza de fingir las risas todos hab√≠an acabado por re√≠rse de veras con mam√°, y a veces se hac√≠an bromas y se tiraban manotazos aunque no estuvieran con ella, y despu√©s se miraban como si se despertaran bruscamente, y Pepa se pon√≠a muy colorada y Carlos encend√≠a un cigarrillo con la cabeza gacha. Lo √ļnico importante en el fondo era que pasara el tiempo y que mam√° no se diese cuenta de nada. T√≠o Roque hab√≠a hablado con el doctor Bonifaz, y todos estaban de acuerdo en que hab√≠a que continuar indefinidamente la comedia piadosa, como la calificaba t√≠a Clelia. El √ļnico problema eran las visitas de Mar√≠a Laura porque mam√° insist√≠a naturalmente en hablar de Alejandro, quer√≠a saber si se casar√≠an apenas √©l volviera de Recife o si ese loco de hijo iba a aceptar otro contrato lejos y por tanto tiempo. No quedaba m√°s remedio que entrar a cada momento en el dormitorio y distraer a mam√°, quitarle a Mar√≠a Laura que se manten√≠a muy quieta en su silla, con las manos apretadas hasta hacerse da√Īo, pero un d√≠a mam√° le pregunt√≥ a t√≠a Clelia por qu√© todos se precipitaban en esa forma cuando Mar√≠a Laura ven√≠a a verla, como si fuera la √ļnica ocasi√≥n que ten√≠an de estar con ella. T√≠a Clelia se ech√≥ a re√≠r y le dijo que todos ve√≠an un poco a Alejandro en Mar√≠a Laura, y que por eso les gustaba estar con ella cuando ven√≠a ‚ÄďTen√©s raz√≥n, Mar√≠a Laura es tan buena ‚Äďdijo mam√°‚Äď. El bandido de mi hijo no se la merece, creeme. ‚ÄďMir√° qui√©n habla ‚Äďdijo t√≠a Clelia‚Äď. Si se te cae la baba cuando nombr√°s a tu hijo. Mam√° tambi√©n se puso a re√≠r, y se acord√≥ de que en esos d√≠as iba a llegar carta de Alejandro. La carta lleg√≥ y t√≠o Roque la trajo junto con el t√© de las cinco. Esa vez mam√° quiso leer la carta y pidi√≥ sus anteojos de ver cerca. Ley√≥ aplicadamente, como si cada frase fuera un bocado que hab√≠a que dar vueltas y vueltas palade√°ndolo. ‚ÄďLos muchachos de ahora no tienen respeto ‚Äďdijo sin darle demasiada importancia‚Äď. Est√° bien que en mi tiempo no se usaban esas m√°quinas, pero yo no me hubiera atrevido jam√°s a escribir as√≠ a mi padre, ni vos tampoco. ‚ÄďClaro que no ‚Äďdijo t√≠o Roque‚Äď. Con el genio que ten√≠a el viejo. ‚ÄďA vos no se te cae nunca eso del viejo, Roque. Sab√©s que no me gusta o√≠rtelo decir, pero te da igual. Acordate c√≥mo se pon√≠a mam√°. ‚ÄďBueno, est√° bien. Lo de viejo es una manera de decir, no tiene nada que ver con el respeto ‚ÄďEs muy raro ‚Äďdijo mam√°, quit√°ndose los anteojos y mirando las molduras del cielo raso‚Äď. Ya van cinco o seis cartas de Alejandro, y en ninguna me llama… Ah, pero es un secreto entre los dos. Es raro, sab√©s. ¬ŅPor qu√© no me ha llamado as√≠ ni una sola vez? ‚ÄďA lo mejor al muchacho le parece tonto escrib√≠rtelo. Una cosa es que te diga… ¬Ņc√≥mo te dice?