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Quiero contarte qué es la escritura para mí y cómo me relaciono con la práctica. No me parece algo obvio, ya que considero que hay infinitas maneras de hacerlo. Así que, ¡aquí vamos! Este es mi manifiesto:

1) La escritura no es una habilidad innata. No es una gracia que le toca a un grupo selecto de personas tocadas por la varita del talento. La escritura se puede aprender. No es excluyente: tenés todo el permiso del mundo para practicarla.

2) La escritura casi nunca sale bien en una primera sentada. Es una tarea que avanza por capas. Por eso es muy cruel juzgar a un primer borrador como si fuera una obra terminada.

3) La escritura tiene ciclos, como las estaciones. Lo bueno es que, después del invierno, siempre llega la primavera.

4) La escritura no es una traducción fiel del pensamiento. Es un puente entre lo que imaginamos y lo que podemos comunicar. ¿Se puede acortar la distancia? ¡Sí! Pero nunca van a coincidir 100%. Eso es una utopía, no debería ser un parámetro para medir la calidad de un texto.

5) La escritura es una práctica accesible, abierta a toda persona que quiera relacionarse con ella.

6) La escritura es un camino de aventuras que me lleva a descubrir territorios inexplorados de mí misma.

7) La escritura es un refugio, un lugar que me conecta con el placer, una actividad que siempre me deja mejor de lo que estaba.

8) La escritura es un juego en el que siempre puedo volver a ser niña.

9) La escritura no tiene que ser de ninguna manera. Y puede ser como vos quieras. Es una materia maleable. La escritura es amiga de la variedad. Hay tantas posibilidades de expresarse como personas existen en el mundo. Es cierto que todo está escrito. Pero no está escrito por vos. ¿Nos vas a dejar con la intriga?

10) No estás solo/a. Todos/as los/as que escribimos pasamos por bajones creativos, trabas, bloqueos y mesetas áridas. Nunca es demasiado tarde para empezar. Y siempre vale la pena.

Así que acá estoy para acompañarte a juntar coraje y arremeter. Porque la vida es una sola, ¿vio? ¿Vamos pasar el tiempo lamentándonos porque no somos Borges? ¿O vamos a construir un espacio en el que nuestra escritura sea posible, deseada, tenida en cuenta, alentada y -por supuesto- compartida?

Yo voto por la segunda opción. Por eso te invito a que te sumes a esta tribu de valientes.

¿Querés empezar?

Cómo llegué hasta acá

Todo empezó con una crisis. Cuando cumplí treinta estaba trabajando en una escuela-taller de escritura creativa y sentía que ya no tenía posibilidades de seguir creciendo. No es que hubiera algo de malo en eso, podría haberme quedado ahí, era un lugar cómodo y amigable. Pero algo me empujaba a seguir buscando, a explorar, a probar por mi cuenta. Me acosaba la pregunta “¿y yo qué quiero hacer?”. 

No tenía idea de qué era lo que quería pero como soy bastante kamikaze, renuncié sin tener un plan.  No lo recomiendo, seguro se puede hacer con menos estrés. Me apoyé en mis ahorros y en mi compañero, que fue el primero en creer en mí. Lo único que sabía era que no iba a seguir la carrera académica. Ya había resuelto el dilema “doctorado sí – doctorado no”. Había tenido una breve incursión dando clases en la UBA y me alcanzó una muestra para darme cuenta de que no iba por ahí. 

Sabía que quería escribir y dar clases, pero no tenía idea de cómo. Me ilusioné pensando que si hacía esa maestría en Escritura Creativa iba a sentir más seguridad: iba a tener una formación más sólida y la gente me iba a respetar por ser una “especialista”. Duré un año y abandoné. No pude soportar la modalidad “operación triunfo”. Estaba acostumbrada a trabajar mi escritura en el contexto de taller, donde el respeto y el cuidado eran la base de todo. En este nuevo ambiente, lo que más importaba era demostrar la propia genialidad. Si podía ser pisoteando a tus compañeros/as, mejor. Me indignaba ver cómo los/as profesores/as fomentaban la crueldad en los comentarios. Renuncié. Después de esa experiencia estuve un año entero bloqueada, sin poder escribir. 

En paralelo seguía dando talleres como podía, como había aprendido. Di clases en un montón de lugares, iba probando acá y allá, no enganchaba en ningún lado. Mi propuesta era muy general: coordinaba un taller literario y punto. Se me terminaron los ahorros y empecé a recibir la ayuda económica de mi pareja. Cada peso que me daba hacía crecer el fantasma de “la mantenida” que me acosaba todas las noches. No podía soportarlo. En un acto desesperado, empecé a trabajar en un secundario. Creí que así me iba a encarrilar, que iba a poner un poco de orden en el caos en que se estaba convirtiendo mi vida. Pero otra vez me equivoqué. 

