fbpx

Las ciudades invisibles, de √ćtalo Calvino

Capítulo IX (fragmento)

El Gran Kan posee un atlas donde todas las ciudades del imperio y de los reinos circunvecinos est√°n dibujadas palacio por palacio y calle por calle, con los muros, los r√≠os, los puentes, los puertos, las escolleras. Sabe que de los informes de Marco Polo es in√ļtil esperar noticias de aquellos lugares que por lo dem√°s conoce bien: c√≥mo en Cambaluc, capital de la China, hay tres ciudades cuadradas, una dentro de la otra, con cuatro templos cada una y cuatro puertas que se abren seg√ļn las estaciones; c√≥mo en la isla de Java se enfurece el rinoceronte hace estragos cargando con su cuerno asesino; c√≥mo se pescan las perlas en el fondo del mar, en las costas de Malabar.

Kublai pregunta a Marco:

‚ÄĒCuando regreses al Poniente, ¬Ņrepetir√°s a tu gente los mismos relatos que me haces a m√≠?

‚ÄĒYo hablo, hablo ‚ÄĒdice Marco‚ÄĒ pero el que me escucha retiene s√≥lo las palabras que espera. Una es la descripci√≥n del mundo a la que prestas o√≠dos ben√©volos, otra la que dar√° la vuelta de los corrillos de descargadores y gondoleros en los muelles de mi casa el d√≠a de mi regreso, otra la que podr√≠a dictar a avanzada edad, si cayera prisionero de piratas genoveses y me pusieran al cepo en la misma celda junto con un escritor de novelas de aventuras. Lo que comanda el relato no es la voz: es el o√≠do.

‚ÄĒA veces me parece que tu voz me llega de lejos, mientras soy prisionero de un presente vistoso e invivible en que todas las formas de convivencia humana han llegado a un extremo de su ciclo y no es posible imaginar qu√© nuevas formas adoptar√°n. Y escucho por tu voz las razones invisibles de que viv√≠an las ciudades y por las cuales, quiz√°, despu√©s de muertas, revivir√°n.

El Gran Kan posee un atlas cuyos dibujos figuran el orbe terr√°queo todo entero y continente por continente, los confines de los reinos m√°s lejanos, las rutas de los nav√≠os, los contornos de las costas, los planos de las metr√≥polis m√°s ilustres y de los puertos m√°s opulentos. Hojea los mapas bajo los ojos de Marco Polo para poner a prueba su saber. El viajero reconoce Constantinopla en la ciudad que corona desde tres orillas un largo estrecho, un golfo delgado y un mar cerrado; recuerda que Jerusal√©n est√° asentada sobre dos colinas, de altura desigual y frente a frente; no vacila en se√Īalar Samarcanda y sus jardines.

Para otras ciudades recurre a descripciones transmitidas de boca en boca, o se lanza a adivinar bas√°ndose en escasos indicios: as√≠ Granada, irisada perla de los Califas, L√ľbeck atildado puerto boreal, Tombuct√ļ negra de √©bano y blanca de marfil, Par√≠s donde millones de hombres vuelven a casa todos los d√≠as empu√Īando una barra de pan. En miniaturas coloreadas el atlas representa lugares habitados de forma ins√≥lita: un oasis escondido en un pliegue del desierto del cual asoman s√≥lo las copas de las palmeras es de seguro Nefta; un castillo entre las arenas movedizas y las vacas que pacen en prados salados por la marea no puede dejar de recordar el Monte Saint Michel; y no puede ser sino Urbino un palacio que m√°s que surgir entre las murallas de una ciudad contiene una ciudad entre sus murallas.

El atlas representa tambi√©n ciudades de las que ni Marco ni los ge√≥grafos saben si existen y donde est√°n, pero que no pod√≠an faltar entre las formas de ciudades posibles: una Cuzco de planta irradiada y multidividida que refleja el orden perfecto de los cambios, una M√©xico verdeante sobre el lago dominado por el palacio de Moctezuma, una N√≥vgorod de c√ļpulas bulbosas, una Lhasa que levanta blancos tejados sobre el techo nublado del mundo.

Aun para ellas dice Marco un nombre, no importa cu√°l, y bosqueja un itinerario para llegar.

Se sabe que los nombres de los lugares cambian tantas veces como lenguas extranjeras hay; y que a cada lugar puede llegar desde otros lugares, por los caminos y las rutas m√°s diversos, quien cabalga, viaja en carreta, rema, vuela.

‚ÄĒMe parece que reconoces mejor las ciudades en el atlas que cuando las visitas en persona ‚ÄĒdice a Marco el emperador cerrando el libro de golpe.

Y Polo:

‚ÄĒViajando uno se da cuenta de que las diferencias se pierden: cada ciudad se va pareciendo a todas las ciudades, los lugares intercambian forma orden distancias, un polvillo informe invade los continentes. Tu atlas guarda intactas las diferencias: ese surtido de cualidades que son como las letras del nombre.

El Gran Kan posee un atlas en el cual están reunidos los mapas de todas las ciudades: las que elevan sus murallas sobre firmes cimientos, las que cayeron en ruinas y fueron tragadas por la arena, las que existirán un día y en cuyo lugar por ahora solo se abren las madrigueras de las liebres.