… ‚ÄďEs un secreto ‚Äďdijo mam√°‚Äď. Un secreto entre mi hijito y yo. Ni Pepa ni Rosa sab√≠an de ese nombre, y Carlos se encogi√≥ de hombros cuando le preguntaron. ‚Äď¬ŅQu√© quer√©s, t√≠o? Lo m√°s que puedo hacer es falsificarle la firma. Yo creo que mam√° se va a olvidar de eso, no te lo tom√©s tan a pecho. A los cuatro o cinco meses, despu√©s de una carta de Alejandro en la que explicaba lo mucho que ten√≠a que hacer (aunque estaba contento porque era una gran oportunidad para un ingeniero joven), mam√° insisti√≥ en que ya era tiempo de que se tomara unas vacaciones y bajara a Buenos Aires. A Rosa, que escrib√≠a la respuesta de mam√°, le pareci√≥ que dictaba m√°s lentamente, como si hubiera estado pensando mucho cada frase. ‚ÄďVaya a saber si el pobre podr√° venir ‚Äďcoment√≥ Rosa como al descuido‚Äď. Ser√≠a una l√°stima que se malquiste con la empresa justamente ahora que le va tan bien y est√° tan contento. Mam√° sigui√≥ dictando como si no hubiera o√≠do. Su salud dejaba mucho que desear y le hubiera gustado ver a Alejandro, aunque s√≥lo fuese por unos d√≠as. Alejandro ten√≠a que pensar tambi√©n en Mar√≠a Laura, no porque ella creyese que descuidaba a su novia, pero un cari√Īo no vive de palabras bonitas y promesas a la distancia. En fin, esperaba que Alejandro le escribiera pronto con buenas noticias. Rosa se fij√≥ que mam√° no besaba el papel despu√©s de firmar, pero que miraba fijamente la carta como si quisiera grab√°rsela en la memoria. “Pobre Alejandro”, pens√≥ Rosa, y despu√©s se santigu√≥ bruscamente sin que mam√° la viera. ‚ÄďMir√° ‚Äďle dijo t√≠o Roque a Carlos cuando esa noche se quedaron solos para su partida de domin√≥‚Äď, yo creo que esto se va a poner feo. Habr√° que inventar alguna cosa plausible, o al final se dar√° cuenta. ‚ÄďQu√© s√© yo, t√≠o. Lo mejor ser√° que Alejandro conteste de una manera que la deje contenta por un tiempo m√°s. La pobre est√° tan delicada, no se puede ni pensar en… ‚ÄďNadie habl√≥ de eso, muchacho. Pero yo te digo que tu madre es de las que no aflojan. Est√° en la familia, che. Mam√° ley√≥ sin hacer comentarios la respuesta evasiva de Alejandro, que tratar√≠a de conseguir vacaciones apenas entregara el primer sector instalado de la f√°brica. Cuando esa tarde lleg√≥ Mar√≠a Laura, le pidi√≥ que intercediera para que Alejandro viniese aunque no fuera m√°s que una semana a Buenos Aires. Mar√≠a Laura le dijo despu√©s a Rosa que mam√° se lo hab√≠a pedido en el √ļnico momento en que nadie m√°s pod√≠a escucharla. T√≠o Roque fue el primero en sugerir lo que todos hab√≠an pensado ya tantas veces sin animarse a decirlo por lo claro, y cuando mam√° le dict√≥ a Rosa otra carta para Alejandro, insistiendo en que viniera, se decidi√≥ que no quedaba m√°s remedio que hacer la tentativa y ver si mam√° estaba en condiciones de recibir una primera noticia desagradable. Carlos consult√≥ al doctor Bonifaz, que aconsej√≥ prudencia y unas gotas. Dejaron pasar el tiempo necesario, y una tarde t√≠o Roque vino a sentarse a los pies de la cama de mam√°, mientras Rosa cebaba un mate y miraba por la ventana del balc√≥n, al lado de la c√≥moda de los remedios. ‚ÄďFijate que ahora empiezo a entender un poco por qu√© este diablo