Pierre Menard, autor del Quijote, de Jorge Luis Borges

 

Pierre Menard, autor del Quijote, de Jorge Luis Borges

A Silvina Ocampo

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†La obra visible¬†que ha dejado este novelista es de f√°cil y breve enumeraci√≥n. Son, por lo tanto, imperdonables las omisiones y adiciones perpetradas por madame Henri Bachelier en un cat√°logo falaz que cierto diario cuya tendencia¬†protestante¬†no es un secreto ha tenido la desconsideraci√≥n de inferir a sus deplorables lectores ‚ÄĒsi bien estos son pocos y calvinistas, cuando no masones y circuncisos. Los amigos aut√©nticos de Menard han visto con alarma ese cat√°logo y aun con cierta tristeza. Dir√≠ase que ayer nos reunimos ante el m√°rmol final y entre los cipreses infaustos y ya el Error trata de empa√Īar su Memoria… Decididamente, una breve rectificaci√≥n es inevitable.
Me consta que es muy f√°cil recusar mi pobre autoridad. Espero, sin embargo, que no me prohibir√°n mencionar dos altos testimonios. La baronesa de Bacourt (en cuyos¬†vendredis¬†inolvidables tuve el honor de conocer al llorado poeta) ha tenido a bien aprobar las l√≠neas que siguen. La condesa de Bagnoregio, uno de los esp√≠ritus m√°s finos del principado de M√≥naco (y ahora de Pittsburgh, Pennsylvania, despu√©s de su reciente boda con el fil√°ntropo internacional Sim√≥n Kautzsch, tan calumniado, ¬°ay!, por las v√≠ctimas de sus desinteresadas maniobras) ha sacrificado ‚Äúa la veracidad y a la muerte‚ÄĚ (tales son sus palabras) la se√Īoril reserva que la distingue y en una carta abierta publicada en la revista¬†Luxe¬†me concede asimismo su benepl√°cito. Esas ejecutorias, creo, no son insuficientes.


