Muchas veces tenemos ganas de escribir y no sabemos por dónde empezar. A veces tenemos ideas nadando en nuestra mente y no sabemos cómo ayudarlas a salir. A veces, ni siquiera eso, puro blanco. Una opción viene, entonces, a partir de lo más básico: prestar atención a aquello que nos conecta con lo que nos rodea, nuestros puentes con el entorno. Nuestros sentidos. 

Se puede escribir mucho a partir de lo que percibimos con la vista, el olfato, el tacto, el oído y el sabor. Lo sensorial viste, construye mundos. Puede ser un punto de inicio a partir del cual se formará una historia. Y creo que hay muchos ejemplos en la literatura en los que esto se puede ver. 

En Las aventuras de la China Iron -una novela de Gabriela Cabezón Cámara que recuerdo por lo entretenida, lo osada, y por la preminencia de lo visual-, la narradora cuenta cómo fue su encuentro con Liz, una inglesa que viaja en busca de su marido: “Hubo un sí en esa mujer de pelo rojo, esa mujer tan transparente que se le veía pasar la sangre por las venas cuando algo la alegraba o la enojaba. Después vería su sangre congelada por el miedo, burbujeando de deseo o haciéndole hervir la cara de odio”. Me gusta este fragmento porque podemos ver mucho más que una mujer pálida y pelirroja. Al detenernos a observar la transparencia de su piel, vemos la sangre, y esa descripción sirve también como un anticipo de todo el abanico emocional que recorrerá ese personaje.  

Otra cosa que me encanta es cómo describe los paisajes: “Estaba amaneciendo, la claridad se filtraba por las nubes, garuaba, y cuando empezaron a moverse los bueyes tuvimos un instante que fue pálido y dorado y destellaron las mínimas gotas de agua que se agitaban con la brisa y fueron verdes como nunca los yuyos de aquel campo y se largó a llover fuerte y todo fulguró, incluso el gris oscuro de las nubes”. No es cualquier amanecer, es ese amanecer, y se distingue de cualquier otro por los detalles. La paleta de colores está a disposición de la construcción de ese mundo en el que se va a desarrollar la historia. 

Lo último, referido al mismo texto: “Me sumergí en el olor a flores de los dos, tan recién bañados todos, me envolví en esas sábanas que olían a lavanda, eso lo sabría mucho después (…). Sentí el aliento de Liz, picante y suave ahí entre las sábanas perfumadas y quise quedarme ahí, hundirme en ese aliento”. No todo pasa por la vista, ¿no? Este y otros pasajes me invitan a cerrar los ojos y dejarme llevar por el olfato, acompañando a la China en la primera noche en que duerme dentro de la carreta en que las dos viajan.

Creo que no es casual que se me haya ocurrido proponer esta novela como ejemplo. Recuerdo que, cuando la leí hace unos años, también leí algunas entrevistas y textos relacionados en los que la autora destacaba su intención de describir la belleza de la naturaleza pampeana con su luz y sus colores. 

En el taller de Escritura Creativa trabajamos con distintas puertas de entrada a la escritura. La primera, a la que le dedicamos un mes, es justamente la sensorial. Si salimos del “piloto automático” y nos detenemos a registrar lo que percibimos con nuestros sentidos, es muy probable que no podamos dejar la hoja en blanco. 

Te invito a que busques en algún libro de tu biblioteca: ¿encontrás más ejemplos como el que describí acá?

 

Sobre la autora

Nací en La Matanza en 1987. Soy Licenciada en Comunicación y docente de materias relacionadas con la lectura y la escritura académicas en el curso de ingreso de distintas universidades nacionales. Soy parte de la Tribu Literaria desde hace algunos años y desde octubre de 2023 coordino el taller de Escritura Creativa.

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