de sobrino no se decide a venir a vernos ‚Äďdijo t√≠o Roque‚Äď. Lo que pasa es que no te ha querido afligir, sabiendo que todav√≠a no est√°s bien. Mam√° lo mir√≥ como si no comprendiera. ‚ÄďHoy telefonearon los Novalli, parece que Mar√≠a Laura recibi√≥ noticias de Alejandro. Est√° bien, pero no va a poder viajar por unos meses. ‚Äď¬ŅPor qu√© no va a poder viajar? ‚Äďpregunt√≥ mam√°. ‚ÄďPorque tiene algo en un pie, parece. En el tobillo, creo. Hay que preguntarle a Mar√≠a Laura para que diga lo que pasa. El viejo Novalli habl√≥ de una fractura o algo as√≠. ‚Äď¬ŅFractura de tobillo? ‚Äďdijo mam√°. Antes de que t√≠o Roque pudiera contestar, ya Rosa estaba con el frasco de sales. El doctor Bonifaz vino en seguida, y todo pas√≥ en unas horas, pero fueron horas largas y el doctor Bonifaz no se separ√≥ de la familia hasta entrada la noche. Reci√©n dos d√≠as despu√©s mam√° se sinti√≥ lo bastante repuesta como para pedirle a Pepa que le escribiera a Alejandro. Cuando Pepa, que no hab√≠a entendido bien, vino como siempre con el block y la lapicera, mam√° cerr√≥ los ojos y neg√≥ con la cabeza. ‚ÄďEscribile vos, nom√°s. Decile que se cuide. Pepa obedeci√≥, sin saber por qu√© escrib√≠a una frase tras otra puesto que mam√° no iba a leer la carta. Esa noche le dijo a Carlos que todo el tiempo, mientras escrib√≠a al lado de la cama de mam√°, hab√≠a tenido la absoluta seguridad de que mam√° no iba a leer ni a firmar esa carta. Segu√≠a con los ojos cerrados y no los abri√≥ hasta la hora de la tisana; parec√≠a haberse olvidado, estar pensando en otras cosas. Alejandro contest√≥ con el tono m√°s natural del mundo, explicando que no hab√≠a querido contar lo de la fractura para no afligirla. Al principio se hab√≠an equivocado y le hab√≠an puesto un yeso que hubo de cambiar, pero ya estaba mejor y en unas semanas podr√≠a empezar a caminar. En total ten√≠a para unos dos meses, aunque lo malo era que su trabajo se hab√≠a retrasado una barbaridad en el peor momento, y… Carlos, que le√≠a la carta en voz alta, tuvo la impresi√≥n de que mam√° no lo escuchaba como otras veces. De cuando en cuando miraba el reloj, lo que en ella era signo de impaciencia. A las siete Rosa ten√≠a que traerle el caldo con las gotas del doctor Bonifaz, y eran las siete y cinco. ‚ÄďBueno ‚Äďdijo Carlos, doblando la carta‚Äď. Ya ves que todo va bien, al pibe no le ha pasado nada serio. ‚ÄďClaro ‚Äďdijo mam√°‚Äď. Mir√°, decile a Rosa que se apure, quer√©s. A Mar√≠a Laura, mam√° le escuch√≥ atentamente las explicaciones sobre la fractura de Alejandro, y hasta le dijo que le recomendara unas fricciones que tanto bien le hab√≠an hecho a su padre cuando la ca√≠da del caballo en Matanzas. Casi en seguida, como si formara parte de la misma frase, pregunt√≥ si no le pod√≠an dar unas gotas de agua de azahar, que siempre le aclaraban la cabeza. La primera en hablar fue Mar√≠a Laura, esa misma tarde. Se lo dijo a Rosa en la sala, antes de irse, y Rosa se qued√≥ mir√°ndola como si no pudiera creer lo que hab√≠a