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Muchas veces me hacen esta pregunta (y su mejor amiga, el “por qué”) y la verdad es que, a la hora de ponerme a escribir, no me importa. Escribo porque me hace bien, porque lo necesito, pero no tengo una finalidad específica. No busco algo en concreto. Me entusiasma la práctica porque sí. Pero como sé que esta respuesta no satisface a la pregunta, me propongo indagar un poco más en el asunto.

Y es que, con el diario del lunes, después de haber escrito, sí puedo reflexionar sobre los para qués y los porqués de la escritura. Si te interesa el tema, buscá una postura cómoda porque éste va a ser un viaje en el tiempo. Vamos a pasear por un montón de situaciones diferentes que me sucedieron a mí pero estoy segura de que te podrían pasar también a vos. ¿Me acompañás?

 

Jugar a escribir

Mi recuerdo más viejo es un cuento que se llamaba “Cristalón”. Tendría 6 o 7 años cuando lo escribí y se ve que a esa edad ya era nostálgica, porque me remonté a una etapa anterior en la que vivía en el negocio de antigüedades de mi papá. Era el año 1991 y todavía no se había estrenado Toy Story pero yo ya flasheaba que las antigüedades cobraban vida de noche.

Escribir era un juego más. Pero también, una forma de plasmar lo sobrenatural que nos visita todos los días o, dicho con palabras de Cortázar, “el sentimiento de lo fantástico”. Podría decir, entonces, que escribía para hacer durar la magia.

Tengo otro recuerdo, muy diferente, de los 10 años. Acá ya era en otra película, porque vivía en una granja en El Pato (ruta 2, km 40). Mi mamá había fundado un suplemento infantil para el diario de la zona y yo formaba parte de un grupo de mini periodistas. Estábamos muy preocupados por la ecología, ésa era nuestra temática. Hacíamos entrevistas a las fábricas acerca de los residuos, íbamos al Parque Pereyra a ver cómo curaban a los árboles enfermos, organizábamos reciclaje de papel y reforestábamos plazas. Nos hacíamos llamar “La Brigada Verde”.

En ese momento, mi interés era comunicar. Me acuerdo de estar escribiendo pensando en que otro/a chico/a podría leer mi texto. Yo quería contagiar. Quería que mis lectores/as también plantaran árboles, que se comprometieran con la misma causa. Más sagitario, imposible. Era hermoso formar parte de un grupo y tener una “misión”. La escritura era una herramienta muy poderosa.

 

Catarsis adolescente

De chica también escribía diarios, pero durante la infancia me costaba mucho mantener el hábito. Mi cuaderno tenía candado y hojas perfumadas con dibujos de gatos. Suponía que ese espacio era exclusivo para los desengaños amorosos, y entonces escribía: “Creo que me gusta Matías, pero no sé bien qué es gustar de alguien”. Y más adelante, “Perdón, diario, hace mucho que no escribo. Lo que pasa es que la estuve pasando muy bien y me olvidé. Te cuento lo que pasó en el último año….” Era una escritura asociada a la desazón. En la infancia asomó apenas, pero en la adolescencia estalló con todo.

Crisis existenciales al rolete. Literal, crisis después de leer a Sartre y sus secuaces. Yo no pedí nacer, para qué vine al mundo, sería mejor estar muerta y demás pensamientos hermosos derivados de la explosión hormonal o vaya a saber qué. Si hay un momento que no me gustaría revivir es el paso por el secundario. Cuando descubrí que podía hacer catarsis escribiendo toda la oscuridad que me brotaba de adentro, me iluminé. Entendí que la escritura podía ser mi mejor amiga. Y así encontré un salvavidas para el ahogo emocional que sentía casi todos los días.

Supongo que escribía para calmarme. Y para ordenar mis pensamientos. Me sentía mucho mejor después de hacerlo. Y poco a poco esa escritura-vómito se fue afinando y empezaron a surgir reflexiones filosóficas con ganas de ser ensayo y que luego dieron paso a los poemas.

 

Poesía, dolor, pasión

En quinto año, la profe de Literatura nos presentó a Pizarnik y fue un antes y un después. Me maravillaba cómo podía sintetizar tanto dolor en un poema de dos versos. “Más allá de cualquier zona prohibida/ hay un espejo para nuestra triste transparencia”. Faaaaa. Tomá mate. Para mí, ese poema incluía toda la historia de amor prohibido que estaba viviendo en ese momento.

Y entonces empecé a practicar eso de transformar el desamor en poesía. Había algo ahí, en ese ejercicio, que también me calmaba. O me acompañaba, porque la verdad es que seguía sufriendo, ya no por el mero hecho de existir, sino por no ser correspondida en el amor. Kartún dice que la metáfora sutura la herida que causa la imagen. Y creo que tiene razón. La imagen del corazón roto, la sensación en el cuerpo, se cura con poesía.

Yo buscaba eso, justamente: curarme. Acompañarme en el dolor. Aún hoy no puedo escribir poesía de otra manera. Desde que soy bien correspondida, no escribo poemas. Esto no quiere decir que no sea posible, ojo. Muchos poetas dicen que la poesía es un camino espiritual. Y estoy segura de que es posible soltar la emoción y escribir metáforas suturando otras heridas. Tal vez las del mundo, quién sabe.

 

Volver a jugar siendo adulta

Ahora estoy viviendo una mezcla de todas estas intenciones juntas. Escribo entre una y cuatro páginas de catarsis todas las mañanas. Ahí vomito todo, me vacío. Y quedo libre para las dos facetas de la escritura que más me gustan: jugar y comunicarme.

Estoy escribiendo una obra de teatro que es puro juego. Simplemente me entrego a los personajes y los miro hacer. No hay nada más lindo que esa actitud. También escribo cosas como esta, en el blog, para contagiar a la gente. Cambié la ecología por la escritura y ahora podría decir que soy parte de una “Brigada Multicolor”. Mi misión es clara y supongo que a esta altura será obvia: quiero pasarte el virus de la creatividad.

Para serte sincera, sigo buscando curarme a través de la escritura. Hace unos años tuve una experiencia horrible trabajando en un secundario y casi abandono la docencia. Pasé por una crisis vocacional muy fuerte y mientras tanto escribí un libro. Me llevó dos años de reescritura despegarme de la emoción y dejar que el vómito se transforme en algo legible.

Ahora ya es momento de levantar la venda y ver si la herida cicatrizó bien. Si así es, te prometo que lo voy a compartir. Porque, quién sabe, tal vez ese dolor docente no sea sólo mío. Tal vez, intentando suturar mi herida, ayudo a cerrar alguna más. Es sólo una idea, pero ya me hace feliz pensarla. Creo que, en definitiva, siempre escribo para compartir. Aunque la escritura nazca en la máxima soledad, aunque sea una necesidad íntima o un juego personal, las palabras siempre nos unen, siempre son puente. Y si no, miranos ahora. Estamos frente a una pantalla, no nos vemos las caras ni sabemos quiénes somos. Y sin embargo, nos conectamos.

Creo que por eso siempre siento la necesidad de preguntar, al final de estos textos, algo sobre tu propia experiencia. Para saber si estás ahí, para escuchar qué hay del otro lado del puente. Así que va de nuevo la invitación a que me cuentes:

¿Para qué escribís?

 

¿Querés compartir el posteo? ¡Di que sí, di que sí!