fbpx

 

Aquí les comparto el prólogo que escribí para el libro de cuentos Retrovisor.

 

Un viaje hacia la memoria

 

Cuando miramos por un espejo retrovisor, vemos un recorte de lo que hay detrás nuestro incluido en una ventana, mucho mayor, que observamos delante. Tenemos la posibilidad de ver en un único plano y al mismo tiempo dos direcciones opuestas: atrás y adelante, pasado y futuro. Esto ocurre constantemente, pero cobra mayor importancia cuando el conductor necesita hacer una maniobra especial. Por ejemplo, volver a la casa de los padres después de su muerte (“Gonzalo”), conectarse con los antepasados antes de comenzar una carrera política (“Legado”) o decidirse a terminar el luto (“Señales”). En el primer caso, el trayecto en colectivo se transforma en un viaje en el tiempo que le permite al personaje observar la trama de su vida. En el segundo, el recorrido es mucho más amplio, porque implica un pasado social: Vicente escucha una voz histórica que le da valor para dar el próximo paso. En el tercero, el espejo refleja destellos que van apareciendo durante el día e insisten para que la protagonista se entere de la pérdida y pueda dejarla ir.

También puede suceder que el recuerdo aparezca de pronto, sin buscarlo, como una ventana abierta en el presente, como le ocurre a los protagonistas de “Réquiem”, “Mnemosine” y “La cabaña”. Algo del pasado emerge e induce al personaje a preguntarse de dónde viene, cómo llegó al lugar donde se encuentra hoy, cómo fue construyendo su vida hasta llegar a ser quien es. El viajero de “Réquiem” repasa y cuestiona todas sus acciones, preguntándose si puede cambiar su pasado y en consecuencia, su realidad presente. El lector de “Mnemosine” viaja en colectivo recreando la emigración y renovando así su condición de extranjero. El espejo resulta un multiplicador de dimensiones: ¿dónde estamos cuando leemos?, ¿dónde estamos cuando viajamos? El escritor de “La cabaña” va encontrando sus recuerdos a partir de las preguntas de Alex, un espejo con forma de mujer, pero la pregunta por el sentido (¿quién soy?, ¿por qué estoy acá?) sigue intacta. Los tres personajes son viajeros del tiempo que buscan su origen de distintas formas.

Existen, además, otros altos en el camino que implican una búsqueda: el fotógrafo de “Basílica” vuelve al lugar donde decidió no sacar una foto que quedó fija en su memoria, buscando captar la imagen real; el matemático de “Geometría de un diario: Ronda (2012)” busca un espacio que lo resignifique y encuentra en el viaje un reflejo del vínculo actual con su profesión. En ambos casos surge la pregunta por lo real y la relación entre la imaginación y el mundo.

Y por último, también encontramos un espejo del pasado en los otros. “Celeste” nos recuerda, a través de sus personajes femeninos, que hay momentos en el crecimiento, como la pubertad o la adolescencia, que preguntan constantemente: ¿soy niña o mujer? ¿qué soy? Pasado, presente y futuro conviven en esta transformación. Celeste es y no es mujer; la narradora es y no es niña.

Todos los cuentos de este libro funcionan, de una u otra manera, como espejos que reflejan el pasado. Si pensamos en la tradición literaria, encontramos gran cantidad de espejos mágicos. Pero éste tiene una particularidad: es activo, no reactivo. Persigue y encuentra a los personajes para mostrarles una imagen que es una pregunta y un desafío. Y a veces, cuando es respuesta, puede dar una señal (“Señales”), ser una voz que recuerda la historia (“Legado”), o el encuentro con un secreto familiar (“Gonzalo”). En todo caso, queda en los personajes (y, más tarde, en el lector) la reacción: ¿qué hacer con eso que se ve?

Los espejos abren ventanas hacia otros tiempos. Desde el presente podemos observar huellas del recorrido que llevamos dentro. Mientras vamos caminando es imposible ver el dibujo que forman nuestras pisadas. Pero hay algunos momentos, a veces buscados, otras inesperados o revelados a través de alguien más, que hacen visible la forma del camino y nos ayudan a dar el próximo paso. Tal vez este libro, lleno de cuentos que miran hacia atrás, nos devuelva un poco el relieve, la densidad del tiempo, el sentido de mirarse en el espejo para decir sí, para avanzar. Me pregunto qué otras historias vendrán a partir de éstas. Qué preguntas nuevas se abrirán cuando el lector se refleje en este espejo retrovisor.

 

Cecilia Maugeri

 

¿Querés compartir el posteo? ¡Di que sí, di que sí!