He dicho que la obra visible de Menard es fácilmente enumerable. Examinado con esmero su archivo particular, he verificado que consta de las piezas que siguen:
a) Un soneto simbolista que apareci√≥ dos veces (con variaciones) en la revistaLa Conque¬†(n√ļmeros de marzo y octubre de 1899).
b) Una monograf√≠a sobre la posibilidad de construir un vocabulario po√©tico de conceptos que no fueran sin√≥nimos o per√≠frasis de los que informan el lenguaje com√ļn, ‚Äúsino objetos ideales creados por una convenci√≥n y esencialmente destinados a las necesidades po√©ticas‚ÄĚ (N√ģmes, 1901).
c) Una monograf√≠a sobre ‚Äúciertas conexiones o afinidades‚ÄĚ del pensamiento de Descartes, de Leibniz y de John Wilkins (N√ģmes, 1903).
d) Una monograf√≠a sobre la¬†Characteristica Universalis¬†de Leibniz (N√ģmes, 1904).
e) Un artículo técnico sobre la posibilidad de enriquecer el ajedrez eliminando uno de los peones de torre. Menard propone, recomienda, discute y acaba por rechazar esa innovación.
f) Una monograf√≠a sobre el¬†Ars Magna Generalis¬†de Ram√≥n Llull (N√ģmes, 1906).
g) Una traducción con prólogo y notas del Libro de la invención liberal y arte del juego del axedrez de Ruy López de Segura (París, 1907).
h) Los borradores de una monografía sobre la lógica simbólica de George Boole.
i) Un examen de las leyes métricas esenciales de la prosa francesa, ilustrado con ejemplos de Saint­Simon (Revue des Langues Romanes, Montpellier, octubre de 1909).
j) Una réplica a Luc Durtain (que había negado la existencia de tales leyes) ilustrada con ejemplos de Luc Durtain (Revue des Langues Romanes, Montpellier, diciembre de 1909).
k) Una traducción manuscrita de la Aguja de navegar cultos de Quevedo, intitulada La Boussole des précieux.
l) Un prefacio al cat√°logo de la exposici√≥n de litograf√≠as de Carolus Hourcade (N√ģmes, 1914).
m) La obra¬†Les Probl√®mes d’un probl√®me¬†(Par√≠s, 1917) que discute en orden cronol√≥gico las soluciones del ilustre problema de Aquiles y la tortuga. Dos ediciones de este libro han aparecido hasta ahora; la segunda trae como ep√≠grafe el consejo de Leibniz¬†Ne craignez point, monsieur, la tortue,¬†y renueva los cap√≠tulos dedicados a Russell y a Descartes.
n) Un obstinado an√°lisis de las ‚Äúcostumbres sint√°cticas‚ÄĚ de Toulet (N.R.F., marzo de 1921). Menard ¬≠recuerdo¬≠ declaraba que censurar y alabar son operaciones sentimentales que nada tienen que ver con la cr√≠tica.
o) Una transposición en alejandrinos del Cimetière marin, de Paul Valéry (N.R.F., enero de 1928).
p) Una invectiva contra Paul Val√©ry, en las¬†Hojas para la supresi√≥n de la realidad¬†de Jacques Reboul. (Esa invectiva, dicho sea entre par√©ntesis, es el reverso exacto de su verdadera opini√≥n sobre Val√©ry. √Čste as√≠ lo entendi√≥ y la amistad antigua de los dos no corri√≥ peligro.)
q) Una ‚Äúdefinici√≥n‚ÄĚ de la condesa de Bagnoregio, en el ‚Äúvictorioso volumen‚ÄĚ ¬≠la locuci√≥n es de otro colaborador, Gabriele d’Annunzio¬≠ que anualmente publica esta dama para rectificar los inevitables falseos del periodismo y presentar ‚Äúal mundo y a Italia‚ÄĚ una aut√©ntica efigie de su persona, tan expuesta (en raz√≥n misma de su belleza y de su actuaci√≥n) a interpretaciones err√≥neas o apresuradas.
r) Un ciclo de admirables sonetos para la baronesa de Bacourt (1934).
s) Una lista manuscrita de versos que deben su eficacia a la puntuación.[1]
Hasta aqu√≠ (sin otra omisi√≥n que unos vagos sonetos circunstanciales para el hospitalario, o √°vido, √°lbum de madame Henri Bachelier) la obra¬†visible¬†de Menard, en su orden cronol√≥gico. Paso ahora a la otra: la subterr√°nea, la interminablemente heroica, la impar. Tambi√©n, ¬°ay de las posibilidades del hombre!, la inconclusa. Esa obra, tal vez la m√°s significativa de nuestro tiempo, consta de los cap√≠tulos noveno y trig√©simo octavo de la primera parte del¬†Don Quijote¬†y de un fragmento del cap√≠tulo veintid√≥s. Yo s√© que tal afirmaci√≥n parece un dislate; justificar ese ‚Äúdislate‚ÄĚ es el objeto primordial de esta nota.[2]
