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Las voces se anunciaban por medio de una maravillosa distribución de colores. No sé si eran eléctricas o simplemente naturales. Antes de que prohibieran las voces, la ciudad quedaba casi a oscuras e inmediatamente reverberaban las luces rojas, verdes, violetas, amarillas, celestes, a rayas o a pintitas que anunciaban el permiso de hablar. Entonces se oía una detonación como de trasatlántico que se hunde y comenzaban a urdir los más desaforados enredos, y empezaban las voces a hablar, algunas intrépidas, otras tímidas,
otras sonoras, imperiosas como en un claustro, otras desentonando o casi tristes o apagadas, otras furiosas atrayendo risas o llantos por la precipitación del permiso de hablar, tan esperado.


Simultáneamente se iluminaban grandes avisos PERMISO DE HABLAR. No saben los científicos que todos los desastres de este mundo se deben a la locuacidad de la gente. Por algo los animales no hablan. Ningún volcán en erupción es tan fuerte como las voces.
Cuando los carteles que indican PERMISO DE HABLAR dejan lugar a otro, con la palabra SILENCIO, y el silencio baja sobre el mundo con sus alas grises y celestes, un recogimiento dulce invade las casas; las cortinas se abren solas, para no hacer ruido, y los niños se visten para ir a la escuela. El piano funciona pianísimo.
El llanto nunca fue considerado como palabra: hubo un conflicto porque nadie se ponía de acuerdo sobre este tema y los que más necesitaban hablar emitían llantos, casi tan incómodos como las palabras. Los prohibieron.
Sobrevinieron los suspiros, más flagrantes que las palabras. Los suspiros también se prohibieron. Entonces el universo en silencio explayó su belleza. Era un silencio claro y perfecto. Hasta los perros habían comprendido que no tenían que ladrar. Acostados sobre la pata derecha inclinaban la cabeza y de vez en cuando silenciosamente suspiraban. Apenas se oía aquel suspiro tan medido, tan escondido entre los pelos negros de las patas. Ninguna nostalgia en su corazón de perro adulto. —No recordaba conversación alguna de amor ni de odio, simplemente una nostalgia de perro que llora por sus últimos hijos y por un plato de pollo. El suspiro apenas se oye por este motivo, pero no es menos profundo que el suspiro de un hombre por su mujer que lo ha traicionado. Este concierto, tan bien esclavizado, despierta al que duerme. Tengo que vivir, piensa el
soñador a quien sólo despierta el silencio, nunca el ruido.
Algunas personas aprendieron a hablar sin palabras. Era tan incómodo hablar en aquel bullicio que hacía la gente y era tan agradable el silencio de cuando nadie hablaba que Romina, la vecina de nuestra casa, intentó hablar sin palabras. En los primeros momentos nadie la comprendía y cuando le explicó a su maestra de canto la suerte que elegía, la maestra furiosa tiró las músicas al
suelo y dijo: «Yo no enseño a gorriones ni a perros pilas por inteligentes que sean. Hay que cantar con palabras, para eso las tenemos». Aquel ejemplo bastó.
Su timidez la impulsaba a buscar a amigas que pensaran como ella, pero era difícil, tan difícil que utilizaba la nariz para emitir un sonido ínfimo que la ayudaba a pronunciar palabras mentalmente, pero cuando alguien descubrió esta efímera treta, le dijeron que era incorrecta y que no había que engañar al mundo cuando el mundo ya no utilizaba sonidos ni palabras para expresarse. Romina se
resignó. Con el tiempo se enamoró de un sordomudo: Teodoro Mudo. Romina ya no supo hablar. Aprendió a manejar las letras con sus manos, olvidándose del sentido de las palabras. Teodoro Mudo la miraba extasiado. Qué sacrificio hace una mujer cuando olvida las palabras que quiere decir a su amado. Tomó un libro. Dafnis y Cloe, y con la lapicera fue marcando las líneas más conmovedoras.
Fue entonces cuando ocurrió el milagro. Teodoro Mudo pronunció las frases más apasionadas, justo en el momento en que apareció PERMISO DE HABLAR. El ruido ensordecedor de la gente no dejó oír su voz. Romina palideció, volvió a abrir el libro. Dos mujeres, que se peleaban con voces muy altas, interceptaron la voz de Teodoro Mudo. Romina les dio la vuelta a las páginas del libro. Bajo las
órdenes de SILENCIO Teodoro leyó una página del libro. Romina trató de decir algo. Ningún sonido salió de su garganta, sólo se oyó un suspiro, el suspiro que marca la época en que desapareció esa costumbre de anunciar el derecho de hablar y del silencio.
A Romina acabaron por llamarla la Sirena de Andersen, que, al hablar y al moverse, sentía que le clavaban cuchillos en los pies y que nunca pudo declarar su amor al príncipe.

Silvina Ocampo

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