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Capítulo 7 (comienzo y final)

Kublai:—No sé cuándo has tenido tiempo de visitar todos los países que me describes. A mí me parece que nunca te has movido de estos jardines.
Polo:—Todo lo que veo y hago cobra sentido en un espacio de la mente donde reina la misma calma que aquí, la misma penumbra, el mismo silencio recorrido por crujidos de hojas. En el momento en que me concentro en la reflexión, me encuentro siempre en este jardín, a esta hora de la noche, en tu augusta presencia, aunque siempre remontando sin un instante de descanso un río verde de cocodrilos o contando las barricas de pescado salado que bajan a la bodega.
Kublai: —Tampoco yo estoy seguro de estar aquí, paseando entre las fuentes de pórfido, escuchando el eco de los surtidores, y no cabalgando con costras de sudor y sangre a la cabeza de mi ejército, conquistando los países que tú tendrás que describir, o tronchando los dedos de los asaltantes que escalan los muros de una fortaleza asediada.
Polo: —Tal vez este jardín existe sólo a la sombra de nuestros párpados bajos, y nunca hemos cesado, tú de levantar el polvo en los campos de batalla, yo de contratar costales de pimienta en lejanos mercados, pero cada vez que entrecerramos los ojos en medio del
estruendo y la muchedumbre, nos está permitido retirarnos aquí vestidos con quimonos de seda, para considerar lo que estamos viendo y viviendo, sacar conclusiones, contemplar desde lejos.
Kublai: —Quizá este diálogo nuestro se desenvuelve entre dos harapientos apodados Kublai Kan y Marco Polo, que revuelven en un basural, amontonan chatarra oxidada, pedazos de trapo, papeles viejos, y ebrios con unos pocos tragos de mal vino, ven resplandecer a su alrededor todos los tesoros del Oriente.
Polo: —Quizá del mundo ha quedado un terreno baldío cubierto de albañales y el jardín colgante del palacio del Gran Kan. Son nuestros párpados los que los separan, pero no se sabe cuál está adentro y cuál afuera.

Polo: —…Tal vez este jardín sólo asoma sus terrazas sobre el lago de nuestra mente…
Kublai: —…y por lejos que nos lleven nuestras atormentadas empresas de condotieros y de mercaderes, ambos custodiamos dentro de nosotros esta sombra silenciosa, esta conversación pausada, esta noche siempre igual.
Polo: —A menos que sea cierta la hipótesis opuesta: que quienes se afanan en los campamentos y en los puertos existan sólo porque los pensamos nosotros dos, encerrados entre
estos setos de bambú, inmóviles desde siempre.
Kublai: —Que no existan la fatiga, los alaridos, las heridas, el hedor, sino solo esta planta de azalea.
Polo: —Que los cargadores, los picapedreros, los barrenderos, las cocineras que limpian las entrañas de los pollos, las lavanderas inclinadas sobre la piedra, las madres de familia que revuelven el arroz mientras amamantan a los recién nacidos, existan sólo porque
nosotros los pensamos.
Kublai: —A decir verdad, yo no los pienso nunca.
Polo: —Entonces no existen.
Kublai: —No creo que esa conjetura nos convenga. Sin ellos nunca podríamos estar meciéndonos arrebujados en nuestras hamacas.
Polo: —Hay que excluir la hipótesis, entonces. Por lo tanto será cierta la otra: que existan ellos y no nosotros.
Kublai: —Hemos demostrado que si existiéramos, no estaríamos aquí.
Polo: —Pero en realidad estamos.

Ítalo Calvino

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