Dos textos de valor desigual inspiraron la empresa. Uno es aquel fragmento filol√≥gico de Novalis ‚ÄĒ¬≠el que lleva el n√ļmero 2005 en la edici√≥n de Dresden¬≠‚ÄĒ que esboza el tema de la¬†total identificaci√≥n¬†con un autor determinado. Otro es uno de esos libros parasitarios que sit√ļan a Cristo en un bulevar, a Hamlet en la Cannebi√©re o a don Quijote en Wall Street. Como todo hombre de buen gusto, Menard abominaba de esos carnavales in√ļtiles, s√≥lo aptos ¬≠dec√≠a¬≠ para ocasionar el plebeyo placer del anacronismo o (lo que es peor) para embelesarnos con la idea primaria de que todas las √©pocas son iguales o de que son distintas. M√°s interesante, aunque de ejecuci√≥n contradictoria y superficial, le parec√≠a el famoso prop√≥sito de Daudet: conjugar en una figura, que es Tartar√≠n, al Ingenioso Hidalgo y a su escudero… Quienes han insinuado que Menard dedic√≥ su vida a escribir un Quijote contempor√°neo, calumnian su clara memoria.
No quer√≠a componer otro Quijote ‚ÄĒlo cual es f√°cil‚ÄĒ sino¬†el Quijote. In√ļtil agregar que no encar√≥ nunca una transcripci√≥n mec√°nica del original; no se propon√≠a copiarlo. Su admirable ambici√≥n era producir unas p√°ginas que coincidieran ¬≠palabra por palabra y l√≠nea por l√≠nea¬≠ con las de Miguel de Cervantes.
‚ÄúMi prop√≥sito es meramente asombroso‚ÄĚ, me escribi√≥ el 30 de septiembre de 1934 desde Bayonne. ‚ÄúEl t√©rmino final de una demostraci√≥n teol√≥gica o metaf√≠sica ‚ÄĒel mundo externo, Dios, la causalidad, las formas universales‚ÄĒ no es menos anterior y com√ļn que mi divulgada novela. La sola diferencia es que los fil√≥sofos publican en agradables vol√ļmenes las etapas intermediarias de su labor y que yo he resuelto perderlas.‚ÄĚ En efecto, no queda un solo borrador que atestig√ľe ese trabajo de a√Īos.
El m√©todo inicial que imagin√≥ era relativamente sencillo. Conocer bien el espa√Īol, recuperar la fe cat√≥lica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los a√Īos de 1602 y de 1918,¬†ser¬†Miguel de Cervantes. Pierre Menard estudi√≥ ese procedimiento (s√© que logr√≥ un manejo bastante fiel del espa√Īol del siglo diecisiete) pero lo descart√≥ por f√°cil. ¬°M√°s bien por imposible! dir√° el lector. De acuerdo, pero la empresa era de antemano imposible y de todos los medios imposibles para llevarla a t√©rmino, √©ste era el menos interesante. Ser en el siglo veinte un novelista popular del siglo diecisiete le pareci√≥ una disminuci√≥n. Ser, de alguna manera, Cervantes y llegar al Quijote le pareci√≥ menos arduo ¬≠por ‚ÄĒconsiguiente, menos interesante‚ÄĒ que seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote, a trav√©s de las experiencias de Pierre Menard. (Esa convicci√≥n, dicho sea de paso, le hizo excluir el pr√≥logo autobiogr√°fico de la segunda parte del Don Quijote. Incluir ese pr√≥logo hubiera sido crear otro personaje ‚ÄĒCervantes‚ÄĒ pero tambi√©n hubiera significado presentar el Quijote en funci√≥n de ese personaje y no de Menard. √Čste, naturalmente, se neg√≥ a esa facilidad.) ‚ÄúMi empresa no es dif√≠cil, esencialmente‚ÄĚ leo en otro lugar de la carta. ‚ÄúMe bastar√≠a ser inmortal para llevarla a cabo.‚ÄĚ ¬ŅConfesar√© que suelo imaginar que la termin√≥ y que leo el Quijote ‚ÄĒtodo el Quijote‚ÄĒ como si lo hubiera pensado Menard? Noches pasadas, al hojear el cap√≠tulo¬†xxvi¬†‚ÄĒno ensayado nunca por √©l‚ÄĒ reconoc√≠ el estilo de nuestro amigo y como su voz en esta frase excepcional:¬†las ninfas de los r√≠os, la dolorosa y h√ļmida Eco. Esa conjunci√≥n eficaz de un adjetivo moral y otro f√≠sico me trajo a la memoria un verso de Shakespeare, que discutimos una tarde:

