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Esta vez les propongo un ejercicio físico a partir de la lectura de Emilio y los detectives de Erich Kaestner.  Se trata de una novela de aventuras para chicos. A continuación copio un fragmento del prólogo donde el autor cuenta cómo se le ocurrió la historia. La idea es que elijan una posición extraña para observar un espacio cotidiano (puede ser acostados en el piso, parados en una escalera, con la cabeza colgando hacia abajo, etc.) y permanezcan así un rato para captar la imagen nueva. Escriban inmediatamente lo que vieron, lo más rápido posible para no perder la extrañeza.

 

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Emilio y los detectives

  Me acodé un momento en la ventana, me puse a contemplar la calle y pensé que acaso allá abajo pasaba el cuento que estaba yo buscando. En tal caso, no habría tenido más que hacerle una seña y decir: “Haga el favor de subir un instante. Quiero escribirlo a usted”.

Pero el cuento seguía sin asomar, y ya empezaba a quedarme helado. Rabioso, cerré la ventana y, corriendo, di cincuenta y tres vueltas alrededor de la mesa. Tampoco esto me sirvió de nada. Por eso acabé por tenderme en el suelo, lo mismo que antes, y me puse a matar el tiempo pensando profundamente.

Cuando está uno tendido a la larga en el suelo de su cuarto, el mundo toma una fisonomía completamente distinta. Se ven patas de silla, zapatillas, flores de alfombra, ceniza de cigarrillos, manchas de polvo y patas de mesa. Y hasta debajo del sofá se encuentra el guante izquierdo que tres días antes buscaba uno en el armario. Estaba yo, pues, tumbado en el suelo de mi cuarto, contemplando el panorama, de abajo arriba en vez de arriba abajo, y observando con el mayor asombro que las patas de la silla tenían pantorrillas.

Eran unas pantorrillas delgaduchas y de color oscuro, como si perteneciesen a una tribu de negros o a nuños de colegio con las medias pardas.

Y mientras estaba aún contando las patas de la silla y las patas de la mesa para saber exatactamente cuántos negros o cuántos chicos de la escuela se hallaban plantados encima de mi alfombra, se me ocurrió el cuento de Emilio. ¿Sería tal vez porque pensaba en colegiales de medias pardas? ¿O tal vez porque el apellido de Emilio era Tischbein, que significa “pata de mesa”?

(…) Permanecí sin moverme y sonriendo amablemente a mi cuento. Quería darle ánimos. Y así conseguí que se tranquilizara, que fuese adquiriendo confianza, que se fuera acercando pasito a paso… De pronto, le eché mano al cuello y ya lo tuve.

Tuve el cuello, naturalmente, y por entonces no pasé de ahí. (…) Porque las ideas se atrapan por raciones. Primero se atrapa tal vez su melena. Luego viene la pata delantera izquierda, luego la derecha. Luego la pata trasera, pieza por pieza. Y cuando ya cree uno que el cuadro está completo, de pronto aparece atropelladamente el lóbulo de una oreja. Y finalmente, si está uno en vena, lo sabe ya todo.

 

 

 

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