o√≠do. ‚ÄďPor favor ‚Äďdijo Rosa‚Äď. ¬ŅC√≥mo pod√©s imaginarte una cosa as√≠? ‚ÄďNo me la imagino, es la verdad ‚Äďdijo Mar√≠a Laura‚Äď. Y yo no vuelvo m√°s, Rosa, p√≠danme lo que quieran, pero yo no vuelvo a entrar en esa pieza. En el fondo a nadie le pareci√≥ demasiado absurda la fantas√≠a de Mar√≠a Laura, pero t√≠a Clelia resumi√≥ el sentimiento de todos cuando dijo que en una casa como la de ellos un deber era un deber. A Rosa le toc√≥ ir a lo de los Novalli, pero Mar√≠a Laura tuvo un ataque de llanto tan hist√©rico que no qued√≥ m√°s remedio que acatar su decisi√≥n; Pepa y Rosa empezaron esa misma tarde a hacer comentarios sobre lo mucho que ten√≠a que estudiar la pobre chica y lo cansada que estaba. Mam√° no dijo nada, y cuando lleg√≥ el jueves no pregunt√≥ por Mar√≠a Laura. Ese jueves se cumpl√≠an diez meses de la partida de Alejandro al Brasil. La empresa estaba tan satisfecha de sus servicios, que unas semanas despu√©s le propusieron una renovaci√≥n del contrato por otro a√Īo, siempre que aceptara irse de inmediato a Bel√©n para instalar otra f√°brica. A t√≠o R¬≠que le parec√≠a eso formidable, un gran triunfo para un muchacho de tan pocos a√Īos. ‚ÄďAlejandro fue siempre el m√°s inteligente ‚Äďdijo mam√°‚Äď. As√≠ como Carlos es el m√°s tesonero. ‚ÄďTen√©s raz√≥n ‚Äďdijo t√≠o Roque, pregunt√°ndose de pronto qu√© mosca le habr√≠a picado aquel d√≠a a Mar√≠a Laura‚Äď. La verdad es que te han salido unos hijos que valen la pena, hermana. ‚ÄďOh, s√≠, no me puedo quejar. A su padre le hubiera gustado verlos ya grandes. Las chicas, tan buenas, y el pobre Carlos, tan de su casa. ‚ÄďY Alejandro, con tanto porvenir. ‚ÄďAh, s√≠ ‚Äďdijo mam√°. ‚ÄďFijate nom√°s en ese nuevo contrato que le ofrecen…En fin, cuando est√©s con √°nimo le contestar√°s a tu hijo; debe andar con la cola entre las piernas pensando que la noticia de la renovaci√≥n no te va a gustar. ‚ÄďAh, s√≠ ‚Äďrepiti√≥ mam√°, mirando al cielo raso‚Äď. Decile a Pepa que le escriba, ella ya sabe. Pepa escribi√≥, sin estar muy segura de lo que deb√≠a decirle a Alejandro, pero convencida de que siempre era mejor tener un texto completo para evitar contradicciones en las respuestas. Alejandro, por su parte, se alegr√≥ mucho de que mam√° comprendiera la oportunidad que se le presentaba. Lo del tobillo iba muy bien, apenas pudiera pedir√≠a vacaciones para venirse a estar con ellos una quincena. Mam√° asinti√≥ con un leve gesto, y pregunt√≥ si ya hab√≠a llegado¬†La Raz√≥n¬†para que Carlos le leyera los telegramas. En la casa todo se hab√≠a ordenado sin esfuerzo, ahora que parec√≠an haber terminado los sobresaltos y la salud de mam√° se manten√≠a estacionaria. Los hijos se turnaban para acompa√Īarla; t√≠o Roque y t√≠a Clelia entraban y sal√≠an en cualquier momento. Carlos le le√≠a el diario a mam√° por la noche, y Pepa por la ma√Īana. Rosa y t√≠a Clelia se ocupaban de los medicamentos y los ba√Īos; t√≠o Roque tomaba mate en su cuarto dos o tres veces al d√≠a. Mam√° no estaba nunca sola, no preguntaba