Capítulo IX (fragmento)

El Gran Kan posee un atlas donde todas las ciudades del imperio y de los reinos circunvecinos están dibujadas palacio por palacio y calle por calle, con los muros, los ríos, los puentes, los puertos, las escolleras. Sabe que de los informes de Marco Polo es inútil esperar noticias de aquellos lugares que por lo demás conoce bien: cómo en Cambaluc, capital de la China, hay tres ciudades cuadradas, una dentro de la otra, con cuatro templos cada una y cuatro puertas que se abren según las estaciones; cómo en la isla de Java se enfurece el rinoceronte hace estragos cargando con su cuerno asesino; cómo se pescan las perlas en el fondo del mar, en las costas de Malabar.

Kublai pregunta a Marco:

—Cuando regreses al Poniente, ¿repetirás a tu gente los mismos relatos que me haces a mí?

—Yo hablo, hablo —dice Marco— pero el que me escucha retiene sólo las palabras que espera. Una es la descripción del mundo a la que prestas oídos benévolos, otra la que dará la vuelta de los corrillos de descargadores y gondoleros en los muelles de mi casa el día de mi regreso, otra la que podría dictar a avanzada edad, si cayera prisionero de piratas genoveses y me pusieran al cepo en la misma celda junto con un escritor de novelas de aventuras. Lo que comanda el relato no es la voz: es el oído.

—A veces me parece que tu voz me llega de lejos, mientras soy prisionero de un presente vistoso e invivible en que todas las formas de convivencia humana han llegado a un extremo de su ciclo y no es posible imaginar qué nuevas formas adoptarán. Y escucho por tu voz las razones invisibles de que vivían las ciudades y por las cuales, quizá, después de muertas, revivirán.

El Gran Kan posee un atlas cuyos dibujos figuran el orbe terráqueo todo entero y continente por continente, los confines de los reinos más lejanos, las rutas de los navíos, los contornos de las costas, los planos de las metrópolis más ilustres y de los puertos más opulentos. Hojea los mapas bajo los ojos de Marco Polo para poner a prueba su saber. El viajero reconoce Constantinopla en la ciudad que corona desde tres orillas un largo estrecho, un golfo delgado y un mar cerrado; recuerda que Jerusalén está asentada sobre dos colinas, de altura desigual y frente a frente; no vacila en señalar Samarcanda y sus jardines.

Para otras ciudades recurre a descripciones transmitidas de boca en boca, o se lanza a adivinar basándose en escasos indicios: así Granada, irisada perla de los Califas, Lübeck atildado puerto boreal, Tombuctú negra de ébano y blanca de marfil, París donde millones de hombres vuelven a casa todos los días empuñando una barra de pan. En miniaturas coloreadas el atlas representa lugares habitados de forma insólita: un oasis escondido en un pliegue del desierto del cual asoman sólo las copas de las palmeras es de seguro Nefta; un castillo entre las arenas movedizas y las vacas que pacen en prados salados por la marea no puede dejar de recordar el Monte Saint Michel; y no puede ser sino Urbino un palacio que más que surgir entre las murallas de una ciudad contiene una ciudad entre sus murallas.

El atlas representa también ciudades de las que ni Marco ni los geógrafos saben si existen y donde están, pero que no podían faltar entre las formas de ciudades posibles: una Cuzco de planta irradiada y multidividida que refleja el orden perfecto de los cambios, una México verdeante sobre el lago dominado por el palacio de Moctezuma, una Nóvgorod de cúpulas bulbosas, una Lhasa que levanta blancos tejados sobre el techo nublado del mundo.

Aun para ellas dice Marco un nombre, no importa cuál, y bosqueja un itinerario para llegar.

Se sabe que los nombres de los lugares cambian tantas veces como lenguas extranjeras hay; y que a cada lugar puede llegar desde otros lugares, por los caminos y las rutas más diversos, quien cabalga, viaja en carreta, rema, vuela.

—Me parece que reconoces mejor las ciudades en el atlas que cuando las visitas en persona —dice a Marco el emperador cerrando el libro de golpe.

Y Polo:

—Viajando uno se da cuenta de que las diferencias se pierden: cada ciudad se va pareciendo a todas las ciudades, los lugares intercambian forma orden distancias, un polvillo informe invade los continentes. Tu atlas guarda intactas las diferencias: ese surtido de cualidades que son como las letras del nombre.

