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Miedos trabas y bloqueos en la escritura

 

De chica me encantaba desenredar ovillos de lana hechos maraña, llenos de nudos. Por alguna razón, me calmaba hacerlo. La sensación de felicidad cuando lograba desentrañar el caos era impagable. Y además, me quedaba un ovillo listo para empezar a tejer.

 Con este tema me pasa lo mismo: es un quilombo. Y me encanta meterme a aflojar la lana, desatar los nudos y ver qué podemos tejer con el ovillo que resulte.

 Lo primero que hago en estos casos es escuchar. Así que estuve preguntando en Instagram (tratando de darle un mejor uso a la aplicación) y lo que salió es una gran maraña de pensamientos que (creo yo) todos/as llevamos dentro.

 Aquí dejo las respuestas para que puedas ver la variedad de voces. Yo me identifico con muchas, incluso contradiciéndome: dependiendo del estado de ánimo en el que me encuentre, puedo pensar que “soy una idiota” porque no me sale escribir un texto o que “ya me va a salir”.

Voy a organizar lo que tengo para decir usando el mejor ordenador natural que tenemos: el tiempo. Así que los textos van a ir saliendo así:

Miedos, trabas y bloqueos:

 1) A la hora de empezar

2) Al sostener la práctica 

3) Al momento de publicar 

4) Cuando nos convertimos en autores/as

Pero antes, hablemos del miedo a escribir a secas, que puede aparecer en cualquier momento.

 

0) Los miedos a la hora de escribir

 Me vienen a la mente dos escenas de la película El secreto de sus ojos: uno de los personajes había escrito, al despertar de un sueño, la palabra “temo”. Casi al final, como una síntesis de su cambio, se da cuenta de que hay un espacio entre la “e” y la “m” y escribe una “a” en ese lugar, dando como resultado la frase “te amo”.

 Esto me hizo pensar en que el miedo y el amor están muy relacionados. ¡Esperá, no te vayas! Intentaré ser lo menos cursi posible. Creo que tengo una idea que vale la pena desarrollar. ¿Qué se opone al miedo? Si ya me venís leyendo y/o escuchando, habrás visto que hablo mucho del “gollum” (o depredador, sombra, censor, espectro que juzga, etc), ese personaje interno que se especializa en destruir nuestro vínculo con la creatividad. Pero también tenemos otro (que hasta hace poco le decía Khaleesi, pero dado el giro que dio el personaje de la serie Game of Thrones, la voy a tener que rebautizar), un “Mascherano interior”, que nos apoya y nos da valor para insistir.

 Volviendo a la pregunta, creo que el amor puede ayudar al miedo a no desesperar. “Amor” es una palabra enorme y lamentablemente la asociamos mucho a la comedia romántica, la new age y el reggaetón. Pero pensémosla más como un monto de energía. Entusiasmo, dedicación, “pilas”, “garra”. Pensemos en el uso que le damos a “esto está hecho con amor”, “le puso todo el corazón”, “se nota que ama lo que hace”. Bien. Ahora que estamos de acuerdo en el sentido de la palabra, te pregunto:

 ¿Cómo es tu amor por la escritura?

 ¿Cómo es tu miedo de escribir?

 (Huelo una consigna: escribir un retrato de ambos. Si mi amor y mi miedo fueran un personaje, ¿como serían? ¡Tarea para el hogar!)

 Con esta reflexión me doy cuenta de que un objetivo “invisible” de mi trabajo es achicar el miedo y agrandar el amor. Vamos a ver si podemos hacerlo con los miedos que salieron en las respuestas:

 

Tengo miedo de…

 que no me guste

 que sea horrible

 no poder terminarlo

 quedar inconforme

 que este todo dicho por gente más talentosa

no poder

no saber nada

redactar mal

equivocarme

no escribir bien

escribir sin sentido

que nadie me entienda

hacer el ridículo

que nadie más lo lea

 

Bueno, miedo: qué te cuento que todo esto puede pasar. Pero si no nos arriesgamos, ¿cómo lo sabemos? También podría pasar que:

 

me encante

 sea hermoso

 lo termine

 quede conforme

 pueda

 sepa algo

 redacte bien

 escriba bien

 escriba con sentido

 me entiendan

 me tomen en serio

 me lean

 

Me ganaste en “que esté todo dicho por gente más talentosa” porque, bueno, Shakespeare ya escribió todo y andá a competirle en el talento. Y también me ganaste en la equivocación porque, bueno, ¡somos seres humanos! El error viene en el ADN. No lo podemos evitar. ¿Te duele tanto? ¿O lo dejamos pasar? Te digo más: ¡negociemos! ¿Qué pasaría si te digo que, si aceptás que ya está todo escrito por gente más talentosa y que te vas a equivocar, tenés la llave maestra para acceder a la segunda lista?