nunca por Mar√≠a Laura; cada tres semanas recib√≠a sin comentarios las noticias de Alejandro; le dec√≠a a Pepa que contestara y hablaba de otra cosa, siempre inteligente y atenta y alejada. Fue en esta √©poca cuando t√≠o Roque empez√≥ a leerle las noticias de la tensi√≥n con el Brasil. Las primeras las hab√≠a escrito en los bordes del diario, pero mam√° no se preocupaba por la perfecci√≥n de la lectura y despu√©s de unos d√≠as t√≠o Roque se acostumbr√≥ a inventar en el momento. Al principio acompa√Īaba los inquietantes telegramas con alg√ļn comentario sobre los problemas que eso pod√≠a traerle a Alejandro y a los dem√°s argentinos en el Brasil, pero como mam√° no parec√≠a preocuparse dej√≥ de insistir aunque cada tantos d√≠as agravaba un poco la situaci√≥n. En las cartas de Alejandro se mencionaba la posibilidad de una ruptura de relaciones, aunque el muchacho era el optimista de siempre y estaba convencido de que los cancilleres arreglar√≠an el litigio. Mam√° no hac√≠a comentarios, tal vez porque a√ļn faltaba mucho para que Alejandro pudiera pedir licencia, pero una noche le pregunt√≥ bruscamente al doctor Bonifaz si la situaci√≥n con el Brasil era tan grave como dec√≠an los diarios ‚Äď¬ŅCon el Brasil? Bueno, s√≠, las cosas no andan muy bien ‚Äďdijo el m√©dico‚Äď. Esperemos que el buen sentido de los estadistas. . . Mam√° lo miraba como sorprendida de que le hubiese respondido sin vacilar. Suspir√≥ levemente, y cambi√≥ la conversaci√≥n. Esa noche estuvo m√°s animada que otras veces, y el doctor Bonifaz se retir√≥ satisfecho. Al otro d√≠a se enferm√≥ t√≠a Clelia; los desmayos parec√≠an cosa pasajera, pero el doctor Bonifaz habl√≥ con t√≠o Roque y aconsej√≥ que internaran a t√≠a Clelia en un sanatorio. A mam√°, que en ese momento escuchaba las noticias del Brasil que le tra√≠a Carlos con el diario de la noche, le dijeron que t√≠a Clelia estaba con una jaqueca que no la dejaba moverse de la cama. Tuvieron toda la noche para pensar en lo que har√≠an, pero t√≠o Roque estaba como anonadado despu√©s de hablar con el doctor Bonifaz, y a Carlos y a las chicas les toc√≥ decidir. A Rosa se le ocurri√≥ lo de la quinta de Manolita Valle y el aire puro; al segundo d√≠a de la jaqueca de t√≠a Clelia, Carlos llev√≥ la conversaci√≥n con tanta habilidad que fue como si mam√° en persona hubiera aconsejado una temporada en la quinta de Manolita que tanto bien le har√≠a a Clelia. Un compa√Īero de oficina de Carlos se ofreci√≥ para llevarla en su auto, ya que el tren era fatigoso con esa jaqueca. T√≠a Clelia fue la primera en querer despedirse de mam√°, y entre Carlos y t√≠o Roque la llevaron pasito a paso para que mam√° le recomendase que no tomara fr√≠o en esos autos de ahora y que se acordara del laxante de frutas cada noche. ‚ÄďClelia estaba muy congestionada ‚Äďle dijo mam√° a Pepa por la tarde‚Äď. Me hizo mala impresi√≥n, sab√©s. ‚ÄďOh, con unos d√≠as en la quinta se va a reponer lo m√°s bien. Estaba un poco cansada estos meses; me acuerdo de que Manolita le