Where a malignant and a turbaned Turk…

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† ¬ŅPor qu√© precisamente el Quijote? dir√° nuestro lector. Esa preferencia, en un espa√Īol, no hubiera sido inexplicable; pero sin duda lo es en un simbolista de N√ģmes, devoto esencialmente de Poe, que engendr√≥ a Baudelaire, que engendr√≥ a Mallarm√©, que engendr√≥ a Val√©ry, que engendr√≥ a Edmond Teste. La carta precitada ilumina el punto. ‚ÄúEl Quijote‚ÄĚ, aclara Menard, ‚Äúme interesa profundamente, pero no me parece ¬Ņc√≥mo lo dir√©? inevitable. No puedo imaginar el universo sin la interjecci√≥n de Edgar Allan Poe:

Ah, bear in mind this garden was enchanted!

o sin el¬†Bateau ivre¬†o el¬†Ancient Mariner, pero me s√© capaz de imaginarlo sin el Quijote. (Hablo, naturalmente, de mi capacidad personal, no de la resonancia hist√≥rica de las obras.) El Quijote es un libro contingente, el Quijote es innecesario. Puedo premeditar su escritura, puedo escribirlo, sin incurrir en una tautolog√≠a. A los doce o trece a√Īos lo le√≠, tal vez √≠ntegramente. Despu√©s, he rele√≠do con atenci√≥n algunos cap√≠tulos, aquellos que no intentar√© por ahora. He cursado asimismo los entremeses, las comedias, la¬†Galatea, las¬†Novelas ejemplares, los trabajos sin duda laboriosos dePersiles y Segismunda¬†y el¬†Viaje del Parnaso… Mi recuerdo general del Quijote, simplificado por el olvido y la indiferencia, puede muy bien equivaler a la imprecisa imagen anterior de un libro no escrito. Postulada esa imagen (que nadie en buena ley me puede negar) es indiscutible que mi problema es harto m√°s dif√≠cil que el de Cervantes. Mi complaciente precursor no rehus√≥ la colaboraci√≥n del azar: iba componiendo la obra inmortal un poco¬†√† la diable, llevado por inercias del lenguaje y de la invenci√≥n. Yo he contra√≠do el misterioso deber de reconstruir literalmente su obra espont√°nea. Mi solitario juego est√° gobernado por dos leyes polares. La primera me permite ensayar variantes de tipo formal o psicol√≥gico; la segunda me obliga a sacrificarlas al texto ‚Äėoriginal‚Äô y a razonar de un modo irrefutable esa aniquilaci√≥n… A esas trabas artificiales hay que sumar otra, cong√©nita. Componer el Quijote a principios del siglo diecisiete era una empresa razonable, necesaria, acaso fatal; a principios del veinte, es casi imposible. No en vano han transcurrido trescientos a√Īos, cargados de complej√≠simos hechos. Entre ellos, para mencionar uno solo: el mismo Quijote.‚ÄĚ
A pesar de esos tres obst√°culos, el fragmentario Quijote de Menard es m√°s sutil que el de Cervantes. √Čste, de un modo burdo, opone a las ficciones caballerescas la pobre realidad provinciana de su pa√≠s; Menard elige como ‚Äúrealidad‚ÄĚ la tierra de Carmen durante el siglo de Lepanto y de Lope. ¬°Qu√© espa√Īoladas no habr√≠a aconsejado esa elecci√≥n a Maurice Barr√®s o al doctor Rodr√≠guez Larreta! Menard, con toda naturalidad, las elude. En su obra no hay gitaner√≠as ni conquistadores ni m√≠sticos ni Felipe II ni autos de fe. Desatiende o proscribe el color local. Ese desd√©n indica un sentido nuevo de la novela hist√≥rica. Ese desd√©n condena a¬†Salammb√ī, inapelablemente.
No menos asombroso es considerar cap√≠tulos aislados. Por ejemplo, examinemos el¬†xxxviii¬†de la primera parte, ‚Äúque trata del curioso discurso que hizo don Quixote de las armas y las letras‚ÄĚ. Es sabido que don Quijote (como Quevedo en el pasaje an√°logo, y posterior, de¬†La hora de todos) falla el pleito contra las letras y en favor de las armas. Cervantes era un viejo militar: su fallo se explica. ¬°Pero que el don Quijote de Pierre Menard ‚ÄĒhombre contempor√°neo de¬†La trahison des clercs¬†y de Bertrand Russell‚ÄĒ reincida en esas nebulosas sofister√≠as! Madame Bachelier ha visto en ellas una admirable y t√≠pica subordinaci√≥n del autor a la psicolog√≠a del h√©roe; otros (nada perspicazmente) una¬†transcripci√≥n¬†del Quijote; la baronesa de Bacourt, la influencia de Nietzsche. A esa tercera interpretaci√≥n (que juzgo irrefutable) no s√© si me atrever√© a a√Īadir una cuarta, que condice muy bien con la casi divina modestia de Pierre Menard: su h√°bito resignado o ir√≥nico de propagar ideas que eran el estricto reverso de las preferidas por √©l. (Rememoremos otra vez su diatriba contra Paul Val√©ry en la ef√≠mera hoja superrealista de Jacques Reboul.) El texto de Cervantes y el de Menard son verbalmente id√©nticos, pero el segundo es casi infinitamente m√°s rico. (M√°s ambiguo, dir√°n sus detractores; pero la ambig√ľedad es una riqueza.)
Es una revelaci√≥n cotejar el¬†Don Quijote¬†de Menard con el de Cervantes. √Čste, por ejemplo, escribi√≥ (Don Quijote, primera parte, noveno cap√≠tulo):

… la verdad, cuya madre es la historia, √©mula del tiempo, dep√≥sito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.

Redactada en el siglo diecisiete, redactada por el ‚Äúingenio lego‚ÄĚ Cervantes, esa enumeraci√≥n es un mero elogio ret√≥rico de la historia. Menard, en cambio, escribe:

… la verdad, cuya madre es la historia, √©mula del tiempo, dep√≥sito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.