Fue un año nefasto. Había empezado con mucho entusiasmo, con ganas de aportar algo a la educación. Quería innovar, conectarme con los/as chicos/as desde un lugar más empático, darle lugar a la creatividad, ayudarlos a pensarse a través de las palabras. Nada de esto ocurrió. Sentía que había perdido la magia, que mis clases no funcionaban. Cada día me iba a dormir exhausta, no me daba la energía para nada más. Quería hacer algo diferente pero realmente no podía. Empecé a cuestionarme todo. No estaba escribiendo y no disfrutaba enseñar. Llegué a pensar que me había equivocado de profesión. Pero ¿qué iba a hacer? Toda la vida me había preparado para eso, no sabía hacer otra cosa. No entendía lo que me estaba pasando. ¿Adónde se había ido mi pasión?

Creo que lo que me despertó fue la cárcel. Uno de los lugares en los que trabajaba era el penal de Devoto. Ahí sí que daba gusto, los presos estaban súper disponibles para aprender. Eran el extremo opuesto de los/as adolescentes del colegio privado. La vivencia del encierro material, palpable, evidente me conectó con la cárcel personal: esa traba invisible que me impedía ver más allá de mis supuestas posibilidades. 

Sí, estaba presa. Pero la pregunta era muy terca y me seguía persiguiendo: ¿y yo qué quiero hacer? No me quedó otra que averiguarlo. El titular seguía siendo “Quiero escribir y enseñar”, pero sentía mucha inseguridad porque la experiencia me mostraba un fracaso tras otro. Empecé a ver que tal vez mi problema no estaba en el qué sino en el cómo. ¿Cómo quiero escribir? ¿Cómo quiero enseñar? Tal vez el tipo de escritura que se espera en una maestría no es para mí, quizás mi camino es otro y no por eso es menos válido. Tal vez enseñar en la escuela media no es para mí, pero eso no significa que no pueda ser una buena profesora. Entonces, ¿cómo quiero hacerlo?

Me dediqué a observar todo el recorrido que había hecho hasta ese momento. Reconocí todo lo que había aprendido, todo lo que valía la pena transmitir. Me concentré en lo mejor que tengo para ofrecer. Sumé todo: la estructura que me dio la facultad, el vuelo de la formación artística, los años de terapia y trabajo personal, el contacto con el cuerpo, el aprendizaje de cada caída, el aplomo de la práctica diaria. “La nueva Ceci tiene que salir de ahí, basta de buscar afuera”, me dije. 

Quería escribir, quería enseñar. Pero nunca lo había intentado en serio. No me había dado el sí. Estaba demasiado preocupada por la aprobación de los/as demás. No puedo precisar en qué momento sucedió, pero tomé la decisión: me contraté. A partir de entonces, trabajé para mí. Dejé de pedirle a otros/as que valoraran mi trabajo y fui la primera en confiar. Me di todo lo que necesitaba y me concentré en construir. Ideé un método para enseñar a escribir creativamente o, mejor dicho, a conectar con la creatividad a través de la escritura. Empecé a probarlo y a observar qué pasaba. Funcionó mucho mejor de lo que creía, nunca había tenido una respuesta semejante. Los talleres se empezaron a llenar, y con la respuesta positiva apareció una gran responsabilidad. Al fin estaba dando un servicio, que lo mejor que tenía para dar, lo que había salido de mí sin mirar hacia afuera, era lo que mis alumnos/as necesitaban. Mi mayor placer era algo útil para los/as demás. De pronto sentí que estaba viviendo un sueño. 

Por supuesto, aparecieron los gemelos “esto es demasiado bueno para ser real” y “seguro que ahora viene una tragedia”. Pero amablemente los invité a pasar y tomarse un tecito mientras sigo construyendo. Ser independiente no es fácil. Es un proceso constante, orgánico como la vida. Mejor dicho, es una forma de estar en la vida. Un desafío para trascender la cárcel personal y conectarse con los deseos más profundos. Esos que motorizan, que llenan de energía, que permiten seguir a pesar de todo. Son una fuerza imparable. 

No quiero cantar victoria, es muy probable que vuelva a vivir crisis existenciales como la de los treinta. Desconfío de los finales con promesas de eternidad: “y a partir de entonces, amó su trabajo para siempre”. Pero lo que sí puedo decir es que, si me vuelve a pasar, ya tengo una pista de cómo salir: mirar a los miedos de frente, quedarme en la oscuridad el tiempo que sea necesario, sin esquivarla, y buscar la respuesta adentro mío. Me comprometo a ser fiel a mí misma y a ofrecer lo que está vivo en mí. Confío en que cuanto más verdadera sea mi propuesta, más útil va a ser para el mundo. Tal vez la forma cambie, quizás en un futuro las clases sean otras. Pero la esencia permanece. 

Yo voy por el sí. ¿Y vos?

¿Querés compartir el posteo? ¡Di que sí, di que sí!