hab√≠a dicho que fuera a acompa√Īarla a la quinta. ‚Äď¬ŅS√≠? Es raro, nunca me lo dijo. ‚ÄďPor no afligirte, supongo. ‚Äď¬ŅY cu√°nto tiempo se va a quedar, hijita? Pepa no sab√≠a, pero ya le preguntar√≠an al doctor Bonifaz que era el que hab√≠a aconsejado el cambio de aire. Mam√° no volvi√≥ a hablar del asunto hasta algunos d√≠as despu√©s (t√≠a Clelia acababa de tener un s√≠ncope en el sanatorio, y Rosa se turnaba con t√≠o Roque para acompa√Īarla) ‚ÄďMe pregunto cu√°ndo va a volver Clelia ‚Äďdijo mam√°. ‚ÄďVamos, por una vez que la pobre se decide a dejarte y a cambiar un poco de aire… ‚ÄďS√≠, pero lo que ten√≠a no era nada, dijeron ustedes. ‚ÄďClaro que no es nada. Ahora se estar√° quedando por gusto, o por acompa√Īar a Manolita; ya sab√©s c√≥mo son de amigas. ‚ÄďTelefone√° a la quinta y averigu√° cu√°ndo va a volver ‚Äďdijo mam√°. Rosa telefone√≥ a la quinta, y le dijeron que t√≠a Clelia estaba mejor, pero que todav√≠a se sent√≠a un poco d√©bil, de manera que iba a aprovechar para quedarse. El tiempo estaba espl√©ndido en Olavarr√≠a. ‚ÄďNo me gusta nada eso ‚Äďdijo mam√°‚Äď. Clelia ya tendr√≠a que haber vuelto. ‚ÄďPor favor, mam√°, no te preocup√©s tanto. ¬ŅPor qu√© no te mejor√°s vos lo antes posible, y te vas con Clelia y Manolita a tomar sol a la quinta? ‚Äď¬ŅYo? ‚Äďdijo mam√°, mirando a Carlos con algo que se parec√≠a al asombro, al esc√°ndalo, al insulto. Carlos se ech√≥ a re√≠r para disimular lo que sent√≠a (t√≠a Clelia estaba grav√≠sima, Pepa acababa de telefonear) y la bes√≥ en la mejilla como a una ni√Īa traviesa. ‚ÄďMamita tonta ‚Äďdijo, tratando de no pensar en nada. Esa noche mam√° durmi√≥ mal y desde el amanecer pregunt√≥ por Clelia, como si a esa hora se pudieran tener noticias de la quinta (t√≠a Clelia acababa de morir y hab√≠an decidido velarla en la funeraria). A las ocho llamaron a la quinta desde e1 tel√©fono de la sala, para que mam√° pudiera escuchar la conversaci√≥n, y por suerte t√≠a Clelia hab√≠a pasado bastante buena noche aunque el m√©dico de Manolita aconsejaba que se quedase mientras siguiera el buen tiempo. Carlos estaba muy contento con el cierre de la oficina por inventario y balance, y vino en piyama a tomar mate al pie de la cama de mam√° y a darle conversaci√≥n. ‚ÄďMir√° ‚Äďdijo mam√°‚Äď, yo creo que habr√≠a que escribirle a Alejandro que venga a ver a su t√≠a. Siempre fue el preferido de Clelia, y es justo que venga. ‚ÄďPero si t√≠a Clelia no tiene nada, mam√°. Si Alejandro no ha podido venir a verte a vos, imaginate… ‚ÄďAll√° √©l ‚Äďdijo mam√°‚Äď. Vos escribile y decile que Clelia est√° enferma y que deber√≠a venir a verla. ‚Äď¬ŅPero cu√°ntas veces te vamos a repetir que lo de t√≠a Clelia no es grave? ‚ÄďSi no es grave, mejor. Pero no te cuesta nada escribirle. Le escribieron esa misma tarde y le leyeron la carta a mam√°. En los d√≠as en que deb√≠a llegar la respuesta de Alejandro (t√≠a Clelia segu√≠a bien, pero el m√©dico de Manolita insist√≠a en que aprovechara el buen aire de la quinta), la situaci√≥n