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¿Cuándo es un buen momento para empezar a reescribir? Lo clásico (e ideal) es hacerlo después de terminar un primer borrador del texto. Pero a veces pasa que venimos avanzando en la escritura hasta que, por alguna razón, nos trabamos. La sensación que predomina en ese momento (al menos en mí) es la de estar perdida, no saber para dónde agarrar ni cómo llegué hasta ahí. Si esto empieza a crecer, se convierte en una duda que se come todo: ¿qué escribí? ¿qué es esto? ¿de dónde salió? Esos pensamientos hay que frenarlos enseguida, antes de que nos lleven a destruir (muchas veces literalmente) lo que escribimos. Lo mejor siempre es seguir adelante. Pero, si necesitamos imperiosamente ubicarnos y ver por dónde estamos yendo, la reescritura puede ayudar.

Entonces, ya sea con el texto terminado o terminado temporalmente por un bloqueo, lo que podemos hacer es:

1) Generar distancia

Lo ideal es dárselo a leer a una persona de confianza, que sepamos que no nos va a hundir con una crítica mordaz e injustificada, pero que tampoco nos va a tirar flores porque sí. Lo que buscamos es una opinión honesta y sensata. No hace falta que sea una lectura profesional. Podemos pedirle a un/a amigo/a que lea el material y nos cuente qué entendió (y qué no), qué efecto le causó, si se distrajo en alguna parte. Buscamos el sentido común. Lo más seguro es que la interpretación de tu amigo/a te sorprenda y te genere una sensación de extrañeza, como si se tratara de otro texto. Esto es muy bueno para poder empezar a corregir.

Otra opción es dejar pasar un tiempo sin leer ni pensar en el asunto. Esto es un poco peligroso porque el texto corre el riesgo de ser olvidado definitivamente. Pero si lográs volver a leerlo, el efecto de extrañeza es muy potente. Yo lo acabo de hacer con un libro que me llevó dos años escribir y dejé reposar durante un año. Ahora lo leo con distancia y estoy lista para reescribir todo lo que haga falta.

En el taller, la distancia está dada por el grupo. A diferencia de la primera opción, cada participante recibe la interpretación de varias personas, cada una desde su punto de vista subjetivo. Esto enriquece mucho al texto y, con la práctica, logramos ver que todo es modificable, que los textos son maleables y que podemos reescribir todas las veces que necesitemos.

2) Observar con una mirada panorámica

Una vez que ya siento que el texto no es mi cuerpo (suena a locura pero algo de eso hay, estoy segura) y que puedo trabajar con él, que sacar un párrafo no es igual a amputarme un brazo, estoy lista para empezar a trabajar.

Lo primero es volver a leer el texto como si lo hubiera escrito otra persona. Lápiz en mano, voy subrayando lo que me parece importante, lo que me gusta, lo que me hace ruido. Puedo escribir preguntas al margen o ideas que me surgen a medida que voy leyendo. La clave es ir dejando huellas de la lectura sin intervenir el texto. Es decir que no corrijo. No aprovecho para tachar palabras repetidas ni para cambiar la puntuación o los tiempos verbales. Si además, tenés el entrenamiento de leer los textos de tus compañeros/as de taller, es mucho más fácil porque podés orientar la lectura con la pregunta: ¿qué le diría al/la autor/a del texto si fuera un/a compañero/a?

Es importante hacer esta lectura de un tirón. Si es posible, en una única sentada. Lo que busco es tener un panorama de dónde me encuentro, como si estuviera sobrevolando el texto en un drone. Si me detengo sobre el detalle, pierdo la distancia y me vuelvo a empantanar como al comienzo.

3) Detectar los aciertos

Vuelvo a mis marcas sobre el papel (sí, el papel es un gran aliado de la distancia, todo se ve con mayor claridad que en la PC) y busco:

-Los elementos que tienen que permanecer sí o sí por la importancia que tienen en relación al conjunto del material.

-Las zonas que me parecen logradas desde el punto de vista formal, porque me gusta cómo están redactadas.

Luego me pregunto si hay algún patrón que conecte todo lo que marqué como positivo. ¿Qué es lo que me atrae? ¿Cómo hice para que me salga bien? ¿Cómo podría potenciarlo y reproducirlo?