Estamos llegando a un lugar interesante. La maraña se va aflojando. Si acepto estas condiciones, acepto que:

-no soy una genia

-no soy perfecta

-me equivoco

-hay muchas cosas que no sé

-soy pequeña

Pequeña. Otra clave. ¿Qué le dirías a un niño/a que está aprendiendo a escribir y tiene alguno de los miedos de la lista? Nos olvidamos de ese momento. Y creemos que deberíamos saber mucho más, ser mejores, equivocarnos menos. Pero siendo pequeños/as tenemos todo el aprendizaje por delante. “Claro, pero yo no quiero aprender, yo quiero saber”, podrías decirme. Pero qué te cuento que no podés saber sin aprender…

 Y aquí estamos frente a la traba fundamental: si no aceptamos nuestra pequeñez, nunca vamos a crecer ni a ser grandes.

 Si asumo que no sé, puedo aprender y saber.

 Si no asumo que no sé y lo dejo en el “formato miedo”, que tiene algo de irrealidad, no me entero de las cosas y por ende no las cambio. Conclusión: me quedo en el mismo lugar (lo que siempre busca el miedo).

 “Bueno, Ceci, pará, que yo algo sé. No es que no sepa nada de nada”, podrías decirme. Esa es la voz del Mascherano interior. A veces aparece cuando afirmamos lo que dice el miedo. Si el miedo dice “es horrible” y le contesto “tenés razón, es una inmundicia que no merece existir” (exagerar sirve un montón) probablemente salga la defensa a retrucar “pará, che, que tan mal no está. Le falta un poco de trabajo nomás”.

 Esto, claro, depende de la fortaleza de mi defensa. Y ya que achicamos el miedo, ahora nos toca agrandar el amor. ¿Cómo se hace? Malcriándonos. Haciéndonos los reyes y reinas. Si observáramos cómo nos (mal)tratamos, lo haríamos menos. Desde las cosas que nos decimos a nosotros/as mismos/as (¡Qué tarada!, ¿No ves que no podés hacer nada bien?, ¡No aprendés más!, etc, etc), las cosas que nos hacemos (por ejemplo: comer basura, en la comida y en la información) y sobre todo las cosas que no nos damos (tiempo, atención, cuidado: AMOR).

 Ya estamos a punto caramelo para charlar de las dos TRABAS que aparecen cuando queremos empezar a escribir:

 -La dificultad de hacerse el tiempo

 -El miedo a la hoja en blanco

 

Pero ya me extendí mucho y quedará para el próximo capítulo.

 Sin embargo, no quiero irme sin proponerte dos acciones para achicar el miedo y agrandar el amor.

 

Para el miedo: entrenate en escuchar las frases exactas que te decís para no escribir. Chusmeá las respuestas a las preguntas, ahí vas a encontrar varios ejemplos. Un ejercicio ideal para esto es escribir 5 minutos por día. Cuando detectes tus frases, respondele al miedo. Indagá qué tan cierto es lo que te dice. Cuánto hay de realidad ahí. Cómo se puede “achicar el pánico”. Cómo podría calmarse esa emoción. Por ejemplo, desde que fui a un taller de clown, me amigué con mi taradez y, si bien no puedo decir que superé mi miedo al ridículo, la paso mucho mejor. Puedo dialogar con esa parte mía que antes estaba censurada.

Para el amor: hacé una lista de todo lo que te hace bien. Al principio salen cosas muy genéricas. Si insistís, vas a empezar a recuperar verdaderos tesoros. Por ejemplo, no es lo mismo “me hace bien descansar” que “me hace bien dormir una siesta al sol tirada en el pasto y cubierta con una mantita”. Preguntate más seguido: ¿qué necesito? ¿qué me haría bien? Pensá en cómo sos con lo más tierno que te rodea. Cómo tratás a los/as peques que tenés cerca o a tus mascotas, si tenés. ¿Qué pasaría si te trataras así a vos mismo/a?

 

Prometí ser lo menos cursi posible… y me parece que mordí la banquina y terminé escribiendo un post de autoayuda. Es lo que me salió decirte desde mi experiencia enmarañada entre mis miedos y mis amores.

 ¿Seguimos desenredando la madeja?

 ¡Espero tus comentarios!

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