diplom√°tica con el Brasil se agrav√≥ todav√≠a m√°s y Carlos le dijo a mam√° que no ser√≠a raro que las cartas de Alejandro se demoraran. ‚ÄďParecer√≠a a prop√≥sito ‚Äďdijo mam√°‚Äď. Ya vas a ver que tampoco podr√° venir √©l. Ninguno de ellos se decid√≠a a leerle la carta de Alejandro. Reunidos en el comedor, miraban al lugar vac√≠o de t√≠a Clelia, se miraban entre ellos, vacilando. ‚ÄďEs absurdo ‚Äďdijo Carlos‚Äď. Ya estamos tan acostumbrados a esta comedia, que una escena m√°s o menos… ‚ÄďEntonces llev√°sela vos ‚Äďdijo Pepa, mientras se le llenaban los ojos de l√°grimas y se los secaba con la servilleta. ‚ÄďQu√© quer√©s, hay algo que no anda. Ahora cada vez que entro en su cuarto estoy como esperando una sorpresa, una trampa, casi. ‚ÄďLa culpa la tiene Mar√≠a Laura ‚Äďdijo Rosa‚Äď. Ella nos meti√≥ la idea en la cabeza y ya no podemos actuar con naturalidad. Y para colmo t√≠a Clelia… ‚ÄďMir√°, ahora que lo dec√≠s se me ocurre que convendr√≠a hablar con Mar√≠a Laura ‚Äďdijo t√≠o Roque‚Äď. Lo m√°s l√≥gico ser√≠a que viniera despu√©s de sus ex√°menes y le diera a tu madre la noticia de que Alejandro no va a poder viajar. ‚ÄďPero a vos no te hiela la sangre que mam√° no pregunte m√°s por Mar√≠a Laura, aunque Alejandro la nombra en todas sus cartas? ‚ÄďNo se trata de la temperatura de mi sangre ‚Äďdijo t√≠o Roque‚Äď. Las cosas se hacen o no se hacen, y se acab√≥. A Rosa le llev√≥ dos horas convencer a Mar√≠a Laura, pero era su mejor amiga y Mar√≠a Laura los quer√≠a mucho, hasta a mam√° aunque le diera miedo. Hubo que preparar una nueva carta, que Mar√≠a Laura trajo junto con un ramo de flores y las pastillas de mandarina que le gustaban a mam√°. S√≠, por suerte ya hab√≠an terminado los ex√°menes peores, y podr√≠a irse unas semanas a descansar a San Vicente. ‚ÄďEl aire del campo te har√° bien ‚Äďdijo mam√°‚Äď. En cambio a Clelia… ¬ŅHoy llamaste a la quinta, Pepa? Ah, s√≠, recuerdo que me dijiste… Bueno, ya hace tres semanas que se fue Clelia, y mir√° vos… Mar√≠a Laura y Rosa hicieron los comentarios del caso, vino la bandeja del t√©, y Mar√≠a Laura le ley√≥ a mam√° unos p√°rrafos de la carta de Alejandro con la noticia de la internaci√≥n provisional de todos los t√©cnicos extranjeros, y la gracia que le hac√≠a estar alojado en un espl√©ndido hotel por cuenta del gobierno, a la espera de que los cancilleres arreglaran el conflicto. Mam√° no hizo ninguna reflexi√≥n, bebi√≥ su taza de tilo y se fue adormeciendo. Las muchachas siguieron charlando en la sala, m√°s aliviadas. Mar√≠a Laura estaba por irse cuando se le ocurri√≥ lo del tel√©fono y se lo dijo a Rosa. A Rosa le parec√≠a que tambi√©n Carlos hab√≠a pensado en eso, y m√°s tarde le habl√≥ a t√≠o Roque, que se encogi√≥ de hombros. Frente a cosas as√≠ no quedaba m√°s remedio que hacer un gesto y seguir leyendo el diario. Pero Rosa y Pepa se lo dijeron tambi√©n a Carlos, que renunci√≥ a encontrarle explicaci√≥n a menos de aceptar lo que nadie quer√≠a aceptar. ‚ÄďYa veremos ‚Äďdijo Carlos‚Äď. Todav√≠a puede