Marco Polo hojea los mapas, reconoce Jeric√≥, Ur, Cartago, indica los atracaderos en la desembocadura del Escamandro donde las naves aqueas esperaron durante diez a√Īos el reembarco de los sitiadores, hasta que el caballo clavijero de Ulises fue arrastrado a fuerza de cabrestantes por la Puerta Escea. Pero hablando de Troya, le daba por atribuirle la forma de Constantinopla y prever el asedio con que durante largos meses la cercar√≠a Mahoma quien, astuto como Ulises, habr√≠a hecho remolcar las naves por la noche aguas abajo, desde el B√≥sforo hasta el Cuerno de Oro, contorneando Pera y G√°lata. Y de la mezcla de aquellas dos ciudades resultaba una tercera, que podr√≠a llamarse San Francisco y tender puentes largu√≠simos y livianos sobre la Puerta de Oro y sobre la bah√≠a, y hacer trepar tranv√≠as de cremallera por calles en pendiente, y florecer como capital del Pacifico de all√≠ a un milenio, despu√©s del largo asedio de trescientos a√Īos que llevar√≠a a la raza de los amarillos y los negros y los pieles rojas a fundirse con la progenie superviviente de los blancos en un imperio m√°s vasto que el del Gran Kan.

El atlas tiene esta virtud: revela la forma de las ciudades que todav√≠a no poseen forma ni nombre. Esta la ciudad con la forma de Amsterdam, semic√≠rculo que mira hacia el septentri√≥n, con canales conc√©ntricos: de los Pr√≠ncipes, del Emperador, de los Se√Īores; est√° la ciudad con la forma de York, encajonada entre los altos paramos, amurallada, erizada de torres; est√° la ciudad con la forma de Nueva Amsterdam llamada tambi√©n Nueva York, atestada de torres de vidrio y acero sobre una isla oblonga entre dos r√≠os, con calles como profundos canales todos rectos salvo Broadway.

El catalogo de las formas es interminable: hasta que cada forma no haya encontrado su ciudad, nuevas ciudades seguir√°n naciendo. Donde las formas agotan sus variaciones y se deshacen, comienza el fin de las ciudades. En los √ļltimos mapas de atlas se dilu√≠an ret√≠culas sin principio ni fin, ciudades en forma de Los √Āngeles, con la forma de Kyoto-Osaka, sin forma.

El atlas del Gran Kan contiene también los mapas de las tierras prometidas visitadas con el pensamiento pero todavía no descubiertas o fundadas; la Nueva Atlántida, Utopía, la Ciudad del Sol, Océana, Tamoé, Armonía, New-Lanark, Icaria.

Pregunta Kublai a Marco:

‚ÄĒT√ļ que exploras en torno y ves los signos, sabr√°s decirme hacia cu√°l de estos futuros nos impulsan los vientos propicios.

‚ÄĒPara llegar a esos puertos no sabr√≠a trazar la ruta en la carta ni fijar la fecha de llegada. A veces me basta un escorzo abierto en mitad mismo de un paisaje incongruente, un aflorar de luces en la niebla, el di√°logo de dos transe√ļntes que se encuentran en medio del traj√≠n, para pensar que partiendo de all√≠ juntar√© pedazo a pedazo la ciudad perfecta, hecha de fragmentos mezclados con el resto, de instantes separados por intervalos, de se√Īales que uno manda y no sabe qui√©n las recibe. Si te digo que la ciudad a la cual tiende mi viaje es discontinua en el espacio y en el tiempo, ya m√°s rala, ya m√°s densa, no has de creer que se puede dejar de buscarla. Quiz√° mientras nosotros hablamos esta aflorando desparramada dentro de los confines de su imperio; puedo rastrearla, pero de la manera que te he dicho.

El Gran Kan estaba hojeando ya en su atlas los mapas de las ciudades que amenazan en las pesadillas y en las maldiciones: Enoch, Babilonia, Yahoo, Butua, Brave New World.

Dice:

‚ÄĒTodo es in√ļtil si el √ļltimo fondeadero no puede ser sino la entrada infernal, y all√≠ en el fondo es donde, en una espiral cada vez m√°s estrecha, nos sorbe la corriente.

Y Polo:

‚ÄĒEl infierno de los vivos no es algo que ser√°; hay uno, es aquel que existe ya aqu√≠, el infierno que habitamos todos los d√≠as, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es f√°cil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de √©l hasta el punto de no verlo m√°s. La segunda es peligrosa y exige atenci√≥n y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer qui√©n y qu√©, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.

√ćtalo Calvino

¬ŅQuer√©s seguir leyendo?

¡En mi biblioteca hay un montón de textos geniales!

¬ŅTe gusta escribir?

No te pierdas las propuestas de mis talleres de escritura.

¬ŅQuer√©s compartir el posteo? ¬°Di que s√≠, di que s√≠!

¬°Clase abierta y gratuita del Laboratorio de lectura!

Si est√°s ac√° es porque am√°s la lectura tanto como nosotras. Por eso te invitamos a participar de una clase abierta y gratuita del¬†Laboratorio de lectura. Es 100% online, as√≠ que pod√©s hacerla desde donde quieras y en cualquier momento. ¬ŅTe anim√°s?

¬°Listo! Si no te llega enseguida el mail, cheque√° en spam, promociones o correo no deseado. Si surge alg√ļn inconveniente, pod√©s escribirme a contacto@ceciliamaugeri.com.ar