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Las dos casas de Olivos, de Silvina Ocampo


En las barrancas de Olivos hab√≠a una casa muy grande de tres pisos, en donde no viv√≠an m√°s de cinco personas: el due√Īo de casa, su hija de diez a√Īos, una ni√Īera, una cocinera, y un mucamo (sin contar el jardinero que viv√≠a en el fondo de la quinta). Hab√≠a cuartos inhabitados, enormes cuartos con persianas siempre cerradas de humedad, cuartos llenos de miniaturas de antepasados y cuadros ovalados en las paredes. El jard√≠n era espacioso con √°rboles alt√≠simos. S√≥lo una cosa preocupaba al due√Īo de casa y era la improbabilidad de conseguir frambuesas; en ese jard√≠n crec√≠an flores, √°rboles frutales, hab√≠a hasta frutillas, pero las frambuesas no pod√≠an conseguirse.
En el bajo de las barrancas de Olivos, en una casita de lata de una sola pieza viv√≠an cuatro personas: el due√Īo de casa y sus tres nietas: la mayor ten√≠a diez a√Īos y cocinaba siempre que hubiera alguna cosa para cocinar.
Y sucedi√≥ que esas dos chicas se hicieron amigas a trav√©s de la reja que rodeaba el jard√≠n. ‚ÄúMi casa es fea‚ÄĚ, dijo una. ‚ÄúTiene diez cuartos en donde no se puede nunca entrar; el jard√≠n no tiene frambuesas y por esa raz√≥n mi padre est√° siempre enojado.‚ÄĚ ‚ÄúMi casa es fea‚ÄĚ dijo la otra. ‚ÄúEs toda de latas, en la orilla del r√≠o, donde suben las mareas; en invierno hacemos fogatas para no tener tanto frio‚ÄĚ. ‚Äú¬°Que lindo!‚ÄĚ contest√≥ la otra. ‚ÄúEn casa no me dejan encender la chimenea.‚ÄĚ Y cada una se fue so√Īando con la casa de la otra.
Al d√≠a siguiente volvieron a encontrarse en el cerco y era extra√Īo ver que esas dos chicas se iban pareciendo cada vez m√°s; los ojos eran id√©nticos, el cabello era del mismo color; se midieron la altura en los alambres del cerco y eran de la misma altura, pero hab√≠a solamente dos cosas distintas en ellas: los pies y las manos. La chica de la casa grande se quit√≥ las medias y los zapatos: ten√≠a los pies m√°s blancos y m√°s chiquitos que su compa√Īera; sus manos eran tambi√©n m√°s blancas y m√°s lisas. Tuvo las manos durante varios d√≠as en palanganas de agua y lavandina, lavando pa√Īuelo, hasta que se le pusieron rojas y paspadas, camin√≥ varios d√≠as descalza haciendo equilibrio sobre las piedras; ya nada las diferenciaba, ni siquiera el deseo que ten√≠an de cambiar de casa. Hasta que un d√≠a, a escondidas en el omb√ļ del cerco que serv√≠a de puente, se ambiaron la ropa y los nombres. Una chica le dio a la otra sus pies descalzos, y la otra le dio los zapatos. Una chica le dio a la otra sus guantes de hilo blanco y la otra le dio sus manos paspadas‚Ķ¬°Pero se olvidaron de cambiar de √Āngeles Guardianes! Era la hora de la siesta; los √Āngeles dorm√≠an en el pasto. Las dos chicas cruzaron por encima de la reja; la que estaba en el jard√≠n grande cruz√≥ la calle, la que estaba en la calle cruz√≥ al jard√≠n. Se dijeron adi√≥s. ‚ÄúNo te pierdas; mi cuarto de dormir queda al fondo del corredor a la derecha.‚ÄĚ Y la otra contest√≥: ‚ÄúNo te pierdas, hay que seguir caminando hasta el fondo del callej√≥n‚ÄĚ (el jardinero, que estaba cerca, pens√≥ que el eco se hab√≠a vuelto sordo porque cambiaba el final de la frase que gritaba la ni√Īa). Y se fueron corriendo cada una a casa de la otra.
Nadie se dio cuenta del cambio y ellas, que cre√≠an concer sus casas, empezaban a reconocerlas seg√ļn los cuentos que se contaban diariamente a trav√©s del cerco; hac√≠an descubrimientos que las asombraban.
Pero los √Āngeles Guardianes dorm√≠an la siesta a la hora de las confidencias y segu√≠an ignorando todo.
Fue al principio del oto√Īo, un d√≠a caluroso; el cielo estaba negro y muy cerca de la tierra pesaban nubes grises de plomo; era la hora en que las chicas se encontraban en el cerco, pero ninguna de las dos llegaba.
En la casita de latas no se pod√≠a respirar esa tarde; el abuelo y las tres nietas caminaban descalzos en el r√≠o tomando fresco. La chica de diez a√Īos se acord√≥ de que en el jard√≠n de la casa grande, como de costumbre, su amiga deb√≠a de estar esper√°ndola; hab√≠a ya pasado la hora, pero no importaba, ir√≠a de todas maneras. Vio un caballo blanco muy desnudo, le puso un bocado que encontr√≥ en el suelo, se trep√≥ encima y sali√≥ al galope castig√°ndolo con una rama de para√≠so. La tormenta se acercaba, los √°rboles columpiaban grandes hamacas contra el viento, filamentos como los que hab√≠an en las bombitas de luz el√©ctrica de las casas grandes llenaban el cielo, y primero un trueno, y despu√©s otro romp√≠an la tarde. El √Āngel de la Guarda estaba despierto, pero acostumbrado a las tormentas que cruzaba siempre la chica sin resfriarse, tuvo cuidado solamente de preservarla de los rayos. ‚ÄúLos caballos blancos atraen los rayos‚ÄĚ, pensaba el √Āngel. ‚ÄúHay que tener cuidado. Hay que tener cuidado‚ÄĚ.
Las dos chicas se encontraron en el cerco y tuvieron apenas tiempo de decirse adiós; llovía con tanta fuerza que la lluvia ponía entre ellas una cortina espesa, imposible de levantar.
Se oyó lejos, lejos, el galope de un caballo entre la tormenta y un rayo y otro rayo hicieron lastimaduras de relámpagos, duras incisiones de fuego.
La chica se baj√≥ del caballo y se desmay√≥ en la puerta de la casita de lata. La marea sub√≠a muy cerca; en ese instante oy√≥ un rayo sobre el animal que, disparando con un relincho de crines deshilachadas, qued√≥ tendido en el suelo negro. En el jard√≠n el otro rayo cay√≥ sobre la otra chica, mientras el √Āngel la proteg√≠a de los resfr√≠os confiadamente, pensando que la casa ten√≠a pararrayos desde tiempo inmemorial.
En la puerta de la casita de lata la otra chica no pudo resistir el frío y se fue al cielo después de la tormenta…
Hab√≠a mucho canto de p√°jaros y arroyos a la ma√Īana siguiente cuando subidas las dos chicas sobre el caballo blanco llegaron al cielo. No hab√≠a casas ni grandes ni peque√Īas, ni de lata ni de ladrillos; el cielo era un gran cuarto azul sembrado de frambuesas y de otras frutas. Las dos chicas se internaron adentro y m√°s adentro del cielo, hasta que no se las alcanz√≥ a ver m√°s.¬†

Por Silvina Ocampo

Fuentes:

Texto: http://elzumodemisviolencias.blogspot.com/2009/07/las-dos-casas-de-olivos.html

Imagen: http://elojoenlalengua.blogspot.com/2010/03/la-casa-de-azucar-de-silvina-ocampo.html

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