Yo creo que todos los materiales tienen sus maestros incorporados. Entonces, cuando detectamos lo que sí funciona, vamos construyendo un “modelo” que puede enseñarnos cómo seguir adelante. Puedo aprender de lo que hice bien. Muchas veces esto ocurre espontáneamente, “de casualidad” (pero seguro porque ya venís escribiendo bastante). El desafío es construir a propósito a partir de esos hallazgos.

4) Registrar lo que no funciona

Este punto requiere una gran honestidad. A veces hay partes que no funcionan pero me encariño porque apareció algún juego de palabras que me encanta, o la imagen me deslumbra, o hice algún chiste interno conmigo misma que no quiero sacar. Estos son ejemplos personales, pero hay muchísimas razones por las que podemos encapricharnos y no querer borrar determinadas partes del material.

Lo difícil es aceptar que hay algunas cosas que se tienen que podar para que el conjunto brote con más fuerza. Después, podar es re fácil. Muchas veces sacamos el párrafo (o la página, o incluso un capítulo entero) y no pasa nada. A esto le llamo “la prueba del jenga”. Lo que hacemos es sacar todas las maderitas que podamos sin que se caiga la estructura. Si saco un párrafo y el texto no se sostiene sin él, lo tengo que dejar.

También está la posibilidad de que el párrafo (o la página, o el capítulo) sean súper necesarios para el conjunto, pero no así, tal como está escrito. En ese caso, nos toca reformular.

5) Reformular

En este punto lo que recomiendo es probar varias versiones en una página aparte, como si fuera un campo de pruebas. Esto permite explorar la forma con mayor libertad. Si lo hago en el mismo texto, voy a estar obligada a que sea coherente con lo anterior y lo que sigue. En cambio, escribiendo un texto nuevo, me doy la posibilidad de jugar porque “total es sólo una prueba”. Por lo general, tenemos por lo menos dos caminos posibles para reformular, así que está bueno probar todos los que se me ocurran.

También puedo contrastar la parte que no funciona con el “modelo” y probar cómo quedaría en ese estilo. Esto es prueba y error, acá empieza el trabajo artesanal de la escritura.

6) Volver a empezar

La escritura es un proceso por capas. Después de hacer los cambios necesarios, hay que volver a leer todo. Y sí, vas a encontrar más cosas para cambiar. ¿Cuándo se termina? Es un misterio. Una mezcla entre la decisión del propio texto (sí, hay textos que se cierran cuando no quieren más lola), el cansancio del/la autora/ y las demandas del afuera.

Me parece que, llegados/as a este punto, es clave el apoyo que recibimos. Hay que tener mucho coraje para terminar (o dar por terminado) un texto porque eso implica (chachán chacháaaaan) la publicación. El material no está completo hasta que no se encuentra con sus lectores. Y ojo, no es obligación que sea en forma de libro, puedo leerlo en un ciclo de lecturas, colgarlo en un blog o en las redes, hacer una publicación artesanal. De la manera que sea, está bueno que circule, que salga al mundo. Creeme que, cuando esto ocurre, vale la pena (y la alegría, los desvelos, el estudio, el tiempo dedicado) todo el trabajo de reescritura anterior.

Entonces, si estás en medio del baile y andás con ganas de abandonar la pista, recordá que es sólo una parte de todo el proceso. Que seguramente te vas a volver a enganchar. Y que, cuando llegues al final, vas a estar súper feliz de haber permanecido en el camino que, como ya te imaginarás, empieza de nuevo con otro texto que ya te está esperando.

Aclaro, por las dudas, que no todos los textos llegan a desarrollarse por completo, y está bien que así sea. Muchos nos ayudan a avanzar y son súper importantes para el proceso aunque no se conviertan en un producto. La relación entre los textos y las publicaciones es similar a la de las semillas y las plantas. Si alguna vez sembraste, habrás observado que no todas las semillas prenden y no todas las plantas se sostienen y llegan a florecer.

Bueno, me fui de la practicidad al mascheranismo pero espero que te hayan servido los tips 😉

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