La historia,¬†madre¬†de la verdad; la idea es asombrosa. Menard, contempor√°neo de William James, no define la historia como una indagaci√≥n de la realidad sino como su origen. La verdad hist√≥rica, para √©l, no es lo que sucedi√≥; es lo que juzgamos que sucedi√≥. Las cl√°usulas finales ‚ÄĒejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir‚ÄĒ son descaradamente pragm√°ticas.
Tambi√©n es v√≠vido el contraste de los estilos. El estilo arcaizante de Menard ‚ÄĒextranjero al fin‚ÄĒ adolece de alguna afectaci√≥n. No as√≠ el del precursor, que maneja con desenfado el espa√Īol corriente de su √©poca.
No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente in√ļtil. Una doctrina es al principio una descripci√≥n veros√≠mil del universo; giran los a√Īos y es un mero cap√≠tulo ‚ÄĒcuando no un p√°rrafo o un nombre‚ÄĒ de la historia de la filosof√≠a. En la literatura, esa caducidad es a√ļn m√°s notoria. El Quijote ‚ÄĒme dijo Menard‚ÄĒ fue ante todo un libro agradable; ahora es una ocasi√≥n de brindis patri√≥tico, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo. La gloria es una incomprensi√≥n y quiz√° la peor.
Nada tienen de nuevo esas comprobaciones nihilistas; lo singular es la decisi√≥n que de ellas deriv√≥ Pierre Menard. Resolvi√≥ adelantarse a la vanidad que aguarda todas las fatigas del hombre; acometi√≥ una empresa complej√≠sima y de antemano f√ļtil. Dedic√≥ sus escr√ļpulos y vigilias a repetir en un idioma ajeno un libro preexistente. Multiplic√≥ los borradores; corrigi√≥ tenazmente y desgarr√≥ miles de p√°ginas manuscritas.[3] No permiti√≥ que fueran examinadas por nadie y cuid√≥ que no le sobrevivieran. En vano he procurado reconstruirlas.
He reflexionado que es l√≠cito ver en el Quijote ‚Äúfinal‚ÄĚ una especie de palimpsesto, en el que deben traslucirse los rastros ‚ÄĒTenues pero no indescifrables‚ÄĒ de la ‚Äúprevia‚ÄĚ escritura de nuestro amigo. Desgraciadamente, s√≥lo un segundo Pierre Menard, invirtiendo el trabajo del anterior, podr√≠a exhumar y resucitar esas Troyas…
‚ÄúPensar, analizar, inventar (me escribi√≥ tambi√©n) no son actos an√≥malos, son la normal respiraci√≥n de la inteligencia. Glorificar el ocasional cumplimiento de esa funci√≥n, atesorar antiguos y ajenos pensamientos, recordar con incr√©dulo estupor que el¬†doctor universalis¬†pens√≥, es confesar nuestra languidez o nuestra barbarie. Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en el porvenir lo ser√°.‚ÄĚ
Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una t√©cnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la t√©cnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones err√≥neas. Esa t√©cnica de aplicaci√≥n infinita nos insta a recorrer la¬†Odiseacomo si fuera posterior a la¬†Eneida¬†y el libro¬†Le jardin du Centaure¬†de madame Henri Bachelier como si fuera de madame Henri Bachelier. Esa t√©cnica puebla de aventura los libros m√°s calmosos. Atribuir a Louis Ferdinand C√©line o a James Joyce laImitaci√≥n de Cristo¬†¬Ņno es una suficiente renovaci√≥n de esos tenues avisos espirituales?

N√ģmes, 1939

[1] Madame Henri Bachelier enumera asimismo una versión literal de la versión literal que hizo Quevedo de la Introduction à la vie dévote de san Francisco de Sales. En la biblioteca de Pierre Menard no hay rastros de tal obra. Debe tratarse de una broma de nuestro amigo, mal escuchada.

[2] Tuve tambi√©n el prop√≥sito secundario de bosquejar la imagen de Pierre Menard. Pero ¬Ņc√≥mo atreverme a competir con las p√°ginas √°ureas que me dicen prepara la baronesa de Bacourt o con el l√°piz delicado y puntual de Carolus Hourcade?

[3] Recuerdo sus cuadernos cuadriculados, sus negras tachaduras, sus peculiares s√≠mbolos tipogr√°ficos y su letra de insecto. En los atardeceres le gustaba salir a caminar por los arrabales de N√ģmes; sol√≠a llevar consigo un cuaderno y hacer una alegre fogata.

 

Fuente: http://www.literatura.us/borges/pierre.html

Imagen: http://www.bnm.me.gov.ar/novedades/?p=20345

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