ser que se le ocurra y nos lo pida. En ese caso… Pero mam√° no pidi√≥ nunca que le llevaran el tel√©fono para hablar personalmente con t√≠a Clelia. Cada ma√Īana preguntaba si hab√≠a noticias de la quinta, y despu√©s se volv√≠a a su silencio donde el tiempo parec√≠a contarse por dosis de remedios y tazas de tisana. No le desagradaba que t√≠o Roque viniera con¬†La Raz√≥n¬†para leerle las √ļltimas noticias del conflicto con el Brasil, aunque tampoco parec√≠a preocuparse si el diariero llegaba tarde o t√≠o Roque se entreten√≠a m√°s que de costumbre con un problema de ajedrez. Rosa y Pepa llegaron a convencerse de que a mam√° la ten√≠a sin cuidado que le leyeran las noticias, o telefonearan a la quinta, o trajeran una carta de Alejandro. Pero no se pod√≠a estar seguro porque a veces mam√° levantaba la cabeza y las miraba con la mirada profunda de siempre, ni la que no hab√≠a ning√ļn cambio, ninguna aceptaci√≥n. La rutina los abarcaba a todos, y para Rosa telefonear a un agujero negro en el extremo del hilo era tan simple y cotidiano como para t√≠o Roque seguir leyendo falsos telegramas sobre un fondo de anuncios de remates o noticias de f√ļtbol, o para Carlos entrar con las an√©cdotas de su visita a la quinta de Olavarr√≠a y los paquetes de frutas que les mandaban Manolita y t√≠a Clelia. Ni siquiera durante los √ļltimos meses de mam√° cambiaron las costumbres, aunque poca importancia tuviera ya. El doctor Bonifaz les dijo que por suerte mam√° no sufrir√≠a nada y que se apagar√≠a sin sentirlo. Pero mam√° se mantuvo l√ļcida hasta el fin, cuando ya los hijos la rodeaban sin poder fingir lo que sent√≠an. ‚ÄďQu√© buenos fueron conmigo ‚Äďdijo mam√°‚Äď. Todo ese trabajo que se tomaron. para que no sufriera. T√≠o Roque estaba sentado junto a ella y le acarici√≥ jovialmente la mano, trat√°ndola de tonta. Pepa y Rosa, fingiendo buscar algo en la c√≥moda, sab√≠an ya que Mar√≠a Laura hab√≠a tenido raz√≥n; sab√≠an lo que de alguna manera hab√≠an sabido siempre. ‚ÄďTanto cuidarme… ‚Äďdijo mam√°, y Pepa apret√≥ la mano de Rosa, porque al fin y al cabo esas dos palabras volv√≠an a poner todo en orden, restablec√≠an la larga comedia necesaria. Pero Carlos, a los pies de la cama, miraba a mam√° como si supiera que iba a decir algo m√°s. ‚ÄďAhora podr√°n descansar ‚Äďdijo mam√°‚Äď. Ya no les daremos m√°s trabajo. T√≠o Roque iba a protestar, a decir algo, pero Carlos se le acerc√≥ y le apret√≥ violentamente el hombro. Mam√° se perd√≠a poco a poco en una modorra, y era mejor no molestarla. Tres d√≠as despu√©s del entierro lleg√≥ la √ļltima carta de Alejandro, donde como siempre preguntaba por la salud de mam√° y de t√≠a Clelia. Rosa, que la hab√≠a recibido, la abri√≥ y empez√≥ a leerla sin pensar, y cuando levant√≥ la vista porque de golpe las l√°grimas la cegaban, se dio cuenta de que mientras la le√≠a hab√≠a estado pensando en c√≥mo habr√≠a que darle a Alejandro la noticia de la muerte de mam√°.

 Julio Cortázar

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