Permiso de hablar, de Silvina Ocampo

Permiso de hablar, de Silvina Ocampo

Las voces se anunciaban por medio de una maravillosa distribución de colores. No sé si eran eléctricas o simplemente naturales. Antes de que prohibieran las voces, la ciudad quedaba casi a oscuras e inmediatamente reverberaban las luces rojas, verdes, violetas, amarillas, celestes, a rayas o a pintitas que anunciaban el permiso de hablar. Entonces se oía una detonación como de trasatlántico que se hunde y comenzaban a urdir los más desaforados enredos, y empezaban las voces a hablar, algunas intrépidas, otras tímidas,
otras sonoras, imperiosas como en un claustro, otras desentonando o casi tristes o apagadas, otras furiosas atrayendo risas o llantos por la precipitación del permiso de hablar, tan esperado.


Simult√°neamente se iluminaban grandes avisos PERMISO DE HABLAR. No¬†saben los cient√≠ficos que todos los desastres de este mundo se deben a la¬†locuacidad de la gente. Por algo los animales no hablan. Ning√ļn volc√°n en¬†erupci√≥n es tan fuerte como las voces.
Cuando los carteles que indican PERMISO DE HABLAR dejan lugar a otro,¬†con la palabra SILENCIO, y el silencio baja sobre el mundo con sus alas grises y¬†celestes, un recogimiento dulce invade las casas; las cortinas se abren solas,¬†para no hacer ruido, y los ni√Īos se visten para ir a la escuela. El piano funciona¬†pian√≠simo.
El llanto nunca fue considerado como palabra: hubo un conflicto porque nadie se ponía de acuerdo sobre este tema y los que más necesitaban hablar emitían llantos, casi tan incómodos como las palabras. Los prohibieron.
Sobrevinieron los suspiros, m√°s flagrantes que las palabras. Los suspiros¬†tambi√©n se prohibieron. Entonces el universo en silencio explay√≥ su belleza. Era¬†un silencio claro y perfecto. Hasta los perros hab√≠an comprendido que no ten√≠an¬†que ladrar. Acostados sobre la pata derecha inclinaban la cabeza y de vez en¬†cuando silenciosamente suspiraban. Apenas se o√≠a aquel suspiro tan medido, tan¬†escondido entre los pelos negros de las patas. Ninguna nostalgia en su coraz√≥n¬†de perro adulto. ‚ÄĒNo recordaba conversaci√≥n alguna de amor ni de odio,¬†simplemente una nostalgia de perro que llora por sus √ļltimos hijos y por un plato¬†de pollo. El suspiro apenas se oye por este motivo, pero no es menos profundo¬†que el suspiro de un hombre por su mujer que lo ha traicionado. Este concierto,¬†tan bien esclavizado, despierta al que duerme. Tengo que vivir, piensa el
so√Īador a quien s√≥lo despierta el silencio, nunca el ruido.
Algunas personas aprendieron a hablar sin palabras. Era tan inc√≥modo¬†hablar en aquel bullicio que hac√≠a la gente y era tan agradable el silencio de¬†cuando nadie hablaba que Romina, la vecina de nuestra casa, intent√≥ hablar sin¬†palabras. En los primeros momentos nadie la comprend√≠a y cuando le explic√≥ a¬†su maestra de canto la suerte que eleg√≠a, la maestra furiosa tir√≥ las m√ļsicas al
suelo y dijo: ¬ęYo no ense√Īo a gorriones ni a perros pilas por inteligentes que¬†sean. Hay que cantar con palabras, para eso las tenemos¬Ľ. Aquel ejemplo bast√≥.
Su timidez la impulsaba a buscar a amigas que pensaran como ella, pero era¬†dif√≠cil, tan dif√≠cil que utilizaba la nariz para emitir un sonido √≠nfimo que la¬†ayudaba a pronunciar palabras mentalmente, pero cuando alguien descubri√≥ esta¬†ef√≠mera treta, le dijeron que era incorrecta y que no hab√≠a que enga√Īar al mundo¬†cuando el mundo ya no utilizaba sonidos ni palabras para expresarse. Romina se
resignó. Con el tiempo se enamoró de un sordomudo: Teodoro Mudo. Romina ya no supo hablar. Aprendió a manejar las letras con sus manos, olvidándose del sentido de las palabras. Teodoro Mudo la miraba extasiado. Qué sacrificio hace una mujer cuando olvida las palabras que quiere decir a su amado. Tomó un libro. Dafnis y Cloe, y con la lapicera fue marcando las líneas más conmovedoras.
Fue entonces cuando ocurrió el milagro. Teodoro Mudo pronunció las frases más apasionadas, justo en el momento en que apareció PERMISO DE HABLAR. El ruido ensordecedor de la gente no dejó oír su voz. Romina palideció, volvió a abrir el libro. Dos mujeres, que se peleaban con voces muy altas, interceptaron la voz de Teodoro Mudo. Romina les dio la vuelta a las páginas del libro. Bajo las
√≥rdenes de SILENCIO Teodoro ley√≥ una p√°gina del libro. Romina trat√≥ de decir¬†algo. Ning√ļn sonido sali√≥ de su garganta, s√≥lo se oy√≥ un suspiro, el suspiro que¬†marca la √©poca en que desapareci√≥ esa costumbre de anunciar el derecho de¬†hablar y del silencio.
A Romina acabaron por llamarla la Sirena de Andersen, que, al hablar y al moverse, sentía que le clavaban cuchillos en los pies y que nunca pudo declarar su amor al príncipe.

Silvina Ocampo

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