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Fuera de quicio

Todo comenzó con un libro: Jung y el tarot, de Sallie Nichols. Puede parecer un dato anecdótico, pero en verdad funcionó como sustrato de la tarea antóloga. Nichols insiste en el poder del arquetipo: cuando se manifiesta (en este caso, a través de la lectura) comienza a atraer sincronicidades en torno a su figura. Y así ocurrió con este libro. Cuando Hernán Casabella me propuso armar una antología de cuentos para Textos Intrusos, mi respuesta inmediata fue “tal vez más adelante”, porque en ese momento no veía un tema que pudiera nuclear los textos que estábamos trabajando en el taller. Pero todo se acomodó cuando empecé a leer acerca del arquetipo del loco, ya que pude ver que muchos de los participantes estaban abordando esa energía de una manera u otra. Me sirvió pensarlo como una energía que todos podemos actuar y que se plasma de diferente modo según cada individuo.

¿De qué se trata esa energía? El loco viene con una propuesta: salí de tu cuadrado. Olvidate de la norma. Sé nómade, impredecible, espontáneo. No te ates a la forma. No te quedes con una imagen, una palabra, una posición. Seguí buscando. Buscá por buscar. Sé libre. Jugá. Aunque sea por un rato. Es una linda invitación, ¿no? Sin embargo, conlleva un peligro: no volver. Patear el tablero y quedarse afuera. Nunca más un casillero. Es lo que Nichols llama “la sombra del loco”. Cuestionar todo y no quedarse con nada. Renunciar a la sociedad y, muchas veces, a la vida. Entre el loco lindo y el loco ido median sólo dos letras: las que nos mantienen dentro de un marco. Siempre podemos volver, si sabemos que estamos jugando.

A propósito del marco, hay una expresión para designar al loco que es muy iluminadora: “desquiciado”. El quicio es “la parte de las puertas o ventanas en que entra el espigón del quicial y en que se mueve y gira”. De ahí que “desquiciado” sea una persona que está fuera del orden o estado regular. El loco es el que se sale del marco. Y, en ese sentido, los cuentos de LunAticOs componen un abanico de desquiciados. En “Un pulpo en mi ciudad”, por ejemplo, el narrador tiene insomnio, está despierto cuando todos los demás duermen, y el animal que protagoniza su recuerdo abandona su hábitat natural. Está fuera de contexto y la ciudad condena esa falta de orden. En “Los Camisas Blancas”, el personaje también está fuera de lugar, esta vez doblemente: porque escapa del psiquiátrico en el que está internado y porque se sale de la mirada colectiva al interpretar su fuga como una acción revolucionaria. En “Las semillas de Patrocinio”, Patrocinio saca de quicio al narrador. Se trata de un ataque de ira que lo lleva a la venganza. Y el Loco también hace su aparición en el disparate que acompaña la historia de principio a fin.

En “Marquito” e “Ignacio” encontramos a su vez un tandem: el marco y el cuadro. Lo que en el primer cuento de la antología se anuncia como la relación entre el escritor y la locura, esa distancia y encuadre desde donde observarla y contarla sin caer en ella, en el último aparece como fusión, pasaje a otro estado, ya que el pintor, sin palabras, mira la locura desde adentro y se pone a él mismo dentro del cuadro. El cuadro es un paisaje interior, una historia personal, una manera singular de ver el mundo. Y el marco es un quicio, el límite que lo relaciona con el mundo “real”, lo terrestre en oposición a lo lunático. El quicio es la bisagra que permite que las ventanas se abran y se cierren.

¿No es ésa la tarea creativa? ¿No abrimos y cerramos la percepción? ¿No entramos y salimos del mundo real? ¿No necesitamos del Loco para poner entre paréntesis el cauce “natural”, que a veces se naturaliza tanto que ni siquiera lo vemos como un camino posible y no obligatorio? Así vivimos, entre la Tierra y la Luna, el cuadrado y el espiral, el quicio y el desquicio. LunAticOs es una invitación a salirse de quicio, aunque sea por un rato y ver qué paisajes bailan ante nuestros ojos cuando somos parte del cuadro.

Cecilia Maugeri

Forman parte de LunAticOs:

Marta Aguirre
Pity Brugo
Rodrigo Guerra
Leandro Pena
Pablo Ruocco

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