El Gran Kan posee un atlas en el cual están reunidos los mapas de todas las ciudades: las que elevan sus murallas sobre firmes cimientos, las que cayeron en ruinas y fueron tragadas por la arena, las que existirán un día y en cuyo lugar por ahora solo se abren las madrigueras de las liebres.

Marco Polo hojea los mapas, reconoce Jericó, Ur, Cartago, indica los atracaderos en la desembocadura del Escamandro donde las naves aqueas esperaron durante diez años el reembarco de los sitiadores, hasta que el caballo clavijero de Ulises fue arrastrado a fuerza de cabrestantes por la Puerta Escea. Pero hablando de Troya, le daba por atribuirle la forma de Constantinopla y prever el asedio con que durante largos meses la cercaría Mahoma quien, astuto como Ulises, habría hecho remolcar las naves por la noche aguas abajo, desde el Bósforo hasta el Cuerno de Oro, contorneando Pera y Gálata. Y de la mezcla de aquellas dos ciudades resultaba una tercera, que podría llamarse San Francisco y tender puentes larguísimos y livianos sobre la Puerta de Oro y sobre la bahía, y hacer trepar tranvías de cremallera por calles en pendiente, y florecer como capital del Pacifico de allí a un milenio, después del largo asedio de trescientos años que llevaría a la raza de los amarillos y los negros y los pieles rojas a fundirse con la progenie superviviente de los blancos en un imperio más vasto que el del Gran Kan.

El atlas tiene esta virtud: revela la forma de las ciudades que todavía no poseen forma ni nombre. Esta la ciudad con la forma de Amsterdam, semicírculo que mira hacia el septentrión, con canales concéntricos: de los Príncipes, del Emperador, de los Señores; está la ciudad con la forma de York, encajonada entre los altos paramos, amurallada, erizada de torres; está la ciudad con la forma de Nueva Amsterdam llamada también Nueva York, atestada de torres de vidrio y acero sobre una isla oblonga entre dos ríos, con calles como profundos canales todos rectos salvo Broadway.

El catalogo de las formas es interminable: hasta que cada forma no haya encontrado su ciudad, nuevas ciudades seguirán naciendo. Donde las formas agotan sus variaciones y se deshacen, comienza el fin de las ciudades. En los últimos mapas de atlas se diluían retículas sin principio ni fin, ciudades en forma de Los Ángeles, con la forma de Kyoto-Osaka, sin forma.

El atlas del Gran Kan contiene también los mapas de las tierras prometidas visitadas con el pensamiento pero todavía no descubiertas o fundadas; la Nueva Atlántida, Utopía, la Ciudad del Sol, Océana, Tamoé, Armonía, New-Lanark, Icaria.

Pregunta Kublai a Marco:

—Tú que exploras en torno y ves los signos, sabrás decirme hacia cuál de estos futuros nos impulsan los vientos propicios.

—Para llegar a esos puertos no sabría trazar la ruta en la carta ni fijar la fecha de llegada. A veces me basta un escorzo abierto en mitad mismo de un paisaje incongruente, un aflorar de luces en la niebla, el diálogo de dos transeúntes que se encuentran en medio del trajín, para pensar que partiendo de allí juntaré pedazo a pedazo la ciudad perfecta, hecha de fragmentos mezclados con el resto, de instantes separados por intervalos, de señales que uno manda y no sabe quién las recibe. Si te digo que la ciudad a la cual tiende mi viaje es discontinua en el espacio y en el tiempo, ya más rala, ya más densa, no has de creer que se puede dejar de buscarla. Quizá mientras nosotros hablamos esta aflorando desparramada dentro de los confines de su imperio; puedo rastrearla, pero de la manera que te he dicho.

El Gran Kan estaba hojeando ya en su atlas los mapas de las ciudades que amenazan en las pesadillas y en las maldiciones: Enoch, Babilonia, Yahoo, Butua, Brave New World.

Dice:

—Todo es inútil si el último fondeadero no puede ser sino la entrada infernal, y allí en el fondo es donde, en una espiral cada vez más estrecha, nos sorbe la corriente.

Y Polo:

—El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.

Ítalo Calvino

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